A poco de celebrarse un nuevo Día del Estudiante y la Primavera en Villa Gesell, un viaje a la 4º edición del Festival de las Juventudes en esa localidad.
Juventud, expectativa, sol, alegría, diversión. Todo esto y más fue lo que se respiraba en el aire de la plaza de Av. 3 y Paseo 111 en Villa Gesell, provincia de Buenos Aires, en una tarde de domingo distinta. El ritmo de cumbia, reggaetón o rock nacional se hacía envolvente dependiendo el sector. Cada tanto, una ráfaga de aromas deliciosos invitaba a caer en la tentación de comer algo rico.
Sin embargo, quien captaba toda la atención y las miradas era el escensario con sus tablones negros, algo gastados, como testigo silencioso de esa mezcla de alegrías y tristezas propias del arte. Éste, extenuado pero invicto, estaba con robustos parlantes a un lado y al otro que lo hacían verse más pequeño aún. El escenario vacío cargaba sobre sí todas las expectativas de lo que sería un gran festival. Frente a él, un público con miradas atentas y deseosas de un espectáculo que se hacía esperar.
Se trató de la 4° edición del Festival de las Juventudes, un encuentro recreativo organizado por la Secretaría de Políticas de Género y Juventudes de Villa Gesell con el objetivo de celebrar el Día del Estudiante y el Día de la Primavera. El evento estaba programado para el domingo 21 de septiembre, pero debió suspenderse por cuestiones climáticas.
El domingo 28, entonces, con un sol radiante como telón de fondo, la plaza se llenó y por donde se mirara había rondas de jóvenes sentados en el pasto conversando, riendo, y todos con un fiel amigo: el mate.
Créditos: Municipalidad de Villa Gesell
El inicio de los espectáculos se demoró; esto generó en el público desconcierto. Frente al escenario, veintenas de personas sentadas en el pasto se miraban unas a otras para luego, en silencio, volver a posar su vista sobre el tablado rústico, desierto. Todo cambió pronto en la plaza Carlos Idaho Gesell cuando se tiñó de ovación con el locutor que dio anunció el inicio del show.
El evento arrancó con el grupo Ras Crew Evolution de danzas urbanas y Hip Hop. Natalia Ras, coordinadora de la agrupación, se mostró muy agradecida con la Municipalidad. “El área de Juventud nos dio un espacio para poder vender cosas y recaudar fondos para vestuarios, competencias, viajes que tenemos que hacer y, por supuesto, la posibilidad de exponer nuestro baile”, expresó.
Además de música fueron diversas las propuestas que se ofrecieron: juegos, actividades deportivas, sorteos, feria artesanal y variedad de stands gastronómicos. Niños jugando, jóvenes y adultos recorriendo el predio, rostros distendidos; así se vivió el encuentro.
Bárbara Pérez, secretaria del área de Políticas de Género y Juventudes manifestó su alegría respecto a la afluencia de público y aseguró: “Si bien va orientado a un público joven, adolescente; es una jornada para toda la familia, para toda la comunidad. La idea es que todos se acerquen”. Y determinó: “La propuesta de este día es abierta”.
A su vez, Pérez explicó que desde que el área de Juventudes adquirió la categoría de Secretaría dentro del Municipio se pudo empezar a organizar la fiesta y ofrecer propuestas variadas y novedosas. Por su parte, desde el sitio web de la Municipalidad de Villa Gesell afirman que el festival fue “gran éxito” por la cantidad de público que asistió y ya se consolida como parte de la agenda cultural de la ciudad bonaerense.
En medio de aquella atmósfera jocosa, de algarabía, diversión; los jóvenes se mostraron en su esencia plena y los no tan jóvenes sintieron volver a ser adolescentes por un rato. El festival fue una confirmación de que las épocas cambiaron en muchos aspectos, pero el picnic de la primavera sigue teniendo el mismo espíritu.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
“El folklore es mi historia y mis recuerdos”. Ella es cantora y difusora cultural de la ciudad de Alta Gracia, Córdoba; y gran parte de su trayectoria está profundamente ligada al universo del folklore argentino desde el escenario, la investigación, la memoria y la difusión. Gisell Torino trabaja para rescatar, preservar y poner en valor las historias que forman parte de la identidad cultural nacional.
