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Memoria y Justicia: a 54 años de la Masacre de Trelew
Raquel ese día tuvo la posibilidad de mirar a los ojos al torturador de su padre. Lo vió sentado, por fin, frente a un tribunal rindiendo cuentas. Ese hombre, el ex marino Roberto Guillermo Bravo asesinó a tres de los compañeros de su papá e intentó fusilar a Alberto Camps, quién finalmente sobrevivió para contarlo. Ese día era 2 de julio de 2022.
Hoy, Raquel Camps, lleva la voz de su papá y lo hace frente a un tribunal en el Distrito de Florida en los Estados Unidos. La voz de Raquel, al igual que la de su papá, reclama justicia por los fusilados en la Masacre de Trelew. Esa bandera de lucha y de dignidad, finalmente da un paso muy grande en esta historia porque el asesino fue declarado culpable por aquellos crímenes. Lo que sigue será el reclamo para extraditarlo y poder juzgarlo en la Argentina.

Roberto Guillermo Bravo, uno de los militares que disparó y que dio inicio a los tiros.
Décadas agitadas: los eventos que llevaron a la Masacre de Trelew
Las décadas del 60 y 70 estuvieron marcadas por agitaciones políticas y sociales que sacudieron al mundo entero. Desde las protestas obrero estudiantiles del mayo francés en 1968; las manifestaciones masivas en contra de la guerra de Vietnam en los Estados Unidos; la aparición de la píldora; y la minifalda; y el fenómeno masivo del rock de la mano de los Beatles; todas marcaron a una generación que se vio movilizada por estos fenómenos.
Líderes como Martin Luther King en los Estados Unidos quién se transformó en un referente en la lucha por la igualdad de derechos para los afroamericanos, habían optado por la vía pacífica para lograr sus objetivos. Mientras, Fidel Castro, Ernesto “Che” Guevara y Camilo Cienfuegos, como cabezas del ejército rebelde en Cuba, lograron derrocar al dictador Fulgencio Batista y tomar el poder en 1959 por medio de las armas. Estos acontecimientos mostraron que era posible cambiar el orden de las cosas.
Sin embargo, en la Argentina de aquellos años, las dictaduras militares gobernaban el país. En 1955 se produjo un golpe militar que derrocó al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. De esta manera se proscribió a una inmensa parte de la población y el líder del movimiento peronista se vió forzado a un exilio que duró 18 años. Durante el transcurso de este tiempo se fueron alternando gobiernos democráticos con dictaduras. Las medidas económicas antipopulares y la represión constante a las manifestaciones generaron un clima de asfixia en la población.
En 1970 hizo su aparición pública la agrupación político militar Montoneros, con un hecho que conmocionó al país: el secuestro y ajusticiamiento del dictador Pedro Eugenio Aramburu, quien fue presidente de facto en 1955 y era la cara más representativa del antiperonismo.
Luego del hecho provocado, sumado a la movilización obrero estudiantil en la provincia de Córdoba (el famoso Cordobazo), el dictador Juan Carlos Onganía se vió obligado a renunciar y en su lugar asumió Marcelo Levingston que duró en el cargo aproximadamente un año; cuando finalmente asume al Gobierno, el general Alejandro Agustín Lanusse.

Un afiche de la Policía Federal Argentina del 1 de junio de 1970.
Las guerrillas argentinas se mantuvieron muy activas durante aquellos años. Tanto Montoneros, las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) seguían sumando militantes y su fama crecía debido a las espectaculares acciones de propaganda que realizaban.
Montoneros fue una agrupación de identidad peronista y cristiana; la mayoría de sus miembros militaban en la Acción Católica y provenían de la clase media. Por su parte, el ERP era el brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), partido político militar de orientación marxista-leninista. Y, las FAR, tenían una identidad cercana al marxismo pero finalmente se terminaron fusionando con Montoneros.
La fuga del penal de Rawson y los fusilamientos de Trelew en 1972
El 22 de agosto de 1972 en la ciudad de Trelew, provincia de Chubut, se produjo un hecho que marcaría el preámbulo de lo que se desarrollaría de forma sistemática a partir del 24 de marzo de 1976. En la Base Aérea Almirante Zar son fusilados 19 presos políticos, integrantes de las principales organizaciones revolucionarias del país.
La dictadura autodenominada “Revolución Argentina” ejercía una presión social sobre estudiantes, trabajadores y militantes políticos. La censura estaba a la orden del día y cualquier manifestación era reprimida con severidad. Las cárceles de todo el país estaban abarrotadas de presos políticos. En el penal de Trelew se encontraban presos los principales líderes de las guerrillas argentinas.

