La periodista Marina Abiuso contó cómo vivió los cambios en el medio después de la masiva marcha por el Ni Una Menos.
Por Juan Pablo Sanfilippo
Con su distintivo estilo de ropa y gruesos lentes, Marina Abiuso salió de Radio Ciudad para la entrevista. Ella es periodista y feminista, a veces ambas al mismo tiempo, aunque también separa sus opiniones a la hora de trabajar. Conduce el programa de radio “Lo malo de ser bueno” y participa en televisión en “Telenoche” y en “A dos voces”. Recordó sus épocas de estudiante de periodismo, contó de sus experiencias laborales atravesadas por el feminismo y de sus comienzos en la profesión.
—¿Cuáles fueron tus primeras impresiones cuando te metiste en el mundo del periodismo?
Creo que cuando empezás tenes el problema de que querés todo y a la vez te van faltando herramientas. Para mi la principal comprensión fue que yo iba a estudiar y sabía muy bien que había que estudiar pero lo que me di cuenta enseguida es que era un oficio. Sin experiencia no se puede lograr. El periodismo tiene que venir con calle y con, como lo llamamos en la tele, con horas de vuelo, porque ahí estaba la clave para todo lo que yo quería hacer.
—En la marcha del #8M en 2017 sufriste empujones y golpes por parte de la multitud, hoy al mirar esa movilización ¿qué sentís?
A mi con esa marcha me pasó que me dolió bastante porque además soy parte del movimiento feminista. Que eso pasara en una manifestación feminista me pareció una pena, en un momento tomé la decisión de no hablar de eso sobretodo porque fue un grupo tan minúsculo y muchas veces lo que pasaba era que le quitaba peso y espacio a algo que tenía una magnitud gigante. Eso no me tendría que haber pasado y está mal que pase, tendría que poder laburar tranquilamente.
—¿Te costó pasar de la gráfica o estar en el estudio a hacer cronista de exteriores?
Fue muy raro ver como cambia el estar en calle cuando sos periodista de gráfica versus cómo es estar en la calle cuando tenés un cubo de televisión. Aprendí algunas cosas sobre códigos y que los cronistas que hacen calle todo el tiempo tienen un olfato para ver cuando se va a venir la cosa encima y safan mucho.
—¿Qué opinas sobre la visualización que hace el periodismo sobre el feminismo?
Noto mucha distancia entre ahora y lo que pasaba los primeros años cuando estas cuestiones empezaron a ser tema. No solo tenía que ver con que el periodismo no ponía foco, sino que en general no tenía foco. Que la masiva marcha de Ni Una Menos la hayamos hecho las periodistas no es casualidad. Me parece que tuvo mucho que ver con lo que veníamos viviendo como realidad, con lo que veníamos notando que no había foco.
—¿Salió como esperaban?
No pensamos que iba a tener tal magnitud. Lo que sí noto es que desde hace ya un tiempo ser feminista dentro de mi laburo se volvió algo positivo antes que negativo. Era algo con lo que yo daba batalla todo el tiempo y ahora por el contrario. Noto que me encargan notas que tienen que ver con el tema, me consultan con cuestiones que tengan que ver con esa sensibilidad y antes era todo lo contrario, era “ojo porque Marina tiene la visión sesgada”.
—¿Qué le dirías a la Marina que recién empezó a estudiar periodismo?
Le diría lo que me decía mucho mi editor de ese momento que lo entendí mucho tiempo después que era, “calmate un poco”, es una maratón, no una carrera, habla menos, escucha más, presta atención a la gente que labura alrededor, de la gente que más aprendí fue de mis compañeros de redacción, de mis compañeros de canal. Estás haciendo lo que te gusta y te va a seguir gustando tantos años después así que bancatela.
El Centro Comunitario de Villa Constitución huele a tierra mojada. Afuera, el temporal arrancó el techo y dejó hilos de agua que bajan por las paredes y se esparcen sobre el piso. Es viernes 6 de noviembre de 2025. Son más de las 19:30 horas. La ciudad está sin luz. Solo la luna ilumina la escena: mesas arrastradas, papeles apilados sobre mesas altas y un balde naranja que pasa de mano en mano.
En medio de la penumbra, una figura menuda se mueve con precisión. Alejandra Becerra —de 36 años, 1,70 metros de altura y pelo oscuro recogido— desplaza una mesa pesada sin perder la compostura. Viste camisola celeste, pantalón al tono y un perfume discreto que sobrevive al olor a humedad. Luce impecable, siempre. Aunque alrededor todo sea caos.
—Primero, saquen lo eléctrico —dice.
Tres mujeres la siguen y retiran lo que todavía puede salvarse. No alza la voz. No agita los brazos. Marca prioridades y el resto actúa. Las sirenas suenan lejos: la tormenta golpeó a toda la ciudad. Alejandra abre el portón trasero del Centro Comunitario. El alumbrado público vuelve. Suspira. Ya pasaron las 22. Queda trabajo. No se queja. Sigue.
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Nació el 5 de octubre de 1989 en Stella Maris, un barrio de Villa Constitución (Santa Fe) que mira al Paraná y se ubica sobre una barranca con vista al río y a los humedales. En los 90, ese barrio era de pescadores, calles de tierra y viviendas humildes.