En esta entrevista cuenta cómo fue abrirse camino en un ámbito atravesado por mandatos y prejuicios; y profundiza en su reciente trabajo “Cosquín: Biografía no autorizada del festival y sus artistas (1961-2025)” donde reconstruye muchas de las voces y relatos que no quedaron registrados en los archivos oficiales.
Su recorrido deja en evidencia que, incluso frente a los obstáculos, su propósito y voz buscan la forma de ser escuchados. “Mi lema es ‘no olvidar’ porque si vos olvidás de dónde venís, no podés avanzar”, cuenta.
-¿Cómo comenzó tu vínculo con el folklore?
-Mi papá era salteño y, por ende, el folklore siempre estuvo como fondo musical en mi infancia. El folklore es mi historia y mis recuerdos. Me mandaron a aprender guitarra, y desde muy chica sentí que quería hacer eso. Me imaginaba en el living de mi casa cantando ante el público. Pero, en aquella época, los padres eran los que mandaban, entonces empecé a estudiar abogacía, si bien no me gustaba.
Sin embargo, siempre estuve en los coros. El cantar era algo que podía más. Cuando mi papá no estuvo más en este plano, esa presión de tener que estudiar las carreras clásicas se fue. Aunque no estaba bien visto que una mujer anduviera de noche cantando en lugares fui bastante rebelde a eso, y con el tiempo empecé a participar de los coros nuevamente. Estuve en dos grupos vocales y, finalmente, de la mano del maestro Daniel Toro, me animé a cantar como solista.
-Mencionaste que no estaba bien visto que una mujer estuviese cantando en lugares de noche. ¿Creés que tu experiencia hubiese sido distinta si hubieses sido varón?
-El varón podía irse de la casa y volver tarde; y no había problema. No había cuestionamiento si el varón salía a cantar. En cambio, la mujer generalmente tenía músicos que eran de la familia o hasta el mismo marido, como es el caso de muchas cantantes.
Yo tenía que buscar músicos, y esa situación a mi familia le costaba. Sin embargo, yo siempre tuve conducta y es algo que tenés que mantener, porque si no, también, le podés vender el alma del diablo y triunfar. Te lo puedo asegurar.
-¿Te encontraste con dinámicas o códigos dentro de ese ámbito que pudieron generarte incomodidad?
-Yo tengo obesidad y si bien era un ambiente machista, el tema venía más por el físico que por ser mujer. En aquella época los productores y sellos discográficos elegían a los artistas, algo muy distinto a hoy que el artista se paga su disco y su producción; y ellos buscaban talentos regidos por la parte estética junto con la capacidad musical.
Más allá de eso, reconozco que en el ambiente de la música fue donde menos problemas tuve respecto a mi físico. Logré perder todos mis complejos. Yo me subía a cantar y me olvidaba de todo.
Ahora, gracias a Dios, vemos a muchas mujeres en las bandas de los artistas. El tema es saber imponerse y con respeto tratar de llegar a donde más se pueda. La mujer ha ido ganando espacios en el ámbito social y en la música, a pesar de que hay más varones, no veo que haya discriminación. Hoy en día creo que todo el mundo tiene las mismas posibilidades y no hay complejos de cuerpo ni de nada, cosa que en mi época sí había más de eso.
-Recientemente publicaste una biografía no autorizada sobre el Festival de Cosquín y quiero preguntarte, ¿hay historias dentro de este libro que hayas descubierto sobre desigualdades en cuestiones de género?
-Siempre el ambiente fue un poco machista. Un acto conocido de discriminación fue el de Mercedes Sosa cuando subió al escenario por primera vez. Jorge Cafrune, que era lo máximo en aquel momento en el folklore, decidió que ella subiera. Era una mujer morocha, de pelo lacio.
