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Margarita Meira, la madre de las rondas rojas

Corre el año 1992. Miguel está trabajando como taxista desde que lo echaron de su anterior trabajo. Sus compañeros acostumbran a tomar café de madrugada, entre viaje y viaje, para pasar la noche. Esta vez, uno de ellos llega aturdido, no sabe bien por dónde empezar a hablar. Son las 3 de la mañana. Llama a la esposa de Miguel, y dice, textual: “Susy está muerta, tienen el cuerpo. Acabo de llevar al tipo que la mató en el auto, Margarita”.

En la Comisaría Quinta del barrio de Almagro, en la Ciudad de Buenos Aires, se hace el silencio cuando se escucha: “Soy la mamá de Graciela Susana Betker“. Nadie contesta. Se miran entre todos. ¿Quién se va a hacer cargo? Uno parece que está por hablar. Le pregunta: “¿Y usted cómo se enteró?”. En ese momento, Margarita pensó en contestarle: “¿A vos, ¿qué te importa?”. Pero no.  Ella tenía que mantener la compostura, sino, no iba a saber nunca dónde estaba el cuerpo de su hija. Apretando los dientes, escupió: “Me avisó un vecino”.

Bajo esta tensión, y como si fuese un protocolo cualquiera, así se manejaron 5 policías soberbios, desentendidos, defensivos. Le dijeron a una madre que no había sido notificada por el hallazgo del cuerpo de su hija porque ella ya no vivía en el domicilio constatado en su DNI. El oficio judicial fue enviado y descartado. Si Margarita no recibía el llamado del compañero de su marido Miguel, esta sería otra historia…

Graciela Susana Betker estuvo desaparecida por la trata de personas durante un año. Tenía 17 años, había empezado a salir con un hombre 25 años mayor que ella. Ella era Susy para todo el mundo. Es el tatuaje que lleva Margarita Meira, su mamá, en su muñeca izquierda, en tinta negra, expandida, gruesa y clara: prendida en la piel.

El fiscal no sabe que tiene que cotejar las huellas en el registro civil para averiguar la dirección y los padres de la chica que aparece muerta. Entonces, se da la orden de enterrarlas como NN. A mi Susy le iban a hacer lo mismo.

Yo no tenía nada ni nadie. La asesora tutelar de menores me decía: “Tiene 17 años y sabe lo que hace, no estamos para cuidarla”, yo le decía que no quería que me la cuide, quería que me la encuentre.

El despacho del equipo de abogadas de Madres de Víctimas de Trata se encuentra en pleno centro de la Ciudad, sobre Avenida de Mayo. Apenas está lista la cámara, trípode y luz, Margarita se tapa la remera blanca de estampado dorado para sombrearla con la pechera que lleva a todos lados, sin falta, y sin remedio: “MADRES VÍCTIMAS DE TRATA, DESAPARECIDAS PARA SER PROSTITUIDAS”. Letras grandes y claras. La palabra víctimas, en rojo. Un dibujo de una pequeña jaula justo debajo. Antes de poder apretar el botón de grabación, ya está hecho el nudo a sus costados, acomodado entre sus collares. Es como la capa de una superheroína. El pronunciamiento más fuerte. Es una acción similar a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo: antes de cada movilización, de cada entrevista, evento y juicio, aparece el pañuelo blanco.

Margarita era cercana a Norita Cortiñas, madre de Plaza de Mayo. Antes de morir, en 2024, le dijo a Marga: “Lo nuestro fue hace mucho tiempo y fue accionar del terrorismo de Estado, sabiendo qué hacían con nuestros hijos.  Lo de ustedes está sucediendo ahora, en plena democracia. Tienen que marchar enfrente nuestro”.

Las Madres de Víctimas de Trata movilizan siempre con una barredora con las cientas de desaparecidas por el negocio macabro de la prostitución en nuestro país. En el año 2021, en el Encuentro Plurinacional de Mujeres en la provincia de Chaco, Marga estaba marchando junto a la mamá de una chica desaparecida.

Yo quería que en la bandera de arrastre se ponga la foto de una piba desaparecida de esa provincia. Era una simple foto. Y me dijeron que eso ensuciaba la bandera. Me persiguieron entre 30 y me quisieron pegar. Que me peguen, que me rompan, ¿qué me van a hacer? nosotras no estábamos cometiendo un delito. ¿No saben lo que costó? ¿Quién está primero? ¿La foto de una chica buscada o una bandera?

Cuando una madre te cocina

Margarita ha logrado convertir el dolor en la búsqueda, el odio en la compasión, y el rechazo de diferentes sectores en este desinteresado acto de amor: la actual sede de Madres, ubicada en Buenos Aires, Constitución, funcionó desde el año 1989 como un comedor para combatir la pobreza del barrio, característica del contexto socio-político de la época, a fines del gobierno de Alfonsín. Marga aclara, puntualmente, que fue tras los saqueos a los supermercados en el año 1988, donde se desató el caos colectivo, y que fue fundado con la ayuda incondicional de su hija Susy.

Hasta el día de hoy, ella y otras madres cocinan para alimentar alrededor de 630 personas por día. Sobre la calle Ciudadela al 1200, se hace la fila eterna para una vianda al mediodía. Asimismo, en la casa conviven seis mujeres rescatadas de prostíbulos de Argentina. “Hoy hacemos de todo para que las chicas también puedan entretenerse. Estamos haciendo talleres de oficio como costura, velas artesanales, pedicura, manicura, todo lo que sea con salida laboral, así pueden tener un trabajo y un ingreso”, cuenta Margarita y amplía: “Yo vendí nuestro auto para alquilar esa casa mientras estábamos escondiéndonos de la dictadura, más o menos en el año 1981. Mi marido y yo éramos militantes peronistas. Nunca pensé que iba a quedarme toda la vida”.

