SOCIEDAD
El llanto del kilómetro 111: el eco de la masacre policial que conmovió a San Miguel del Monte
Un recorrido por los espacios públicos de la ciudad para entender cómo una nueva generación de jóvenes y sus padres viven obligados a convivir con el miedo y la desconfianza.
A siete años, el eco de la tragedia en San Miguel del Monte sigue vivo. El murmullo de la laguna se corta de golpe. No hace falta que nadie diga nada. Entre la cumbia que satura un parlante portátil y el ruido de una moto al ras del asfalto, el destello azul de la baliza rebota en el agua y cambia el clima, todo se templa y el ambiente se vuelve pesado. Es lunes por la noche y cinco amigos avanzan a paso de hombre por la costanera en un Fiat 147.
En el pasto, los pibes que se pasaban el mate congelan el gesto. Las espaldas se enderezan, las miradas se clavan en el piso o se cruzan en silencio, y las capuchas suben un poco más. Nadie corre, pero todos calculan la distancia. Siete años después de la madrugada del 20 de mayo de 2019 que partió al pueblo en dos; el miedo ya no es un concepto: es un reflejo físico.
A unos kilómetros de ahí -sobre la Ruta 3-, la chapa del kilómetro 111 sobre la ruta junta humedad bajo la brisa del otoño. Ya no hay móviles de televisión estacionados en la banquina ni micrófonos de alcance nacional en la vereda. El silencio de ese recordatorio improvisado contrasta con la tensión que se respira en el centro de los corazones de los familiares de las víctimas.

Créditos: Sandra Cartasso / Página 12
Los adolescentes de Monte esquivan con la mirada a los uniformados, los mismos que en mayo de 2019 eran apenas chicos viendo cómo sus vecinos de la escuela, de la noche a la mañana, habían sido baleados por los que deberían cuidarlos. La Justicia ya dictó las prisiones perpetuas y archivó los expedientes, pero en las calles la noche es más oscura y distinta.
El calendario marca que hoy es miércoles 20 de mayo de 2026. Pasaron exactamente siete años, pero en Monte el tiempo parece medirse más pesadamente. A esta edad, rondando los 20, los pibes deberían estar rindiendo parciales para un título universitario, terminando un turno en el trabajo o, simplemente, pateando estas mismas calles tranquilas antes de volver a cenar a sus casas. Sin embargo, hoy su presencia es de lona, pintura y lágrimas.

Créditos: Infocielo
Bajo un cielo oscuro que cala los huesos, la plaza principal empieza a poblarse. De a poco, los brazos montenses desenrollan las primeras pancartas. Los rostros impresos de Camila López, Aníbal Suárez, Gonzalo Domínguez y Danilo Sansone, ahí están, congelados para siempre en la adolescencia, alzados junto al nombre de Rocío Quagliarello, el único milagro de aquella madrugada.
La multitud se amontona buscando calor humano en medio de la ausencia. Entre las rondas que se van armando sobre el cemento frío, el vapor del agua para el mate no pasa desapercibido contra el aire helado del otoño. A un costado, la brasa roja de algún cigarrillo encendido a las apuradas sube y baja entre los dedos cruzados; pitadas hondas y silenciosas que intentan engañar a la angustia y desestresar el cuerpo.
No hay ningún ruido ensordecedor de tambores. Lo que envuelve a la plaza es un murmullo espeso, el abrazo colectivo de quienes todavía se niegan a soltar a los chicos que alguna vez corrieron por estas mismas calles.

Créditos: Lucía Merle / Clarín
En medio de esas rondas donde el frío aprieta y las miradas se cruzan, la voz de Kevin Fiscina le pone palabras a esa tensión silenciosa que flota en el aire. Él es uno de los tantos jóvenes que transitó su adolescencia con este duelo colectivo. Al preguntarle qué quedó de aquel vínculo histórico entre los vecinos y los uniformados de la ciudad, su respuesta no deja margen para la duda. “Ya prácticamente no hay confianza”, dice con un tono que mezcla resignación y la dureza de quien aprendió a caminar a la defensiva.
Después de la masacre es muy difícil volver a creer en quienes, en realidad, deberían cuidar. Para su generación, el punto de fricción fue definitivo. El mapa del pueblo sigue siendo el mismo, pero la forma de transitarlo cambió para siempre. Fiscina explica que el temor se convierte en “un invitado” cada vez que se arma un plan de fin de semana fuera de una casa. “Hoy los pibes salen con miedo a la calle, no quieren saber nada con que la policía los mire”, relata.
Conseguir que un policía bonaerense hable sobre aquella madrugada es como romper un pacto de silencio de la fuerza. Un exfuncionario policial con años de servicio, que caminaba y patrullaba a diario esas calles, accede a conversar cara a cara bajo una condición innegociable: el resguardo total de su identidad. El miedo a los temas legales y al trato de sus propios excompañeros de turno pesa más que la chapa que lleva en el pecho. Sin embargo, cuando la charla entra en confianza, se apagan las formalidades y las cámaras o micrófonos, su testimonio desarma cualquier intento de justificar el horror institucional.
Confesó que, por más que algunos piensen “otra cosa” o quieran “buscarle una vuelta”, esto es “toda culpa de la policía”. Por más que los pibes hubiesen hecho cualquier cosa, “no pueden hacer jamás lo que hicieron”. Refiriéndose al tiroteo a campo abierto de parte de la fuerza policial al auto en que viajaban los adolescentes.