Julio Mahárbiz que era conductor en ese momento y prácticamente el dueño del festival, se negó. Dijo: “¿Qué hace esa mujer con pinta de sirvienta en el escenario?”. Cafrune lo hizo a un lado y la subió igual. Ella sola, con su bombo, se convirtió en la artista más importante de nuestra historia musical. Creo que a partir de ahí tuvieron más cuidado con el tema de la discriminación.
Pero luego ocurrió nuevamente con Claudia Pirán, quien usaba muletas. Ella había ganado los espectáculos callejeros y el Pre-Cosquín, entonces le correspondía subir al escenario. Este señor dijo que “ningún inválido” iba a subir al escenario.
En ese momento estaban Los Nocheros esperando para subir y vieron esta injusticia. Entonces le prometieron que iba a estar en el escenario, y así fue. Al año siguiente, Pirán tuvo un lugar de privilegio. A partir de ese momento, no bajó más del escenario. Luego de eso, no recuerdo que haya habido más actitudes de discriminación y menos con mujeres.
-Y a un nivel más personal, ¿qué es lo que te impulsó a querer visibilizar las voces y datos que no fueron conocidos en los papeles oficiales?
-En realidad, lo hice para mi programa de radio. Quería hacer un repaso de los 63 años de Cosquín. Yo tenía la curiosidad de saber quién había subido en cada año al escenario, porque hubo muchos artistas de los cuales nos hemos olvidado y que han subido.
Cuando fui a la Comisión Municipal de Folklore a pedir las grillas para pasarlo en mi programa, me dijeron que no había información o que la persona que “sabía algo de eso” no estaba. Por otro lado, en Cosquín me habían dicho que “no las iba a encontrar”.
Entonces me fui a los diarios de la época, a las hemerotecas y ahí fui encontrando todo. Y un día, una amiga, Blanca Ruiz me pidió prestado un pendrive para sacar información de lo que había dicho en mi programa. Le alcancé también un cuaderno y un montón de hojas, lleno de papeles y machetes. “¿Qué es esto? Esto tiene que ser un libro, porque es una investigación, un trabajo documental. Es algo que no está en ningún lado”, me dijo. Ella me empezó a meter el bichito de hacer el libro.
Y ahora que se está difundiendo, veo lo útil que ha sido para muchos difusores el poder recordar a viejos artistas que pasaron por Cosquín y que ya nadie se acuerda de ellos. Es lindo ilustrar esas presentaciones con palabras y la historia y vida de esos artistas.
Entonces, primero, fue la curiosidad; y, después, me di cuenta de que hacía falta para no olvidar. Mi lema es “no olvidar”, porque si vos olvidás de dónde venís o de dónde traés todo lo que traés, no podés avanzar.
-¿Sentís que este trabajo fue, de alguna manera, un acto de visibilización y reivindicación personal dado a vivencias propias? ¿Quizás una manera de sanar?
-En principio, no porque iba a ser solo para mi programa y a lo sumo se lo iba a pasar en PDF a mis colegas, porque yo participo de una maratón folklórica en la cual somos 30 difusores de todo el país.
Cuando surgió lo de hacer el libro, una idea que me pareció una locura y más porque no se podía hacer en papel por el tamaño, empezó a correr por las redes. Ver ahora a tantos colegas que me llaman para hacer nota, gente que me dice “yo estoy ahí porque canté en tal año”, es un mimo al alma. Pero no como reivindicación, porque no soy más que nadie.
Quiere decir que lo que hice valió la pena o sirvió para ser quien soy hoy. Y que tomen con seriedad lo que estoy haciendo, es un reconocimiento que me hace muy bien y me obliga a seguir haciendo cosas como estas.
-¿Considerás que todavía quedan cosas por hacer y cambios por los cuales seguir trabajando dentro del mundo del folklore para que sea un ámbito mucho más equitativo?
