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Evolución de los medios: desde el comienzo hasta la era digital
Medios tradicionales y las nuevas plataformas de streaming. ¿Creen que realmente tanto YouTube, Twitch, y el resto de las nuevas plataformas de streaming y comunicación vinieron para reemplazar a los medios tradicionales como la radio o la televisión o se complementan?
Medios tradicionales y las nuevas plataformas de streaming. ¿Creen que realmente tanto YouTube, Twitch, y el resto de las nuevas plataformas de streaming y comunicación vinieron para reemplazar a los medios tradicionales como la radio o la televisión o se complementan?
Los instagram de nuestros entrevistados son: Sol Liggera (@infoliggera), Valentina Iúdica (@valiudica), Micaela Cetola (@micacetola), Lucas Fridman (@lucasfridman) y Micaela Tornati (@micatornati)
Además, el canal de twitch de Micaela Cetola es https://www.twitch.tv/micace y su canal de YouTube es https://www.youtube.com/c/MicaCe.
Y el canal de YouTube de Micaela Tornati es https://www.youtube.com/c/CineMistica.
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Hacer conducta y perseguir los sueños. En el ecosistema de los pasillos judiciales, hay un sonido que es marca registrada: el de los pasos de López Véliz. Con casi tres décadas recorriendo tribunales, su figura se ha vuelto indispensable para entender la crónica policial de la provincia de Catamarca.
Sin embargo, antes de los flashes de “Catamarca en Cana” y de las coberturas para medios nacionales, hubo un niño en el barrio de la Chacarita que vendía pan casero y relataba partidos de fútbol imaginarios en la escuela. Carlos Dante López Véliz es, ante todo, un sobreviviente de la vieja escuela que supo surfear la ola tecnológica sin perder la frescura del término regional.
Padre de dos hijas que crecieron entre trípodes y expedientes, el hombre detrás de la noticia se confiesa en esta charla sobre sus raíces, sus miedos ante la tecnología y esa perseverancia que lo llevó de una modesta verdulería a la cima de la visualización digital.
-¿Dónde empezó todo? ¿Quiénes fueron tus padres?
-Nací el 31 de marzo del 68, en la capital de Catamarca. Mis padres fueron mi base. Mi viejo, Amado Diego López era santiagueño, nacido en Choya, y trabajaba en el Correo Argentino. Mi mamá, Graciela Justina era de Ancasti. Éramos nueve hermanos, una familia numerosa donde el recurso a veces faltaba, pero la responsabilidad sobraba.
Mi viejo nos tenía “cortitos”, era un hombre de mucho trabajo y rigor. De mi mamá guardo todo, es hasta hoy mi pilar de contención. Perder a un hermano fue un golpe duro, pero la estructura familiar siempre me mantuvo de pie. Recuerdo la responsabilidad de mi viejo como algo que me moviliza hasta hoy.
@catamarcartvok 🎙️ Carlos López Véliz, un referente del genero policial y judicial en Catamarca 🚨⚖️ En este episodio del podcast ‘Producir el instante’ se habló sobre cómo la práctica profesional del periodismo se fue transformando con el uso de redes sociales 🗞️🤳🏽 📲Mirá el episodio completo de "Producir el Instante" en Youtube y llevate ideas para tu futuro profesional. Lo pueden encontrar en todas sus redes como @CATAMARCA EN CANA #catamarcaencana #catamarca #redes #redesocial #periodismo #catamarcartv ♬ sonido original – CatamarcaRTV
-¿Cómo recordás esa infancia en la Chacarita?
-Fue una infancia excelente, a pesar de las limitaciones. Estudié en la escuela pública y desde chico supe lo qué era ganarse el mango. Los fines de semana vendía empanadas, pan casero, verduras. Pero entre venta y venta, estaba el potrero. Jugábamos a la pelota en cualquier baldío. En la secundaria la cosa se puso más ajustada, pero aparecieron los amigos y esa inquietud por contar cosas.
-¿Dónde nace para vos el interés en el periodismo?
-Nace en la primaria. Relataba partidos con mis compañeros en la canchita de la escuela. Con un colega que hoy es locutor, Pablo Orellana, hacíamos relatos subidos a la caja de una camioneta cuando salíamos de viaje. Mi sueño real era ser relator deportivo. Hice todos los esfuerzos, acompañé a periodistas deportivos a la cancha, pero me mandaban a la esquina a hacer el conteo de tiros libres o quién entraba y salía. No se me dio, pero el bichito de la comunicación ya me había picado fuerte.
