Plantel
Por
ETER DigitalMás notas sobre
Desde comienzos del siglo XXI, una nueva brecha de género se instaló en Occidente: las mujeres tienden a apoyar opciones políticas progresistas y los varones, opciones conservadoras. En la consolidación de este fenómeno, el feminismo y las redes sociales cumplieron un rol fundamental, según el relato de jóvenes militantes de los principales espacios políticos antagónicos de la Argentina actual.
La brecha ideológica de género es una realidad que se consolidó en Argentina más allá de las elecciones del 2023, como muestra el “Informe Nacional de Datos – Mayo 2026” de la consultora Zuban Córdoba. En ese mes, casi un 70% de las mujeres entrevistadas desaprobó la gestión libertaria (versus un 60% de desaprobación masculina).
Brecha de género en las urnas
La politóloga Ana Paola Zuban, directora de la consultora de opinión pública Zuban Córdoba Asociados, da cuenta de este fenómeno, tanto a nivel nacional como internacional.

En las mediciones realizadas durante la primera y la segunda vuelta presidencial de 2023, existió una diferencia entre hombres y mujeres cercana a los 20 puntos, en el apoyo a los dos candidatos que más polarizaron la elección: el libertario Javier Milei y el peronista Sergio Massa.

Los varones se inclinaron por el primero, mientras que las mujeres mostraron una mayor preferencia por el segundo. En el rango etario sub-30, esta diferencia fue incluso más marcada.
Jóvenes en crisis
La oficina de Buenos Aires de la Fundación Heinrich Böll Stiftung (FHBS), una organización progresista alemana, analizó que la política tradicional falló en asegurarles a los jóvenes un futuro con ascenso social y condiciones de vida dignas. Sumado a un mundo en guerra y atravesado por cambios muy intensos, provocó frustración y furia en esa franja etaria.
Lola Quiroga (17 años), militante feminista y peronista, cree que la sociedad en general pasó por un proceso de desintegración y precarización, en el que las mujeres pudieron encontrar una protección en la organización colectiva del feminismo. “Los varones no tuvieron eso”, remató, en diálogo con Eter Digital.
Es entonces que la figura de Javier Milei canalizó estos malestares en jóvenes varones de los sectores medios y populares, y les ofreció una doble solución: la promesa de estabilidad económica y una identidad para hacerle frente a la reconfiguración de los roles de género.
Comunicación y hormonas
Lucas Blanco (22 años) es coordinador de “Bases CABA”, una organización de estudiantes secundarios libertarios, y afirmó en diálogo con este medio que la forma de comunicar de Javier Milei, que calificó como “histriónica y poco diplomática”, resuena con el público masculino porque el varón “es más de la incorrección política y la meritocracia”.
Además, Blanco agrega que, si bien no es un experto en el tema, “las propias hormonas sexuales hacen que el hombre se incline por la competencia y la individualidad; y en el caso de las mujeres, las impulsan más por lo social y el trabajo colectivo”.
Feminismo e identidad
El rol activo del feminismo en esta última década permitió visibilizar la violencia de género presente en distintos estratos de la sociedad argentina, y habilitó la concreción de políticas con perspectiva de género.
Quiroga, por su parte, entiende que esto “tocó una fibra sensible en la sociedad”, gracias al “poder explicativo y organizativo del feminismo”. Sin embargo, también cree que, si bien no es prioridad del movimiento, quizá el feminismo debería haber ofrecido alguna alternativa a la masculinidad tradicional.
“Los varones quedaron en ‘no puedo ser el hombre que la sociedad me exige que sea; al mismo tiempo tampoco puedo ser feminista, ni tengo un grupo de gente que represente mis problemas. Estoy completamente perdido’”, ejemplifica la militante feminista.
Rivales ideológicos
La FHBS considera que las ultraderechas en el mundo presentan al feminismo y al progresismo como los causantes de las inequidades y crisis que los jóvenes varones sienten en su día a día, al modificar un supuesto “orden natural” de la sociedad.
En este sentido, Blanco es taxativo: “En un principio, el feminismo buscaba la igualdad del hombre y la mujer ante la ley, pero como con todo lo que agarra la política, se fué corrompiendo. Hoy solo busca privilegios para la mujer”.
“El machismo también le provoca daños al hombre, pero excluirlo de la conversación e ignorar estos problemas solo sirve para aumentar las diferencias con las mujeres”, concluye el militante libertario.