-Hablando de Cosquín, puntualmente, hace dos años se logró que los ganadores del Pre-Cosquín tengan su espacio. Eso sí que ha sido una reivindicación porque era injusto: en un pre-festival que tiene más de 30 años, una persona tenía que pasar por distintas etapas para poder participar y después la lista de ganadores se quedaban sin subir al escenario porque “no había tiempo” o “porque estaban los artistas grandes ya programados”. Siempre hay cosas que se pueden hacer mejor. De eso estoy convencida.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Hacer conducta y perseguir los sueños. En el ecosistema de los pasillos judiciales, hay un sonido que es marca registrada: el de los pasos de López Véliz. Con casi tres décadas recorriendo tribunales, su figura se ha vuelto indispensable para entender la crónica policial de la provincia de Catamarca.
Sin embargo, antes de los flashes de “Catamarca en Cana” y de las coberturas para medios nacionales, hubo un niño en el barrio de la Chacarita que vendía pan casero y relataba partidos de fútbol imaginarios en la escuela. Carlos Dante López Véliz es, ante todo, un sobreviviente de la vieja escuela que supo surfear la ola tecnológica sin perder la frescura del término regional.
Padre de dos hijas que crecieron entre trípodes y expedientes, el hombre detrás de la noticia se confiesa en esta charla sobre sus raíces, sus miedos ante la tecnología y esa perseverancia que lo llevó de una modesta verdulería a la cima de la visualización digital.
-¿Dónde empezó todo? ¿Quiénes fueron tus padres?
-Nací el 31 de marzo del 68, en la capital de Catamarca. Mis padres fueron mi base. Mi viejo, Amado Diego López era santiagueño, nacido en Choya, y trabajaba en el Correo Argentino. Mi mamá, Graciela Justina era de Ancasti. Éramos nueve hermanos, una familia numerosa donde el recurso a veces faltaba, pero la responsabilidad sobraba.
Mi viejo nos tenía “cortitos”, era un hombre de mucho trabajo y rigor. De mi mamá guardo todo, es hasta hoy mi pilar de contención. Perder a un hermano fue un golpe duro, pero la estructura familiar siempre me mantuvo de pie. Recuerdo la responsabilidad de mi viejo como algo que me moviliza hasta hoy.
@catamarcartvok 🎙️ Carlos López Véliz, un referente del genero policial y judicial en Catamarca 🚨⚖️ En este episodio del podcast ‘Producir el instante’ se habló sobre cómo la práctica profesional del periodismo se fue transformando con el uso de redes sociales 🗞️🤳🏽 📲Mirá el episodio completo de "Producir el Instante" en Youtube y llevate ideas para tu futuro profesional. Lo pueden encontrar en todas sus redes como @CATAMARCA EN CANA #catamarcaencana#catamarca#redes#redesocial#periodismo#catamarcartv♬ sonido original – CatamarcaRTV
-¿Cómo recordás esa infancia en la Chacarita?
-Fue una infancia excelente, a pesar de las limitaciones. Estudié en la escuela pública y desde chico supe lo qué era ganarse el mango. Los fines de semana vendía empanadas, pan casero, verduras. Pero entre venta y venta, estaba el potrero. Jugábamos a la pelota en cualquier baldío. En la secundaria la cosa se puso más ajustada, pero aparecieron los amigos y esa inquietud por contar cosas.
-¿Dónde nace para vos el interés en el periodismo?
-Nace en la primaria. Relataba partidos con mis compañeros en la canchita de la escuela. Con un colega que hoy es locutor, Pablo Orellana, hacíamos relatos subidos a la caja de una camioneta cuando salíamos de viaje. Mi sueño real era ser relator deportivo. Hice todos los esfuerzos, acompañé a periodistas deportivos a la cancha, pero me mandaban a la esquina a hacer el conteo de tiros libres o quién entraba y salía. No se me dio, pero el bichito de la comunicación ya me había picado fuerte.
-De ese relator deportivo frustrado a crear una revista estudiantil. ¿Cómo fue ese salto?
-Fue en la secundaria. Con compañeros como Fabián Martínena y Mansilla creamos una revista que se llamaba “La Deseximida”. Fabián era un loco para dibujar, hacía las caricaturas y yo volcaba las historias que contaba en los asados. Ahí aprendí a preguntar el qué, cómo, cuándo y por qué.