-De ese relator deportivo frustrado a crear una revista estudiantil. ¿Cómo fue ese salto?
-Fue en la secundaria. Con compañeros como Fabián Martínena y Mansilla creamos una revista que se llamaba “La Deseximida”. Fabián era un loco para dibujar, hacía las caricaturas y yo volcaba las historias que contaba en los asados. Ahí aprendí a preguntar el qué, cómo, cuándo y por qué.
En ese momento usábamos máquinas de escribir y rollos de fotos; jamás me imaginé el impacto que tendría el periodismo hoy en mi vida ni que terminaríamos en un mundo digital.
-¿Qué lugar ocupan tus hijas en este ritmo voraz de las noticias judiciales?
-Morena Itali y María Candelaria son la sal de mi vida. Ellas se involucraron desde niñas. Como yo animaba festivales folclóricos, me acompañaban siempre. Después, en la secundaria, me acompañaban con el trípode. Han consumido mi trabajo desde la cuna. A veces salían de la escuela y me encontraban trabajando en los pasillos de tribunales, esperando que salieran los peritos o viendo el movimiento de presos. Para ellas, el periodismo judicial es parte del paisaje familiar y lo tomaron con total naturalidad.
-¿Cómo fue el encuentro con el caso María Soledad Morales?
-En ese tiempo yo tenía un proyecto independiente, una verdulería en casa. Había intentado probar suerte en el sur, en Bariloche y Las Grutas haciendo periodismo, pero me volví porque no me dio resultado. Estaba en la verdulería cuando se dio un hecho policial cerca de la casa de mi mamá, en lo que hoy es la curva de María Soledad (antes conocida como la curva de Parque Daza).
Por curiosidad periodística, agarré mi cámara Fuji chiquitita y me fui a ver. Logré tomar fotos del movimiento policial cuando estaban trabajando en el lugar. Un colega del diario La Unión me vio las fotos y me dijo: “¿Sabés lo que tenés acá, chango?”. Esas fotos tuvieron impacto nacional en la revista “Esto”. Ese fue mi despegue; de ahí me sumé a El Ancasti y a Radio Valle Viejo.
-Trabajaste mucho tiempo con la doctora Lila Zafe en plena efervescencia de ese caso. ¿Qué recordás de esa época técnica, previa a internet?
-Trabajé comprometido al 100% como su secretario y haciendo monitoreo periodístico. Fue una escuela que me marcó muchísimo. En ese tiempo se trabajaba con handy y se transcribía todo a mano.
Poníamos el grabador pegado al teléfono de línea para registrar las notas. Me marcó mucho cubrir las autopsias de María Soledad en Buenos Aires. Era un periodismo de resistencia, de estar horas y horas esperando.
-¿Cómo nace “Catamarca en Cana”? ¿Por qué lanzarte solo a un proyecto digital?
-Por una necesidad propia. Yo tenía un caudal de información muy amplio que no podía volcar del todo en los medios donde estaba. Tenía mucho material residual que era valioso. Un colega me insistió en que creara una página.
Al principio otros no se animaron, así que lo emprendí solo con la ayuda de Edgardo Monasterio en la plataforma. Luego, en un caso de femicidio en Fray Mamerto Esquiú, me encontré con José Echevarría de El Ancasti TV; él estaba con un teléfono y un trípode y me propuso hacer algo juntos. Ahí empezamos con el periodismo móvil y la visualización a través del teléfono.
https://youtu.be/aFwzrnd4nVY?si=_d4_cqA59WDtgHX1
-¿Qué siente un periodista de radio y handy cuando le dicen “3, 2, 1” y tiene que poner la cara en un vivo?
-Me costó horrores. Actualmente me sigue costando manejar las herramientas tecnológicas, aunque la gente me vea con gimnasia en las redes. Pero cuando llega el “1”, ya estoy listo, estoy nadando en la información.
La frescura y el uso de términos regionales es lo que nos da fuerza. La Inteligencia Artificial o las plataformas automatizadas no pueden decir las cosas con el sentimiento y el lenguaje que tenemos nosotros en la calle.
