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Ley de humedales: ¿Qué son? ¿Por qué es necesaria una ley que los proteja?
Una explicación concreta de porqué son tan importantes los humedales en nuestro país y a nivel mundial ¿Qué funciones tienen? ¿Cómo impactan en el cambio climático? Porque es imprescindible generar una normativa que los proteja.
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Río Turbio: la ciudad donde el deporte y el arte son refugio para niños y adolescentes
El ejercicio en niños y jóvenes tiene una importancia crucial que se extiende más allá de lo que se ve. Hacer ejercicio desde una edad temprana apoya la salud mental, mejora el rendimiento en la escuela y desarrolla habilidades sociales necesarias para el crecimiento personal. También ayuda a evitar el contraer enfermedades, fortalece los huesos y músculos, además de que fomenta valores como la disciplina, el respeto y la cooperación. Se convierte en un aspecto fundamental para el crecimiento emocional.
La importancia de las actividades se nota más en situaciones de vulnerabilidad o en áreas donde hay pocas opciones, como ocurre en el pueblo de Río Turbio, provincia de Santa Cruz. En estos casos, el deporte y el arte son más que maneras de pasar el tiempo: son lugares esenciales para la inclusión social y el bienestar mental, que pueden lograr alejar a los jóvenes de ambientes peligrosos y proporcionarles un lugar seguro en donde desarrollarse como individuos.
Gabriel Valenzuela, director técnico del equipo de fútbol “Estudiantes”, trabaja con chicos de tres años en adelante y destaca el impacto integral del deporte: “El fútbol no solo desarrolla la fuerza muscular y la resistencia, sino que también inculca valores como el esfuerzo, la constancia y la disciplina”.
En una localidad como Río Turbio, el fútbol se ha transformado en un espacio prioritario. “Cada vez hay más chicos haciendo esta disciplina. Es lindo verlos crecer en ese ambiente”, afirma. Para él, el club funciona como un espacio de contención, un lugar donde los jóvenes se sienten acompañados: “El deporte influye directamente en la autoestima de los adolescentes. Verlos lograr objetivos y superar desafíos genera un estado de ánimo positivo”.
En cuanto al trabajo con chicos en situación de vulnerabilidad comenta: “Necesitan mucha contención. A veces vienen obligados por los padres y ahí el desafío es que puedan disfrutar y comprometerse”. En ese sentido, considera clave el acompañamiento emocional y, por esto, cuando se frustran intenta darles consejos, subirles el ánimo. “El deporte siempre da revancha”, determina.

Por su parte, Martina Aban, directora de la escuela de danzas “Horus” y maestra de nivel inicial, destaca la complementariedad entre las actividades deportivas y culturales para el desarrollo de los niños y adolescentes. Estos espacios son clave para que los jóvenes desarrollen disciplina, responsabilidad y trabajo en equipo, herramientas fundamentales que luego aplican en su vida adulta. “Las actividades, ya sean artísticas o deportivas, fomentan la autovaloración y la paciencia, valores imprescindibles para enfrentar distintos desafíos”, declara.
Ella ha acompañado casos muy duros donde la actividad física fue una herramienta clave: “Padres me han dicho: ‘Mi hijo no quiere vivir más y lo traigo como último recurso’. Muchos adolescentes eligen este espacio porque se sienten más contentos aquí que en su casa. Han pasado de consumir sustancias a llevar una vida más sana”.
La docente reflexiona sobre cómo estas experiencias sientan las bases para la vida adulta y dice que tanto el trabajo en equipo, la autovaloración, la disciplina, la paciencia, entre otras, son herramientas que busca “construir” en sus clases y está convencida de que les van a servir a sus alumnos para enfrentar “diferentes situaciones en el futuro”.
Celeste Maclen, licenciada en Psicomotricidad, aporta también una mirada especializada sobre el impacto del deporte en la formación integral de niños y adolescentes de Río Turbio. “En nuestra comunidad hay opciones, especialmente en gimnasios y clubes, que ofrecen actividades gratuitas. Esto es valioso, porque en muchos lugares las actividades deportivas requieren pagos que limitan el acceso”, cuenta.
Para los niños que atraviesan situaciones difíciles en sus hogares, los espacios deportivos funcionan como un refugio. Les permite desconectarse, sentirse parte de un grupo y adquirir herramientas para afrontar sus desafíos personales.
