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SOCIEDAD

El deseo en modo fantasma: vínculos que no llegan a ser 

En una época que celebra el contacto fácil y la disponibilidad constante, hay algo que se resiste. Los varones jóvenes lidian con mandatos contradictorios mientras las mujeres sostienen, preguntan e interpretan. Y así, entre silencios y expectativas, el deseo se vuelve un territorio incierto donde conectar parece cada vez más difícil. 

Créditos: RyanKing999
Créditos: RyanKing999

A las seis de la tarde, Lucas llega a su casa después del trabajo. Deja la mochila junto a la puerta, saluda a sus dos gatos, les repone el agua y la comida que dejó a la mañana. Se saca las zapatillas, enciende la hornalla para calentar el agua del mate y se sienta en el sillón con el celular en la mano. 

Antes de prender la tele, sin mucha conciencia, desliza el dedo por la pantalla. Abre Tinder. Lo hace todos los días, a veces mientras come, otras veces antes de dormir. Dice que “ya es parte de su rutina”, como chequear los mails o mirar el clima. Mira fotos de mujeres. Selfies, imágenes en la playa, en bares y de viaje. Desliza hacia la derecha a algunas, hacia la izquierda a muchas más. 

Derecha significa aprobadas, que son lindas, que “están buenas”. A la izquierda: no me interesa, “paso”. No se detiene demasiado a pensar: el movimiento es rápido, casi automático. “Me acostumbré a mirar sin mirar”, dice. Después ceba el primer mate, deja el celular al lado y pone una serie. No espera que pase nada. 

Conseguir pareja se ha vuelto una travesía para muchos jóvenes de entre 23 y 35 años. En tiempos de hiperconectividad, donde el contacto parece estar a dos toques de pantalla, los vínculos se desdibujan. El deseo, los mandatos de género y el miedo al rechazo atraviesan a toda una generación que busca nuevas formas de encontrarse, sin certezas sobre qué significa hoy estar en pareja.

Entre los hombres jóvenes, usar apps de citas se volvió parte de la rutina: una práctica casi automática, frecuente y extendida. Aunque pocas veces reconocida como tal. En 2023, solo en Argentina el número de descargas de la aplicación de citas en Tinder superó las 101.000 siendo en su mayoría usuarios hombres (83,6%)

Sin embargo, esa hiperconectividad convive con un fenómeno que parece opuesto: los vínculos no avanzan. Las mujeres lo describen con frases que se repiten. “Hablamos durante días pero nunca nos vimos”, “Cuando activé para vernos dejó de responderme”, “Todo el tiempo está en línea pero no propone nada”, “Prefieren lo virtual, les basta con una charla que ni está tan buena”.

En ese entramado también pesan los mandatos de género que, de maneras distintas, condicionan cómo se acercan hombres y mujeres al vínculo. Entonces, si antes avanzar dependía de los varones, ¿cómo es la masculinidad hoy? Mariana Palumbo, socióloga argentina, explica que básicamente es “no ser femenino”. 

Para muchos varones, mostrarse vulnerables, tomar la iniciativa afectiva o exponerse al rechazo implica romper con la masculinidad tradicional que aprendieron. Del otro lado, las mujeres llegan con una carga distinta. “Nos enseñaron a tener que ser”, menciona Florencia Romano, una de las mujeres entrevistadas para esta investigación. 

La mujer tiene que ser amorosa, cuidadora, empática y destacarse en su trabajo. Al respecto, Palumbo agrega: “La mujer masculinizada existe y eso también cambia los modos de relacionarse. Masculinizada en el sentido de que van al frente, no piden permiso, ocupan espacios de poder y piden lo que quieren”. Esto choca con un otro que muchas veces se repliega, se muestra ambivalente o no responde a estas mujeres que son “todo”. Y, en esa asimetría, el encuentro se vuelve cada vez más difícil.

Créditos: Infobae

Florencia prende el celular cuando sale de la ducha. Tiene cinco notificaciones nuevas de Instagram. Un like a una foto vieja, dos reacciones a historias y un comentario sobre el tatuaje que se ve en una foto de espaldas. No conoce a ese usuario, pero tampoco la sorprende. “Están ahí, todo el tiempo. Te aparecen, te miran, te siguen, te mandan un emoji”, dice. Ya aprendió que eso no significa nada. 

