ENTREVISTAS
Analía Kalinec: “Todos los familiares de genocidas deberíamos ser las ovejas negras”
La cofundadora del colectivo Historias Desobedientes reflexiona sobre la dolorosa combinación entre un padre “perfecto” y un genocida que torturó y desapareció personas reflejado en la figura de Eduardo Kalinec.
Las palabras que eligió para describirse fueron mamá, docente y militante activa por los derechos humanos. Criada en el seno de una familia tradicional y conservadora, su mundo se fracturó de forma irreversible el día que descubrió que su padre, Eduardo Kalinec, era también el “Doctor K”, un excomisario condenado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad. Frente a esta situación, y la presión por la lealtad familiar impuesta, eligió abrazar la verdad dolorosa antes que cargar con una complicidad. Ese dolor personal mutó en una construcción colectiva sin precedentes en el mundo: Historias Desobedientes, un movimiento de hijas, hijos y familiares de genocidas que repudian el accionar de sus propios padres. A casi diez años de aquella fundación, y con un documental recién estrenado que retrata su lucha, Analía Kalinec recorre todo su camino intrínsecamente conectado al camino colectivo y analiza el panorama actual de los Derechos Humanos en nuestra sociedad.
—¿Qué aspectos cambiaron en tu forma de ver el mundo al hacer el clic y asumir la condición de genocida de tu papá?
—Hubo un cambio estructural en toda mi mente. Yo venía de una familia muy endogámica, con una figura masculina fuerte donde el padre era el proveedor y todo giraba en torno a él. La caída de esa imagen, cuando empiezo a leer las causas y a interiorizarme de su accionar en la dictadura, hizo que mi aparato psíquico se desmoronara. Fueron años de llorar mucho y de resistirme a creerlo. Pero el valor de los juicios, de los testimonios y de todo el aparato social que visibilizó la verdad funcionó como una plataforma sólida para sostenerme frente a ese derrumbe.
—En esa transición tan dura y frente al rechazo de tu entorno íntimo, ¿dónde encontraste los pilares para sostenerte y fortalecerte?
—Me sostuvieron mi pareja y la maternidad. Tenía a mis hijos chiquitos y sentía que debía estar fuerte para contarles lo que pasaba. Al mismo tiempo, se abrió un mundo social nuevo: la facultad, las mamás del jardín. Yo decidí quedarme de la puerta de mi casa para afuera, porque permanecer ahí adentro era convalidar los crímenes de mi papá o fingir demencia. Tuve que asumir un autoexilio muy doloroso. Mis hermanas me decían que era una hija indigna pero yo no podía mirar para otro lado.
—Esa distancia te impulsó a buscar a otros en tu misma situación. ¿Cómo derivó ese primer paso personal en la fundación del colectivo Historias Desobedientes?
—Yo sentía que tenía razón: torturar y desaparecer personas está mal. Y si hubo más de 700 centros clandestinos en el país, esos represores tuvieron descendencia. La población de familias de genocidas es altísima. Tiene que haber más de una oveja negra por familia y creo que todos los familiares de genocidas deberíamos ser las ovejas negras. En 2017, frente al avance del negacionismo, logramos encontrarnos. Entendimos que, trascendiendo el mandato de lealtad familiar en favor de la dignidad humana, podíamos aportar muchísimo a la memoria colectiva.
—A casi diez años de esa fundación, acaban de estrenar el documental Desobedientes. ¿Qué generaron con este registro audiovisual?
—Los documentalistas Federico Coringrato y Martín Vergara se contactaron apenas surgió el colectivo y se ganaron nuestra confianza. Nos acompañaron durante más de cinco años y registraron en vivo cómo se fue gestando este movimiento, que hoy ya es internacional y tiene sedes en Chile, España y Alemania. En un contexto global de discursos de odio, ellos entendieron que Historias Desobedientes es como una flor en el desierto, algo esperanzador que valía la pena contar.
—Hoy el movimiento de Derechos Humanos enfrenta a un gobierno que avanza con recortes en el área y a una vicepresidenta con vínculos militares. ¿Qué rol ocupan en esta realidad?
—El movimiento en Argentina es fuertísimo, y eso el gobierno de Javier Milei lo vio. Por algo no pudieron avanzar con la impunidad total tras la visita a los represores, y tuvieron que retroceder en su intento de reinstalar la teoría de los dos demonios. Victoria Villarruel es una “hija obediente” de genocidas, y fijate que no tiene participación activa en esa agenda de gobierno. Aunque desmantelen sitios de memoria, la que corresponde a los Derechos Humanos le sigue marcando un límite al poder. La prueba está en las plazas de cada 24 de marzo, que crecen año a año.
—Como militante y docente, ¿qué consejo le dejás a esa juventud que a veces parece distanciada para que recupere el protagonismo en estas luchas?
—La juventud tiene que construir sus propias formas de comunicarse y de aplicar la memoria, no sirve que nosotros les digamos cómo hacerlo. Lo que sí podemos hacer es transmitirles que la historia personal va indefectiblemente entrelazada con la historia social. Yo no puedo comer tranquila en mi casa si sé que el que tengo al lado está pasando hambre revolviendo la basura. Blindar las puertas de nuestras casas no nos aísla de la realidad. En la medida en que construyamos empatía y lazos comunitarios, vamos a ser una sociedad mejor.