Al respecto, comparte: “Crecer con pertenencia a un equipo o grupo es fundamental para el desarrollo emocional y social. La experiencia de compartir, competir y colaborar fortalece la identidad y la autoestima”. En este sentido, la licenciada señala que esto puede afectar directamente el desarrollo, ya que no es igual un niño o adolescente que crece perteneciendo a un grupo, que otro que tuvo una adolescencia más solitaria.

Créditos: Municipalidad Río Turbio
“El adulto que tuvo una adolescencia con pertenencia a un grupo no es igual que el que vivió más aislado”, explica y sigue: “Además construye la imagen personal y da seguridad. La necesidad de asociarse a grupos es parte natural de la adolescencia, y el deporte ofrece esa oportunidad”.
Respecto a la función preventiva y de inclusión social que cumple el deporte, sostiene que en la adolescencia, el deporte puede ser una herramienta clave porque muchos chicos se suman a una actividad porque un amigo va, y así encuentran “un espacio que los contiene y aleja de riesgos”.
Además, detalla algunas de las habilidades psicosociales que se desarrollan en los espacios deportivos como el “respeto por los límites, la gestión del tiempo, la empatía, la comunicación y el manejo de emociones -como la frustración o el enojo-”.

Por otro lado, Maclean advierte sobre la falta de actividades y cómo ésto puede influir en el aburrimiento, el aislamiento o la frustración. El aburrimiento es una “construcción emocional” que depende mucho de la disponibilidad de recursos y del acompañamiento de los adultos. Por tanto, celebra cómo el Municipio de Río Turbio está incentivando las actividades comunitarias.
La razón por la que se deben invertir recursos en actividades deportivas desde la infancia es fundamental para las comunidades pequeñas. Esto no solo apoya el bienestar de los jóvenes hoy, sino que también se considera una inversión real para el futuro de la comunidad.
*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.
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El alemán de Castelli que recorrió El Impenetrable chaqueño con 70 años y escribió un libro
No siempre las historias de vida comienzan y terminan en un mismo lugar. Esta es la excepción que marcó a Serafín Benz quien es descendiente directo de Alemanes del Volga; nació en Juan José Castelli, en una colonia rural conocida como “Pampa Argentina” en la provincia del Chaco; vivió en Buenos Aires y ahora volvió a su hogar en el portal de El Impenetrable.
Siendo niño junto a sus padres cultivaba la tierra con el algodón, conocido por la mayoría como el “oro blanco”. En su adolescencia decidió buscar nuevos desafíos en Buenos Aires y allí inició el comercio de muebles. Las ventas fueron creciendo al punto que abrió varias mueblerías en su Chaco natal.
Con 70 años cumplidos decidió dejar de trabajar brindando aquellas responsabilidades a sus hijos para dedicarse a la exploración del monte y otros lugares inhóspitos para luego escribir su libro “Travesía al infierno y al paraíso”.

Créditos: El Impenetrable TV
El encuentro con Serafín fue en las ruinas de la casa donde creció, cargada de recuerdos. Hoy tiene 70 años y una historia para compartir. “Mi mamá era Catalina Gros y mi papá Luis Benz. La partera de antaño de Castelli, Elena Gros, le atendió el parto a mi mamá. Y bueno, acá me crié en el Lote 133, paraje ‘La Argentina’, a 10 kilómetros de Castelli. Acá está la ruina todavía de lo que fue la casa antigua”, cuenta.
-¿Y ahora viene como a reflotar un poco todo esto?
-Claro, ahora me hice una piecita por ahí, para que esto no quede en el olvido del todo.
–¿Y con la familia? ¿Cómo viene?
-Tengo 11. Hay uno que le gusta mucho el campo, pero los otros no tanto ya.
–¿Son distintas gestiones o una misma gestión?
-No. Tres gestiones distintas. Acá estaba mi lugar en el que me crié. Y antiguamente, se ve de este lado, teníamos una casa que era con techo de barro todavía. Pared de barro y techo de barro.
–¿Acá era toda una algodonera?
-Sí, siempre se sembró algodón acá. Era lo único que se sembraba. Prácticamente, era algodón y alguna vaca; eso era todo.

-Serafín, ¿de qué origen es su apellido?
