GÉNEROS
Conocé REDIM: la comunidad educativa que busca proteger a las infancias y las mujeres en Santiago del Estero
Natalia Farías decidió no mirar para otro lado. Después de más de 20 años en las aulas, la docente transformó una experiencia que la desbordó en herramientas para enfrentar situaciones de violencia desde dentro de las instituciones educativas en Añatuya.
En un aula de la Escuela Técnica Nº 4 de Añatuya en 2018, una adolescente de 15 años pasó toda la clase con la mirada perdida, sin levantar la cabeza. Natalia Carolina Farías lo notó enseguida. No era la primera vez que veía un gesto así. Tampoco sería la última. Cuando terminó la clase buscó una excusa para acercarse. Lo que siguió fue un silencio que se convirtió en llanto y, finalmente, en un relato que nunca hubiera querido escuchar.
Ese momento en 2018 marcó un antes y un después. Farías sintió que la realidad que tenía enfrente excedía su rol docente, pero también entendió que permanecer inmóvil ya no era una opción. Aquella conversación se convirtió en el punto de partida de un compromiso que terminaría tomando forma en REDIM Santiago, la Red Educativa en Defensa de las Infancias y las Mujeres.
Con más de 25 años de trayectoria como profesora y una formación vinculada a la comunicación y al periodismo, ella conoce de cerca las realidades del interior santiagueño. Su trabajo en escuelas, radios, medios gráficos y televisión le permitió recorrer distintos parajes de la provincia y escuchar historias que rara vez ocupan un espacio en la agenda pública. Historias atravesadas por la violencia, el silencio y el desconocimiento de derechos.
Fue justamente esa experiencia la que le hizo comprender que el problema no estaba únicamente en la existencia de leyes, protocolos o herramientas. “El problema no era que no existieran herramientas. El problema era que esas herramientas no llegaban a las personas que más las necesitaban; y cuando llegaban, nadie les explicaba cómo usarlas“, resume la docente.
La respuesta comenzó de manera sencilla. Primero fueron conversaciones con colegas. Después aparecieron otras docentes que compartían las mismas preocupaciones. Más tarde se incorporaron una psicopedagoga y una abogada convencidas de que hacía falta construir una red capaz de acompañar tanto a docentes como a familias. Lo que nació casi de manera espontánea terminó consolidándose como una asociación civil sin fines de lucro.
Hoy, REDIM trabaja sobre tres ejes:
- La formación de docentes para detectar y actuar frente a situaciones de vulneración de derechos.
- El acompañamiento y la orientación terapéutica para personas atravesadas por hechos de violencia.
- La contención comunitaria mediante talleres en escuelas y organizaciones sociales.
Desde Añatuya, la iniciativa proyecta su trabajo hacia distintos departamentos del interior santiagueño, con una mirada profundamente territorial. Pero quienes conocen a Farías saben que su lugar sigue estando, antes que nada, en el aula. Allí continúa enseñando, observando y escuchando.
La docencia no quedó atrás cuando nació REDIM; por el contrario, fue el espacio desde donde comenzó todo. Cada clase representa una nueva posibilidad de detectar aquello que muchas veces permanece oculto detrás de un silencio o una mirada esquiva.
Su perfil combina dos mundos que parecen distintos, aunque para ella forman parte de una misma misión. La comunicación le enseñó a escuchar y a contar historias. La educación le mostró que esas historias necesitan respuestas concretas. En ese punto encontró el sentido de su trabajo cotidiano: transformar la palabra en una herramienta de acompañamiento.

La docente evita presentarse como alguien que cambia realidades en soledad. Prefiere hablar de equipos, de redes y de procesos colectivos. Quizás por eso el nombre elegido para la organización no sea casual. REDIM nació con la idea de que nadie debería enfrentar solo una situación de violencia y de que el acompañamiento también se construye compartiendo responsabilidades.
A ocho años de aquel martes de otoño que todavía recuerda con claridad, la escena sigue acompañándola. Ya no como una carga, sino como el recordatorio permanente de por qué decidió involucrarse. Mientras continúa dando clases en la misma escuela donde todo comenzó, sostiene una convicción que atraviesa cada proyecto que impulsa: “Cada historia que nos llega es un recordatorio de por qué éste trabajo importa”. Y concluye: “En el aula y en el territorio, no somos solo educadoras; somos compañeras de camino“.
*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.
Además en ETER DIGITAL:
La Ley Micaela, una conquista bajo amenaza
La Ley Belén vs el vacío legal de la IA





