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El día que La Plata se hundió bajo el agua: a 13 años de la tragedia
El 2 de abril de 2013, la Ciudad de las Diagonales sufrió una inundación que se cobró la vida de 89 personas. Vecinos platenses nos contaron cómo afrontaron esa dramática situación.
El 2 de abril es un día memorable para todos los argentinos: es el aniversario en el que homenajeamos a los Veteranos de Malvinas. Pero ya hace 13 años que en la Ciudad de La Plata esa fecha es recordada por una catástrofe que dejó una huella imborrable en los platenses. Fue el día que la capital de la Provincia de Buenos Aires sufrió la peor inundación de todos los tiempos. En menos de cinco horas cayeron alrededor de 400 mililitros de agua. La ciudad se convirtió en un caos. En la noche, a oscuras, empezaron a escucharse los pedidos de auxilio en medio de la catástrofe.
El último día del feriado largo de cinco días comenzaba en esa ciudad con las nubes negras que se venían asomando. Se hizo de noche más rápido de lo habitual y se avecinaba la lluvia; una tormenta que daba pie a tratar de disfrutar el descanso en casa. Pero, llegada la tarde, el panorama comenzó a cambiar. Lo que pintaba ser una simple tormenta se alejó de lo normal y la lluvia pegó con fuerza en la también llamada “Ciudad Universitaria”. Fueron tres horas en las que el agua no cesaba y ya la tranquilidad del día no era lo mismo: el temor se apoderó de la población.
A Nicolás, un vecino platense, ese día le tocó trabajar. Al ser empleado de una casa de comidas rápidas, el feriado no le jugó a su favor. Por eso, cuando recuerda aquella catástrofe, lo hace con su rostro que denota el pésimo momento afrontado: “Durante la jornada laboral, mucho no sabía lo que estaba sucediendo en las calles. Más que la lluvia no cesaba, pero como otras de las tantas que ya había vivido”. Pero llegando al final de su día de trabajo, pasadas las 20, empezaron a llegarle mensajes de familiares. Querían saber cómo estaba, cómo se encontraba el centro de la ciudad, ya que en sus barrios la situación no era la mejor.
Nicolás comenzó a sospechar que algo más grave estaba pasando en su ciudad y hoy, a la distancia, cuenta detalles de lo que vivió en ese momento: “El encierro en la cocina del trabajo, no me dejó ver qué era lo que realmente estaba sucediendo en las calles”. Emprendió viaje a su domicilio y en el camino pudo apreciar que sus familiares no le estaban exagerando y que la ciudad de a poco se estaba convirtiendo en “un río creciente”. Eso le impidió poder llegar a su casa, quedó a mitad de camino. Por eso decidió cambiar su rumbo y más sabiendo que sus padres estaban sufriendo el ingreso de agua a su vivienda, a la cual tampoco pudo llegar.

Créditos: Nicolás Braicovich (Pulso Noticias)
Tomó un punto de encuentro con amigos, donde ahí aun el agua no estaba haciendo estragos. “Entre todos decidimos que continuar caminando sería la mejor opción, pero no sabíamos que en el camino nos íbamos a convertir en rescatistas”, destaca Nico. Ya la noche no era la misma; la ciudad estaba a oscuras e incomunicada; la red de celulares no tenía señal y Edelap (Empresa Distribuidora La Plata S.A.) había decido hacer un corte al servicio de luz. “Era realmente andar a ciegas y con la esperanza de encontrar a los suyos, de que la noche terminara”, menciona.
A sus 21 años, Nico se convirtió en la salvación de varios vecinos. Hoy, a la distancia, recuerda que en ese día lo que primó y se destacó fue la ayuda de los mismos platenses, mientras el Estado estuvo “ausente, antes y durante la inundación”.
El joven cruzó las calles con esfuerzo, ya que la correntada se hacía cada vez más fuerte, evitando o, más bien, sorteando la suerte de no caer en una trampa. El problema era que no sabía qué había debajo del agua. En ese camino a casa de sus abuelos ayudó a más de 20 vecinos, incluso mientras algunos se negaban a salir de sus casas. No querían dejar sus pertenencias porque en esa noche también estaba el fantasma de los saqueos.