El rol de las redes sociales
Para Victoria Eger, codirectora del medio feminista Feminacida, las redes sociales desempeñan un papel fundamental a la hora de profundizar la brecha de género ideológica.
Los algoritmos muestran contenidos afines a los intereses de cada usuario y de esta manera se refuerzan sus creencias y es difícil que un fenómeno ajeno irrumpa en el mismo.
“Estamos muy sesgados a la hora de consumir información y de construir nuestro pensamiento. No hay opinión sin sesgo”, aseguró en diálogo con Eter Digital.
Además, la periodista considera que las redes son “terreno fértil para modelos de masculinidad asociados al mérito individual, la solvencia económica y los discursos de odio”.
¿Es posible un futuro sin brecha?
Quiroga cree que una posible superación de este fenómeno reside en la humanización del otro: “Tenemos que llevar la discusión sabiendo que todas y todos tenemos una experiencia compartida, que todas y todos estamos en crisis y que queremos que las cosas cambien. No podemos seguir pensando que enfrente tenemos un boludo que no entiende nada”.
Y advierte: “Hay ideas que hay que debatir, y hay otras ideas que hay que combatir. El límite es el odio”.
Blanco tiene una mirada diferente. Piensa que la distancia entre hombres y mujeres probablemente se profundice en los próximos años debido al impacto de la digitalidad.
“Hoy, hombres y mujeres, nos sentimos más solos y diferentes que nunca, y eso es porque las redes sociales afectaron demasiado nuestras maneras de relacionarnos. Es ahí donde depositamos nuestras frustraciones, y las diferencias, sean buenas o malas, se convierten en enfrentamientos”, explica.
Sin embargo, el libertario está confiado en que, con una estabilización económica y una victoria electoral por parte del gobierno en 2027, se podría generar “una nueva hegemonía que salde algunas discusiones y genere consensos sociales”.
Finalmente, Eger pone el foco en la adolescencia. Para la periodista, la gran apuesta está en la Educación Sexual Integral (ESI) y la formación de pensamiento crítico en los colegios: “Si la brecha está ahí, hay que trabajar con ellos desde la política y con una mirada inclusiva”.
SOCIEDAD
El llanto del kilómetro 111: el eco de la masacre policial que conmovió a San Miguel del Monte
A siete años, el eco de la tragedia en San Miguel del Monte sigue vivo. El murmullo de la laguna se corta de golpe. No hace falta que nadie diga nada. Entre la cumbia que satura un parlante portátil y el ruido de una moto al ras del asfalto, el destello azul de la baliza rebota en el agua y cambia el clima, todo se templa y el ambiente se vuelve pesado. Es lunes por la noche y cinco amigos avanzan a paso de hombre por la costanera en un Fiat 147.
En el pasto, los pibes que se pasaban el mate congelan el gesto. Las espaldas se enderezan, las miradas se clavan en el piso o se cruzan en silencio, y las capuchas suben un poco más. Nadie corre, pero todos calculan la distancia. Siete años después de la madrugada del 20 de mayo de 2019 que partió al pueblo en dos; el miedo ya no es un concepto: es un reflejo físico.
A unos kilómetros de ahí -sobre la Ruta 3-, la chapa del kilómetro 111 sobre la ruta junta humedad bajo la brisa del otoño. Ya no hay móviles de televisión estacionados en la banquina ni micrófonos de alcance nacional en la vereda. El silencio de ese recordatorio improvisado contrasta con la tensión que se respira en el centro de los corazones de los familiares de las víctimas.

Créditos: Sandra Cartasso / Página 12
Los adolescentes de Monte esquivan con la mirada a los uniformados, los mismos que en mayo de 2019 eran apenas chicos viendo cómo sus vecinos de la escuela, de la noche a la mañana, habían sido baleados por los que deberían cuidarlos. La Justicia ya dictó las prisiones perpetuas y archivó los expedientes, pero en las calles la noche es más oscura y distinta.
El calendario marca que hoy es miércoles 20 de mayo de 2026. Pasaron exactamente siete años, pero en Monte el tiempo parece medirse más pesadamente. A esta edad, rondando los 20, los pibes deberían estar rindiendo parciales para un título universitario, terminando un turno en el trabajo o, simplemente, pateando estas mismas calles tranquilas antes de volver a cenar a sus casas. Sin embargo, hoy su presencia es de lona, pintura y lágrimas.

