DEPORTES
Percy Rojas: el ídolo que nunca se rinde
Conocé la historia del futbolista peruano que supo gambetear defensores en toda América y dejó una huella imborrable entre los hinchas de Independiente.
- “¿Quieres ganar 80 mil soles y tirás esos centros, Trucha?”. El futbolista peruano Percy Rojas recuerda, con los ojos llenos de brillo y su mirada de nene, el reto de Marcos Calderón cuando era niño, que no fue solo una corrección técnica. En el fútbol peruano de los años 70, donde el talento estaba por todos lados, la diferencia no la hacían solo los más habilidosos, sino los que también estaban dispuestos a exigirse más que el resto. Rojas cuenta que pudo entender ese mensaje antes que muchos, y eso fue una de las cosas que lo ayudó a construir una de las mejores carreras del fútbol peruano.
Nació en Lima en 1949, es el menor de cinco hermanos, creció con el deporte y tomó decisiones difíciles. En el colegio destacaba mucho tanto en el básquet como en el fútbol, pero terminó eligiendo el verde césped. A los 16 años, a escondidas de sus papás, se fue a probar a Universitario de Deportes. Esto marcaría el inicio de una carrera que luego lo convertiría en uno de los grandes nombres del fútbol de su país.
Flaco, rápido y escurridizo, como lo describen, empezó a llamar la atención. Su capacidad para esquivar rivales fue lo que hizo que se le ponga el apodo de Trucha, bien a su estilo: ágil y difícil de atrapar.
En Universitario se convirtió rápidamente en ídolo. Fue goleador, campeón y protagonista de la histórica campaña que llevó a la U a la final de la Copa Libertadores de 1972, donde también se convirtió en el primer peruano en marcar en una de la Copa.

Unos años después dio el salto que lo terminó de consolidar: en 1975 pasó a Independiente de Avellaneda en Argentina. El Rey de Copas se había convertido en un equipo acostumbrado a ganar. Percy se puso la camiseta y al instante rindió, nunca le pesó. Marcó en la final de la Copa Libertadores y fue clave para que el club levantara su sexta Copa Libertadores.
También dejó una huella imborrable en el clásico ante Racing, con una jugada que él mismo recuerda como el mejor gol de su carrera, esquivando a varios rivales antes de definir. La revista El Gráfico lo llevó a su portada con una frase que nos transmite lo que fue ese gol: “Por estos motivos amamos tanto el fútbol”.
Percy, acompañado y asistido por su esposa Ketty -que ayuda a que se le entienda en el habla-, recuerda esos años en Argentina con muchísimo cariño. Ella nos cuenta las grandes noches vividas en el viejo Doble Visera, en el sector de damas junto a las otras botineras.
El futbolista también muy emocionado al hablar de esos años gloriosos de su carrera pide llamar a un amigo y ex compañero. Del otro lado de la pantalla en una videollamada aparece Ricardo Chivo Pavoni, otra gloria roja, que se pone muy feliz al verlo por la llamada. Sigue teniendo una relación de mucho cariño con sus ex compañeros del Rojo, que también le tienen un gran afecto y se preocupan por él.

Al mismo tiempo que hacía historia con los Diablos Rojos, el Trucha fue una parte clave de la generación más brillante del fútbol peruano. Compartió equipo con figuras como Teófilo Cubillas, Héctor Chumpitaz y Hugo Sotil; y fue parte importantísima en la conquista de la Copa América de 1975, donde hizo goles decisivos. También jugó los mundiales de 1978 y 1982, una época en la que Perú competía de igual a igual con las grandes selecciones del mundo.
Después de su paso por Argentina, volvió al país para jugar en Sporting Cristal, donde volvió a ser campeón, y luego tuvo una experiencia en Bélgica. Antes de retirarse, regresó obviamente al club de sus amores, Universitario. En ese momento ya era un referente.
Y después de su retiro, su vínculo con el fútbol siguió: dirigió, formó jóvenes y creó una escuela en la que, más allá de la técnica, buscó transmitir valores. Allí, replicó eso que había aprendido décadas antes: que el talento solo no alcanza.
Pero la vida, como en la cancha, también te da los golpes más duros. El 12 de enero de 2020, después de jugar al tenis, Rojas sintió un leve dolor en el pecho. Sin saberlo, había sufrido un infarto; luego llegó un accidente cerebrovascular. En cuestión de días, el jugador que había gambeteado defensores en toda América quedó en coma, conectado a tubos en una sala de cuidados intensivos.

Fueron casi dos meses en UCI, cinco operaciones, tres a corazón abierto y dos en el cerebro, y un diagnóstico que reducía sus posibilidades de vida a un margen mínimo. Afuera, su familia hacía lo que él hizo toda su carrera: no rendirse y pelearla. “Nosotros somos deportistas, y los deportistas nunca pierden la fe ni dejan de luchar”, dijo su esposa, Ketty.
Cuando finalmente volvió a abrir los ojos, el primer gesto fue pedir una raqueta. Como si su cuerpo o la memoria se hubieran quedado en el último momento en que todo estaba en orden. La recuperación fue lenta, con mucha paciencia. Volver a hablar, a respirar sin ayuda, a moverse. Aprender de nuevo muchas cosas básicas que antes eran naturales. “Creo… que he sido… una buena persona. Y así me recuerdan… Eso me hace feliz”, dice con la voz entrecortada.
Quienes lo acompañaron en todo este proceso reconocen que hay algo familiar en toda esta lucha: la misma decisión y valentía que lo llevaron a ir a probarse a escondidas a Universitario, la que lo sostuvo en escenarios como la Copa Libertadores o la Selección Peruana; aparece ahora lejos de las canchas pero con la misma intensidad.
Porque si algo define a Percy Rojas no son solo sus goles; es un ejemplo de insistir, incluso cuando todo parece en contra. Y así parece que su historia no termina en una final ni en un título. Vuelve siempre a ese gesto casi invisible de no rendirse.
*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.
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