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CULTURA

Entre mates y memorias: un viaje al corazón del Museo del Mate

Un espacio vivo donde el pasado conversa con el presente en el centro de la Ciudad de Buenos Aires. Un lugar donde el “oro verde” es homenajeado.

Puerta de ingreso al Museo del Mate. Créditos: Luis Menzo
Puerta de ingreso al Museo del Mate. Créditos: Luis Menzo

Entrar al Museo del Mate es como abrir una ventana al alma argentina. Apenas crucé la puerta de ese edificio histórico en Avenida de Mayo 853, en pleno centro porteño, el aroma a yerba y madera me envolvió como un abrazo antiguo. Entre vitrinas de cristal y paredes tapizadas de historia comprendí que este lugar no solo guarda objetos: conserva nuestra identidad.

El Museo del Mate nació en 1979 gracias a la pasión de Don Alberto Plaza, un coleccionista que dedicó su vida a rescatar la memoria de nuestra infusión nacional. En cada estante se apilan siglos de costumbres, viajes y encuentros. Son más de 10.000 piezas, entre mates de plata repujada, calabazas talladas, bombillas de bronce, latas de yerba y pavas que parecen tener vida propia.

Mientras camino, Franco Cepeda, guía del lugar, comenta: “El mate es parte esencial de nuestra identidad, aunque lo curioso es que muchos de nuestros visitantes son turistas extranjeros”. Su frase resume la esencia del lugar: una tradición profundamente argentina que despierta fascinación en el mundo entero.

Guia explicando a los turistas la historia del mate. Créditos: Luis Menzo

El recorrido comienza mucho antes de la fundación de Buenos Aires. Las primeras referencias al mate se remontan a los pueblos Kaingang, y luego a los guaraníes que lo consideraban como “una bebida sagrada”. 

Los conquistadores españoles del siglo XVI adoptaron el hábito y lo expandieron, pese a los intentos de prohibición de las autoridades coloniales. Más tarde, los jesuitas domesticaron la planta y la exportaron a Europa, donde se la conoció como el “té de los jesuitas”.

Avanzo unos pasos en el museo y me detengo frente a un vitral que me deja sin palabras. En él se reflejan distintos mates con insignias de las Islas Malvinas. Verlos fue uno de los momentos más conmovedores del recorrido. Pensé en los soldados, en las cartas enviadas desde el frente, en el mate como símbolo de abrigo y esperanza. Esas piezas se transforman aquí en homenaje y memoria.

Vitral con los mates de Malvinas. Créditos: Luis Menzo

En el centro del salón principal se roba todas las miradas una pieza única: un mate gigante con la figura de Diego Maradona. Se lo puede ver corriendo, con la camiseta celeste y blanca y el número 10 en la espalda. Es imponente, casi como si el propio Diego estuviera ahí, listo para dar un pase y seguir la ronda. Esa mezcla de fútbol y mate, dos pasiones inquebrantables del pueblo argentino, convierte el espacio en un homenaje a lo que somos.

Mate gigante de Diego Maradona en el salón principal. Créditos: Luis Menzo

Entre los objetos más recientes, algo me llamó profundamente la atención: los mates inclusivos. Una frase grabada resume su espíritu: “La inclusión también se puede ver en unos mates”. Algunos llevan inscripciones en lenguaje de señas, una propuesta tan simple como poderosa que invita a pensar en una cultura del encuentro para todos.

A cada paso, la variedad sorprende: mates diminutos de calabaza, modernos de acero inoxidable, tallados en madera o pintados a mano. Cada uno parece contar su propia historia, como si el alma de quien lo usó siguiera allí, esperando una nueva ronda.

Créditos: Luis Menzo

Después de recorrer cada rincón, me senté en un banco de madera cerca de la salida. Un grupo de turistas escuchaba atentos la historia del museo, mientras un guía les explicaba que “el mate está presente en nueve de cada 10 hogares argentinos”. Miré a mi alrededor y entendí que este lugar no solo preserva objetos, sino una forma de ser.

El Museo del Mate es mucho más que una colección: es un espacio vivo donde el pasado conversa con el presente. Allí descubrí que el ritual de la yerba es, en realidad, una manera de reconocernos como pueblo. Porque, al fin y al cabo, mientras haya alguien dispuesto a cebar, la historia seguirá fluyendo, tibia, entre nuestras manos.


*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.

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Karla Johan, sommelier de mate: “El futuro de la yerba se encuentra en la coctelería y pastelería”  

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