FABIANA RODRÍGUEZ ARCE IRE: “LA ESENCIA DE LAS PERSONAS ESTÁ MÁS ALLÁ DE LO QUE TIENEN ENTRE LAS PIERNAS”


La maestra trans abre las puertas de su casa y de su vida. Contó a ETER Digital cómo vive su transición para ser como siempre se sintió: una mujer.

Por Eugenia Carraro

Todas las tardes, de lunes a viernes, Fabiana llega al Jardín, su lugar de trabajo. Toca timbre, sube las escaleras, abre la puerta. Saluda a las directoras y charla un rato con las auxiliares. Espera que se haga la hora. Busca la computadora, el cable y los parlantes y con todo eso encima sube un piso más, hasta donde están los nenes de 3 y 4 años. Entra. Los chicos la reciben a los gritos, se le cuelgan de las piernas, no la dejan caminar.  ¡¡¡Fabi, Fabi!!! Ella se agacha, los saluda. De a poco se acomodan en las sillitas para empezar.

Durante una hora da clase de inglés. Esto lo hace desde hace tres años; era un día lluvioso cuando dejó su currículum aquí, en 2016. Una compañera de facultad la recomendó porque iba a dejar el lugar y necesitaban urgente alguien que la reemplazara. El Jardín se llama El Principito y queda en Las Heras y Billinghurst, Barrio Norte.

– Jugamos a la peluquería, me peinan. A veces desbordan, se me cuelgan del cuello, son tremendos.

Fabiana, cuando empezó, no era Fabiana.

A sus 4 años, Fabi ya se siente nena. Juega con sus primas a la maestra, a cocinar, a ser la peluquera. Se esconde para jugar con las muñecas, no mucho tiempo, por temor a que la descubran. Su papá le corta el pelo cortito y ella lo odia. Quiere tener flequillo y pelo largo. Quiere pintarse las uñas. Le hubiera encantado tener una muñeca.

 – Yo de chiquita siempre tuve que reprimirme. Por todo mi entorno.

A los 15 empieza a vestirse con ropa de chica para salir a bailar. Sólo los fines de semana. Sus amigas le dicen: “Vos vas a ser una chica trans”, pero ella lo niega. Dice que sólo lo hace para divertirse. Todavía no sabe que lo que tiene es miedo.

– Siempre me gustaron los chicos. Desde que tengo uso de razón. Miraba el animé y me gustaba el protagonista que era hombre. Decía: “Ay…”. Bah, me lo decía yo misma porque no lo podía decir. Yo me reconocía como gay, pero en realidad me di cuenta que no, que soy una mujer y soy heterosexual.

Hacia fines de 2018, Fabi tiene la firme idea de comenzar su transición y por eso habla con su mamá. Están en la habitación acostadas en la cama. Le dice que va a ser lo que siempre quiso ser, lo que siempre fue, una mujer. Porque no molesta a nadie. Le explica que simplemente nunca había podido reconocerse por tanta represión. Quiere que su madre lo sepa. Y quiere saber si cuenta con su apoyo. Su mamá también sufrió el machismo hasta que su marido los abandonó. Tuvo que salir a trabajar para mantener a los hijos. Ahora se hace la difícil. Le cuesta encontrar las palabras. Le dice que sí, que qué querés que haga. Le dice que ya lo sabía, que siempre va a estar para ella. Fabi se emociona. Lloran. Se abrazan. Gracias má.

– En ese momento se me venía la imagen de mi viejo y todo lo que soporté.

Hace ocho meses comenzó un tratamiento hormonal. Una amiga trans le recomendó un médico endocrinólogo que atiende en una salita en Morón. Fue sola, sin turno previo, un día de principio de año. Hay un espacio que se llama Inclusión; es para personas trans y atienden los viernes. Hacés la fila y van llamando. Es rapidísimo.

Lo primero fue llenar un cuestionario muy exhaustivo para saber si estaba realmente convencida. Luego unos estudios de rutina y ahí nomás empezó el proceso. El doctor le explicó todos los cambios que iba a sufrir, no solamente físicos, también emocionales.

