SOCIEDAD
El adiós al Indio Solari en Plaza de Mayo
Luego de la confirmación de la muerte del músico en la mañana del viernes, su público, aún entre el dolor y el impacto de la noticia, se autoconvocó en cuestión de horas para despedir al ídolo en las calles.
Pasadas las dieciocho horas, las inmediaciones de la Plaza, rodeadas de banderas, pilusos, stickers, pins y remeras, empezaron a recibir a los devotos de Carlos “Indio” Solari, que arribaron en comunión: algunos cantando y bailando, y otros, llorando abrazados con la emoción a flor de piel.
Era la primera Misa ricotera sin la presencia física del músico y, más allá del profundo dolor que se respiraba entre el público, la atmósfera era de celebración, de despedir al Indio como se merecía: cantando sus canciones, flameando las banderas con sus frases, intercambiando anécdotas entre desconocidos, y recordando recitales inolvidables.
Mientras el humo de las parrillas y las bengalas se fusionaban, el sol iba muriendo, y a la gente no parecía importarle. Ya pasadas las veinte horas y con los faroles de la plaza alumbrando a los presentes, la multitud era cada vez más grande. Grupos de amigos tomando cerveza sentados en las fuentes, madres y padres con sus hijos en brazos, público improvisado que se amontonaba alrededor de una guitarra sonando, o pogos humanos que se armaban de la nada agitando al ritmo de las canciones.
Y aunque todos coinciden en un profundo amor por Solari y los Redonditos de ricota, cada uno tiene su historia:
“Sigo a los Redondos desde que tengo catorce años, los vi por primera vez en Obras, pero mi recital favorito fue en Mar del Plata en el 97, nos corrió la policía, nos cagamos de frío, pero fue hermoso” contaba Rubén en diálogo con ETERDIgital. Además, agregó que “gracias al Indio conocí a mi señora, sinceramente, su música significa todo en mi vida”.
“Yo como madre le hice escuchar rock nacional, pero ella me transmitió a mí la pasión por los Redondos, era una banda que yo no escuchaba tanto, y ahora me encanta. Es hermoso estar acá, compartiendo las dos juntas”, se explayó Andrea.

Madre e hija emocionadas compartiendo la misa.
Roma nos dijo: “Para mí su música significa una torsión de vida, corear con alguien que no conozco una canción de corazón, abrazar a alguien que no conozco”.
Julia expresó que conoció a Patricio Rey cuando escuchó “El pibe de los astilleros” sonar en la radio del auto, volviendo con sus compañeros de militancia, y desde ese entonces fue la música que marcó a fuego esa etapa de su vida.
“Tute” Ferrer, de Trelew, afirmó: “El tema que me hizo conectar con ellos fue aquella solitaria vaca cubana, y que le pidió a su amigo Brian que le enseñe los punteos en la guitarra”.
Simón, marplatense, aclara que su predilecta es Pabellón séptimo y explica que “fue la primera canción que me hizo llorar y que el lenguaje, la poesía y la construcción de sus canciones es algo súper histórico”.


La valla oscura que rodeaba la casa rosada, fue intervenida con grafitis ricoteros, con stickers y con banderas que le daban un poco de color. “Pensando en vos siempre, siempre extrañándote” rezaba una larguísima bandera azul con letras blancas, a la que todo el mundo se acercaba para sacarle fotos. Algunos, ya con hambre, se dirigían a las pizzerías y bares aledaños, de donde provenían exclusivamente canciones del indio.
La gente siguió disfrutando hasta casi la medianoche. Los fuegos artificiales iluminaron el cielo en más de una ocasión, dejando postales inolvidables. Fue una jornada ejemplar, casi sin incidentes, a pesar de una abultada presencia policial, todo transcurrió en clima de armonía.
En un día triste e histórico, la respuesta de la gente fue conmovedora y espontánea en la mítica Plaza de Mayo, la primera de varias despedidas que tendrá este prócer de la música argentina, que dejó un legado inconmensurable e inquebrantable, que es el amor y la devoción de un pueblo.
