Los Leones sumaron de a dos en la antesala del cierre de la Pro League
En un duelo de ida y vuelta, el seleccionado masculino de hockey sobre césped de Argentina empató 4-4 contra los españoles y se quedó con el punto bonus en los shoot-outs.
Los Leones igualaron 4 a 4 ante España y se quedaron con el punto bonus en el anteúltimo partido de esta ventana de Pro League. Con dos goles en tiempo regular y un penal, Tomas Domene fue elegido el jugador del partido.
Los goles llegaron en dos ocasiones por Domene y los otros dos con Nicolas Della Torre y Santiago Tarazona. En penales australianos, Tomás Santiago presionó bien a los españoles, atajando uno y obligando a tirar afuera en dos ocasiones. El conjunto local, por su parte, convirtió tres veces. Los autores de estos fueron Tomas Domene, Luciano Méndez Pin y Joaquín Toscani.
Este resultado los mantiene en la sexta posición del ranking de la FIH. Para completar la ventana, los dirigidos por Lucas Rey enfrentarán a Alemania nuevamente el sábado 27 a las 8:30 para finalizar este tramo del torneo. En la fecha anterior habían caído 2 a 1 y buscarán la revancha en el Ernst Reuter.
LEONAS VICTORIOSAS
Por su parte, el conjunto femenino consiguió la revancha y venció 2 a 0 a España con goles de Eugenia Trinchinetti y Brisa Bruggesser. Este resultado las mantiene segundas en la tabla y buscarán mantener la posición el domingo 28 desde las 8:30 ante las inglesas.
“¿Quieres ganar 80 mil soles y tirás esos centros, Trucha?”. El futbolista peruano Percy Rojas recuerda, con los ojos llenos de brillo y su mirada de nene, el reto de Marcos Calderón cuando era niño, que no fue solo una corrección técnica. En el fútbol peruano de los años 70, donde el talento estaba por todos lados, la diferencia no la hacían solo los más habilidosos, sino los que también estaban dispuestos a exigirse más que el resto. Rojas cuenta que pudo entender ese mensaje antes que muchos, y eso fue una de las cosas que lo ayudó a construir una de las mejores carreras del fútbol peruano.
Nació en Lima en 1949, es el menor de cinco hermanos, creció con el deporte y tomó decisiones difíciles. En el colegio destacaba mucho tanto en el básquet como en el fútbol, pero terminó eligiendo el verde césped. A los 16 años, a escondidas de sus papás, se fue a probar a Universitario de Deportes. Esto marcaría el inicio de una carrera que luego lo convertiría en uno de los grandes nombres del fútbol de su país.
Flaco, rápido y escurridizo, como lo describen, empezó a llamar la atención. Su capacidad para esquivar rivales fue lo que hizo que se le ponga el apodo de Trucha, bien a su estilo: ágil y difícil de atrapar.
En Universitario se convirtió rápidamente en ídolo. Fue goleador, campeón y protagonista de la histórica campaña que llevó a la U a la final de la Copa Libertadores de 1972, donde también se convirtió en el primer peruano en marcar en una de la Copa.
Créditos: GEC Archivo Histórico
Unos años después dio el salto que lo terminó de consolidar: en 1975 pasó a Independiente de Avellaneda en Argentina. El Rey de Copas se había convertido en un equipo acostumbrado a ganar. Percy se puso la camiseta y al instante rindió, nunca le pesó. Marcó en la final de la Copa Libertadores y fue clave para que el club levantara su sexta Copa Libertadores.
También dejó una huella imborrable en el clásico ante Racing, con una jugada que él mismo recuerda como el mejor gol de su carrera, esquivando a varios rivales antes de definir. La revista El Gráfico lo llevó a su portada con una frase que nos transmite lo que fue ese gol: “Por estos motivos amamos tanto el fútbol”.
Percy, acompañado y asistido por su esposa Ketty -que ayuda a que se le entienda en el habla-, recuerda esos años en Argentina con muchísimo cariño. Ella nos cuenta las grandes noches vividas en el viejo Doble Visera, en el sector de damas junto a las otras botineras.
El futbolista también muy emocionado al hablar de esos años gloriosos de su carrera pide llamar a un amigo y ex compañero. Del otro lado de la pantalla en una videollamada aparece RicardoChivoPavoni, otra gloria roja, que se pone muy feliz al verlo por la llamada. Sigue teniendo una relación de mucho cariño con sus ex compañeros del Rojo, que también le tienen un gran afecto y se preocupan por él.
Al mismo tiempo que hacía historia con los Diablos Rojos, el Trucha fue una parte clave de la generación más brillante del fútbol peruano. Compartió equipo con figuras como Teófilo Cubillas, Héctor Chumpitaz y Hugo Sotil; y fue parte importantísima en la conquista de la Copa América de 1975, donde hizo goles decisivos. También jugó los mundiales de 1978 y 1982, una época en la que Perú competía de igual a igual con las grandes selecciones del mundo.
Después de su paso por Argentina, volvió al país para jugar en Sporting Cristal, donde volvió a ser campeón, y luego tuvo una experiencia en Bélgica. Antes de retirarse, regresó obviamente al club de sus amores, Universitario. En ese momento ya era un referente.