Logró hacer más de 10 cuadras caminando y ahí llegó un poco de ayuda: los bomberos voluntarios de Quilmes habían llegado a dar su apoyo, con kayaks para hacer menos complicado el traslado de la gente. Nicolás pasó toda la noche ayudando y tratando de salvar a las personas más vulnerables, dándoles contención. “Traté de hacerles entender que quizás irse de sus casas en ese momento iba a ser lo mejor, que tenían que dejar esos recuerdos atrás”, concluye.
Para Sandra, otra vecina platense, el panorama no fue distinto, pero sí más desolador en su domicilio. “Ingresó casi un metro de agua”, recuerda. Ese día, al ser no laborable, se encontraba en casa con su hijo. “Ya, al siguiente, había que volver a la normalidad pero no sabía que ya no iba a ser todo como antes”, cuenta. La lluvia ya era insoportable y, de a poco, el agua había comenzado a ingresar por debajo de la puerta: “El desborde del Arroyo del Gato fue la consecuencia de que el agua no diera tregua y se haga cada vez más fuerte”.
Al irse la luz, llegadas las 22, el miedo en Sandra creció. “Las cosas flotaban, ya no había espacio más arriba para salvar los objetos”, menciona con la voz entrecortada. Con la llegada de la oscuridad, también venía la incertidumbre de qué hacer: quedarse sabiendo que el agua en vez de irse ingresaba cada vez más o tomar la decisión de abandonar su hogar sin saber con qué se iba a encontrar a la vuelta.
Sandra se decidió por la segunda y salió junto a su hijo. Antes de dejar la casa tuvo la lucidez de agarrar un palo que sirvió de ayuda. “Nos fuimos en busca de un lugar sin agua, donde el frío de la misma y la noche no me jugaran una mala pasada”, dice. Y así, a unas cuatro cuadras de su casa, arriba de un puente, pasaron la noche junto a otros vecinos que habían buscado resguardo ahí.

Créditos: Página 12
Felipe, otro habitante de la Ciudad de las Diagonales, describe: “Ese día me hizo mucho daño y dejó una marca en la memoria colectiva de todos los platenses”. No solo hubo pérdidas materiales en las casi 55.700 viviendas que se vieron afectadas (unos 600 millones de dólares en daños de bienes e inmuebles); lo más triste, según cuenta, fue que se llevó vidas humanas, se contabilizaron 89 fallecidos. “El número se redondeó para no declarar una catástrofe a la inundación. Cuestiones políticas que duelen y hacen el dolor de ese día más profundo”, remarca.
Salir al día siguiente a recorrer las calles no era una grata excursión. La ciudad estaba triste, en silencio y en la cabeza de los vecinos solo resonaba una cosa: cómo se sigue, cómo se comienza de nuevo. No sabían si estaban en su ciudad o en una película de zombis, en la que los autos se enciman.
Las marcas del agua en las paredes de las casas, un sinónimo de esa huella que iba a quedar en el recuerdo de sus dueños. Pero de lo rescatable dentro de tanta desolación y abandono de la parte municipal, queda la solidaridad de la gente: esa noche Felipe resguardó en su domicilio a más de 15 vecinos, que “se la pasaron tomando mates”. Aún en los momentos críticos, el argentino no abandona sus costumbres.
La pregunta que aún sigue resonando en la cabeza de los platenses, es qué paso esa noche. ¿Fue culpa de la naturaleza, ya que cayó una lluvia inusual? ¿Fue realmente eso o hubo responsabilidad humana? Lo que es seguro es que no había plan de contingencia. La gran mayoría de los fallecidos fue gente que había salido a la calle, sin saber qué hacer en esos casos.
El agua mató. Hasta hoy falta hacer muchas obras hidráulicas que eviten otra inundación. Se hizo el ensanchamiento en el Arroyo del Gato, los desagües de la cuenta del Arroyo Maldonado. Y todavía La Plata continúa sin un plan o, más bien, sin saber qué hacer ante un hecho de dicha magnitud.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
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