Penal de Rawson.
El 15 de agosto de ese año, un grupo de combatientes de las diferentes guerrillas argentinas tomó el penal de Rawson desde adentro. El plan era minucioso y salió casi a la perfección. Primero, redujeron a los guardias internos (ninguno de ellos estaba armado). A medida que iban avanzando, los líderes de la toma se iban vistiendo con la ropa de los oficiales militares para camuflarse y facilitar el avance.
La otra parte del plan era coordinar la ayuda externa mediante señales que permitieran el avance de los vehículos en los cuales escaparían 120 guerrilleros que esperaban formados en el patio de la cárcel. Pero, un malentendido en las señales hizo que el plan se viniera abajo.
Mario Roberto Santucho (PRT-ERP), en una entrevista para la revista Punto Final de Chile contó: “Se hicieron las señales y, en vez de entrar los cuatro vehículos que tenían que entrar, entró uno solo. De manera que no se pudo sacar a toda la gente. No estuvo bien esa parte de la operación”.
“Los 19 compañeros que ahora han sido asesinados tuvieron que retirarse de la cárcel para alcanzarnos a nosotros. Tuvieron que recurrir a los taxis, llamar a un taxi para tratar de llegar al aeropuerto en orden, y eso no fue posible. Esos compañeros se tuvieron que quedar en el aeropuerto”, siguió.
Estos 19 militantes revolucionarios llegaron tarde al aeropuerto. El avión que llevaba a seis de los más importantes líderes guerrilleros ya había despegado rumbo a Chile. La decisión en caso de que algo saliera mal, ya la habían pensado antes y era rendirse. Los guerrilleros retuvieron a los pasajeros en el aeropuerto, esperaron a que llegaran los jueces y la prensa para tener garantía sobre sus vidas; y luego sí, entregaron sus armas y fueron trasladados a la base aeronaval.

La Masacre de Trelew: como ocurrió
Es la madrugada del 22 de agosto y el sonido del viento es lo único que se escucha en aquel paraje desolado y frío. La quietud del lugar o la pausa del tiempo en aquella base aeronaval de Trelew se ve interrumpida por los gritos de Bravo, Luis Emilio Sosa y otros dos militares que los acompañaban. La orden era que salieran todos a formar en el pasillo. Luego de eso, sin previo aviso, desde uno de los ángulos del corredor empezaron las rafagas de ametralladora.
Alberto Camps, sobreviviente de la masacre contó: “La primera reacción fue mirar hacia el costado, y ahí vi cómo recibía varios tiros (Miguel Ángel) Polti e inmediatamente se zambullía cuerpo a tierra adentro de la celda, cosa que hice yo también y seguían las ráfagas”.

“Cuando paran, se escuchan entonces quejidos, estertores de compañeros, incluso puteadas. Y empiezan a sonar disparos aislados. Me doy cuenta que están rematando”, continuó Camps con su relato. De aquella masacre sobrevivieron 3 de los 19 militantes: Camps, María Antonia Berger y Ricardo René Haidar. Los testimonios de aquellos revolucionarios fueron registrados en una entrevista al periodista, poeta y militante Francisco Paco Urondo. Esas declaraciones fueron fundamentales para condenar a los asesinos.
En el año 2012 son condenados a prisión perpetua Sosa, Emilio del Real y Carlos Marandino por crímenes de lesa humanidad ocurridos en la masacre de Trelew. Mientras, Bravo, en el año 1973, se radicó en los Estados Unidos y aún hoy vive allí.

Haidar, Berger y Camps
Dignificar la memoria de los fusilados en la Masacre de Trelew: juicio a Roberto Bravo
La lucha de los familiares de las víctimas de Trelew en busca de justicia dio sus frutos. Sobre el caso Bravo y el juicio del 2 de julio de 2022 realizado en Florida, Estados Unidos, Raquel Camps compartió: “El jurado de ocho personas, comunes, que ni siquiera conocían dónde queda la Argentina y mucho menos Trelew, lo encuentra responsable. Y esa sola palabra cuando lo dice la persona que lee el veredicto… ¡era como que se abrió una grieta de luz de un dolor demasiado viejo!”.