-Benz. Es alemán. Mis cuatro abuelos vinieron de Alemania. Llegaron a La Pampa y fue el padre Juan Holzer que los trajo para Castelli. Por eso, si ustedes miran el historial de los que llegaron, los primeros pobladores, existe Juan Benz que fue mi abuelo.
-¿Alcanzó a andar en tren o no?
-Sí, me fui a Buenos Aires en tren desde Castelli. En tren hasta Sáenz Peña, luego trasbordo a Buenos Aires. Con Horacio Senger en una oportunidad viajamos 48 horas sentados en asientos de madera. Se llenaba de tierra, no se veía nada adentro, no sé en qué zona andaba. Claro, son 1.200 kilómetros casi.
-¿Y qué se conocía, por ejemplo, de Castelli para el fondo, para El Impenetrable? Porque era todo como un desierto, decían.
-No, había gente, muy pocas familias. Yo prácticamente no sabía nada, salvo con algunos cosecheros que llegaban de la zona, que venían. He hablado con cosecheros que les preguntaba “¿cómo ustedes venían?” y respondían “caminando”. “Caminando por los caminos, nosotros teníamos nuestras picadas”, contaban. Ellos ya tenían su lugar, nosotros veníamos mariscando, ya sabíamos dónde había agua, más o menos, y así venían a cosechar las primeras cosas.
-A Usted que tiene arraigo con El Impenetrable, también parece que le gusta El monte. Y, ahora, se puso a escribir un libro para volcar todo su recorrido.
-Lo que pasa es que de chiquito me gustó. Nosotros acá teníamos El Salado, el más cerca, que quedaba a 12 kilómetros más o menos. Cuando se podía ir, a veces caminando, en carro, en caballo, a pescar, llevar harina para hacer alguna torta… ¡Ese era nuestro día! A mí me gustaba andar por el monte, hacer trampas, ondear y esas cosas. Y ahí en el libro yo describo que mi primera actividad que me rentó algún dinero fue fabricar balines de barro y venderle a la gente a la vuelta. Claro, todo el mundo tenía gomera, muy poco son los que tenían un arma de fuego en ese entonces.
Era changuito, ocho, nueve años. Me acuerdo que fue mi primera entrada de dinero, y lo usaba para ir al pueblo a comer una galletita y tomar una gaseosa, algo de eso.

Créditos: Radio La Fan
-¿Cómo tomó la decisión de hacer la travesía por El Impenetrable?
-Cuando apareció el programa de Supervivencia al desnudo, me llamó la atención. “Si ellos lo pueden hacer sin nada, ¿por qué yo no lo puedo hacer sin nada?”, pensé. Entonces, empecé a venir sin nada. Solo la escopeta.
-¿Ya se había creado el Parque Nacional “El Impenetrable”?
-Poco antes del Parque, no me acuerdo muy bien de eso. Y con la gomera y un anzuelito y la chuza por ahí para chuzear un sábalo o algo, así me largaba y veía que me arreglaba. Entonces, año a año lo fui haciendo más al extremo hasta llegar al último sin nada. Inclusive una travesía hice un trecho caminando.
-¿Qué se puede pescar en esos ríos del norte?
-No sé por qué, estaba lleno de pacú el río. Y hay años que no sale nada. Por eso en el libro escribo que es muy generoso, pero también por ahí es muy mezquino.
-¿Cómo fue su experiencia como comerciante?
-A los 21 años me fui a Buenos Aires para trabajar allá de lo que fuera. Vi que estaba de moda vender muebles y me enfoqué en ello. Inicié con varios locales en la Provincia de Buenos Aires para luego trasladar la empresa a Juan José Castelli. Me fue muy bien en ese rubro, ahora están a cargo mis hijos.
–El libro de su visita a El Impenetrable ¿cómo surgió?
–Escribir mis experiencias de la recorrida por el monte espeso, los ríos con sus misterios y fundamentalmente la manera de manejarnos en un lugar con tantas complicaciones, es un servicio para todos aquellos que quieran visitar la región Norte de nuestro país.

-¿Y qué pudo ver cuando iba recorriendo? ¿Vio algún tigre, chancho?
