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Alejandra Becerra: identidad, militancia y trabajo comunitario

Nació en un barrio popular de Villa Constitución, atravesó la exclusión y encontró en la militancia social una forma de reconstruirse. Hoy coordina un espacio comunitario donde gestiona ayudas, organiza talleres y acompaña a quienes más lo necesitan.

El Centro Comunitario de Villa Constitución huele a tierra mojada. Afuera, el temporal arrancó el techo y dejó hilos de agua que bajan por las paredes y se esparcen sobre el piso. Es viernes 6 de noviembre de 2025. Son más de las 19:30 horas. La ciudad está sin luz. Solo la luna ilumina la escena: mesas arrastradas, papeles apilados sobre mesas altas y un balde naranja que pasa de mano en mano.

En medio de la penumbra, una figura menuda se mueve con precisión. Alejandra Becerra —de 36 años, 1,70 metros de altura y pelo oscuro recogido— desplaza una mesa pesada sin perder la compostura. Viste camisola celeste, pantalón al tono y un perfume discreto que sobrevive al olor a humedad. Luce impecable, siempre. Aunque alrededor todo sea caos.

—Primero, saquen lo eléctrico —dice.

Tres mujeres la siguen y retiran lo que todavía puede salvarse. No alza la voz. No agita los brazos. Marca prioridades y el resto actúa. Las sirenas suenan lejos: la tormenta golpeó a toda la ciudad. Alejandra abre el portón trasero del Centro Comunitario. El alumbrado público vuelve. Suspira. Ya pasaron las 22. Queda trabajo. No se queja. Sigue.

***

Nació el 5 de octubre de 1989 en Stella Maris, un barrio de Villa Constitución (Santa Fe) que mira al Paraná y se ubica sobre una barranca con vista al río y a los humedales. En los 90, ese barrio era de pescadores, calles de tierra y viviendas humildes. 

En esa casa de material sin revocar convivían 10 hermanos, un padre, una madre y dos abuelos que funcionaron como cimiento. Con ellos creció escuchando historias y consejos: con su abuelo Irineo, largas charlas a mate tibio; con su abuela Hipólita, peñas y complicidades.

A los 12 años —cuando todavía respondía al nombre de Alejandro— sintió que algo no encajaba. No conocía la palabra trans. Solo registraba un cuerpo que no coincidía con su identidad. En la casa no hubo gritos ni expulsiones, solo un silencio que impidió preguntas. Su primera forma de abrir camino fue decir: “Soy gay”. Una manera de existir sin quebrar el orden familiar.

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***

La adolescencia llegó rápido. “El cuerpo no ayudó”, dice Alejandra. A los 16, la prostitución apareció como una salida a la falta de recursos. Un trabajo que le dejó cicatrices para siempre. Pero, a los 23 dejó la noche y así empezó la vida que más tarde reconocería como propia. Un año más tarde registró el nombre que había elegido: Alejandra

—La empleada del Registro Civil fue la primera persona que me llamó así —dice.

Ese día sintió una emoción que todavía no puede describir. Después llegaron los otros trabajos: panaderías, rotiserías, cuadrillas de barrido. Pero la militancia había empezado antes. Desde los 15 participaba en actividades sociales, alentada por la conciencia social de su abuelo.

Una diputada que visitó la ciudad la escuchó opinar y la sumó a su equipo en el anexo del Congreso. Tiempo después presidió la Comisión Vecinal de Stella Maris y, al terminar su mandato, el presidente del Movimiento Solidario Constitución la convocó para integrarse a su equipo de trabajo.

Consultada por esos años, su abuela —una mujer de manos gastadas y voz baja— recuerda la historia con claridad. La vio caer y levantarse muchas veces. Habla de su capacidad para volver a empezar.

***

Quienes la conocen mencionan un detalle que se repite en cada espacio donde entra: Alejandra camina con pasos cortos, medidos, casi sin ruido. No arrastra los pies ni acelera. Ese modo de desplazarse —silencioso, firme, exacto— es su marca.

Desde los 28 años sostiene una rutina estricta: a las 7 ya está en la puerta del “Movimiento Solidario”, abre candados, pone el agua para el mate y espera al equipo. “No habla al pedo. Hace”, dice Erika, su colaboradora de mayor confianza. “Un referente barrial de zona norte”, agrega otro que prefiere no dar su nombre. Y otro opina: “Todo pasa por ella. Es personalista”.

Alejandra escucha, evalúa, sigue. Sabe qué tipo de capital construye: el social. En el Municipio la llaman porque cumple. A los vecinos les destraba trámites casi todos los días. Cuando algo falta, la frase se repite en los barrios: “Preguntale a Ale”. Y el asunto, casi siempre, se resuelve.

***

La tormenta terminó. El portón del edificio está entreabierto. Alejandra sale y mira la calle. Recuerda por un instante. Hoy vuelve a ese mismo lugar con algo que entonces no tenía: la certeza de que la identidad se afirma, la dignidad se pelea y la comunidad puede salvar tanto como una familia.


*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.

Además en ETER DIGITAL:

Katiana Villagra: “A las personas trans lo que nos faltan son oportunidades”

Kitty Sanders: “La primera defensa frente a la prostitución es aprender a desconfiar”  

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