GÉNEROS
Cuando el folklore cruza el límite: controversia, machismo y cultura de la violación en el fútbol
Un partido entre Rosario Central y Banfield llamó la atención de la sociedad por lo que la hinchada mostraba en el estadio. Especialistas analizan los hechos que denunciaron como violentos y ofensivos.
Es de noche y la cancha está encendida. Las tribunas empujan, las banderas se mueven sin parar y los fuegos artificiales iluminan el Gigante de Arroyito. Se canta, se graba, se festeja. En medio de ese griterío, muñecas inflables con cuerpos feminizados vuelan desde la popular hacia el campo de juego. Caen sobre el césped con los colores rojinegros. La escena se celebra. La imagen circula y genera repercusión. ¿Dónde termina el folklore y cuándo empieza la violencia?
El hecho fue el pasado 14 de marzo de 2026, en el partido entre Rosario Central y Banfield, donde también arrojaron bebés de juguete con camisetas de Newell’s. “Que los hinchas digan que es folklore no quiere decir que esas prácticas no impliquen una naturalización de la violencia”, advierte Sofía Basso, abogada rosarina e integrante de la Asociación Civil Colectiva de Abogadas Translesbofeministas. La situación, que se da en diferentes escenarios, generó reacciones diversas y reactivó una discusión que se extiende a otras canchas y redes sociales.
El Observatorio de Mumalá, un espacio feminista que releva y visibiliza situaciones de violencia de género en Argentina, señaló lo ocurrido en aquel partido de Rosario Central como “una forma de violencia simbólica que utiliza el cuerpo de las mujeres como objeto de burla, humillación y sometimiento”. Advirtió, además, que este tipo de expresiones no solo impacta en el ámbito deportivo, sino también refuerza brechas que atraviesan a toda la sociedad.

En ese sentido, la Ley 26.485 de Protección Integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres hace referencia a la violencia simbólica en sus artículos 5 y 6 donde habla de patrones estereotipados, mensajes, valores, íconos o signos que reproducen y profundizan desigualdades, naturalizan la subordinación de la mujer y pueden manifestarse en distintos ámbitos, incluidas las instituciones deportivas.
Estas prácticas no son nuevas y se repiten en distintos escenarios del fútbol nacional: desde figuras que representan al adversario en situaciones de violencia simbólica hasta intervenciones que, en muchos casos, apelan a la feminización como forma de ridiculización.
“Somos una generación bisagra que logra ver que esto está mal, pero no está solucionado”, explica Soledad Boufflet, ex presidenta de la Subcomisión de Género del Club San Lorenzo de Almagro. Un ejemplo de esto se dio durante el clásico de Avellaneda, cuando hinchas de Independiente colgaron en las inmediaciones del estadio de Racing, múltiples muñecos de juguete con camisetas celestes y blancas, ahorcados del cuello como forma de burla.
Otro antecedente fue en la previa del clásico de la Primera Nacional entre Güemes y Mitre, en Santiago del Estero. La dinámica es la misma: un muñeco colgado con los colores del equipo contrario. El patrón se repite: cambia el escenario, pero no la lógica.

Para Boufflet, la persistencia de estas conductas no es casual. En ese entramado se explica que conviven manifestaciones extremas con otras más naturalizadas, como el humor sexista o las chicanas que terminan construyendo sentido. Basso aporta otra dimensión al análisis: “Todo lo que se repite por inercia y no se cuestiona refuerza el paradigma en el que vivimos”.
Tras lo ocurrido en Rosario, hinchas y familias comenzaron a expresar su rechazo y a disputar el sentido de lo que se considera parte de la cultura futbolera. “En tanto no nos opongamos y repudiemos estas cosas, también somos responsables”, dice Boufflet remarcando que no solo queda la responsabilidad en quienes organizan estos actos, sino que amplía su mirada a la aceptación donde la naturalización se disfraza de tolerancia.
La ex presidenta de la Subcomisión de Género del Club San Lorenzo de Almagro advierte que “hacer silencio nunca puede ser una opción” y remarca la importancia de trabajar en la prevención dentro del marco deportivo: “Todo construye sentido”.
Mientras los clubes se presentan como espacios de “contención social y construcción colectiva”, en sus tribunas conviven prácticas que refuerzan asimetrías que esos mismos espacios dicen combatir. La contradicción no es nueva, pero cada episodio la vuelve más visible.
Para Basso, el foco debería ser la prevención y no el castigo. “La responsabilidad en términos de la pena, de la sanción, no sirve. Lo único que sirve es la prevención”, afirma y pone atención en la falta de políticas públicas sostenidas. Así también, la integrante de la Asociación Civil Colectiva de Abogadas Translesbofeministas señala que estos hechos se inscriben en un clima social más amplio, donde los discursos de odio circulan más y se cuestionan menos. Y agrega: “Sería muy hipócrita pensar que la sociedad no tiene responsabilidad. El Estado también la tiene cuando facilita escenarios violentos en los que esas prácticas emergen con impunidad”.
Las resistencias, sin embargo, siguen presentes. “Parece que volvió a estar de moda ser machista”, plantea Boufflet. Más que una tendencia, la idea también puede leerse como la vuelta a escena de prácticas que nunca desaparecieron, pero que hoy encuentran un clima que los habilita a expresarse con visibilidad, y eso pone en debate qué se tolera y qué se elige señalar.
El fútbol, como espacio de pertenencia, no queda al margen de esas tensiones: las refleja, las amplifica y también las pone en discusión. Pero, en un ámbito donde todo se grita, se exagera y se festeja; hay expresiones que todavía pasan sin ser nombradas. No se trata solo de quién lo hace, sino de cuántos lo ven, lo celebran o lo dejan pasar. Y quizás la pregunta ya no sea solo qué es folklore, sino qué estamos dispuestos a llamar así.
*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.
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