En ese momento usábamos máquinas de escribir y rollos de fotos; jamás me imaginé el impacto que tendría el periodismo hoy en mi vida ni que terminaríamos en un mundo digital.
-¿Qué lugar ocupan tus hijas en este ritmo voraz de las noticias judiciales?
-Morena Itali y María Candelaria son la sal de mi vida. Ellas se involucraron desde niñas. Como yo animaba festivales folclóricos, me acompañaban siempre. Después, en la secundaria, me acompañaban con el trípode. Han consumido mi trabajo desde la cuna. A veces salían de la escuela y me encontraban trabajando en los pasillos de tribunales, esperando que salieran los peritos o viendo el movimiento de presos. Para ellas, el periodismo judicial es parte del paisaje familiar y lo tomaron con total naturalidad.
-¿Cómo fue el encuentro con el caso María Soledad Morales?
-En ese tiempo yo tenía un proyecto independiente, una verdulería en casa. Había intentado probar suerte en el sur, en Bariloche y Las Grutas haciendo periodismo, pero me volví porque no me dio resultado. Estaba en la verdulería cuando se dio un hecho policial cerca de la casa de mi mamá, en lo que hoy es la curva de María Soledad (antes conocida como la curva de Parque Daza).
Por curiosidad periodística, agarré mi cámara Fuji chiquitita y me fui a ver. Logré tomar fotos del movimiento policial cuando estaban trabajando en el lugar. Un colega del diario La Unión me vio las fotos y me dijo: “¿Sabés lo que tenés acá, chango?”. Esas fotos tuvieron impacto nacional en la revista “Esto”. Ese fue mi despegue; de ahí me sumé a El Ancasti y a Radio Valle Viejo.
-Trabajaste mucho tiempo con la doctora Lila Zafe en plena efervescencia de ese caso. ¿Qué recordás de esa época técnica, previa a internet?
-Trabajé comprometido al 100% como su secretario y haciendo monitoreo periodístico. Fue una escuela que me marcó muchísimo. En ese tiempo se trabajaba con handy y se transcribía todo a mano.
Poníamos el grabador pegado al teléfono de línea para registrar las notas. Me marcó mucho cubrir las autopsias de María Soledad en Buenos Aires. Era un periodismo de resistencia, de estar horas y horas esperando.
-¿Cómo nace “Catamarca en Cana”? ¿Por qué lanzarte solo a un proyecto digital?
-Por una necesidad propia. Yo tenía un caudal de información muy amplio que no podía volcar del todo en los medios donde estaba. Tenía mucho material residual que era valioso. Un colega me insistió en que creara una página.
Al principio otros no se animaron, así que lo emprendí solo con la ayuda de Edgardo Monasterio en la plataforma. Luego, en un caso de femicidio en Fray Mamerto Esquiú, me encontré con José Echevarría de El Ancasti TV; él estaba con un teléfono y un trípode y me propuso hacer algo juntos. Ahí empezamos con el periodismo móvil y la visualización a través del teléfono.
-¿Qué siente un periodista de radio y handy cuando le dicen “3, 2, 1” y tiene que poner la cara en un vivo?
-Me costó horrores. Actualmente me sigue costando manejar las herramientas tecnológicas, aunque la gente me vea con gimnasia en las redes. Pero cuando llega el “1”, ya estoy listo, estoy nadando en la información.
La frescura y el uso de términos regionales es lo que nos da fuerza. La Inteligencia Artificial o las plataformas automatizadas no pueden decir las cosas con el sentimiento y el lenguaje que tenemos nosotros en la calle.
–Tenés dos frases que la gente ya repite en la calle. ¿Cómo nacieron?
-Nacieron de forma espontánea para marcar un sello. “Hagan conducta, no los quiero ver en los pasillos de tribunales” surgió en cada cierre de informe. “Las imágenes y el reporte para Catamarca en Cana” se posicionó solo.
Me llena el alma cuando la gente me reconoce por eso. Yo era el chico que vendía verdura, el que no entraba en las mediciones de los profesores para ser un prócer. Ser reconocido hoy, y haber hecho corresponsalías por años para medios como TN, es un logro que me llena de orgullo.