Familiares de Trelew a la salida del juzgado en Florida, Estados Unidos.
“En ese momento, me desplomé en llanto. Respiré por mí, por mi familia. Por las madres, por mi abuela. Por los hijos de Trelew. Por los que sobrevivieron un corto tiempo como mi papá y buscaron esa justicia. Ahí entendí la sensación de que la Justicia no borra la tragedia, pero dignifica la memoria. Y, aunque hayan pasado 50 años, creo que por un instante, ahí el alma descansa”.
Lo que realmente la conmovió, recuerda, fue lo histórico de condenar a alguien tan importante, protegido por los Estados Unidos. Para ella fue un gesto de quienes los esperaban: “Nosotros cuando bajamos de la Corte a festejar, a desplegar la bandera que no habíamos podido desplegar durante toda esa semana, nos encontramos con dos de los miembros del jurado. Ellos se paran y, sin decir nada, nos aplauden”. Entonces, Raquel pudo dimensionar lo que había trascendido. “La muerte, la espera, la impunidad, el dolor. Las ausencias”, cerró la hija de uno de los sobrevivientes.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
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Desde comienzos del siglo XXI, una nueva brecha de género se instaló en Occidente: las mujeres tienden a apoyar opciones políticas progresistas y los varones, opciones conservadoras. En la consolidación de este fenómeno, el feminismo y las redes sociales cumplieron un rol fundamental, según el relato de jóvenes militantes de los principales espacios políticos antagónicos de la Argentina actual.
La brecha ideológica de género es una realidad que se consolidó en Argentina más allá de las elecciones del 2023, como muestra el “Informe Nacional de Datos – Mayo 2026” de la consultora Zuban Córdoba. En ese mes, casi un 70% de las mujeres entrevistadas desaprobó la gestión libertaria (versus un 60% de desaprobación masculina).
Brecha de género en las urnas
La politóloga Ana Paola Zuban, directora de la consultora de opinión pública Zuban Córdoba Asociados, da cuenta de este fenómeno, tanto a nivel nacional como internacional.

En las mediciones realizadas durante la primera y la segunda vuelta presidencial de 2023, existió una diferencia entre hombres y mujeres cercana a los 20 puntos, en el apoyo a los dos candidatos que más polarizaron la elección: el libertario Javier Milei y el peronista Sergio Massa.