Cuando Marga perdió su casa mientras buscaba a Susy, decidió instalarse definitivamente en la sede. “Me hice un entrepiso y ahí duermo yo. Pero me gustaría tener otro lugar, ya no tengo 20 años, ¿viste?, en ese lugar no hay intimidad, ni fiesta, ni reuniones. Hay víctimas de trata”. Entonces nombra a la única madre de desaparecida que la acompaña en la sede, Lucía. La identidad de su hija fue restituida a través de la búsqueda de Margarita, siempre al compás de su encargada de legales, la abogada Marcela Cano. Había sido enterrada como NN hacía 11 años atrás.

Cuando Margarita se encuentra en duda de alguna fecha, testimonio o nombre, Marcela la corrige, y le dice: “No Marga, así no fue. ¿Te acordás que lo hablamos hace poco?” y ella, casi vergonzosa, replica: “Sí, ya sabes que yo soy la ignorante de las dos”. Se admiran entre ellas, se cuidan. Marga es impulso, rescate e inmediatez. Marcela es estrategia, fluidez y certezas.            

Matricularse legalmente en cada provincia cuesta 1 millón de pesos. Actualmente, Madres de Víctimas de Trata está asentado en 5, entre ellas se encuentra Chubut, Santa Fe, y Córdoba.  Marcela cuenta que tuvo que vender 2 autos para matricularse en la última provincia para poder accionar en las causas judiciales, y para poder inaugurar el restorán “Che, Papusa”, cuyo objetivo principal es que las chicas sobrevivientes de la trata puedan efectivamente reinsertarse escalonadamente en la sociedad mediante el trabajo, juntas y acompañándose entre ellas.

El resto bar ubicado en Paraná 1500, centro de CABA, emplea a seis mujeres rescatadas. Marcela cuenta: “Este lugar era lúgubre, los vecinos se quejaban de las ratas, pero en menos de tres meses lo pusimos en valor y arrancamos sin sacarle la esencia del tango”, haciendo referencia a que en esa esquina Aníbal Troilo componía sus históricos temas. “Y vos ves que se gastan dinero en cualquier pavazo. Una ministra de género con 200 empleados y no nos recibió nunca. En 30 años no me recibió ningún presidente ni ningún funcionario”, suma Margarita.

Pero eso no fue ni es impedimento para una fundadora como ella. “Si no voy a llevar presos a los procesados, yo me quedo en mi casa disfrutando de los últimos años que me quedan. Yo no estoy para hacer propaganda. No me interesa”.

Cuando una madre te busca

 —Yo fui testigo de un proxeneta para sacarle información.

En 2017, Marga se dirigió a la puerta de un prostíbulo muy reconocido de CABA, situación que quedó televisada por un medio periodístico cuyo nombre se reserva. Allí, un hombre estaba en la puerta custodiando la entrada. Al tiempo, ese mismo hombre fue desvinculado del boliche por aparecer su cara en la televisión pública, y contactó a Margarita para que fuera su testigo por juicio laboral. “Yo pensaba: ¿qué hago? ¿cuánta data le puedo sacar? el corazón se me salía del pecho. Y le dije que sí”, detalla. Allí empezó otra dura investigación encubierta que hasta el día de hoy sigue esperando justicia. En una conversación previa a una de las audiencias, Margarita le preguntó por qué habían matado a una chica en ese prostíbulo. Él le admitió: “No, eso no fue ahí. Eso lo hacíamos en otro lado…”

Cuando una madre lucha

Así como este caso, Meira atraviesa decenas por año. Le devuelve la identidad a las mujeres que el Estado le dio la espalda. “Hoy mantengo el comedor por las madres de las víctimas. Cuando a una le desaparece una hija, lo que más necesita es un plato de comida y un abogado. Y de eso, el Estado, no se encarga”.

“Acá la agenda es trabajar el abolicionismo y el feminismo en conjunto: ojalá un día se de la discusión como corresponde, y que el Estado prohíba lo que tiene que prohibir”, dice, pero se nota desilusionada. No cree que tenga un movimiento contundente que la respalde: “Esto va a cambiar si el pueblo se pone de pie. Porque movimientos sociales hay muchos, pero este es el único contra la trata. Mi sueño es tener un movimiento grande… pero ¿cómo?”, la pregunta queda en el aire rodando como un espiral. Marga se muestra decepcionada. Pero no abandona la lucha jamás, ni está en sus planes. De casualidad, charlando con esta cronista, cuenta que cumplió 76 años el 17 de octubre. No le es ajena la fecha. Se ríe irónicamente: “¿Qué fecha, no?”

El feminismo es de los movimientos más grandes que tiene este país, y el que más orgulloso provoca diariamente para las miles de mujeres en todo el territorio nacional que ponen el cuerpo a las luchas, a los comedores, en los barrios, en las escuelas, en la salud, en el trabajo, en la comunicación. En el abrazo a otras mujeres. En la creencia de la transversalidad de los derechos, en un formato de vida que no nos encuentre únicamente como víctimas, sino como verdaderos sujetos de derecho: pero, ¿cómo podemos aceptar que esos derechos son universales si hay una gran mayoría que no los posee? ¿cómo se acciona con la gran multitud de deudas de la democracia con tantas mujeres desaparecidas y asesinadas, refugiada por la complicidad impune de los propios miembros del Estado?

Es claro que para esas preguntas, hay un grupo de madres que entregan su cuerpo, su vida y sus propios derechos para conseguir las respuestas antes de que sea tarde. Hay una comunidad organizada. Hay una madre que la guía. Hay una Margarita.

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