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Deporte de ascenso: competir en tiempos de ajuste

El Deportivo San Andrés no se deja vencer y lucha por seguir en la Liga Federal. Sponsors, comercios del barrio, ferias, sorteos y el apoyo de los vecinos sostienen a un club que apuesta al básquet desde hace 99 años.

En el bar del San Andrés Básquet, en la localidad bonaerense de San Martín, la tarde se mezcla con el ritmo del club. Los chicos que terminan el horario escolar entran y salen para cumplir con las distintas actividades; la pelota pica sin pausa y los dirigentes se hacen un lugar entre mesas ocupadas. El ruido es constante. No hay silencio para pensar demasiado. 

Ahí, en medio de ese movimiento, el torneo empieza a tomar forma; pero lejos del parquet. “La Liga Federal la financiamos con publicidad y el aporte de comercios del barrio; juntamos principalmente para pagar viáticos y cubrir gastos básicos como árbitros, oficiales de mesa, médicos o planilleros”, explica Sergio Grossi, vicepresidente del club, quién además tiene a su hijo dentro del plantel. 

La cifra que ordena todo aparece enseguida: competir cuesta $4.000.000 de inscripción, un 60% más que el año anterior y un 300% respecto de 2024. A eso se suman pases de jugadores, logística y estructura. El torneo exige más y el margen se achica.

San Andrés no es un club más. Fue campeón de la máxima categoría en 1984 y sostiene una tradición ligada al básquet argentino. Por el club pasaron glorias como Eduardo Cadillac, dos veces campeón sudamericano con la Selección, y entrenadores de jerarquía como León Najnudel, figura clave en la creación de la Liga Nacional, y Julio Lamas, quien dirigió a la Selección Argentina y al Real Madrid. Hoy compite en la tercera división nacional con un objetivo que va más allá del resultado inmediato: consolidar un proyecto que conecte la primera con las divisiones formativas.

Eduardo “Tola” Cadillac con la camiseta de San Andrés.

La estructura del plantel responde a una lógica clara: jugadores semiprofesionales, en su mayoría con trabajo o estudio, que reciben un ingreso como incentivo. “Nos financiamos principalmente con sponsors y con eso cubrimos todo lo relacionado con los jugadores”, explica Emiliano Tanghe. Éste es tesorero del club y una figura importante ya que mantiene un vínculo histórico con la institución: su apellido da nombre al estadio en honor a su bisabuelo Enrique; y hoy también acompaña con su empresa como auspiciante.

El esquema económico se arma con precisión quirúrgica. La dirigencia busca que el básquet no afecte otras disciplinas ni las finanzas generales. “La idea es que el club no tenga que invertir directamente; por eso armamos una caja aparte”, señala Grossi. La recaudación se sostiene con aportes privados, venta de entradas, indumentaria, ferias y rifas. 

No hay respaldo estatal directo. “Tenemos una relación con el Municipio: a veces colabora con recursos como escenarios, sillas o materiales para obras, y nosotros cedemos espacios para eventos”, aclara el vicepresidente del Depor.

Las exigencias no se limitan al dinero. La Confederación Argentina de Básquetbol fijó nuevos parámetros de infraestructura: iluminación adecuada, tableros homologados, espacios médicos equipados y condiciones técnicas que requieren inversión. A eso se suma la transmisión obligatoria a través de BasquetPass TV, una plataforma de streaming que transmite los partidos en vivo y que implica un costo cercano a los 100 USD por encuentro, además de la necesidad de contar con una conexión a internet de alta calidad. Para los clubes, cada mejora implica una decisión. 

“Es un torneo que te obliga a reestructurarte y a subir la vara en lo institucional”, reconoce Tanghe. La competencia también plantea desafíos logísticos. “Para los equipos del área metropolitana es más accesible porque no tenemos viajes; en otras regiones ese gasto es mucho más pesado”, agrega el tesorero. 

En San Andrés, la fase regular se juega sin grandes traslados: cada jugador se mueve por sus propios medios o se organiza un sistema compartido para los más chicos. El problema aparece más adelante. Tanghe explica: “Si clasificás a playoffs aparecen los costos de viaje, hotel y comida, que son puntuales pero muy significativos”.

El crecimiento de la Liga convive con esas tensiones. La categoría amplió su visibilidad gracias a su cuentas en redes sociales como Instagram o TikTok, lo que también genera nuevos costos para los clubes. “Tiene mucha repercusión y eso la vuelve más atractiva para los sponsors”, señala Tanghe. La exposición suma, pero no alcanza para equilibrar el balance.

En ese contexto, el sentido de participar atraviesa cada decisión. Grossi no duda: “Si no competís en un nivel alto, los chicos se van a otros clubes”. La Liga funciona como vidriera y como herramienta de pertenencia. “Jugar te pone en pantalla y motiva a los chicos del barrio a acercarse”, comenta. El objetivo no es solo sostener la categoría, sino construir un proyecto a mediano plazo: el vicepresidente plantea que en tres años, la mayoría de los jugadores de primera surjan de las divisiones formativas del club.

La escena ahora vuelve al bar. Por los pasillos, la actividad no se detiene: los chicos esperan su turno para entrenar, la pelota sigue picando y el ruido no cesa. El torneo tampoco. Entre números que no cierran y objetivos que empujan, San Andrés insiste. Competir, en este contexto, es sostener una estructura, defender una identidad y apostar a que ese esfuerzo tenga un destino claro: volver a la máxima categoría.


*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.

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