–Tenés dos frases que la gente ya repite en la calle. ¿Cómo nacieron?
-Nacieron de forma espontánea para marcar un sello. “Hagan conducta, no los quiero ver en los pasillos de tribunales” surgió en cada cierre de informe. “Las imágenes y el reporte para Catamarca en Cana” se posicionó solo.
Me llena el alma cuando la gente me reconoce por eso. Yo era el chico que vendía verdura, el que no entraba en las mediciones de los profesores para ser un prócer. Ser reconocido hoy, y haber hecho corresponsalías por años para medios como TN, es un logro que me llena de orgullo.
-¿Qué mensaje le darías a ese Carlos de 15 años y a los jóvenes que quieren elegir este camino?
-A ese Carlos de 15 años lo felicitaría por no haberse distraído con otras carreras. Si eligen esta opción del periodismo, les digo que sigan lo que les dicta el corazón. Si sueñan con esto, prepárense: les va a llevar años de prueba y error, de amansadora en los pasillos y de estar horas esperando una causa que quizás tarda cuatro años en llegar a juicio.
No renuncien nunca a sus propósitos. No se trata de hacerse rico económicamente, se trata de la independencia, de la autonomía y de la pasión. Si son perseverantes, el camino siempre va derecho al éxito. Hagan conducta, y persigan sus sueños.
López Véliz guarda su teléfono con el trípode. La entrevista termina, pero su mirada sigue atenta a los movimientos de la fiscalía. Para él, el periodismo no es solo un oficio; es la decisión que tomó aquel niño en el baldío y que hoy, con orgullo, reafirma en cada reporte.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
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Es pleno junio de 1982. La puerta de una casa en Trevelin se abre y el tiempo se detiene en una mirada. Una madre se para frente al joven que acababa de regresar. Son segundos interminables. No logra reconocerlo: él se había ido a unas islas muy famosas con más de 60 kilos y ahora está ahí parado, de vuelta en la cordillera; todo flacucho: no debe pasar mucho más que 40. Irreconocible.
“La primera que me recibió fue mi mamá y no me reconoció”, recuerda José Hidalgo sobre ese shock inicial. El desafío ya no era sobrevivir a las bombas, sino aprender a habitar de nuevo la normalidad, la “nueva normalidad”.
Ese frío modificó incluso su percepción del presente. Mientras a su alrededor todos se abrigaban para combatir el invierno cordillerano, su temperatura interna funcionaba al revés: habitaba su casa sintiendo la necesidad de andar con ropa liviana, incapaz de descifrar por qué los suyos se envolvían en pulóveres y bufandas. Las islas lo habían habituado a un desamparo tan constante que el clima de su pueblo le parecía templado en comparación con el viento de las trincheras.
Pronto descubrió que el territorio más difícil de recuperar era el propio sueño. La calle pasó a ser un terreno hostil y salir implicaba exponerse, por eso eligió refugiarse entre sus paredes, convirtiendo el aislamiento en un mecanismo de defensa frente a un mundo que continuaba su ritmo.
Puertas adentro, su familia tuvo que descifrar ese mapa de silencios y tensiones. “Mis hermanos simplemente me observaban mucho, estaban muy impactados, y mi mamá guardaba silencio y prefería no hacerme preguntas sobre la guerra”, rememora Hidalgo. Sin embargo, la rutina familiar albergaba contradicciones: “Mi papá me preguntaba mucho y a mí me incomodaba hablar del tema. Venían otros familiares a verme, pero yo no quería hablar de la guerra con nadie”.
Esa resistencia guardaba relación con su propia historia: siendo el menor de ocho hermanos en un hogar de esfuerzo diario, José aprendió desde chico el valor de las changas. A los 15 años se mudó solo a Trelew para trabajar en una fábrica de medias, y a los 18, el Servicio Militar Obligatorio lo trasladó al Regimiento Infantería 8 Mecanizada en Comodoro Rivadavia. Creía que el regimiento sería un paréntesis de un año, no imaginaba que ese uniforme sería su única piel en el Atlántico Sur.
Al enterarse de su destino, sintió un miedo inevitable. Tras arribar el 3 de abril, el paisaje se volvió una trampa de improvisación: mientras él sabía manejar armas por el regimiento, a su lado convivía con jóvenes que jamás habían disparado un fusil. Durante aquel mes, la tarea fue mecánica: armar campamentos y cavar pozos en un territorio vigilado por la alta tecnología inglesa, que volvía inútil cualquier esfuerzo de defensa.