Que puede haber una seguidilla de reacciones sin que haya una sola conversación. Que puede haber un chat, incluso fluido, y que nunca llegue el encuentro. “Y cuando sos vos la que decide hablar, la que propone una cita, se van. Desaparecen. Pero siguen ahí. Siguen viendo tus historias. Como si solo les alcanzara con eso”, amplía.

En 2023, el 28% de los usuarios argentinos de servicios de citas en línea tenían entre 25 y 34 años de edad, siendo el rango etario que más usa las aplicaciones, seguido por los usuarios de entre 35 y 44 años. 

Florencia tiene 30 años y se considera “feminista”. Es docente, le gusta la política y la literatura. Usa apps de citas desde hace años, pero dice que cada vez le gustan menos. “Es como estar en un catálogo, todos mostrando lo mejor que tienen. Me resulta muy superficial, me da incomodidad”, cuenta. 

De decenas de matches, solo conoció en persona a dos. En general, los chats no prosperan. A veces, ni siquiera arrancan bien. Al respecto, comparte: “Me escriben cosas como: ‘¡Qué feo ser de Boca!’ o ‘¡cambiá esa camiseta!’. Como si fuera un jueguito de pelear, un intento de hacerse los graciosos”.

No es la única que lo vive así. Lo charló con amigas y a todas les pasa algo similar. “Siento que los hombres ya ni usan palabras. Dan likes, reaccionan y esperan que una adivine qué quieren. O directamente esperan que una arranque la charla”, describe. Ella lo hace, toma la iniciativa pero cuando lo hace con claridad, cuando invita a salir a algún chico, suele encontrarse con la ambigüedad. El famoso “dale, sí, me copa”, seguido del silencio; o del famoso “che, me colgué, ¿la semana que viene podes?”. La otra semana llega. Y no hay mensaje.

La experiencia de Florencia se enmarca en una transformación más amplia: el deseo, ese motor de búsqueda, aparece desdibujado. Mauricio Strugo, psicólogo y sexólogo especializado en relaciones afectivas, dice que muchos varones jóvenes hoy están desconectados del deseo. “La sexualidad se volvió un trámite. Muchos prefieren el mundo virtual, donde no hay esfuerzo, no hay rechazo, no hay exposición. Hoy pueden poner un video, cumplir la fantasía y ya está”, explica y sigue: “Pero esa libido que se descarga ahí, no se transforma en acción. No hay acumulación de deseo que empuje al encuentro”. 

Strugo insiste en que eso repercute en todos los niveles del vínculo: “La sexualidad implica esfuerzo. Implica buscar, exponerse, animarse a la frustración”. Entonces, por miedo e incomodidad no hacen nada. Florencia se ríe cuando escucha esto. Sin embargo, piensa: “Sí, es eso… Yo invito, pero se van. No entiendo el motivo, si es que no saben qué hacer. Pero en esa espera, algo pasa. Queda todo el tiempo una pregunta dando vueltas: ¿de verdad querrá conocerme o alcanza con mirar?”.


Agustina Troncoso tampoco tiene miedo a proponer. A sus 23 años, cuando algo le interesa, lo dice. Si la conversación por chat se estira demasiado sin definiciones, ella activa. “¿Nos vemos?”, se anima. No lo hace una vez. Lo hace cada vez que cree que hay onda. La respuesta suele ser positiva: “Dale, de una”, “el jueves estoy libre”, “me re copa”. Pero a medida que se acerca el día para verse, algo cambia. Los mensajes se espacian, las respuestas llegan tarde o ni llegan. Y cuando llega el día, no aparece nadie. A veces contestan al día siguiente con una excusa, con una justificación. Pero la sensación se repite: los chats entusiasman y los cuerpos no se encuentran.

Agustina dice que no le interesan las charlas que surgen de apps de citas. “No me gusta mucho hablar por ahí. Me aburro rápido, siempre es lo mismo: ¿de qué laburas?, ¿De qué zona sos?, ¿Qué estudias?. Yo prefiero pasar rápido a lo presencial, ver si hay onda de verdad; porque por chat todo parece igual. Medio muerto, sin gracia”, comparte y lo dice sin enojarse, pero con un dejo de resignación. No le molesta que el otro no quiera verla. Lo que le molesta es la falta de claridad: “Si no te intereso, decímelo. Pero no me digas que sí, para después colgarme”.