Créditos: Infocielo
Bajo un cielo oscuro que cala los huesos, la plaza principal empieza a poblarse. De a poco, los brazos montenses desenrollan las primeras pancartas. Los rostros impresos de Camila López, Aníbal Suárez, Gonzalo Domínguez y Danilo Sansone, ahí están, congelados para siempre en la adolescencia, alzados junto al nombre de Rocío Quagliarello, el único milagro de aquella madrugada.
La multitud se amontona buscando calor humano en medio de la ausencia. Entre las rondas que se van armando sobre el cemento frío, el vapor del agua para el mate no pasa desapercibido contra el aire helado del otoño. A un costado, la brasa roja de algún cigarrillo encendido a las apuradas sube y baja entre los dedos cruzados; pitadas hondas y silenciosas que intentan engañar a la angustia y desestresar el cuerpo.
No hay ningún ruido ensordecedor de tambores. Lo que envuelve a la plaza es un murmullo espeso, el abrazo colectivo de quienes todavía se niegan a soltar a los chicos que alguna vez corrieron por estas mismas calles.

Créditos: Lucía Merle / Clarín
En medio de esas rondas donde el frío aprieta y las miradas se cruzan, la voz de Kevin Fiscina le pone palabras a esa tensión silenciosa que flota en el aire. Él es uno de los tantos jóvenes que transitó su adolescencia con este duelo colectivo. Al preguntarle qué quedó de aquel vínculo histórico entre los vecinos y los uniformados de la ciudad, su respuesta no deja margen para la duda. “Ya prácticamente no hay confianza”, dice con un tono que mezcla resignación y la dureza de quien aprendió a caminar a la defensiva.
Después de la masacre es muy difícil volver a creer en quienes, en realidad, deberían cuidar. Para su generación, el punto de fricción fue definitivo. El mapa del pueblo sigue siendo el mismo, pero la forma de transitarlo cambió para siempre. Fiscina explica que el temor se convierte en “un invitado” cada vez que se arma un plan de fin de semana fuera de una casa. “Hoy los pibes salen con miedo a la calle, no quieren saber nada con que la policía los mire”, relata.
Conseguir que un policía bonaerense hable sobre aquella madrugada es como romper un pacto de silencio de la fuerza. Un exfuncionario policial con años de servicio, que caminaba y patrullaba a diario esas calles, accede a conversar cara a cara bajo una condición innegociable: el resguardo total de su identidad. El miedo a los temas legales y al trato de sus propios excompañeros de turno pesa más que la chapa que lleva en el pecho. Sin embargo, cuando la charla entra en confianza, se apagan las formalidades y las cámaras o micrófonos, su testimonio desarma cualquier intento de justificar el horror institucional.
Confesó que, por más que algunos piensen “otra cosa” o quieran “buscarle una vuelta”, esto es “toda culpa de la policía”. Por más que los pibes hubiesen hecho cualquier cosa, “no pueden hacer jamás lo que hicieron”. Refiriéndose al tiroteo a campo abierto de parte de la fuerza policial al auto en que viajaban los adolescentes.

Créditos: Diario Hoy
Lo más escalofriante de su relato no es esa persecución fatal, sino la confirmación de que la tragedia se gestó a la vista de todos los que compartían la guardia. La masacre no fue un error de cálculo; fue el estallido de una descomposición que los propios conocían. La Policía Bonaerense en ese entonces había iniciado una persecución que se extendió por varios kilómetros.
La situación escaló, de acuerdo a la reconstrucción judicial, porque los uniformados empezaron a disparar contra el Fiat 147 que estaba en movimiento. Por los disparos y la alta velocidad en la que iba el vehículo, el conductor -Suárez, que tenía 22 años- perdió el control y chocó violentamente contra un camión estacionado. Solo se salvó Quagliarello, que quedó gravemente herida.
El oficial confiesa que, tiempo antes del 20 de mayo, él mismo se había sentado frente a Rubén García (uno de los efectivos hoy condenados a perpetua) para darle una clara advertencia. Le pidió, casi como un ruego entre colegas, que “se mantuviera lejos” de Leonardo Ecilape y Mariano Ibáñez.
Puertas adentro de la comisaría local, esos apellidos ya eran un murmullo de suposiciones que terminaron siendo más que claras luego de esa noche: todos sabían que cobraban coimas y que estaban empapados por la corrupción. Esa advertencia ignorada fue el camino directo de la noche que terminó con la vida de cuatro chicos contra el acoplado de un camión.
El trauma de la masacre no solo habita en las veredas compartidas o en el costado de la ruta; también se coló en los comedores de cada casa y cambió para siempre a las familias. Lucio tiene hoy 14 años, la misma edad que tenían Danilo, Gonzalo o Camila si aquella madrugada no los hubiera cruzado con su destino. En 2019 era apenas un niño, quizás demasiado chico para terminar de procesar la muerte de golpe, pero con la lucidez suficiente para absorber el terror que se instaló en su hogar, las secuelas quedaron y “ya nada es lo mismo”, confiesa mirando hacia los costados.
Hoy, esa herida invisible se activa en el pueblo como un reflejo condicionado. Basta con que la sirena policial corte el silencio de la noche montense para que el miedo se despierte de golpe. Dentro de las casas, ese sonido ya no es un símbolo de que las autoridades persiguen al delito; significa peligro.
Es una sensación amarga que empuja a los padres, de forma casi instintiva, a manotear el celular. En un instante, las pantallas se iluminan en la oscuridad de las habitaciones y un mismo mensaje de WhatsApp sale disparado en cadena hacia los hijos que están en la calle: “¿Dónde estás? ¿Estás bien?”. No importa que ya tengan 20 años, no importa si la plaza está a tan solo tres cuadras; en Monte, el instinto de supervivencia de los padres aprendió a desconfiar del patrullero.

