ENTREVISTAS
Nahuel Prado: “A veces se te corre el arco del humor político porque los propios funcionarios son delirantes”
El humorista del programa Pasaron cosas y productor analiza el papel de la sátira en tiempos de crisis, la vigencia de la radio, su paso por la docencia y la literatura infantil.
Docente universitario y musicoterapeuta de amplio recorrido en salud mental, Nahuel Prado (44) consolidó en la radio una de las voces satíricas más agudas de la actualidad. Desde el aire de Pasaron cosas, ciclo conducido por Alejandro Bercovich en Radio con Vos, desarma la coyuntura a través de personajes que no buscan la imitación, sino exponer los núcleos ideológicos del poder. Detrás de sus intervenciones humorísticas conviven una concepción de la risa como herramienta terapéutica frente a la angustia y una firme defensa del lenguaje radial como refugio frente a la vorágine digital.
—Sos musicoterapeuta y docente. ¿Cómo quedó tu vínculo actual con la salud mental y la Universidad de Buenos Aires?
—Hoy mi relación con la salud mental es estrictamente académica: doy clases en la UBA en un taller de Ética y Derechos Humanos. En 2023 hubo un cambio de titularidad irregular en la cátedra donde llevaba diez años como jefe de Trabajos Prácticos. Denuncié la situación y hubo una movilización. Luego de eso no me renovaron. Ahí me refugiaron en esta cátedra en la que estoy ahora.
—¿En ese momento decidiste volcarte de lleno a la radio?
—Fue una transición gradual. Hasta 2019 coordiné un proyecto de inclusión escolar para chicos con discapacidad y hacía radio comunitaria en FM La Tribu. Con Bercovich nos conocemos desde la secundaria. En 2017 me convocó a El lobby para sumar columnas y humor, y a fines de 2018 dimos el salto a la masividad con el nacimiento de Pasaron cosas.
—Con la irrupción de las cámaras en el estudio y el auge del streaming, ¿cómo sobrevive el lenguaje tradicional de la radio?
—La radio nunca va a morir porque te acompaña en el trabajo, en la calle o en la soledad de tu casa. En mi caso sigo dependiendo del dispositivo radial, ya que mis personajes no se tienen que ver. Salvo que haga un cambio integral de vestuario, el humor de personajes necesita del lenguaje de radio.
—Tus personajes no apuestan a la imitación calcada. ¿Desde qué lugar construís la sátira política?
—Yo soy malo imitando. Hago parodia de una idea de persona. Tomo inflexiones vocales para que el personaje se vincule con esa idea.
—¿Sentís que algún funcionario de gobierno del presidente Javier Milei termina siendo más ridículo que la propia parodia?
–A veces se te corre el arco del humor político porque los propios funcionarios son delirantes. Al personaje de El troll lo dejé de hacer porque pasó a ser directamente una forma de gobierno y entonces terminaba siendo un tibio comparado con lo que dice el Presidente.
—¿Eso complica la tarea del humorista o lo hace más fácil?
—Hay una idea de que el humor político debe ser opositor, pero se puede hacer sin que sea contra alguien. La política es el arte de pensar la realidad para intentar cambiarla, mientras que el humor político es el arte de despensar la política para aceptar que la realidad a veces no la podés cambiar. Es encontrar qué cosa insoportable puede ser graciosa.
—¿Hay sentido del humor en la dirigencia política?
—En la política en general no hay sentido del humor. Los gobiernos de derecha creen que el sentido del humor es denigrar al contrario. Milei puede causar gracia, pero no es gracioso. Cristina era graciosa cuando estaba en el poder. Macri no era gracioso, pero te hacía reír. Menem era gracioso. Me acuerdo de un sketch en el que Tato Bores era un arqueólogo del futuro y Carlos Saúl interpretaba a su propio descendiente. Tato se reía de él en su cara y Menem también se reía. Con todas las cosas horrendas que pasaron en los 90, uno se pregunta cómo se estaba riendo. Por eso creo que hay elementos de los que podemos reírnos para que nos lastime menos, uno de ellos es el pasado.
—Mencionaste a Tato Bores. ¿Qué otros humoristas te marcaron?
—También veía Peor es nada, con Jorge Guinzburg. Incluso Jorge Lanata me parecía gracioso. Después apareció Cha cha cha, que no era humor político. Capusotto y Saborido no hacen de coyuntura, pero hacen un humor súper político con personajes que representan lo argentino.
—¿Hay un vínculo entre lo que hacés como humorista con lo que hacías como músicoterapeuta?
—Hay un vínculo entre la salud mental, la música y el humor. El sentido del humor implica reírse de uno mismo, lo que requiere un alto nivel de reflexión. Es un rasgo de salud, por eso hay personas que me siguen reconociendo que las hice reír en pandemia, cuando no había motivos para reírse.
—Incursionaste en la literatura infantil. ¿Qué hallaste que no había en el terreno del humor?
—Los chicos son los seres más privilegiados y a la vez los menos entendidos. En el afán de protegerlos muchas veces se les presenta un mundo engañosamente bueno que luego deviene en frustración. En Útiles perdidos quise retratar a través de la historia de un lápiz extraviado que el mundo no es lo que esperás.
—En el último tiempo asumiste también el rol de productor general de Tomás Rebord. ¿Cómo experimentás esa tarea detrás de escena?
—Tomás es un tipo talentoso y gran líder. Cuando nos desvincularon de Blender, él asumió el costo económico y judicial de no seguir en ese streaming si no iba a estar con su producción. Queremos seguir trabajando juntos pero sin caer en una experiencia tan mala como fue Blender.