Las aplicaciones de citas, que intentan facilitar que las personas se conozcan, también parecen haber perdido su encanto inicial. Las descargas anuales de Tinder bajaron más de un tercio desde su momento de mayor éxito en 2014. Otra aplicación popular, Bumble, afirma que sus usuarios están interesados en las citas sin presión. Según la agencia de encuestas Savanta, más del 90% de la generación Z -personas nacidas entre 1997 y 2012- se sienten frustradas con esta clase de aplicaciones.

El caso de Agustina revela otro aspecto del escenario actual: la dificultad para sostener el deseo cuando hay que traducirlo en un hecho. En una cita concreta, en un cuerpo real. Sobre esto, Jimena Nieto Bolzan, licenciada en Psicología, habla de una “revolución cultural” que afecta, sobre todo, a las relaciones iniciales. “Todo es más cómodo en lo virtual con las apps de citas”, asegura. 

Actualmente se arman vínculos donde no hace falta poner plata, ni esfuerzo y tampoco exponerse emocionalmente. Se arma una conexión sin compromiso que muchas veces se mantiene en la ilusión, pero no en el hecho. Agustina coincide. Siente que los hombres se conforman con la charla y desaparecen justo cuando hay que verse. Pero no desaparecen del todo: siguen viendo las historias de Instagram, siguen presentes. Como si quisieran seguir ahí, pero sin involucrarse.

La paradoja se vuelve cada vez más común: vínculos que parecen avanzar, pero se disuelven al momento del encuentro. Una virtualidad que habilita el contacto pero posterga el deseo. “Es como si se olvidaran de que del otro lado hay una persona”, dice Agustina. “Y que esa persona está esperando algo que nunca llega”.

Créditos: Getty Images


Lucas desliza fotos con el pulgar pero no espera que pase nada. La pantalla se llena de rostros, cuerpos y ubicaciones. Algunos le llaman la atención, otros no. En el fondo, sostiene que lo hace porque ya forma parte de su día. Como prender la tele. Como cebar el primer mate. “No sé si tengo ganas de conocer a alguien. Capaz sí, pero no lo pienso mucho”, admite. 

A veces conecta con alguien, intercambian mensajes, hay buena onda. Pero cuando la posibilidad de verse aparece, todo se desdibuja. La cabeza se le llena de preguntas: ¿tengo que buscarla? ¿Tengo que pagar todo? ¿Tengo que parecer seguro aunque no lo esté?

En su adolescencia tuvo la autoestima baja. No da detalles, pero reconoce que eso todavía lo acompaña. Hoy, a los 30, siente que a su generación los educaron con reglas que ya no aplican. Que ser hombre era tener que ofrecer, sostener, llevar adelante. Y que ahora, con mujeres más decididas, esos mandatos se desordenaron. “Si una viene muy de frente, me incomoda. Me pasó. Es como si me sacara del lugar que me enseñaron a ocupar”, comparte.

Entre sus amigos no hay conversaciones íntimas. No hay palabras para hablar del miedo, del deseo, del afecto. “Solo si estás muy en la mierda podés decir algo. Si no, ni se te ocurre”, confiesa. Lo dice sin enojo, pero con cierta resignación. Como si fuera natural que no haya espacio para nombrar lo que pasa. Esto coincide con estudios realizados por la Mental Health Foundation, en los cuales se indica que los hombres tienen más dificultades para expresar sus emociones. El 22% admite mentir sobre cómo se siente, en comparación con el 10 % de mujeres que también lo hace. 

Strugo apunta contra ese silencio: “Muchos hombres no saben dónde ubicarse en estos nuevos modos de vincularse, por eso no avanzan. Aunque las nuevas generaciones atravesadas por el feminismo están trabajando mucho en diferenciarse de la masculinidad tradicional del machismo, parte del conflicto es que no tienen las herramientas para construir esta nueva masculinidad”. Entonces aparecen estos nuevos hombres que quieren ser distintos, pero no saben cómo. Y ahí en ese intento de cambiar se vuelven pasivos, ambiguos, evitan el riesgo, y el deseo se diluye. 

