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Benjamín: una historia de amor familiar, inclusión y aprendizaje en el camino del autismo
En Córdoba, un niño de ocho años aprende a comunicarse a su manera. Su vida representa a las de miles de familias argentinas que atraviesan el mismo desafío: entender que la inclusión real no se trata de corregir, sino de acompañar.
Benjamín tiene ocho años; vive con su mamá, Liza Anabel Sabadin y su abuela, Mónica Dávila en el barrio Empalme, en Córdoba capital. Su infancia está marcada por una rutina constante entre terapias, juegos y fútbol. Su diagnóstico dentro del espectro autista (TEA) llegó cuando tenía poco más de dos años, tras meses de incertidumbre. Desde entonces, su familia convirtió cada avance en una celebración.
“Lo más difícil no es él. Es el mundo. Benjamín es puro amor, pero muchas veces la sociedad no sabe cómo recibirlo”, dice Liza mientras observa cómo su hijo intenta pronunciar una nueva palabra. En ese gesto se resume toda una historia: la de una familia que aprendió a mirar distinto sin pedirle al niño que cambie, sino adaptando el entorno para que él pueda ser.

La primera infancia fue un desafío. Las maestras del jardín mostraron dudas, y algunos directivos incluso rechazaron su inscripción cuando supieron del diagnóstico. La escuela, que debería ser un espacio de encuentro, se transformó en un muro difícil de atravesar. “Sentimos muchas veces que queda solo. Yo no necesito que lo sobreprotejan, necesito que lo incluyan”, dice Liza con firmeza.
Su testimonio pone en palabras lo que muchas madres viven: la inclusión no se decreta; se construye con empatía, paciencia y formación. Según UNICEF Argentina, el 63% de los niños con autismo que asisten a escuelas comunes experimenta algún tipo de dificultad de integración, principalmente por la falta de capacitación docente y la ausencia de recursos específicos para acompañar los procesos de aprendizaje.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de cada 36 niños en el mundo se encuentra dentro del espectro autista, lo que convierte a esta condición en una de las más frecuentes dentro de los trastornos del neurodesarrollo. Con el objetivo de promover activamente la aceptación, el reconocimiento y la inclusión, la ONU declaró al 2 de abril como el Día Mundial de Concientización sobre el Autismo en 2007.
En Córdoba, asociaciones de familias —como la Red Federal de TGD Padres— sostienen que las demoras en los diagnósticos y la falta de cobertura total de las terapias generan un impacto emocional y económico importante. Muchas madres deben dejar de trabajar para acompañar los tratamientos que, en algunos casos, suman hasta 10 sesiones semanales entre fonoaudiología, psicología y terapia ocupacional.
“Cada pequeño logro de Benjamín es una fiesta”, asegura Mónica con orgullo y sigue: “Cuando logra decir una palabra nueva, cuando expresa cariño o comparte algo, sentimos que todo el esfuerzo vale la pena”. Ella es parte activa del proceso: lo acompaña al centro terapéutico, conversa con los profesionales y sostiene la casa cuando su hija necesita descansar. Su mirada resume el rol de miles de abuelas que son red, soporte y sostén silencioso de estas infancias diversas.
Benjamín asiste tres veces por semana a un centro terapéutico, donde realiza ejercicios de lenguaje, motricidad y socialización. Allí, un equipo interdisciplinario trabaja con objetivos simples pero profundos: fomentar la autonomía, fortalecer la comunicación y acompañar emocionalmente a la familia.
En la sala del centro se mezclan juguetes, pictogramas y risas. Cada profesional adapta la actividad a la necesidad del niño. Nada es automático, todo requiere lectura, paciencia y amor.
En el barrio, Benjamín también encontró su lugar en el Club Empalme donde participa en prácticas de fútbol infantil. Lo recibieron sin discursos ni protocolos, simplemente lo aceptaron. Lo que no siempre se logra desde la teoría se construye desde el afecto cotidiano: en la cancha, los otros niños lo esperan, le alcanzan la pelota, lo celebran cuando anota un gol. La inclusión entendida desde el corazón se vuelve real.
La OMS sostiene que el juego colectivo es una herramienta esencial para la socialización de niños dentro del espectro porque enseña desde el vínculo y la emoción, no desde la corrección. En Benjamín esa afirmación se cumple: la pelota se transformó en su puente al mundo.
Especialistas destacan la importancia del diagnóstico temprano y la continuidad en los tratamientos, indicando que los primeros cinco años de vida son determinantes para fortalecer la comunicación y el desarrollo cognitivo. También subrayan la necesidad de políticas públicas que garanticen cobertura plena y acceso igualitario, especialmente en el Norte y el interior del país, donde los recursos son escasos.
Desde la Dirección Nacional de Discapacidad (ANDIS) se impulsa un Programa de formación docente en Inclusión y Acompañamiento integral destinado a reducir las barreras en el sistema educativo. Aunque las políticas existen, su aplicación real varía según la provincia y la voluntad institucional de cada escuela.
Benjamín no necesita un mundo perfecto, sino un mundo que lo mire con amor. Su historia junto a su mamá y su abuela demuestra que la inclusión no se construye desde los discursos, sino desde los gestos cotidianos. Comprender el autismo no es solo una tarea médica ni un desafío individual: es una responsabilidad colectiva. Detrás de cada palabra pronunciada, mirada sostenida y paso logrado hay un equipo de afectos, profesionales y esperanzas que empujan juntos. La inclusión no es permitir que alguien esté. La inclusión es recibirlo.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
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