-El tigre, verlo en vivo y en directo, no lo pude ver nunca. Pero, pumas sí. Tuve dos encuentros cercanos con pumas y después los vi así de pasada o que me veían que yo venía y se iban. Alcancé a verlo varias veces.
Chanchos, miles. Siempre, muchos chanchos majanes, no tanto el morito. Hay gente que no quiere creer y decir que estoy mintiendo, pero yo he encontrado tropas hasta de 300.
-¿300 chanchos?
-Por lo menos 300 chanchos. Estoy seguro que no deben ser de la misma tropa, sino que se encuentran ahí porque en esos años de mucha sequía no hay charcos de agua, nada; y todos se arriman al río hasta que venga la lluvia y se vuelvan a su lugar otra vez.
-¿Realizaría nuevamente una travesía de estas características?
-Claro que sí, ya la estoy organizando para que dure más de 60 días en pleno monte chaqueño.
Serafín Benz con el corazón puesto en sus raíces recorriendo su lugar natal. Lleno de recuerdos, con sueños por cumplir y que seguramente podrá darse la oportunidad para reflejarla en un nuevo reporte.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
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Existir indígena: el contraste entre lo ancestral y lo moderno
Su trabajo, cargado de símbolos inquietantes y figuras metamórficas, invita a los espectadores a mirar más allá de lo evidente, a confrontar lo roto, lo monstruoso y lo no dicho. A través de materiales reciclados y una estética cruda, su arte no busca la comodidad, sino la reflexión y la incomodidad, creando un espacio donde lo imposible se convierte en posible y lo visible se descompone.
“Creo que lo monstruoso, lo que no encaja, dice mucho más de nosotros que cualquier forma idealizada”, cuenta Natacha Avellaneda, artista plástica tucumana y radicada en la provincia de La Rioja desde hace varios años; al mismo tiempo que agrega: “No creo que el arte deba ser simplemente bonito o fácil de digerir”.
Su camino de transformación personal y creativa la ha llevado a alejarse de la docencia pública para sumergirse por completo en el arte, una disciplina que para ella es tanto un acto de liberación como de resistencia. Su obra desafía constantemente los límites entre la pintura, la escultura y la instalación.
-Tus obras invitan a mirar más allá de lo evidente, incluso en lo inquietante o lo roto. ¿Hay una intención de incomodar o de abrir preguntas en quien observa?
-Claro que hay una intención de incomodar. No creo que el arte deba ser simplemente bonito o fácil de digerir. Mi trabajo está lleno de rupturas porque creo que es ahí, en lo roto, donde se esconden las verdades que muchas veces preferimos no ver. Lo inquietante, lo perturbador, lo que nos hace dudar, es lo que nos empuja a cuestionar lo que nos han enseñado a aceptar como normal. Yo no busco que el espectador se quede cómodo frente a mis obras; busco que se incomode, que se haga preguntas, que sienta algo.
Si al final del recorrido alguien no siente una tensión, entonces siento que no cumplí con mi propósito. El arte no es un espejo para que nos veamos bonitos; es una ventana para mirar todo lo que no nos atrevemos a confrontar.
-En varias de tus piezas aparece un ojo adicional y figuras humanas con elementos metamórficos. ¿Qué significado tienen para vos esos símbolos?
-El ojo para mí es una especie de conciencia que no siempre es racional. Es ver más allá de lo que nos quieren mostrar, o incluso de lo que uno mismo puede entender a simple vista. Y las figuras humanas que aparecen mutadas, mezcladas con otros elementos, hablan de eso: de que somos cuerpos en transformación constante.
No somos rígidos, no somos puros. Vivimos en mutaciones, en tensiones internas. Yo creo que lo monstruoso, lo que no encaja, dice mucho más de nosotros que cualquier forma idealizada. Son símbolos de ruptura, de desobediencia a las formas fijas que nos imponen.
-¿Cómo decidís qué técnica usar para cada obra?
-No lo pienso demasiado de manera racional. Cada obra me va pidiendo su propio lenguaje. A veces una idea necesita volumen, necesita cuerpo, y entonces la escultura o el objeto aparecen de forma casi inevitable. Otras veces todo se resuelve en el color, en una pincelada o en una mancha.
Me dejo guiar mucho por lo que siento en ese momento, por el material que tengo a mano también porque trabajo bastante con materiales reciclados o encontrados. No es tanto una decisión técnica como una necesidad expresiva. La obra me va marcando el camino.