Créditos: Camila Flores / Pulso Noticias
La noche avanza y el frío termina de vaciar la plaza. Los adolescentes, con los cuellos hundidos en las camperas, emprenden el regreso a casa. A sus espaldas, la ciudad entra en esa vela tensa que la caracteriza desde hace años. Sin embargo, a cuadras de allí, en el límite exacto donde el asfalto urbano se rinde ante la inmensidad de la Ruta 3, el silencio nunca es absoluto.
En el kilómetro 111, el viento de la llanura choca contra el paredón con banderas desteñidas por el sol y estrellas amarillas. También hay una pintura levantada a la fuerza por la tragedia, que vigila a San Miguel del Monte como una herida que la humedad y el tiempo se niegan a cicatrizar. Cada vez que los faros largos de un camión de carga iluminan el lugar por una fracción de segundo, los rostros impresos comienzan a encenderse en la banquina, congelados para siempre en esa noche de 2019. Son las sonrisas interrumpidas de un pueblo que perdió la inocencia de un balazo.

Ya no hay móviles satelitales transmitiendo en vivo la indignación, ni políticos prometiendo purgas policiales frente a los micrófonos nacionales. La noche de Monte sigue su curso. A lo lejos, rebotando contra la quietud del agua en la laguna, el eco de una sirena policial vuelve a erizar la madrugada. No es una persecución; quizás sea solo un cambio de guardia o un patrullaje de rutina, pero el sonido viaja por las calles vacías, atraviesa las paredes y aprieta el pecho de quienes lo escuchan desde la cama. Es, en esencia, la banda sonora de un duelo infinito.
Mientras el patrullero dobla la esquina y el destello de sus balizas azules desaparece, el kilómetro 111 sigue ahí, inmóvil, tragando el polvo y la neblina del invierno. No hace falta pararse en el borde del asfalto para sentir su peso. Porque siete años después, el llanto de esa madrugada de mayo ya no es solo el recuerdo de fierros retorcidos en la ruta; se convirtió en la respiración misma de un pueblo que, cada vez que un móvil frena en la esquina, se promete a sí mismo que el olvido es un lujo que jamás se va a poder dar.
*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.
Además en ETER DIGITAL:
La Policía mató a un manifestante en democracia y a nadie le importó
El crimen de Lucas González: “La policía ahora está señalada”
Eran las nueve de la mañana y el frío todavía se sentía en las calles de Valcheta, Río Negro. Detrás de las puertas del Gimnasio Municipal, el sonido de las pelotas golpeando contra el piso de goma y el chillido de las zapatillas durante la entrada en calor rompía el silencio de un pueblo tranquilo. Por un fin de semana, el handball volvió a poner a Valcheta en movimiento.
Entre las calles de ripio, el Torneo Juvenil de Handball rompió la rutina tranquila del pueblo. Durante un fin de semana, el Gimnasio Municipal se convirtió en un punto de encuentro para los equipos de las distintas zonas de la Línea Sur. Más allá de la competencia, el objetivo real era otro: que los chicos pudieran enfrentarse a nuevos rivales y sumar experiencias dentro del deporte. Y el torneo lo logró, desde localidades vecinas llegaron delegaciones que no solo buscaban jugar, sino también formar nuevos vínculos y llevarse algo más que un resultado.
Soledad, la nueva entrenadora de las categorías Minis, Cadetes y Juveniles de la Escuela Municipal de Valcheta y organizadora del torneo, observaba los partidos con una sonrisa. Expresó estar “muy contenta” por haber podido reunir a varios equipos y destacó el crecimiento del deporte en la región. “Los chicos tienen mucha calidad de juego y se nota el avance en comparación a otros años”, afirmó.
El objetivo va más allá de los resultados. La entrenadora sueña con organizar más torneos y fortalecer el vínculo entre las localidades de la zona. Sobre todo quiere que sus jugadores tengan nuevas experiencias. “Que no se queden solo en Valcheta jugando siempre con los mismos equipos, sino que puedan enfrentarse a equipos más grandes y mejorar su calidad de juego”, sumó Soledad.
En plena Estepa Patagónica, Valcheta que está ubicada en el centro de la Línea Sur Rionegrina y con poco más de 4.000 habitantes, es una localidad en la cual todos parecen conocerse. Las distancias con las grandes ciudades y la escasez de competencias deportivas hacen que cada encuentro se viva de una manera especial.
El handball en esta región tiene historia propia. La línea Sur Rionegrina cuenta con una Liga Deportiva Comunitaria donde históricamente participaron equipos de localidades pequeñas integrados en su mayoría por jugadores no federados, según registros del Registro Nacional de Instituciones de la Confederación Argentina de Handball. Esos mismos equipos, nucleados bajo el nombre “Unión Línea Sur”, llegaron a competir en torneos provinciales organizados por la Federación Rionegrina de Handball.
Lo que pasa en Valcheta no es un caso aislado, es parte de una tradición deportiva que siempre existió en los márgenes de la estructura oficial. Las familias apoyan desde las tribunas y los vecinos se acercan a ver los partidos. Mientras esperan su turno para entrar a la cancha, algunos jugadores aprovechan y observan atentamente los partidos de sus rivales para medir el nivel y conocer contra quienes deberán enfrentarse. En cambio, otros, aprovechan el tiempo para compartir un mate, un gesto tan simple pero que representa unión y hospitalidad. Porque en el deporte, también se construyen amistades fuera de la cancha, entre risas y charlas.