-¿Qué mensaje le darías a ese Carlos de 15 años y a los jóvenes que quieren elegir este camino?
-A ese Carlos de 15 años lo felicitaría por no haberse distraído con otras carreras. Si eligen esta opción del periodismo, les digo que sigan lo que les dicta el corazón. Si sueñan con esto, prepárense: les va a llevar años de prueba y error, de amansadora en los pasillos y de estar horas esperando una causa que quizás tarda cuatro años en llegar a juicio.
No renuncien nunca a sus propósitos. No se trata de hacerse rico económicamente, se trata de la independencia, de la autonomía y de la pasión. Si son perseverantes, el camino siempre va derecho al éxito. Hagan conducta, y persigan sus sueños.
López Véliz guarda su teléfono con el trípode. La entrevista termina, pero su mirada sigue atenta a los movimientos de la fiscalía. Para él, el periodismo no es solo un oficio; es la decisión que tomó aquel niño en el baldío y que hoy, con orgullo, reafirma en cada reporte.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Es pleno junio de 1982. La puerta de una casa en Trevelin se abre y el tiempo se detiene en una mirada. Una madre se para frente al joven que acababa de regresar. Son segundos interminables. No logra reconocerlo: él se había ido a unas islas muy famosas con más de 60 kilos y ahora está ahí parado, de vuelta en la cordillera; todo flacucho: no debe pasar mucho más que 40. Irreconocible.
“La primera que me recibió fue mi mamá y no me reconoció”, recuerda José Hidalgo sobre ese shock inicial. El desafío ya no era sobrevivir a las bombas, sino aprender a habitar de nuevo la normalidad, la “nueva normalidad”.
Ese frío modificó incluso su percepción del presente. Mientras a su alrededor todos se abrigaban para combatir el invierno cordillerano, su temperatura interna funcionaba al revés: habitaba su casa sintiendo la necesidad de andar con ropa liviana, incapaz de descifrar por qué los suyos se envolvían en pulóveres y bufandas. Las islas lo habían habituado a un desamparo tan constante que el clima de su pueblo le parecía templado en comparación con el viento de las trincheras.
Pronto descubrió que el territorio más difícil de recuperar era el propio sueño. La calle pasó a ser un terreno hostil y salir implicaba exponerse, por eso eligió refugiarse entre sus paredes, convirtiendo el aislamiento en un mecanismo de defensa frente a un mundo que continuaba su ritmo.
Puertas adentro, su familia tuvo que descifrar ese mapa de silencios y tensiones. “Mis hermanos simplemente me observaban mucho, estaban muy impactados, y mi mamá guardaba silencio y prefería no hacerme preguntas sobre la guerra”, rememora Hidalgo. Sin embargo, la rutina familiar albergaba contradicciones: “Mi papá me preguntaba mucho y a mí me incomodaba hablar del tema. Venían otros familiares a verme, pero yo no quería hablar de la guerra con nadie”.
Esa resistencia guardaba relación con su propia historia: siendo el menor de ocho hermanos en un hogar de esfuerzo diario, José aprendió desde chico el valor de las changas. A los 15 años se mudó solo a Trelew para trabajar en una fábrica de medias, y a los 18, el Servicio Militar Obligatorio lo trasladó al Regimiento Infantería 8 Mecanizada en Comodoro Rivadavia. Creía que el regimiento sería un paréntesis de un año, no imaginaba que ese uniforme sería su única piel en el Atlántico Sur.
Al enterarse de su destino, sintió un miedo inevitable. Tras arribar el 3 de abril, el paisaje se volvió una trampa de improvisación: mientras él sabía manejar armas por el regimiento, a su lado convivía con jóvenes que jamás habían disparado un fusil. Durante aquel mes, la tarea fue mecánica: armar campamentos y cavar pozos en un territorio vigilado por la alta tecnología inglesa, que volvía inútil cualquier esfuerzo de defensa.