-En tu experiencia, ¿cómo se da el pasaje de la idea a la materia? ¿Tenés rituales o momentos clave en ese proceso?
-El pasaje de la idea a la materia es casi como una lucha. No hay algo suave ni ordenado en ese proceso. La idea llega, a veces de manera caótica, como una chispa que me consume, y es ahí cuando siento que la obra empieza a tomar control de mí.
No tengo rituales tradicionales, pero sí momentos claves donde la obra se adueña del espacio. A veces empiezo con un material que encuentro, algo que me habla, y eso me lleva a pensar, a trastocar la idea inicial. No me interesa hacer algo hermoso o perfecto, me interesa que haya tensión, que haya algo crudo en lo que estoy creando.
Hay algo en el caos del proceso, en la desestructuración, que es el verdadero ritual para mí. Todo fluye de una forma desordenada, pero es esa desorganización la que termina dándole vida a la pieza.
-Pasaste por la educación pública como docente. ¿Pensás que ese tiempo marcó tu forma de ver el arte y de estar en el mundo?
-Sí, y no siempre para bien. La educación pública me marcó en carne viva. Me mostró todo lo que se pierde cuando una estructura aplasta la curiosidad y la diferencia.
Vi cómo chicos y chicas con un potencial enorme eran obligados a adaptarse o ser expulsados simbólicamente. Eso me dejó una herida y también una certeza: no quiero pertenecer a ningún sistema que premie la obediencia por encima de la sensibilidad.
Mi forma de hacer arte y de estar en el mundo nace de esa incomodidad, de esa urgencia de no repetir el daño, de buscar siempre los bordes, los espacios donde todavía se puede respirar.
-¿Qué grietas encontraste en la educación pública que te llevaron a abandonarla?
-Las grietas son muchas, y todas tienen que ver con la imposibilidad de pensar fuera de los márgenes impuestos. En la educación pública había una estructura tan rígida, tan conformista, que no permitía espacio para la experimentación genuina. Necesitaba un espacio donde se pudiera fallar, donde se pudiera crear sin miedo a ser juzgado por lo que no encaja en lo aceptable.
En las aulas, las emociones y la creatividad eran vistas como secundarias frente a la disciplina y la norma. A mí me faltaba aire, me faltaba libertad. No podía quedarme en un lugar donde me pedían constantemente que me adaptara a algo que no representaba ni mi voz ni la de los estudiantes con los que trataba.
La grieta más grande fue esa: el sistema, en vez de abrir puertas, las cerraba, y yo necesitaba salir. Llegó un momento en que para ser coherente conmigo misma tuve que salir de ese esquema y buscar otros modos de enseñar y de crear.

-¿Pensás que el arte en La Rioja está encontrando nuevas formas de expresión?
–En La Rioja el arte siempre tuvo que pelear contra una estructura muy cerrada, muy clientelista, donde si no respondías a ciertos nombres o circuitos, quedabas afuera. Hoy hay una necesidad de romper con todo eso. Hay artistas que no esperan ser legitimados por instituciones que hace años están oxidadas; directamente crean sus propios espacios, sus propias movidas.
El arte real, el que incomoda, el que habla de lo que nos atraviesa de verdad, casi siempre nace por fuera de las instituciones. Lo que está cambiando no es tanto el apoyo que recibimos, porque sigue siendo mínimo; sino las ganas de no pedir permiso para hacer. Eso es lo más revolucionario que está pasando.
-¿Hay algo que el arte te haya permitido descubrir de vos misma que no habrías encontrado de otro modo?
-El arte me permitió encontrar una verdad que nunca me hubiera atrevido a mirar de frente. Es una forma de ir hacia lo más oscuro de uno mismo y de lo que nos rodea. Me mostró que la vulnerabilidad no es una debilidad, sino una fuerza. Y también me dio la oportunidad de descubrir que la creación no es algo solo estético, es un acto de supervivencia.
A través de las piezas que hago he podido dar forma a pensamientos, a emociones, a heridas que, de no ser por el arte, habrían quedado atrapadas en un rincón de mi ser. El arte me enseñó a hablar con lo que no podía decir con palabras, y en ese proceso me encontré con una parte de mí misma que no sabía que existía.
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