– Estoy muy, muy sensible.

Fabiana es alta, robusta. Usa el pelo lacio, de planchita. Es morocha y le gusta pintarse los labios de rojo. Ahora, por la medicación, engordó un poco. Trata de cuidarse con la comida para verse más saludable. Para ella el cuerpo es re importante, pero sabe también que cada parte es suya. Es única. En el mundo trans, dice, hay mucha competencia, mucha envidia, y no le gusta. La pelea es por quién es más mujer: la que está operada, la que usa tacos, la que tiene cinturita, la que no es alta, la que tiene pie chico. Porque “no se nota”.

– Esas cosas son dolorosas dentro del ambiente. Obvio que a mí me gusta verme lo “menos hombre” posible. No me gusta tener pelo en la cara, pero también es cuestión de aceptarse. Son mis pelos, es mi estatura, son mis pies.

Por ahora no quiere operarse. Quiere esperar, porque las hormonas hacen que de a poco le crezcan los pechos. Piensa que por ahí con hormonas llega a un buen resultado y no hace falta la cirugía. Pero, sobre todo, cree que las personas deben ver la esencia del otro, más allá de lo que tenga entre las piernas.

Fabiana vive en Hurlingham, el lugar donde nació. Hasta hace poco quería mudarse a Capital porque no sabía si su familia iba a aceptar su decisión. Su casa comparte terreno con otras viviendas, donde viven su mamá y hermanos, su tío y abuelos. Ella vive adelante, sola. Es una casa amplia, tiene un patio enorme en el frente. Tiene un árbol grande que se ve desde el tren San Martín. Y detrás del terreno pasa el arroyo Morón.

– Cuando me mudé la pinté de celeste, mi color favorito. Tengo mi espacio, mi novio puede venir y quedarse.

Se levanta a las 7. A veces no le da el cuerpo. A las 9 arranca sus clases de danza en Villa Crespo; se ganó media beca para cursar. Toma tres clases todos los días hasta casi las 2.  Esos minutos que le quedan tiene que estirar para que después el cuerpo no le duela. Se cambia, se arregla y sale a comprar algo rápido para comer porque en una hora entra al Jardín. Por suerte a la vuelta tiene un lugar que es vegano asique come en 10 minutos. Termina y va a la parada del colectivo. Igual Barrio Norte y Villa Crespo no están tan lejos. De ahí sale a las 4 y de lunes a jueves va a trabajar a Mataderos, a un lugar que se llama English Studio. Entra a las 6, da tres clases, hasta las 9 o hasta las 7 y media. Los martes tiene Facultad hasta las 10 y media; cursa el profesorado de Inglés en Lenguas Vivas. Vuelve a las 12 de la noche a Hurlingham. Y los viernes da clases en la Cultural Británica de El Palomar hasta las 8 y media. Hace 4 años se hizo budista: medita y asiste a las reuniones donde realizan actividades. Sostiene que uno o una es protagonista de su propia historia. Dice que esto le cambió la vida.

– Me había puesto una listita de objetivos. Frente a mi gohonzon oraba: NAM MIOJO RENGUE KIO, NAM MIOJO RENGUE KIO, repetía. Vos hoy ves esa lista y tic, tic, tic. Documento, tic. Hormonas, tic. Trabajo nuevo, tic. Así un montón de cosas.

Siente que le queda mucho por hacer. Trámites, cambiar los datos en la compañía de teléfono porque la llaman con su identidad anterior. También el titulo secundario, el analítico. Cerrar cuentas viejas de Facebook e Instagram.

– El otro día me planteaba esto. A veces siento que yo busco matar a mi otra identidad. Es medio raro lo que digo. En realidad, esa identidad no me correspondía, pero también era yo. En Facebook tengo recuerdos míos bailando… entonces, ¿Por qué borrarlos? Me parece re importante ver los cambios, poder verlos.

– ¿Cómo te imaginás el futuro?

– Nunca me lo puse a pensar. Me imagino docente, enseñando. Me gustaría tener más colegas trans. Me imagino bailando. Mi gran sueño es viajar y conocer un montón de países y lugares.

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