FEDERAL
Peronismo en Chascomús: el legado de Rubén Omar Bricio
A casi 10 años de su muerte, un homenaje a un sobreviviente de la última dictadura militar argentina que fue secuestrado en 1976 en dos ocasiones. También fue Diputado provincial entre 1983 y 1985.
Cada mañana, Rubén Omar Bricio cruzaba la calle con el mismo ritmo de siempre. Venía del café, donde había compartido un rato con los amigos de toda la vida. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos, y antes de poner un pie en la vereda de enfrente se acomodaba el jopo con la palma de la mano; una costumbre que parecía ordenar algo más que el peinado.
La oficina lo esperaba igual que siempre, aunque ya no trabajara. Era un espacio chico, silencioso, con la computadora apoyada sobre un viejo escritorio color madera. Apenas entraba se recostaba en su vieja silla, prendía el monitor, revisaba Facebook, respondía mensajes y, a veces, se quedaba escribiendo largo rato sin decir una palabra.
Desde la ventana tenía vista directa al gimnasio donde trabajaba su hija. Cuando veía movimiento, cruzaba. No golpeaba ni avisaba: aparecía en la puerta, saludaba, preguntaba por sus nietos y volvía a su silla, como si completar ese pequeño trayecto fuera parte de su manera de seguir en el mundo.
Su rutina se repetía todos los días: afeitarse, buscar el mismo café, sentarse con sus amigos, cruzar hacia la oficina. No necesitaba una tarea para ocupar el espacio; le alcanzaba con estar. Pasaba horas apoyando los codos en el escritorio, revisando noticias o mirando deportes en silencio. A la tarde, cerca del mediodía, volvía a su casa. Se quedaba mirando televisión, casi siempre transmisiones deportivas. Ese era su modo de habitar el tiempo: sin apuro, sin excesos, solo con ritos que ordenaban el día. Había nacido en Chascomús en 1944, un dato que explicaba, en parte, su modo sereno de andar por la vida.
Su vida había sido distinta años atrás. En 1976, al comienzo de la última dictadura militar argentina trabajaba en ENTEL y militaba en la Juventud Peronista. Tenía una imprenta pequeña donde armaba panfletos y un grupo de chicos que encontraban en la militancia un lugar de pertenencia. Ese año se lo llevaron dos veces.
La primera, en abril; la segunda, en noviembre. A la familia le quedaba el miedo a los autos verdes dando vueltas por la cuadra, la casa dada vuelta en un operativo nocturno, y una semana entera sin noticias. Él hablaba poco de lo que pasó. Contaba apenas que estuvo encerrado con otros, separados por placas finas, y que lo único que podía hacer era escuchar. También que, aun ahí, seguía prestando atención a nombres, direcciones, detalles: lo que pudiera servir para que otro volviera a su casa. Cuando logró escapar, apareció una tarde caminando por la vereda, irreconocible por la barba y la suciedad, pero vivo.
Volvió marcado, pero sin rencor. Y eligió seguir adelante del mismo modo en que más tarde se lo vería caminar por la calle o acomodarse el pelo sin dramatismo, sin detenerse demasiado en sí mismo. En el sindicato que abrió tiempo después hacía lo que sabía hacer desde siempre: abrir una carpeta, llamar a alguien, anotar un nombre en un papel.
Gestionar. Resolver. Conseguir un cirujano para operar gratis a cuatro chicos. Impulsar una cooperativa para que los afiliados pudieran comprar alimentos. Estar al costado de la pista de atletismo alcanzando una botella o ayudando a un pibe con algún problema en la casa. Su forma de acompañar era silenciosa, práctica, constante.
En lo cotidiano era un hombre de gestos pequeños: arreglarse el jopo, cruzar los brazos detrás de la cabeza cuando se sentaba, perderse en sus pensamientos cuando algo lo preocupaba. Si no podía resolver un problema, buscaba a alguien que sí pudiera. Hasta a veces pagaba medicamentos o viajes de otros con su propio sueldo, pero no lo contaba. Para él no eran favores: era simplemente lo que había que hacer.
Chascomús todavía guarda rastros de él. Personas que se cruzan con su hija y mencionan algo que él hizo sin avisar, sin pedir nada. Historias que quedaron flotando en la ciudad. Si hoy pudiera hablarle, su hija le diría lo mismo de siempre: que lo ama y que está orgullosa.
La escena que elige para recordarlo no está anclada en un lugar puntual, sino en todos: en la puerta del gimnasio, en la vereda del café, en los pasillos del sindicato, en el silencio de su oficina. En esa manera suya de estar en muchos lados, con muchos, siempre. Y en la certeza de que dejó un modo de caminar por el mundo que sigue resonando: firme, sencillo, presente, suyo.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Además en ETER DIGITAL:
Memorias de una lucha: el testimonio del hijo de una víctima de la dictadura militar
Escribir cuando la historia todavía no era mito