Fotografía de la exposición “Las fotos recuperadas de Malvinas”. Créditos: Archivo Télam
La habitualidad en las islas se transformó en una carrera de resistencia contra el propio cuerpo. Cuando las bombas no obligaban a buscar refugio en la humedad de los pozos, el frío se metía en los huesos a través de botas de goma y ropas que eran escudos de papel frente al clima helado. A eso se sumaba el hambre: “Comíamos cuando podíamos; a veces, solo una vez al día”, relata sobre la urgencia de lograr que el organismo siguiera funcionando.
El 14 de junio de 1982, tras ser tomado como prisionero por las tropas británicas, José se enfrentó a una paradoja amarga: la sensación de que, en la derrota, estaban recibiendo de los ingleses una humanidad que sus propios superiores les habían negado en el frente. “Los ingleses nos trataron mejor, nos dieron otra ropa y nos alimentaban, aunque no podíamos comer mucho por el bajo peso, porque nos podíamos morir”, rememora sobre el encuentro con un enemigo que les aseguraba que los argentinos “estaban locos” por ir a hacer una guerra en esas condiciones.
El regreso a casa estuvo cargado de la misma incertidumbre que al irse unos meses antes. En medio de las negociaciones, los ingleses barajaron la opción de trasladar a los prisioneros hacia Uruguay. Finalmente, el retorno se destrabó bajo una condición estricta: la firma de un acuerdo de no volver a Malvinas. Solo bajo esa promesa forzada, José pudo subir al buque que lo traería de vuelta a una Argentina que se preparaba para mirar hacia otro lado. El joven descubrió pronto que el uniforme que había defendido con el cuerpo se transformaba en un estigma a la hora de buscar el sustento.
José Hidalgo (campera verde) junto a otros excombatientes de Trevelin, Chubut. Créditos: Diario La Portada, Chubut
Para conseguir un empleo estable, él tuvo que aprender a omitir su pasado: ocultaba ante los empleadores que era exsoldado de Malvinas, porque las empresas esquivaban contratar a los sobrevivientes del conflicto. En paralelo a ese muro laboral, las secuelas psicológicas seguían latentes en la intimidad. El estrés postraumático y los recuerdos se manifestaron en su cuerpo: le dejaron una psoriasis como marca imborrable.
A pesar del trauma acumulado y de las imágenes que lo asaltan hasta hoy, 44 años después, el exsoldado rechazó la asistencia de profesionales de la salud mental. Prefirió no acudir a terapia y eligió carriles de sanación mucho más íntimos. La verdadera terapia no llegó desde el diván, sino a través de los lazos afectivos que empezó a tejer a comienzos de la década del 90. En ese tiempo conoció a su esposa, con quien construyó un hogar y tuvo tres hijos.
Para José formar esa familia se convirtió en el espacio de salvación definitivo, el ancla fundamental que le permitió procesar los fantasmas de lo vivido y proyectar un futuro en su tierra. Su vida laboral encontró estabilidad lejos de los prejuicios en los pasillos escolares de su pueblo, donde trabajó durante años como portero de una escuela secundaria. Hoy, jubilado de ese oficio que le dio el afecto diario de la comunidad educativa, pasa sus días en Trevelin refugiado en una pasión que funciona como su principal medicina: la música.
José Hidalgo en el centro con campera verde, en el acto del 2º de abril de 2026 en Trevelin junto al intendente, Héctor Ingram. Créditos: Canal 4 Esquel – Trevelin
A los 64 años, José Hidalgo lleva las marcas de la guerra con la dignidad intacta de quien aprendió a sanar al amparo de los suyos y de la música como terapia. Aunque la memoria de las trincheras permanece fija, su postura respecto al territorio que defendió a los 18 años es inquebrantable. Sostiene con firmeza que nunca regresará a las islas si para hacerlo debe presentar un pasaporte internacional.
Para el veterano trevelinense realizar ese trámite burocrático significaría validar una soberanía extranjera sobre un suelo que considera indiscutiblemente argentino. José prefiere quedarse con la geografía de sus recuerdos y la calidez de la cordillera, convencido de que las Malvinas no se reclaman en una frontera impuesta, sino que se llevan grabadas en el alma.