Lucas no usa esas palabras, pero algo de eso aparece en su relato. Le cuesta reconocer qué quiere; y cuando alguien más lo quiere se corre:  “Me ha pasado que una mina se me acerque y yo me quede quieto. No sé si por miedo o porque no supe qué hacer”. La escena se repite entonces: dos personas que podrían encontrarse, pero no lo hacen. Porque no se animan, porque no saben cómo, o porque esperan que el otro actúe e igual así, no pasa nada.


Rodrigo Fernández no se queja. Dice que está bien, que no tiene problemas para relacionarse, que le gusta conocer gente. Tiene 26 años, está soltero y, aunque no le pone nombre a lo que busca, admite que le gustaría estar en pareja. Ya lo intentó una vez con una chica con la que salieron un tiempo, se sintió cómodo, incluso ilusionado. Pero no funcionó. “Yo quería algo más serio, ella no. Estábamos en momentos distintos”, recuerda.

Cuando lo cuenta, lo hace sin enojo. Es que lo que más le dolió fue la desincronía. Esa diferencia de ritmos que no siempre se puede resolver. Aun así, no siente que le cueste vincularse aunque reconoce que hay algo que no logra cambiar: su vergüenza

La timidez no es el problema en sí, sino lo que implica en una cultura donde al varón se le exige ir al frente, tomar la iniciativa, mostrarse seguro. Palumbo lo explica así: “La masculinidad, tal como se construyó culturalmente, está asociada a la virilidad, prestigio, violencia y poder. Pero muchos varones no se sienten cómodos con ese modelo, sin embargo tampoco encuentran otra referencia clara. No hay un manual de cómo ser hombre sin repetir el machismo, sin que eso implique inseguridad o retraimiento”.

Rodrigo, al igual que Lucas, no habla de estas cosas con sus amigos. No porque no quiera, sino porque “no se da”. En su familia tampoco hubo conversaciones sobre vínculos o afectividad. “Lo fui aprendiendo a medida que me pasaban cosas. Como que me fui armando solo”, expone el primero. Y ese “solo” no suena a victimismo, pero sí a falta de acompañamiento. A una masculinidad aprendida por intuición.

La socióloga señala que el cambio cultural es profundo, pero no inmediato. “Hoy hay mujeres que están muy empoderadas, que ocupan espacios, que toman decisiones, y eso está buenísimo. Pero muchas veces se encuentran con varones que se repliegan. Que no responden, que no se animan a estar a la altura de esos nuevos modelos. No por mala intención, sino porque no saben cómo hacerlo. No tuvieron referentes, no tuvieron educación emocional”, explica.

Rodrigo, por su parte, cree que no rechaza a esas mujeres. Al contrario, le atraen: “Me gusta cuando una sabe lo que quiere. A veces me cuesta seguir el ritmo, pero no me asusta”. Lo dice con sinceridad. Y en su tono hay una calma que contrasta con otros relatos. Como si él, aun con dudas, estuviera un poco más cerca del deseo. Del propio, al menos.

Créditos: Psicología y mente


Luciana tiene 24 y relata la misma situación, dice que muchas veces se siente como “la que insiste”, la que propone, la que arranca la charla, la que tiene que sostener. Lo cuenta con hartazgo: “Me pasa todo el tiempo que hablamos durante días y después no pasa nada. Incluso cuando ellos proponen vernos, a último momento desaparecen. Y cuando soy yo la que invita, dejan de responder”.

Esa ambigüedad, ese quedarse “medio adentro y medio afuera” del vínculo, se repite tanto que ya parece un patrón. Y a veces se vuelve difícil entender qué está pasando. “Porque si alguien te habla todos los días, si se ríe, si te dice que le gustas… vos pensás que tiene interés. Pero cuando querés concretar algo, se esfuma”, agrega. 

Ahí entonces aparece la contradicción más difícil: seguir conectados, pero sin encuentro real. Estar disponibles, pero sólo hasta cierto punto. Como si el deseo se exprimiera en el chat y no hiciera falta nada más.

Ariela es la psicóloga de Luciana y cuenta que escucha ese tipo de relatos cada vez con más frecuencia. “Muchos hombres se quedan atrapados en el universo virtual porque no hay esfuerzo, no hay exposición, no hay posibilidad de rechazo”, describe y continúa: “Pero lo que no se dan cuenta es que esa pasividad también genera malestar en las mujeres, que sienten que tienen que tirar del vínculo todo el tiempo. Que no hay reciprocidad real”.

