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José Hidalgo, el soldado trevelinense de Malvinas

A más de 40 años de su regreso, un recorrido por su juventud, el silencio de la posguerra y el refugio familiar en Trevelin que le permitió sanar las heridas del cuerpo y del alma.

José Hidalgo junto al Intendente de Trevelin, Chubut. Créditos: Municipalidad de Trevelin
José Hidalgo junto al Intendente de Trevelin, Chubut. Créditos: Municipalidad de Trevelin

Es pleno junio de 1982. La puerta de una casa en Trevelin se abre y el tiempo se detiene en una mirada. Una madre se para frente al joven que acababa de regresar. Son segundos interminables. No logra reconocerlo: él se había ido a unas islas muy famosas con más de 60 kilos y ahora está ahí parado, de vuelta en la cordillera; todo flacucho: no debe pasar mucho más que 40. Irreconocible. 

“La primera que me recibió fue mi mamá y no me reconoció”, recuerda José Hidalgo sobre ese shock inicial. El desafío ya no era sobrevivir a las bombas, sino aprender a habitar de nuevo la normalidad, la “nueva normalidad”.

Ese frío modificó incluso su percepción del presente. Mientras a su alrededor todos se abrigaban para combatir el invierno cordillerano, su temperatura interna funcionaba al revés: habitaba su casa sintiendo la necesidad de andar con ropa liviana, incapaz de descifrar por qué los suyos se envolvían en pulóveres y bufandas. Las islas lo habían habituado a un desamparo tan constante que el clima de su pueblo le parecía templado en comparación con el viento de las trincheras. 

Pronto descubrió que el territorio más difícil de recuperar era el propio sueño. La calle pasó a ser un terreno hostil y salir implicaba exponerse, por eso eligió refugiarse entre sus paredes, convirtiendo el aislamiento en un mecanismo de defensa frente a un mundo que continuaba su ritmo.

Puertas adentro, su familia tuvo que descifrar ese mapa de silencios y tensiones. “Mis hermanos simplemente me observaban mucho, estaban muy impactados, y mi mamá guardaba silencio y prefería no hacerme preguntas sobre la guerra”, rememora Hidalgo. Sin embargo, la rutina familiar albergaba contradicciones: “Mi papá me preguntaba mucho y a mí me incomodaba hablar del tema. Venían otros familiares a verme, pero yo no quería hablar de la guerra con nadie”. 

Esa resistencia guardaba relación con su propia historia: siendo el menor de ocho hermanos en un hogar de esfuerzo diario, José aprendió desde chico el valor de las changas. A los 15 años se mudó solo a Trelew para trabajar en una fábrica de medias, y a los 18, el Servicio Militar Obligatorio lo trasladó al Regimiento Infantería 8 Mecanizada en Comodoro Rivadavia. Creía que el regimiento sería un paréntesis de un año, no imaginaba que ese uniforme sería su única piel en el Atlántico Sur.

Al enterarse de su destino, sintió un miedo inevitable. Tras arribar el 3 de abril, el paisaje se volvió una trampa de improvisación: mientras él sabía manejar armas por el regimiento, a su lado convivía con jóvenes que jamás habían disparado un fusil. Durante aquel mes, la tarea fue mecánica: armar campamentos y cavar pozos en un territorio vigilado por la alta tecnología inglesa, que volvía inútil cualquier esfuerzo de defensa. 

Fotografía de la exposición “Las fotos recuperadas de Malvinas”. Créditos: Archivo Télam

La habitualidad en las islas se transformó en una carrera de resistencia contra el propio cuerpo. Cuando las bombas no obligaban a buscar refugio en la humedad de los pozos, el frío se metía en los huesos a través de botas de goma y ropas que eran escudos de papel frente al clima helado. A eso se sumaba el hambre: “Comíamos cuando podíamos; a veces, solo una vez al día”, relata sobre la urgencia de lograr que el organismo siguiera funcionando.

El 14 de junio de 1982, tras ser tomado como prisionero por las tropas británicas, José se enfrentó a una paradoja amarga: la sensación de que, en la derrota, estaban recibiendo de los ingleses una humanidad que sus propios superiores les habían negado en el frente. “Los ingleses nos trataron mejor, nos dieron otra ropa y nos alimentaban, aunque no podíamos comer mucho por el bajo peso, porque nos podíamos morir”, rememora sobre el encuentro con un enemigo que les aseguraba que los argentinos “estaban locos” por ir a hacer una guerra en esas condiciones.

El regreso a casa estuvo cargado de la misma incertidumbre que al irse unos meses antes. En medio de las negociaciones, los ingleses barajaron la opción de trasladar a los prisioneros hacia Uruguay. Finalmente, el retorno se destrabó bajo una condición estricta: la firma de un acuerdo de no volver a Malvinas. Solo bajo esa promesa forzada, José pudo subir al buque que lo traería de vuelta a una Argentina que se preparaba para mirar hacia otro lado. El joven descubrió pronto que el uniforme que había defendido con el cuerpo se transformaba en un estigma a la hora de buscar el sustento. 

José Hidalgo (campera verde) junto a otros excombatientes de Trevelin, Chubut. Créditos: Diario La Portada, Chubut

Para conseguir un empleo estable, él tuvo que aprender a omitir su pasado: ocultaba ante los empleadores que era exsoldado de Malvinas, porque las empresas esquivaban contratar a los sobrevivientes del conflicto. En paralelo a ese muro laboral, las secuelas psicológicas seguían latentes en la intimidad. El estrés postraumático y los recuerdos se manifestaron en su cuerpo: le dejaron una psoriasis como marca imborrable. 

A pesar del trauma acumulado y de las imágenes que lo asaltan hasta hoy, 44 años después, el exsoldado rechazó la asistencia de profesionales de la salud mental. Prefirió no acudir a terapia y eligió carriles de sanación mucho más íntimos. La verdadera terapia no llegó desde el diván, sino a través de los lazos afectivos que empezó a tejer a comienzos de la década del 90. En ese tiempo conoció a su esposa, con quien construyó un hogar y tuvo tres hijos. 

Para José formar esa familia se convirtió en el espacio de salvación definitivo, el ancla fundamental que le permitió procesar los fantasmas de lo vivido y proyectar un futuro en su tierra. Su vida laboral encontró estabilidad lejos de los prejuicios en los pasillos escolares de su pueblo, donde trabajó durante años como portero de una escuela secundaria. Hoy, jubilado de ese oficio que le dio el afecto diario de la comunidad educativa, pasa sus días en Trevelin refugiado en una pasión que funciona como su principal medicina: la música.

José Hidalgo en el centro con campera verde, en el acto del 2º de abril de 2026 en Trevelin junto al intendente, Héctor Ingram. Créditos: Canal 4 Esquel – Trevelin

A los 64 años, José Hidalgo lleva las marcas de la guerra con la dignidad intacta de quien aprendió a sanar al amparo de los suyos y de la música como terapia. Aunque la memoria de las trincheras permanece fija, su postura respecto al territorio que defendió a los 18 años es inquebrantable. Sostiene con firmeza que nunca regresará a las islas si para hacerlo debe presentar un pasaporte internacional. 

Para el veterano trevelinense realizar ese trámite burocrático significaría validar una soberanía extranjera sobre un suelo que considera indiscutiblemente argentino. José prefiere quedarse con la geografía de sus recuerdos y la calidez de la cordillera, convencido de que las Malvinas no se reclaman en una frontera impuesta, sino que se llevan grabadas en el alma.


*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.

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