Fotografía de la exposición “Las fotos recuperadas de Malvinas”. Créditos: Archivo Télam
La habitualidad en las islas se transformó en una carrera de resistencia contra el propio cuerpo. Cuando las bombas no obligaban a buscar refugio en la humedad de los pozos, el frío se metía en los huesos a través de botas de goma y ropas que eran escudos de papel frente al clima helado. A eso se sumaba el hambre: “Comíamos cuando podíamos; a veces, solo una vez al día”, relata sobre la urgencia de lograr que el organismo siguiera funcionando.
El 14 de junio de 1982, tras ser tomado como prisionero por las tropas británicas, José se enfrentó a una paradoja amarga: la sensación de que, en la derrota, estaban recibiendo de los ingleses una humanidad que sus propios superiores les habían negado en el frente. “Los ingleses nos trataron mejor, nos dieron otra ropa y nos alimentaban, aunque no podíamos comer mucho por el bajo peso, porque nos podíamos morir”, rememora sobre el encuentro con un enemigo que les aseguraba que los argentinos “estaban locos” por ir a hacer una guerra en esas condiciones.
El regreso a casa estuvo cargado de la misma incertidumbre que al irse unos meses antes. En medio de las negociaciones, los ingleses barajaron la opción de trasladar a los prisioneros hacia Uruguay. Finalmente, el retorno se destrabó bajo una condición estricta: la firma de un acuerdo de no volver a Malvinas. Solo bajo esa promesa forzada, José pudo subir al buque que lo traería de vuelta a una Argentina que se preparaba para mirar hacia otro lado. El joven descubrió pronto que el uniforme que había defendido con el cuerpo se transformaba en un estigma a la hora de buscar el sustento.

José Hidalgo (campera verde) junto a otros excombatientes de Trevelin, Chubut. Créditos: Diario La Portada, Chubut
Para conseguir un empleo estable, él tuvo que aprender a omitir su pasado: ocultaba ante los empleadores que era exsoldado de Malvinas, porque las empresas esquivaban contratar a los sobrevivientes del conflicto. En paralelo a ese muro laboral, las secuelas psicológicas seguían latentes en la intimidad. El estrés postraumático y los recuerdos se manifestaron en su cuerpo: le dejaron una psoriasis como marca imborrable.
A pesar del trauma acumulado y de las imágenes que lo asaltan hasta hoy, 44 años después, el exsoldado rechazó la asistencia de profesionales de la salud mental. Prefirió no acudir a terapia y eligió carriles de sanación mucho más íntimos. La verdadera terapia no llegó desde el diván, sino a través de los lazos afectivos que empezó a tejer a comienzos de la década del 90. En ese tiempo conoció a su esposa, con quien construyó un hogar y tuvo tres hijos.
Para José formar esa familia se convirtió en el espacio de salvación definitivo, el ancla fundamental que le permitió procesar los fantasmas de lo vivido y proyectar un futuro en su tierra. Su vida laboral encontró estabilidad lejos de los prejuicios en los pasillos escolares de su pueblo, donde trabajó durante años como portero de una escuela secundaria. Hoy, jubilado de ese oficio que le dio el afecto diario de la comunidad educativa, pasa sus días en Trevelin refugiado en una pasión que funciona como su principal medicina: la música.

José Hidalgo en el centro con campera verde, en el acto del 2º de abril de 2026 en Trevelin junto al intendente, Héctor Ingram. Créditos: Canal 4 Esquel – Trevelin
A los 64 años, José Hidalgo lleva las marcas de la guerra con la dignidad intacta de quien aprendió a sanar al amparo de los suyos y de la música como terapia. Aunque la memoria de las trincheras permanece fija, su postura respecto al territorio que defendió a los 18 años es inquebrantable. Sostiene con firmeza que nunca regresará a las islas si para hacerlo debe presentar un pasaporte internacional.
Para el veterano trevelinense realizar ese trámite burocrático significaría validar una soberanía extranjera sobre un suelo que considera indiscutiblemente argentino. José prefiere quedarse con la geografía de sus recuerdos y la calidez de la cordillera, convencido de que las Malvinas no se reclaman en una frontera impuesta, sino que se llevan grabadas en el alma.