Los varones se inclinaron por el primero, mientras que las mujeres mostraron una mayor preferencia por el segundo. En el rango etario sub-30, esta diferencia fue incluso más marcada.
Jóvenes en crisis
La oficina de Buenos Aires de la Fundación Heinrich Böll Stiftung (FHBS), una organización progresista alemana, analizó que la política tradicional falló en asegurarles a los jóvenes un futuro con ascenso social y condiciones de vida dignas. Sumado a un mundo en guerra y atravesado por cambios muy intensos, provocó frustración y furia en esa franja etaria.
Lola Quiroga (17 años), militante feminista y peronista, cree que la sociedad en general pasó por un proceso de desintegración y precarización, en el que las mujeres pudieron encontrar una protección en la organización colectiva del feminismo. “Los varones no tuvieron eso”, remató, en diálogo con Eter Digital.
Es entonces que la figura de Javier Milei canalizó estos malestares en jóvenes varones de los sectores medios y populares, y les ofreció una doble solución: la promesa de estabilidad económica y una identidad para hacerle frente a la reconfiguración de los roles de género.
Comunicación y hormonas
Lucas Blanco (22 años) es coordinador de “Bases CABA”, una organización de estudiantes secundarios libertarios, y afirmó en diálogo con este medio que la forma de comunicar de Javier Milei, que calificó como “histriónica y poco diplomática”, resuena con el público masculino porque el varón “es más de la incorrección política y la meritocracia”.
Además, Blanco agrega que, si bien no es un experto en el tema, “las propias hormonas sexuales hacen que el hombre se incline por la competencia y la individualidad; y en el caso de las mujeres, las impulsan más por lo social y el trabajo colectivo”.
Feminismo e identidad
El rol activo del feminismo en esta última década permitió visibilizar la violencia de género presente en distintos estratos de la sociedad argentina, y habilitó la concreción de políticas con perspectiva de género.
Quiroga, por su parte, entiende que esto “tocó una fibra sensible en la sociedad”, gracias al “poder explicativo y organizativo del feminismo”. Sin embargo, también cree que, si bien no es prioridad del movimiento, quizá el feminismo debería haber ofrecido alguna alternativa a la masculinidad tradicional.
“Los varones quedaron en ‘no puedo ser el hombre que la sociedad me exige que sea; al mismo tiempo tampoco puedo ser feminista, ni tengo un grupo de gente que represente mis problemas. Estoy completamente perdido’”, ejemplifica la militante feminista.
Rivales ideológicos
La FHBS considera que las ultraderechas en el mundo presentan al feminismo y al progresismo como los causantes de las inequidades y crisis que los jóvenes varones sienten en su día a día, al modificar un supuesto “orden natural” de la sociedad.
En este sentido, Blanco es taxativo: “En un principio, el feminismo buscaba la igualdad del hombre y la mujer ante la ley, pero como con todo lo que agarra la política, se fué corrompiendo. Hoy solo busca privilegios para la mujer”.
“El machismo también le provoca daños al hombre, pero excluirlo de la conversación e ignorar estos problemas solo sirve para aumentar las diferencias con las mujeres”, concluye el militante libertario.
El rol de las redes sociales
Para Victoria Eger, codirectora del medio feminista Feminacida, las redes sociales desempeñan un papel fundamental a la hora de profundizar la brecha de género ideológica.
Los algoritmos muestran contenidos afines a los intereses de cada usuario y de esta manera se refuerzan sus creencias y es difícil que un fenómeno ajeno irrumpa en el mismo.
“Estamos muy sesgados a la hora de consumir información y de construir nuestro pensamiento. No hay opinión sin sesgo”, aseguró en diálogo con Eter Digital.
Además, la periodista considera que las redes son “terreno fértil para modelos de masculinidad asociados al mérito individual, la solvencia económica y los discursos de odio”.
¿Es posible un futuro sin brecha?
Quiroga cree que una posible superación de este fenómeno reside en la humanización del otro: “Tenemos que llevar la discusión sabiendo que todas y todos tenemos una experiencia compartida, que todas y todos estamos en crisis y que queremos que las cosas cambien. No podemos seguir pensando que enfrente tenemos un boludo que no entiende nada”.
Y advierte: “Hay ideas que hay que debatir, y hay otras ideas que hay que combatir. El límite es el odio”.
Blanco tiene una mirada diferente. Piensa que la distancia entre hombres y mujeres probablemente se profundice en los próximos años debido al impacto de la digitalidad.
“Hoy, hombres y mujeres, nos sentimos más solos y diferentes que nunca, y eso es porque las redes sociales afectaron demasiado nuestras maneras de relacionarnos. Es ahí donde depositamos nuestras frustraciones, y las diferencias, sean buenas o malas, se convierten en enfrentamientos”, explica.
Sin embargo, el libertario está confiado en que, con una estabilización económica y una victoria electoral por parte del gobierno en 2027, se podría generar “una nueva hegemonía que salde algunas discusiones y genere consensos sociales”.
Finalmente, Eger pone el foco en la adolescencia. Para la periodista, la gran apuesta está en la Educación Sexual Integral (ESI) y la formación de pensamiento crítico en los colegios: “Si la brecha está ahí, hay que trabajar con ellos desde la política y con una mirada inclusiva”.
SOCIEDAD
El llanto del kilómetro 111: el eco de la masacre policial que conmovió a San Miguel del Monte
A siete años, el eco de la tragedia en San Miguel del Monte sigue vivo. El murmullo de la laguna se corta de golpe. No hace falta que nadie diga nada. Entre la cumbia que satura un parlante portátil y el ruido de una moto al ras del asfalto, el destello azul de la baliza rebota en el agua y cambia el clima, todo se templa y el ambiente se vuelve pesado. Es lunes por la noche y cinco amigos avanzan a paso de hombre por la costanera en un Fiat 147.
En el pasto, los pibes que se pasaban el mate congelan el gesto. Las espaldas se enderezan, las miradas se clavan en el piso o se cruzan en silencio, y las capuchas suben un poco más. Nadie corre, pero todos calculan la distancia. Siete años después de la madrugada del 20 de mayo de 2019 que partió al pueblo en dos; el miedo ya no es un concepto: es un reflejo físico.
A unos kilómetros de ahí -sobre la Ruta 3-, la chapa del kilómetro 111 sobre la ruta junta humedad bajo la brisa del otoño. Ya no hay móviles de televisión estacionados en la banquina ni micrófonos de alcance nacional en la vereda. El silencio de ese recordatorio improvisado contrasta con la tensión que se respira en el centro de los corazones de los familiares de las víctimas.