Para la especialista, esa dinámica no es solo interpersonal sino que responde a un cambio de época. Durante décadas, el mandato era que la mujer tenía que esperar. Hoy eso cambió. Las mujeres proponen y avanzan. Pero del otro lado todavía hay muchos varones que no saben cómo responder a eso. Que se sienten desbordados, intimidados o directamente paralizados. Y, en ese desajuste, lo que queda es una especie de vínculo fantasma. Una conversación que no lleva a ningún lado, pero que tampoco se corta.

Así lo siente Luciana. Ella no tiene problema en ser directa, le gusta saber lo que quiere y decirlo. Pero eso, lejos de facilitar los encuentros, muchas veces los complica. “A veces pareciera que cuanto más clara sos, más se corren. Como si no supieran qué hacer con eso”, dice. Y cuando eso pasa una vez y otra, y otra más, algo se rompe. La joven se lamenta: “Te empezás a cuestionar si estás haciendo algo mal. Caigo en la idea horrible del deber ser la mujer que espera, la pasiva, como las de antes. Aunque sepa que yo no soy así. Aunque sé que lo que estoy haciendo es lo que espero del otro”.

En los relatos de Lucas, Rodrigo, Agustina, Florencia y Luciana hay algo en común: el desencuentro. A veces aparece como repliegue, otras como sobreesfuerzo. Por momentos es miedo y por otros es confusión. Pero nunca, para ninguno de los géneros, es indiferencia. Detrás del chat sin respuesta, del match que no se concreta, de la cita que se cae a último momento, hay un deseo que no sabe cómo expresarse. Un vínculo que no se termina de animar. Una búsqueda que se frustra antes de empezar.

Palumbo habla de un “momento de tránsito”: “Vemos una reconfiguración de los guiones sexuales desde el término ‘sociabilidad erótico afectiva’ que implica valentía, compromiso y responsabilidad en el vínculo”. Por tanto, hace hincapié en que el movimiento feminista cambió las pautas de socialización. “Dado el avance del feminismo, las pibas están empoderadas y con más herramientas para ir al frente a la hora de relacionarse. En cambio, los varones, en general, no. Se encuentran ahora frente a una demanda o mujer nueva, pero sin herramientas simbólicas para responder”, comenta. 

Esa desigualdad emocional –no estructural, no salarial, sino íntima– impacta en el modo de vincularse. No porque las mujeres pidan demasiado, sino porque muchos hombres aún no saben cómo sostener un vínculo emocional sin sentir que pierden algo: el control, la distancia, la compostura.

Ariela, por su parte, plantea una metáfora que resume bien el panorama: “Es como si todos quisieran conectar con alguien, pero nadie se quiere sacar los auriculares. Nos seguimos hablando desde mundos separados. Desde la comodidad de la pantalla, desde la protección de no mostrarnos del todo”. 

Según ella, eso no es necesariamente negativo. Pero sí exige un nuevo aprendizaje: cómo vincularnos sin certezas. Cómo exponernos sin sentir que estamos haciendo algo mal. Y Strugo lo retoma, pero desde otro lugar: “No es que los hombres ya no deseen. Es que el deseo, hoy, está lleno de capas: miedo al rechazo, miedo a incomodar, miedo a no estar a la altura, miedo a parecer lo que no se quiere ser. Y cuando hay tanto miedo, es difícil que el deseo avance”. Por eso insiste, no se trata solo de entender qué quieren los varones o las mujeres. Se trata de entender qué está pasando en el medio, en ese territorio donde ya no sirven las fórmulas viejas, pero todavía no hay reglas nuevas.

Lo que aparece no es un final sino un escenario. Uno en el que las mujeres proponen, pero se cansan. En el que los hombres dudan, pero no siempre se animan a decirlo. En el que las palabras existen, pero muchas veces no circulan. Y en el que la tecnología, que vino a facilitar los encuentros, parece, por momentos, congelarlos.

La pregunta que queda flotando no es si los vínculos están en crisis. Sino si esa crisis no será, también, una oportunidad. Para que el deseo, más silencioso, más torpe, más humano, pueda volver a encontrar una forma. Aunque no sepamos todavía cuál.


*Estudiantes de la carrera de Periodismo.

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