*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.
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Ruinas de San Ignacio: un escenario que palpita selva, memoria y conexión
A 60 kilómetros de Posadas, el tiempo se frena entre muros de piedra. Las Ruinas de San Ignacio aparecen cubiertas de musgo y silencio, como si la tierra colorada de Misiones decidiera guardarlas solo para ella. Fue aquí donde, en el siglo XVII, guaraníes y jesuitas levantaron una de las reducciones más emblemáticas, guiadas por Antonio Ruiz de Montoya. Hoy quedan las paredes, el templo sin techo y esa quietud que llegó después del fuego en 1817, tras la invasión de tropas paraguayas.
Edificadas con piedra arenisca rosada y piedra “itacuru”, el antiguo asentamiento jesuita conserva la magia arquitectónica de la época. En la parte central de las reducciones se encuentra la plaza con varios edificios majestuosos, en el fondo se ubica el templo y en los alrededores la residencia de los sacerdotes, el cabildo, los talleres y el cementerio donde se percibe el sosiego de las almas del lugar. Estas edificaciones que mezclan el estilo barroco y español sobresalen entre la vegetación como surcos imborrables del pasado, permitiendo imaginar el transcurrir de la vida cotidiana dentro de una de las comunidades más emblemáticas de Misiones.
El sendero principal de la comunidad refleja uno de los pilares primordiales de la Iglesia: la evangelización, según el Ministerio de Turismo de Misiones. El templo era el lugar más concurrido y contenían tallados, ángeles que representaban el equilibrio entre la vida humana y espiritual. El repique de su campanario marcaba el inicio de las actividades de los nativos del lugar.
Desde 1984, las Ruinas de San Ignacio son declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Al año, más de 300.000 turistas las recorren atraídos por la belleza del arte barroco-guaraní. En cada pared de piedra subsisten tallas de símbolos religiosos y formas inspiradas en la naturaleza, huellas del delicado trabajo artesanal guaraní que aún mantienen viva la esencia jesuítica.
Hoy las ruinas respiran distinto según la hora. De día, los guías te conducen entre las antiguas reducciones para contar la historia de la vida de los nativos y jesuitas. Pero a la noche, San Ignacio cambia de piel: de miércoles a domingo -entre julio y agosto de 2025- las centenarias piedras se encienden en un espectáculo de imagen y sonido, donde durante 45 minutos proyecciones y música reviven aquellos ecos de la época.
“Cada vez que ingreso a trabajar en las Ruinas de San Ignacio siento que el lugar tiene algo diferente para mostrar. No sé si es el silencio o el cantar de los pájaros, o como la luz atraviesa las piedras al atardecer”, expresa Sofía, trabajadora del lugar. Ella lleva años trabajando como guía y todavía se sigue emocionando al ver la reacción de la gente cuando escucha la historia del lugar por primera vez. Al respecto, cuenta: “Muchos llegan pensando que solo van a ver construcciones antiguas, pero terminan creando una conexión con todo lo que ocurrió acá: la vida de los guaraníes, el trabajo de los jesuitas y el arte que plasmaron entre estas paredes”.
“Lo que más me gusta es cuando los visitantes se quedan observando en silencio, porque ahí entendés que las ruinas transmiten algo más que historia”, comenta Sofía y sigue: “Para nosotros los misioneros, este sitio representa parte de nuestra identidad y poder compartir eso con personas de distintos lugares es una experiencia muy especial”.
En la celebración por Semana Santa, miles de fieles participan de la Misa Popular de las Misiones bajo el profundo cielo iluminado por las estrellas, deleitándose con las presentaciones del Chango Spasiuk y una sinfonía de orquesta. “Vine por primera vez a la celebración de la misa central y fue una experiencia imposible de olvidar. Sentí una mezcla de paz, fe y admiración por todo lo que representa este lugar”, comparte Martina, una turista brasileña.

Créditos: Argentina.gob.ar
Pasar por las Ruinas de San Ignacio implica llevarse un trozo de selva en el cuerpo. El rojo de la tierra misionera queda impregnado en los zapatos y el eco de los cánticos guaraníes permanecen en la atmósfera. Al cruzar la salida, el susurro del viento se siente como un secreto compartido, mientras el sabor de la brisa del Paraná te roza los labios.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
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