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La memoria como investigación (y el periodismo como práctica pública)

Las crónicas suelen resumirla como “periodista y escritora”. Es correcto, pero insuficiente. María Seoane fue, sobre todo, una investigadora que entendió el periodismo como una práctica de documentación histórica: alguien que entendió que la disputa por el sentido es también disputa por los archivos, por los testimonios, por la prueba.

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Nacida en Buenos Aires el 25 de enero de 1948, estudió Economía en la UBA, militó políticamente en su juventud y fue perseguida por la dictadura. El exilio -Brasil, Italia, México- no fue un paréntesis: marcó una experiencia decisiva de politización, articulación internacional y formación intelectual. En México encontró su forma definitiva: el periodismo. Incluso usó seudónimo para poder trabajar. Cuando regresó a Argentina en febrero de 1984, lo hizo con una idea fija: “alguna vez yo lo voy a contar”. Y lo contó.

A su regreso al país se integró rápidamente a las redacciones donde se disputaba la agenda política de la transición democrática. Fue redactora de política nacional en la revista El Periodista de Buenos Aires entre 1985 y 1989 y en el diario Sur hasta 1990. En los años ‘90 ocupó cargos clave en la prensa gráfica: fue redactora jefe de la sección Argentina de Noticias (1992–1994), prosecretaria de redacción de política nacional a partir de 1994 y directora del suplemento Zona del diario Clarín en 1998. Fue además directora de la revista Caras y Caretas, desde donde impulsó una mirada histórica y política de la actualidad, y colaboró con Página/12, donde publicó columnas y análisis sobre política, memoria y derechos humanos.

La primera gran obra: narrar el terrorismo de Estado  

La noche de los lápices (1986), escrita con Héctor Ruiz Núñez, no se volvió un clásico por azar. Fue una investigación que puso en palabras -y en trama- el secuestro, la tortura y el asesinato de estudiantes secundarios de La Plata a manos de la última dictadura cívico-militar.

El libro nació del cruce entre el periodismo, los testimonios del Juicio a las Juntas y una intuición narrativa precisa: allí había una historia que condensaba a toda una generación militante, que debía ser contada. Se jugaba la memoria, y Seoane entendió que para que existiera hacía falta método, archivo, entrevistas, cruce de fuentes y una reconstrucción rigurosa de los hechos.

La adaptación cinematográfica amplificó ese trabajo y convirtió su primer libro en una puerta de entrada a la historia reciente para generaciones enteras, dentro y fuera de las aulas, y dentro y fuera del país. El éxito no fue simplemente editorial: fue una operación pedagógica y política para rescatar una experiencia colectiva.

El poder y sus biografías

Después vinieron los libros que la volvieron ineludible para entender el siglo XX argentino: una serie de investigaciones y biografías políticas centradas en el poder estatal, económico y militar, sus actores, sus alianzas y sus consecuencias sociales. Escribió sobre Mario Roberto Santucho (Todo o nada), sobre José Ber Gelbard (El burgués maldito), sobre Jorge Rafael Videla (El dictador, con Vicente Muleiro), sobre privatizaciones y saqueo (El saqueo de la Argentina), sobre la trama social del país (Argentina, el siglo del progreso y la oscuridad; Nosotros). 

Ese trabajo de investigación también se extendió al cine. La noche de los lápices fue llevada a la pantalla por Héctor Olivera, ampliando el alcance público de su investigación inicial. En 2006 codirigió el documental Gelbard, historia secreta del último burgués nacional, sobre el exministro de Economía, y en 2011 dirigió la película de animación Eva de la Argentina, centrada en las figuras de Eva Perón y Rodolfo Walsh.

En todos esos trabajos combinó investigación documental, entrevistas en profundidad y una lectura política de largo plazo. Su escritura apuntó a exponer responsabilidades, intereses y continuidades históricas.

Y cuando parecía “encasillada” en el relato político, abrió otros caminos: el amor, la vida privada como historia social (Amor en la Argentina), las mujeres en la política (Bravas), la figura de Eva Perón y la narración audiovisual (Eva de la Argentina).

Ese desplazamiento no implicó un abandono de la política en su obra, sino un cambio de escala: el cuerpo, el deseo, las relaciones afectivas y la experiencia de las mujeres aparecen también como territorios atravesados por el poder.

Seoane defendió el periodismo como una práctica pública y como batalla por la veracidad. No idealizaba el oficio: lo exigía, como una cuestión ética. Repetía que había que decir desde dónde se habla, sostener la transparencia con el público y discutir la manipulación informativa como un problema de derechos. También habló contra el “periodismo de guerra” al que definió como una prolongación simbólica del terrorismo de Estado y del neoliberalismo, una prensa al servicio de corporaciones y operaciones, que trabaja para confundir en lugar de esclarecer.

Esa concepción no fue abstracta. En 2018, al recibir la declaración de Personalidad Destacada de la Cultura en la Legislatura porteña, formuló una de sus definiciones más contundentes sobre el rol de los medios en el neoliberalismo contemporáneo:

“El periodismo de guerra es una de las prolongaciones del Estado terrorista y del diseño del neoliberalismo, el reino feroz de las corporaciones, en la comunicación. Es una dictadura simbólica sobre las cabezas. Considera a los ciudadanos como un objetivo militar, colonizando su subjetividad para confundir y someter. Sirve a los intereses de corporaciones económicas y gobiernos, vulnerando el derecho de los ciudadanos a elegir en libertad. Aspiro a que este tipo de periodismo sea reconocido como violatorio de los derechos humanos”.

Entre 2009 y 2015 dirigió Radio Nacional. Fue docente (entre otros espacios, en investigación periodística) y formadora cotidiana: en redacciones, en talleres, en entrevistas en profundidad que solía brindar. Enseñó con su trabajo que investigar no es acumular datos: es ordenarlos, verificarlos, interpretarlos y narrarlos sin traicionar lo real.

María Seoane dejó libros, películas, columnas y una idea de periodismo que hoy vale doble: la verdad no es un decorado, una anécdota o una nota al pié: es una obligación profesional permanente. Su obra funciona como recordatorio incómodo: el poder siempre quiere relato; la tarea del periodismo es exigir pruebas.

Obras destacadas 

  • La noche de los lápices (1986, con Héctor Ruiz Núñez)
  • Menem 1989–1990: la patria sociedad anónima (1990)
  • Todo o nada. La historia secreta y la historia pública del jefe guerrillero Mario Roberto Santucho (1992)
  • El burgués maldito. Biografía de José Ber Gelbard (1998)
  • El dictador. Historia secreta y pública de Jorge Rafael Videla (2001, con Vicente Muleiro)
  • El saqueo de la Argentina (2003)
  • Argentina, el siglo del progreso y la oscuridad (1900–2003) (2004)
  • Nosotros. Apuntes sobre pasiones, razones y trampas de los argentinos entre dos siglos (2005)
  • Buenos Aires, historia de una ciudad (2007, con Mario Rapoport)
  • Amor en la Argentina (2007)
  • El enigma Perrota (2011)
  • Bravas (2014)
  • El nieto (2015, con Roberto Caballero)

También publicó estos Cuadernos de Caras y Caretas:

  • La noche de los bastones largos (2006)
  • La noche de la dictadura (2006)
  • Evita, esa mujer (2007)
  • Rodolfo Walsh, la palabra no se rinde (2007)
  • La tragedia y la comedia en la Argentina (2008)
  • El Cordobazo (2009)
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