Créditos: Sandra Cartasso / Página 12
Los adolescentes de Monte esquivan con la mirada a los uniformados, los mismos que en mayo de 2019 eran apenas chicos viendo cómo sus vecinos de la escuela, de la noche a la mañana, habían sido baleados por los que deberían cuidarlos. La Justicia ya dictó las prisiones perpetuas y archivó los expedientes, pero en las calles la noche es más oscura y distinta.
El calendario marca que hoy es miércoles 20 de mayo de 2026. Pasaron exactamente siete años, pero en Monte el tiempo parece medirse más pesadamente. A esta edad, rondando los 20, los pibes deberían estar rindiendo parciales para un título universitario, terminando un turno en el trabajo o, simplemente, pateando estas mismas calles tranquilas antes de volver a cenar a sus casas. Sin embargo, hoy su presencia es de lona, pintura y lágrimas.

Créditos: Infocielo
Bajo un cielo oscuro que cala los huesos, la plaza principal empieza a poblarse. De a poco, los brazos montenses desenrollan las primeras pancartas. Los rostros impresos de Camila López, Aníbal Suárez, Gonzalo Domínguez y Danilo Sansone, ahí están, congelados para siempre en la adolescencia, alzados junto al nombre de Rocío Quagliarello, el único milagro de aquella madrugada.
La multitud se amontona buscando calor humano en medio de la ausencia. Entre las rondas que se van armando sobre el cemento frío, el vapor del agua para el mate no pasa desapercibido contra el aire helado del otoño. A un costado, la brasa roja de algún cigarrillo encendido a las apuradas sube y baja entre los dedos cruzados; pitadas hondas y silenciosas que intentan engañar a la angustia y desestresar el cuerpo.
No hay ningún ruido ensordecedor de tambores. Lo que envuelve a la plaza es un murmullo espeso, el abrazo colectivo de quienes todavía se niegan a soltar a los chicos que alguna vez corrieron por estas mismas calles.

Créditos: Lucía Merle / Clarín
En medio de esas rondas donde el frío aprieta y las miradas se cruzan, la voz de Kevin Fiscina le pone palabras a esa tensión silenciosa que flota en el aire. Él es uno de los tantos jóvenes que transitó su adolescencia con este duelo colectivo. Al preguntarle qué quedó de aquel vínculo histórico entre los vecinos y los uniformados de la ciudad, su respuesta no deja margen para la duda. “Ya prácticamente no hay confianza”, dice con un tono que mezcla resignación y la dureza de quien aprendió a caminar a la defensiva.
Después de la masacre es muy difícil volver a creer en quienes, en realidad, deberían cuidar. Para su generación, el punto de fricción fue definitivo. El mapa del pueblo sigue siendo el mismo, pero la forma de transitarlo cambió para siempre. Fiscina explica que el temor se convierte en “un invitado” cada vez que se arma un plan de fin de semana fuera de una casa. “Hoy los pibes salen con miedo a la calle, no quieren saber nada con que la policía los mire”, relata.
Conseguir que un policía bonaerense hable sobre aquella madrugada es como romper un pacto de silencio de la fuerza. Un exfuncionario policial con años de servicio, que caminaba y patrullaba a diario esas calles, accede a conversar cara a cara bajo una condición innegociable: el resguardo total de su identidad. El miedo a los temas legales y al trato de sus propios excompañeros de turno pesa más que la chapa que lleva en el pecho. Sin embargo, cuando la charla entra en confianza, se apagan las formalidades y las cámaras o micrófonos, su testimonio desarma cualquier intento de justificar el horror institucional.
Confesó que, por más que algunos piensen “otra cosa” o quieran “buscarle una vuelta”, esto es “toda culpa de la policía”. Por más que los pibes hubiesen hecho cualquier cosa, “no pueden hacer jamás lo que hicieron”. Refiriéndose al tiroteo a campo abierto de parte de la fuerza policial al auto en que viajaban los adolescentes.