Y después de su retiro, su vínculo con el fútbol siguió: dirigió, formó jóvenes y creó una escuela en la que, más allá de la técnica, buscó transmitir valores. Allí, replicó eso que había aprendido décadas antes: que el talento solo no alcanza.
Pero la vida, como en la cancha, también te da los golpes más duros. El 12 de enero de 2020, después de jugar al tenis, Rojas sintió un leve dolor en el pecho. Sin saberlo, había sufrido un infarto; luego llegó un accidente cerebrovascular. En cuestión de días, el jugador que había gambeteado defensores en toda América quedó en coma, conectado a tubos en una sala de cuidados intensivos.
Fueron casi dos meses en UCI, cinco operaciones, tres a corazón abierto y dos en el cerebro, y un diagnóstico que reducía sus posibilidades de vida a un margen mínimo. Afuera, su familia hacía lo que él hizo toda su carrera: no rendirse y pelearla. “Nosotros somos deportistas, y los deportistas nunca pierden la fe ni dejan de luchar”, dijo su esposa, Ketty.
Cuando finalmente volvió a abrir los ojos, el primer gesto fue pedir una raqueta. Como si su cuerpo o la memoria se hubieran quedado en el último momento en que todo estaba en orden. La recuperación fue lenta, con mucha paciencia. Volver a hablar, a respirar sin ayuda, a moverse. Aprender de nuevo muchas cosas básicas que antes eran naturales. “Creo… que he sido… una buena persona. Y así me recuerdan… Eso me hace feliz”, dice con la voz entrecortada.
Quienes lo acompañaron en todo este proceso reconocen que hay algo familiar en toda esta lucha: la misma decisión y valentía que lo llevaron a ir a probarse a escondidas a Universitario, la que lo sostuvo en escenarios como la Copa Libertadores o la Selección Peruana; aparece ahora lejos de las canchas pero con la misma intensidad.
Porque si algo define a Percy Rojas no son solo sus goles; es un ejemplo de insistir, incluso cuando todo parece en contra. Y así parece que su historia no termina en una final ni en un título. Vuelve siempre a ese gesto casi invisible de no rendirse.
En el Barrio Centenario de Mar del Plata, el silencio es un lujo que no existe. Allí, entre el eco de los monoblocks y el ruido de las motos, Agustín Zapata aprendió que para cuidar un arco primero hay que saber cuidar la identidad. Hoy, con 23 años, vive en la dualidad de quien detiene penales decisivos bajo las luces del Torneo Regional y, a la mañana siguiente, se sienta frente a los apuntes de Educación Física para cumplir con su otra faceta: la de un pibe normal que proyecta un futuro más allá del césped.
El perfil de Zapata se define en el equilibrio. “Trato de mantener los pies sobre la tierra”, suele repetir mientras reparte su tiempo entre el entrenamiento y el grupo de amigos de siempre. Para él, el fútbol es una forma de expresión, pero no es la única: sabe que una carrera puede cambiar en un segundo y por eso busca una base sólida fuera del deporte.
La mitología privada del arquero tiene un punto de partida claro: una tarde de sol, hace 11 años, caminando hacia el estadio con su padre, Martín Zapata. “Mirá este estadio, hijo. Algún día vas a jugar acá”, le dijo mientras el ruido de los bombos de la hinchada de Alvarado hacían temblar el cemento. Él, que entonces tenía nueve años, no solo miró; sino que guardó el sonido y el color de las banderas como un tesoro.
Su padre lo empezó a llamar cariñosamente Patito no por una cuestión de plumaje, sino por la sobriedad y los reflejos fríos que le recordaban al “Pato” Abbondanzieri. “De chico le pateaba pelotas de tenis contra la pared del monoblock”, recuerda su papá con una sonrisa y sigue: “El Patito no se quejaba nunca. Si una pelota le pegaba en la cara, se limpiaba y me decía ‘seguí pateando, pa, que esta no entró’”.
Su ascenso en Alvarado, el club que lo formó desde niño, fue un proceso de paciencia. “Alvarado me enseñó amor por la camiseta y valores”, reconoce el arquero quien sintió un orgullo indescriptible cuando lo llamaron para su primer contrato profesional. Sin embargo, el salto al primer equipo le exigió sacrificar la espontaneidad: ordenar horarios, cuidar la comida y aprender a convivir con una presión que sus pares solo ven por televisión.
Tras tres años de pelearla “desde atrás” en el Torito, su paso a Deportivo Norte fue una decisión de madurez para “tener rodaje”. Allí se convirtió enLa murallaconfiando en su intuición para darle alegrías al equipo marplatense. Sin embargo, en el vestuario prefiere el silencio y la escucha. “En Primera hay jugadores con mucha experiencia y cada consejo vale oro”, afirma con la humildad de quien sabe que todavía tiene mucho para crecer.
Créditos: Marca Deportiva
Antes de cada partido, el arquero tiene sus rituales de pibe de barrio. “Escucho siempre las mismas canciones y llego temprano para mirar la cancha en silencio”, comparte sobre ese momento de conexión, antes de que Patito se ponga los guantes y se transforme en el guardián de los tres palos.