Créditos: Diario Hoy
Lo más escalofriante de su relato no es esa persecución fatal, sino la confirmación de que la tragedia se gestó a la vista de todos los que compartían la guardia. La masacre no fue un error de cálculo; fue el estallido de una descomposición que los propios conocían. La Policía Bonaerense en ese entonces había iniciado una persecución que se extendió por varios kilómetros.
La situación escaló, de acuerdo a la reconstrucción judicial, porque los uniformados empezaron a disparar contra el Fiat 147 que estaba en movimiento. Por los disparos y la alta velocidad en la que iba el vehículo, el conductor -Suárez, que tenía 22 años- perdió el control y chocó violentamente contra un camión estacionado. Solo se salvó Quagliarello, que quedó gravemente herida.
El oficial confiesa que, tiempo antes del 20 de mayo, él mismo se había sentado frente a Rubén García (uno de los efectivos hoy condenados a perpetua) para darle una clara advertencia. Le pidió, casi como un ruego entre colegas, que “se mantuviera lejos” de Leonardo Ecilape y Mariano Ibáñez.
Puertas adentro de la comisaría local, esos apellidos ya eran un murmullo de suposiciones que terminaron siendo más que claras luego de esa noche: todos sabían que cobraban coimas y que estaban empapados por la corrupción. Esa advertencia ignorada fue el camino directo de la noche que terminó con la vida de cuatro chicos contra el acoplado de un camión.
El trauma de la masacre no solo habita en las veredas compartidas o en el costado de la ruta; también se coló en los comedores de cada casa y cambió para siempre a las familias. Lucio tiene hoy 14 años, la misma edad que tenían Danilo, Gonzalo o Camila si aquella madrugada no los hubiera cruzado con su destino. En 2019 era apenas un niño, quizás demasiado chico para terminar de procesar la muerte de golpe, pero con la lucidez suficiente para absorber el terror que se instaló en su hogar, las secuelas quedaron y “ya nada es lo mismo”, confiesa mirando hacia los costados.
Hoy, esa herida invisible se activa en el pueblo como un reflejo condicionado. Basta con que la sirena policial corte el silencio de la noche montense para que el miedo se despierte de golpe. Dentro de las casas, ese sonido ya no es un símbolo de que las autoridades persiguen al delito; significa peligro.
Es una sensación amarga que empuja a los padres, de forma casi instintiva, a manotear el celular. En un instante, las pantallas se iluminan en la oscuridad de las habitaciones y un mismo mensaje de WhatsApp sale disparado en cadena hacia los hijos que están en la calle: “¿Dónde estás? ¿Estás bien?”. No importa que ya tengan 20 años, no importa si la plaza está a tan solo tres cuadras; en Monte, el instinto de supervivencia de los padres aprendió a desconfiar del patrullero.

Créditos: Camila Flores / Pulso Noticias
La noche avanza y el frío termina de vaciar la plaza. Los adolescentes, con los cuellos hundidos en las camperas, emprenden el regreso a casa. A sus espaldas, la ciudad entra en esa vela tensa que la caracteriza desde hace años. Sin embargo, a cuadras de allí, en el límite exacto donde el asfalto urbano se rinde ante la inmensidad de la Ruta 3, el silencio nunca es absoluto.
En el kilómetro 111, el viento de la llanura choca contra el paredón con banderas desteñidas por el sol y estrellas amarillas. También hay una pintura levantada a la fuerza por la tragedia, que vigila a San Miguel del Monte como una herida que la humedad y el tiempo se niegan a cicatrizar. Cada vez que los faros largos de un camión de carga iluminan el lugar por una fracción de segundo, los rostros impresos comienzan a encenderse en la banquina, congelados para siempre en esa noche de 2019. Son las sonrisas interrumpidas de un pueblo que perdió la inocencia de un balazo.

Ya no hay móviles satelitales transmitiendo en vivo la indignación, ni políticos prometiendo purgas policiales frente a los micrófonos nacionales. La noche de Monte sigue su curso. A lo lejos, rebotando contra la quietud del agua en la laguna, el eco de una sirena policial vuelve a erizar la madrugada. No es una persecución; quizás sea solo un cambio de guardia o un patrullaje de rutina, pero el sonido viaja por las calles vacías, atraviesa las paredes y aprieta el pecho de quienes lo escuchan desde la cama. Es, en esencia, la banda sonora de un duelo infinito.
Mientras el patrullero dobla la esquina y el destello de sus balizas azules desaparece, el kilómetro 111 sigue ahí, inmóvil, tragando el polvo y la neblina del invierno. No hace falta pararse en el borde del asfalto para sentir su peso. Porque siete años después, el llanto de esa madrugada de mayo ya no es solo el recuerdo de fierros retorcidos en la ruta; se convirtió en la respiración misma de un pueblo que, cada vez que un móvil frena en la esquina, se promete a sí mismo que el olvido es un lujo que jamás se va a poder dar.
*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.
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