EL HORROR ME INVADIÓ


Solté el lápiz. Se me entumeció todo el cuerpo y levanté la mirada, perdida. El horror me invadió. Eran las diez de la mañana y estaba en el colegio. Tenía siete años. Había dejado la pastilla abajo de la almohada. Temblaba. Mi madre la iba a encontrar. Es más, para ese entonces, seguro ya la había encontrado. No me acordé de agarrarla antes de salir. El plan era tirarla al tacho del colegio. Ya sentía que me había olvidado de algo. Podía imaginármelo. Ella hizo mi cama, levantó la almohada y… ¿Qué es esto?… me agarré la cabeza de la ansiedad. ¿Cómo pude haberme olvidado de algo así? No me pude concentrar en ninguna clase ese día. Y cuando llegó la hora de irnos, no me quedé jugando con mis amigos como siempre, la esperé sentado contra la puerta de vidrio que daba a la calle. Hacía calor y el reflejo del sol me molestaba. El corazón se me aceleró cuando la vi. Caminaba apurada entre un tumulto de gente. Me levanté con mis cosas en las manos, y fui con ella sin que tuvieran que llamarme ni una sola vez. La saludé. Esperé a que me dijera algo al respeto, pero me tomó de la mano y fuimos a casa como cualquier otro día. Tuve la idea de que tal vez no la había encontrado. Llegué a mi casa y corrí a mi cuarto. La cama estaba desecha. Levanté la almohada y seguía ahí. Respiré muy hondo. Casi que me deshice en el piso.
La noche anterior era la primera vez que iba a tragar una pastilla. Fue algo inesperado. No creí que llegaría a tan drásticas medidas. Mi madre insistió. Me dejó a solas en el cuarto con mi misión de nene grande y el vaso de agua. Si iba a quedarme en casa solo, no podía dejar que levante fiebre. Era enorme. Podía ver en el futuro que se me quedaba en la garganta y me moría.
Me tomé todo el agua de golpe, en un acto de miedo. La encerré en mi puño, muy fuerte, y me tapé con las sábanas.
“¿Y? ¿Tomaste? Nosotros ya nos vamos.” Le dije que sí, tosiendo de mentira, mientras se llevaba el vaso a la cocina. Volvió para darme un beso en la frente y se fue de nuevo. La puerta de la casa se cerró. Estaba al fin solo. Me despegué la bolita de ibuprofeno de la mano y la dejé abajo de la almohada. En ese entonces creía que hacía mal tomar medicamentos si uno no estaba enfermo. Pero mi engaño funcionó, y el éxtasis de haber sido más vivo que mis padres me invadió. Hizo que lo que fueron horas pasaran como minutos. Me estaba por quedar dormido frente a la tele cuando el sonido de la puerta me levantó del sofá de un salto. Mi madre me preguntó cómo me sentía y me dijo que me veía mucho mejor. Me mandó a la cama. Esa noche cuando me acosté, podía sentir una pelotita latiendo abajo de mi cabeza.
Ahora, a la luz del día, tenía que deshacerme de la maldita pastilla. Desde la habitación escuchaba atento los sonidos que hacía mi madre en el living. Me daba mucho miedo tirarla a la basura, alguien podría encontrarla. La ventana… también. Existía una minúscula posibilidad de que la encontrase. No me quedaría tranquilo mientras esa cosa siguiera en la casa. Escuché a mi madre acercarse, pero entró al baño. Me desesperé. La puse en mi bolsillo y corrí a la cocina. Allí la saqué y la miré. Ella me miró. No tenía mucho tiempo. Estaba húmeda, arenosa, y probablemente iba a envenenarme. No me importó. Me la metí en la boca y se hizo pedazos. Me atraganté con agua, rápido, porque era un asco. No había tiempo de tener miedo. Y cuando ya no hubo más agua, tampoco quedaron rastros de la pastilla. Hubo un momento de silencio que se sintió como una celebración.

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