Al final del día, vuelve a ser el hijo de Martín. —¿Cómo te fue hoy, Patito? —pregunta el padre mientras ceba unos mates en la cocina. —Bien, pa. Cansado, pero mañana tengo que rendir un parcial —responde el hijo. Esa es su verdadera victoria: la capacidad de habitar dos mundossin fisuras.
El joven que sueña con vestir la camiseta de la Selección Nacional es el mismo que disfruta de una tarde tranquila con sus viejos y sus amigos de la zona Sur. No es una “figura de cera”; es un pibe que entiende que el fútbol es un juego de momentos, y que la persona se construye ladrillo a ladrillo, todos los días, lejos de los flashes. Su meta es clara: dejar una buena imagen, no solo como el que ataja penales, sino como el pibe que nunca olvidó el camino de regreso al barrio.
Mientras muchas de sus rivales recién comienzan a construir su carrera deportiva, Nadia Báez, la nadadora morenense, continúa entrenando con la misma dedicación que la llevó a convertirse en una de las referentes de la natación adaptada del país. Hoy comparte la pileta con nadadoras de 14 y 15 años, una diferencia generacional que refleja la vigencia de una deportista con más de dos décadas de trayectoria en el alto rendimiento.
Con la mirada puesta en los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028, que podrían marcar el tramo final de su carrera, sigue defendiendo los colores de la Argentina con el mismo compromiso que la acompañó desde sus primeros años en la competencia.
Su historia con el deporte está atravesada por un desafío que comenzó mucho antes de llegar a una pileta. A los ocho meses le diagnosticaron un retinoblastoma bilateral, un tipo de cáncer ocular, y a los 14 años perdió completamente la visión. Lejos de convertirse en un límite, esa realidad pasó a ser parte de un recorrido que encontró en el deporte una herramienta para crecer y desarrollarse.
Entre 2003 y 2004 comenzó a competir a nivel nacional y, en 2006, dio el salto a la élite deportiva al ser convocada a la Selección Argentina. Desde entonces representó al país en Juegos Paralímpicos, Mundiales y otras competencias internacionales.
Las respuestas de Báez llegaron a través de audios de WhatsApp, acompañados por el ruido ambiente de una jornada que seguía su curso. Lejos de responder con frases breves, se tomó el tiempo para reflexionar sobre una carrera construida con esfuerzo y perseverancia.
Al recordar una de las etapas más desafiantes de su vida -cuando compitió embarazada y al mismo tiempo finalizaba la carrera de Psicología-, reconoce el apoyo de su familia y de su entrenador como pilares fundamentales. En su caso, ese acompañamiento también es parte de la competencia: en cada prueba, su entrenador permanece en el extremo de la pileta con un bastón de toque y, mediante un leve contacto, le indica que la pared está a centímetros. “Que la gente me diga que no, me ayuda a seguir adelante, seguir insistiendo y seguir haciendo cosas”, reflexiona.
Créditos: Argentina.gob.ar
Después de más de 20 años en el alto rendimiento, asegura que el entrenamiento va mucho más allá de la preparación física. Como deportista y psicóloga considera que la fortaleza mental es “una herramienta indispensable” para afrontar la presión, la frustración y las exigencias del deporte de alto rendimiento. “Las competencias importantes son uno o dos días al año. Lo difícil es sostener días, semanas, meses y hasta años de entrenamiento para una única competencia”, explica. Además, mantener los objetivos claros y contar con una red de apoyo resulta tan importante como el trabajo dentro de la pileta.
Sin embargo, el camino no siempre es sencillo. En su caso hubo momentos en los que pensó en dejar la natación, ya sea por las dificultades propias del alto rendimiento, por situaciones que consideró injustas o por el desgaste acumulado después de tantos años de competencia. Aun así encontró motivos para seguir. “Siempre estuvo el sueño de poder tener un buen resultado, de terminar haciendo lo que me gusta, cumplir objetivos y demostrarle al otro que sí se puede”, expresa. Esa convicción es la que hoy la mantiene entrenando y proyectando nuevos desafíos.
Entre sus principales logros se encuentra la medalla de bronce obtenida en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012. A pesar de eso, todavía siente que le queda un objetivo por cumplir: “No tengo un oro mundial. Es algo que me gustaría”.
Pensar en el retiro no significa alejarse del deporte, comparte. Si bien todavía continúa enfocada en los desafíos que tiene por delante, ya trabaja en Psicología del Deporte junto a atletas paralímpicos y le gustaría seguir acompañándolos desde ese lugar. Más que ser recordada por los resultados, aspira a que su recorrido haya servido para abrirles el camino a quienes vienen detrás. “Me gustaría haber sido útil para algo y dejarles a los demás algo que no pudimos tener nosotros”, concluye Báez.
El recorrido de la nadadora transcurre entonces entre el esfuerzo individual y una vocación colectiva que no se detiene en la pileta. Entre el entrenamiento, la resistencia y la palabra, transita un presente que todavía no se cierra del todo, pero que ya empieza a proyectarse más allá del agua.