Con los brazos cruzados, uno de los jugadores de Sierra Grande esperaba su turno para disputar su partido. Cuando le preguntamos qué significa el handball para él, la respuesta fue contundente: “Para mí, un cable a tierra”. No hace falta que explique mucho más. Detrás de esa frase están los entrenamientos después de la escuela, el cansancio físico, la disciplina de estar presente; aunque el cuerpo pida descanso. Todo eso queda en segundo plano cuando lo que uno hace lo hace feliz de una manera difícil de explicar con otras palabras.
Quizás por eso, cada vez que se organiza un torneo, los equipos hacen el mayor esfuerzo para estar presentes y participar. No importa si el viaje es largo o si las competencias son escasas. La posibilidad de compartir una cancha con otros equipos y vivir nuevas experiencias es suficiente para volver a ponerse la camiseta.
Entre quienes hicieron el viaje para llegar a Valcheta estaba la delegación de Sierra Grande. Su entrenadora, Marianela Mora explicó que el equipo venía esperando una oportunidad como ésta. “Este año no hemos tenido mucha competencia, así que llegamos con muchas expectativas de encontrarnos con equipos con los que nunca habíamos jugado”, contó. La historia del handball en su localidad es reciente. Hace apenas tres años comenzaron a trabajar en las categorías Menores, Cadetes y Juveniles. El proyecto nació con alrededor de 70 chicos y, aunque algunos se fueron a estudiar y el número disminuyó, el entusiasmo sigue intacto.

Mora no se define como profesora. Se definió, simplemente, como alguien que ama el handball. “Jugué toda la vida y cuando me presentaron esta oportunidad dije que sí”, confesó. Su emoción aparece cuando intentó explicar qué representa este deporte en su vida: “Es pasión, amor, garra, entrega y trabajo en equipo. También es familia, porque sin ellos todo esto no sería posible”.
Cuando cayó la tarde y el último partido terminó, el gimnasio empezó a vaciarse: algunos se despidieron con abrazos y otros prometieron volverse a ver en el próximo encuentro. Afuera, Valcheta recuperó su calma habitual. Adentro, en cambio, quedaron las marcas de un fin de semana en el que el handball hizo algo más que reunir equipos por unas horas: volvió a demostrar que el deporte también puede construir comunidad.
*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.
Además en ETER DIGITAL:
El deporte como motor de la cultura sorda en Santa Fe
Río Turbio: la ciudad donde el deporte y el arte son refugio para niños y adolescentes