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El color del superclásico que ganó el Boca de Paredes

Nunca es un partido más en el calendario. Es hermoso: te detona o te hace leyenda. Y tuvo absolutamente de todo: héroes jugando en una pierna, pibes debutando en el fuego cruzado, polémicas que van a durar meses y un golpe de autoridad táctico que ya tiene nombre propio.

La previa: De Obras al Monumental, un clima que hervía

La locura había empezado mucho antes del domingo. El viernes a la noche, la victoria de Boca en básquet frente al Flamengo en Obras Sanitarias fue lo que prendió la mecha. La Avenida del Libertador se tiñó de azul y oro en un banderazo improvisado que se sintió como una provocación en pleno territorio rival

La respuesta de River no se hizo esperar. El domingo, el Más Monumental reventaba con 85 mil hinchas y un recibimiento que explotó cabezas. Hubo 50 toneladas de papel picado y un estadio que desapareció bajo una lluvia blanca. Todo era una fiesta espectacular, hasta que el folclore casi termina en desastre cuando una butaca de la Sívori Alta se prendió fuego, obligando a los bomberos a apagar un incendio que por suerte quedó solo en un susto.

Mientras tanto, el país se paralizaba. Desde Mónica Ayos festejando en redes hasta Fede Bal viéndolo en familia con camisetas divididas, nadie se quiso quedar afuera. En la cancha, el termómetro del hincha fue claro: ovación para Sebastián Driussi y un abrazo al alma para Trapito Barovero, en contraste con la lluvia de silbidos para Adam Bareiro (que se le rió en la cara a la tribuna) y para Leandro Paredes, el gran protagonista de la tarde.

Pizarras rotas y la hora de los pibes

Eduardo “Chacho” Coudet y Claudio “Sifón” Úbeda llegaron al clásico con un dolor de cabeza idéntico: ni Franco Armani ni Agustín Marchesín (recién operado de los cruzados) podían atajar. Era el momento de que Santiago Beltrán y Leandro Brey se hicieran gigantes en el arco.

Pero el destino tenía guardada otra carta pesada. A los 18 minutos, el Monumental enmudeció cuando Driussi picó y se rompió el isquiotibial. Afuera la carta de gol de River. Dos minutos después, Paredes sintió el mismo pinchazo. Pero acá cambió la historia, el 5 de Boca decidió quedarse. En una pierna, administrando el aire y jugando con la cabeza, Paredes se transformó en el dueño del partido.

El VAR, el penal y un Topo Gigio directo al corazón de Núñez

El primer tiempo era trabado, feo, de mucho roce y poco fútbol. La cancha no ayudaba y la pelota por el piso era complicada. Hasta que, a los 42 minutos, Paredes frotó la lámpara con un pelotazo frontal para Miguel Merentiel. La Bestia sacó el remate y Lautaro Rivero, en su afán de bloquear, metió la mano.

Darío Herrera dijo “siga, siga”, pero el VAR no perdonó. Después de unos minutos de pura taquicardia, el árbitro marcó el punto penal. Minuto 45+6. Leandro Paredes, rengueando, agarró la pelota. No le importaron los silbidos ni la presión. Cruzó el derechazo, engañó a Beltrán y firmó el 1-0.

Lo que vino después es póster. Paredes salió disparado al córner, se besó el escudo y, de cara a la tribuna repleta de River, clavó un Topo Gigio perfecto. Un homenaje a Román, un grito de rebeldía y una trompada anímica que River nunca pudo asimilar.

El “Sifonazo”: Cómo aguantar un clásico a puro oficio

River fue un equipo “livianito”. Tuvo la pelota, sí, pero nunca supo qué hacer con ella. Chocó una y otra vez contra una defensa grandísima liderada por Di Lollo y un mediocampo donde el Huevo Acuña terminaba a los empujones por pura impotencia. Atrás, Brey atajó con la tranquilidad de un veterano de 35 años, descolgando centros y congelando el partido. De hecho, las más claras del complemento fueron para Boca de contra, con Zeballos y Giménez exigiendo a fondo a Beltrán.

El final y la selfie de la conquista

Minuto 93. La jugada que va a aparecer en todos los programas de la semana. Pelotazo llovido al área de Boca, Lautaro Blanco carga por la espalda a Martínez Quarta y lo desestabiliza. Todo River se comió al árbitro pidiendo penal. Esta vez, el silencio del VAR fue ensordecedor. Herrera no compró, no la fue a revisar y el Monumental explotó de furia al grito de “Chiqui Tapia botón”.

Final. Mientras Coudet masticaba bronca (aunque después hizo una buena autocrítica sobre el flojo nivel de su equipo) y los jugadores de River le protestaban a la nada misma, en el círculo central se armaba la foto del año. Los once de Boca, los suplentes y el cuerpo técnico se juntaron, Paredes sacó el celular y sacó la selfie de la victoria en pleno campo enemigo. Un mensaje claro, subido al instante a las redes, sin texto más que un “CLUB ATLÉTICO BOCA JUNIORS” en mayúsculas.

La cumbia, Román y el invicto

Dentro del estadio, Riquelme esperaba uno por uno a sus jugadores para el abrazo sagrado. Adentro del vestuario, cumbia a todo volumen y una frase que ya es meme: “¿Qué pasa con los turros?”.

La semana soñada para Boca es total. El “Sifonazo” es tendencia en todo el país. Úbeda, ese técnico que “no estaba en los planes”, hizo historia ganando sus dos primeros Superclásicos, estiró el invicto a 13 partidos y mantuvo al equipo en lo más alto. Los hinchas deliran, llenan de elogios al español Ander Herrera por cómo entendió lo que es Boca, y ya se ilusionan con la Libertadores.

River, por su parte, se queda con un mar de dudas, sin su invicto, sin su mejor jugador por lesión y con la urgencia de rearmarse rápido.

El Superclásico volvió a dejar en claro que no es un partido por tres puntos. Es un estado de ánimo. Y hoy, ese estado de ánimo se pinta de azul y oro.

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