Créditos: Diario Hoy
Lo más escalofriante de su relato no es esa persecución fatal, sino la confirmación de que la tragedia se gestó a la vista de todos los que compartían la guardia. La masacre no fue un error de cálculo; fue el estallido de una descomposición que los propios conocían. La Policía Bonaerense en ese entonces había iniciado una persecución que se extendió por varios kilómetros.
La situación escaló, de acuerdo a la reconstrucción judicial, porque los uniformados empezaron a disparar contra el Fiat 147 que estaba en movimiento. Por los disparos y la alta velocidad en la que iba el vehículo, el conductor -Suárez, que tenía 22 años- perdió el control y chocó violentamente contra un camión estacionado. Solo se salvó Quagliarello, que quedó gravemente herida.
El oficial confiesa que, tiempo antes del 20 de mayo, él mismo se había sentado frente a Rubén García (uno de los efectivos hoy condenados a perpetua) para darle una clara advertencia. Le pidió, casi como un ruego entre colegas, que “se mantuviera lejos” de Leonardo Ecilape y Mariano Ibáñez.
Puertas adentro de la comisaría local, esos apellidos ya eran un murmullo de suposiciones que terminaron siendo más que claras luego de esa noche: todos sabían que cobraban coimas y que estaban empapados por la corrupción. Esa advertencia ignorada fue el camino directo de la noche que terminó con la vida de cuatro chicos contra el acoplado de un camión.
El trauma de la masacre no solo habita en las veredas compartidas o en el costado de la ruta; también se coló en los comedores de cada casa y cambió para siempre a las familias. Lucio tiene hoy 14 años, la misma edad que tenían Danilo, Gonzalo o Camila si aquella madrugada no los hubiera cruzado con su destino. En 2019 era apenas un niño, quizás demasiado chico para terminar de procesar la muerte de golpe, pero con la lucidez suficiente para absorber el terror que se instaló en su hogar, las secuelas quedaron y “ya nada es lo mismo”, confiesa mirando hacia los costados.
Hoy, esa herida invisible se activa en el pueblo como un reflejo condicionado. Basta con que la sirena policial corte el silencio de la noche montense para que el miedo se despierte de golpe. Dentro de las casas, ese sonido ya no es un símbolo de que las autoridades persiguen al delito; significa peligro.
Es una sensación amarga que empuja a los padres, de forma casi instintiva, a manotear el celular. En un instante, las pantallas se iluminan en la oscuridad de las habitaciones y un mismo mensaje de WhatsApp sale disparado en cadena hacia los hijos que están en la calle: “¿Dónde estás? ¿Estás bien?”. No importa que ya tengan 20 años, no importa si la plaza está a tan solo tres cuadras; en Monte, el instinto de supervivencia de los padres aprendió a desconfiar del patrullero.

Créditos: Camila Flores / Pulso Noticias
La noche avanza y el frío termina de vaciar la plaza. Los adolescentes, con los cuellos hundidos en las camperas, emprenden el regreso a casa. A sus espaldas, la ciudad entra en esa vela tensa que la caracteriza desde hace años. Sin embargo, a cuadras de allí, en el límite exacto donde el asfalto urbano se rinde ante la inmensidad de la Ruta 3, el silencio nunca es absoluto.
En el kilómetro 111, el viento de la llanura choca contra el paredón con banderas desteñidas por el sol y estrellas amarillas. También hay una pintura levantada a la fuerza por la tragedia, que vigila a San Miguel del Monte como una herida que la humedad y el tiempo se niegan a cicatrizar. Cada vez que los faros largos de un camión de carga iluminan el lugar por una fracción de segundo, los rostros impresos comienzan a encenderse en la banquina, congelados para siempre en esa noche de 2019. Son las sonrisas interrumpidas de un pueblo que perdió la inocencia de un balazo.

Ya no hay móviles satelitales transmitiendo en vivo la indignación, ni políticos prometiendo purgas policiales frente a los micrófonos nacionales. La noche de Monte sigue su curso. A lo lejos, rebotando contra la quietud del agua en la laguna, el eco de una sirena policial vuelve a erizar la madrugada. No es una persecución; quizás sea solo un cambio de guardia o un patrullaje de rutina, pero el sonido viaja por las calles vacías, atraviesa las paredes y aprieta el pecho de quienes lo escuchan desde la cama. Es, en esencia, la banda sonora de un duelo infinito.
Mientras el patrullero dobla la esquina y el destello de sus balizas azules desaparece, el kilómetro 111 sigue ahí, inmóvil, tragando el polvo y la neblina del invierno. No hace falta pararse en el borde del asfalto para sentir su peso. Porque siete años después, el llanto de esa madrugada de mayo ya no es solo el recuerdo de fierros retorcidos en la ruta; se convirtió en la respiración misma de un pueblo que, cada vez que un móvil frena en la esquina, se promete a sí mismo que el olvido es un lujo que jamás se va a poder dar.
*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.
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