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Corazón de Alvarado, manos de muralla: el perfil de un pibe normal en un arco de fuego

Conocé la historia de Agustín Zapata, actualmente arquero en Deportivo Norte.

Créditos: Marca Deportiva 
Créditos: Marca Deportiva 

En el Barrio Centenario de Mar del Plata, el silencio es un lujo que no existe. Allí, entre el eco de los monoblocks y el ruido de las motos, Agustín Zapata aprendió que para cuidar un arco primero hay que saber cuidar la identidad. Hoy, con 23 años, vive en la dualidad de quien detiene penales decisivos bajo las luces del Torneo Regional y, a la mañana siguiente, se sienta frente a los apuntes de Educación Física para cumplir con su otra faceta: la de un pibe normal que proyecta un futuro más allá del césped.

El perfil de Zapata se define en el equilibrio. “Trato de mantener los pies sobre la tierra”, suele repetir mientras reparte su tiempo entre el entrenamiento y el grupo de amigos de siempre. Para él, el fútbol es una forma de expresión, pero no es la única: sabe que una carrera puede cambiar en un segundo y por eso busca una base sólida fuera del deporte.

La mitología privada del arquero tiene un punto de partida claro: una tarde de sol, hace 11 años, caminando hacia el estadio con su padre, Martín Zapata. “Mirá este estadio, hijo. Algún día vas a jugar acá”, le dijo mientras el ruido de los bombos de la hinchada de Alvarado hacían temblar el cemento. Él, que entonces tenía nueve años, no solo miró; sino que guardó el sonido y el color de las banderas como un tesoro. 

Su padre lo empezó a llamar cariñosamente Patito no por una cuestión de plumaje, sino por la sobriedad y los reflejos fríos que le recordaban al “Pato” Abbondanzieri. “De chico le pateaba pelotas de tenis contra la pared del monoblock”, recuerda su papá con una sonrisa y sigue: “El Patito no se quejaba nunca. Si una pelota le pegaba en la cara, se limpiaba y me decía ‘seguí pateando, pa, que esta no entró’”.

Su ascenso en Alvarado, el club que lo formó desde niño, fue un proceso de paciencia. “Alvarado me enseñó amor por la camiseta y valores”, reconoce el arquero quien sintió un orgullo indescriptible cuando lo llamaron para su primer contrato profesional. Sin embargo, el salto al primer equipo le exigió sacrificar la espontaneidad: ordenar horarios, cuidar la comida y aprender a convivir con una presión que sus pares solo ven por televisión.

Tras tres años de pelearla “desde atrás” en el Torito, su paso a Deportivo Norte fue una decisión de madurez para “tener rodaje”. Allí se convirtió en La muralla confiando en su intuición para darle alegrías al equipo marplatense. Sin embargo, en el vestuario prefiere el silencio y la escucha. “En Primera hay jugadores con mucha experiencia y cada consejo vale oro”, afirma con la humildad de quien sabe que todavía tiene mucho para crecer.

Créditos: Marca Deportiva 

Antes de cada partido, el arquero tiene sus rituales de pibe de barrio. “Escucho siempre las mismas canciones y llego temprano para mirar la cancha en silencio”, comparte sobre ese momento de conexión, antes de que Patito se ponga los guantes y se transforme en el guardián de los tres palos.

Al final del día, vuelve a ser el hijo de Martín. —¿Cómo te fue hoy, Patito? —pregunta el padre mientras ceba unos mates en la cocina. —Bien, pa. Cansado, pero mañana tengo que rendir un parcial —responde el hijo. Esa es su verdadera victoria: la capacidad de habitar dos mundos sin fisuras. 

El joven que sueña con vestir la camiseta de la Selección Nacional es el mismo que disfruta de una tarde tranquila con sus viejos y sus amigos de la zona Sur. No es una “figura de cera”; es un pibe que entiende que el fútbol es un juego de momentos, y que la persona se construye ladrillo a ladrillo, todos los días, lejos de los flashes. Su meta es clara: dejar una buena imagen, no solo como el que ataja penales, sino como el pibe que nunca olvidó el camino de regreso al barrio.


*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.

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