DEPORTES
Nada más lindo que cerrar la “Porta” con un festejo
Emanuel Porta levantó en marzo el trofeo de campeón invicto de la Liga Zarateña en la despedida de una carrera de más de tres décadas en Belgrano.
El ruido y el murmullo quedan arriba. Cuando bajás al pasillo del vestuario y empezás a ver las paredes celestes, todo cambia. El aire se vuelve más pesado, más denso. El camino se angosta, te encierra. Se respira historia, mística. Hay algo en ese lugar que impone, que marca que ahí no juega cualquiera.
No era un día más. El domingo 29 de marzo, Belgrano ya había asegurado el campeonato pero todavía quedaba algo en juego: cerrar el torneo invicto después de cuatro años sin títulos. A ese peso se le sumaba otro. Después de más de tres décadas en el club, el capitán Emanuel Porta se preparaba para su última arenga antes del retiro, con una historia marcada por el amor y el compromiso.
Náutico Arsenal era el último rival que separaba a Belgrano de una hazaña poco habitual: terminar el torneo sin derrotas. El día se sentía distinto, cargado de una tranquilidad difícil de explicar. No había nervios de final ni miedo a perder. Había algo más cercano a la certeza.
Antes de que sonara el pitazo inicial, el plantel de primera junto a los jugadores de las inferiores formó un pasillo para recibir al eterno capitán. En el centro de la escena apareció Porta. Una plaqueta de plata fue entregada en reconocimiento a toda una vida dentro del club. Más de 500 partidos, títulos, derrotas, aprendizajes y una permanencia cada vez menos habitual en el fútbol. No era solo un homenaje: era el reconocimiento a una historia construida durante más de tres décadas.
Después del homenaje, la hinchada recibió al equipo campeón con una ovación constante. Los jugadores salieron al campo con una cinta conmemorativa en el brazo derecho, nuevamente dedicada al capitán. El clima empujaba a Belgrano incluso antes de empezar. Con este ambiente, ¿era posible perder?
El partido comenzó con un Belgrano dominante jugando con la seguridad de un equipo que todavía se sentía obligado a competir pese al campeonato ya asegurado. No pasaron más de 20 minutos cuando el conjunto de Villa Massoni logró encadenar una larga secuencia de pases hasta meterse en el área rival. La jugada terminó en penal.
Incluso antes del remate, el estadio parecía anticipar el desenlace. Todas las miradas apuntaban al mismo lugar. Porta tomó la pelota y caminó hacia el punto penal con la tranquilidad de quien conoce perfectamente ese escenario. El número “2” se hizo cargo de la ejecución y convirtió uno de los goles más simbólicos de su carrera en el club de toda su vida.
El remate fue preciso, inatajable. Después del gol, Porta cayó de rodillas sobre el césped y besó el campo de juego que lo acompañó durante tantos años. ¿Cuánto amor puede entrar en un beso así? Difícil de medir. Había despedida, alivio y pertenencia en un mismo gesto. Mientras la tribuna explotaba entre aplausos, lágrimas y cánticos, el capitán levantaba las manos y devolvía el cariño de toda una vida con la camiseta albiceleste.
Después del primer gol, Belgrano terminó de adueñarse del partido. La diferencia se amplió rápido y el 5-0 final terminó reflejando lo que había sido la tarde: un equipo superior y una sensación de triunfo que parecía instalada desde el comienzo. “La clave fue no desesperarnos”, explicó el entrenador Jona Banencio después de la consagración. Entre lágrimas, el técnico reconoció la magnitud del logro conseguido junto a su cuerpo técnico: “No sé cuántos campeones invictos hay en esta liga, pero seguro hoy se sumó uno”.
A los 42 minutos del segundo tiempo llegó otro de los momentos más emotivos de la jornada: Porta dejó la cancha por última vez con la camiseta de Belgrano y le entregó la cinta de capitán al máximo goleador de la historia del club, Ángel Salvo. Entre abrazos y aplausos, el histórico defensor caminó lentamente hacia el banco de suplentes mientras toda la tribuna coreaba: “Olé, olé, olé, olé, Ema, Ema…”. Después de saludar al cuerpo técnico, se sentó y observó en silencio los últimos minutos de su carrera.
Cuando llegó el pitazo final, el festejo explotó dentro y fuera de la cancha. Familiares, amigos e hinchas ingresaron al campo de juego para sumarse a una ronda interminable de abrazos y saltos. El ruido de los bombos se mezclaba con los fuegos artificiales y el grito repetido de “campeón”.
Entre bengalas azules y camisetas que recordaban el apodo de “Rey de Copas”, Belgrano celebraba un título invicto que quedará marcado entre las páginas más importantes de su historia. En medio de la celebración, Porta intentaba explicar lo difícil que era ponerle palabras al final de su carrera. “Ayer tenía 16 y estaba entrando desde el banco. Hoy, con 38, siento que me despido de mi vida entera”, expresó emocionado. Después, casi como una reflexión final, agregó: “Los días son lentos y los años son rápidos. Ayer tenía 25”.
El ruido ya no quedaba arriba. Ahora bajaba al vestuario entre cantos, bombos y abrazos. La Copa se llenaba de manos, flashes y abrazos, mientras a los jugadores se les empezaba a acalambrar la sonrisa. Entre camisetas mojadas, humo azul y ojos todavía llorosos, Belgrano festejó un campeonato que tardó cuatro años en volver, pero que esa noche parecía no querer terminar nunca.
*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.
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