En esa casa de material sin revocar convivían 10 hermanos, un padre, una madre y dos abuelos que funcionaron como cimiento. Con ellos creció escuchando historias y consejos: con su abuelo Irineo, largas charlas a mate tibio; con su abuela Hipólita, peñas y complicidades.
A los 12 años —cuando todavía respondía al nombre de Alejandro— sintió que algo no encajaba. No conocía la palabra trans. Solo registraba un cuerpo que no coincidía con su identidad. En la casa no hubo gritos ni expulsiones, solo un silencio que impidió preguntas. Su primera forma de abrir camino fue decir: “Soy gay”. Una manera de existir sin quebrar el orden familiar.
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La adolescencia llegó rápido. “El cuerpo no ayudó”, dice Alejandra. A los 16, la prostitución apareció como una salida a la falta de recursos. Un trabajo que le dejó cicatrices para siempre. Pero, a los 23 dejó la noche y así empezó la vida que más tarde reconocería como propia. Un año más tarde registró el nombre que había elegido: Alejandra.
—La empleada del Registro Civil fue la primera persona que me llamó así —dice.
Ese día sintió una emoción que todavía no puede describir. Después llegaron los otros trabajos: panaderías, rotiserías, cuadrillas de barrido. Pero la militancia había empezado antes. Desde los 15 participaba en actividades sociales, alentada por la conciencia social de su abuelo.
Una diputada que visitó la ciudad la escuchó opinar y la sumó a su equipo en el anexo del Congreso. Tiempo después presidió la Comisión Vecinal de Stella Maris y, al terminar su mandato, el presidente del Movimiento Solidario Constitución la convocó para integrarse a su equipo de trabajo.
Consultada por esos años, su abuela —una mujer de manos gastadas y voz baja— recuerda la historia con claridad. La vio caer y levantarse muchas veces. Habla de su capacidad para volver a empezar.
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Quienes la conocen mencionan un detalle que se repite en cada espacio donde entra: Alejandra camina con pasos cortos, medidos, casi sin ruido. No arrastra los pies ni acelera. Ese modo de desplazarse —silencioso, firme, exacto— es su marca.
Desde los 28 años sostiene una rutina estricta: a las 7 ya está en la puerta del “Movimiento Solidario”, abre candados, pone el agua para el mate y espera al equipo. “No habla al pedo. Hace”, dice Erika, su colaboradora de mayor confianza. “Un referente barrial de zona norte”, agrega otro que prefiere no dar su nombre. Y otro opina: “Todo pasa por ella. Es personalista”.
Alejandra escucha, evalúa, sigue. Sabe qué tipo de capital construye: el social. En el Municipio la llaman porque cumple. A los vecinos les destraba trámites casi todos los días. Cuando algo falta, la frase se repite en los barrios: “Preguntale a Ale”. Y el asunto, casi siempre, se resuelve.
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La tormenta terminó. El portón del edificio está entreabierto. Alejandra sale y mira la calle. Recuerda por un instante. Hoy vuelve a ese mismo lugar con algo que entonces no tenía: la certeza de que la identidad se afirma, la dignidad se pelea y la comunidad puede salvar tanto como una familia.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
El “mes rosa” comenzó teñido de rojo. Once femicidios en menos de dos semanas. Cada 28 horas, la inacción del sistema judicial se cobró –al menos– una vida. Y, de acuerdo con el Observatorio de Mujeres de la Matria Latinoamericana (MuMaLá), fueron 196 mujeres las que corrieron este destino atroz en lo que va del año -escalando a 231 en noviembre-.
La secuencia fatal inició con casos hipotéticos: dos compañías petroleras publicaron en la red social TikTok videos de “la de marketing” metida en una bolsa de consorcio. Pese a las disculpas públicas, esa broma de mal gusto fue la antesala de un escenario que se presentó días después.
Lara Gutiérrez, Brenda del Castillo y Morena Verdi aparecieron sin vida en Florencio Varela. Bajo el pretexto de una “fiesta VIP con una paga de 300 dólares”, una banda narco las secuestró y filmó su muerte. En redes sociales, la mayoría de los comentarios rondaban sobre lo mismo: fue una vendetta, no un femicidio.
Los focos giraron entonces hacia el motivo de la “narcovenganza” y la captura de los implicados. Pero nadie dudó de los casos posteriores. Luego, en octubre resonaron las muertes de Adriana Velázquez y su hija Mariana Bustos en Bahía Blanca; Daiana Mendieta en Entre Ríos; y Luna Giardina y su madre Mariel Zamudio en Córdoba. Las primeras pericias determinaron que hubo premeditación, es decir, ensañamiento.
En el caso de Giardina, las denuncias, perimetrales, el botón antipánico, no fueron suficientes. Su expareja Pablo Laurta cruzó el Río Uruguay en kayak, se tomó un remis –con el detalle de que mató y descuartizó al chofer en el trayecto–, y acabó con su ex y su madre con dos disparos, para luego huir con su hijo. El año anterior, una pericia judicial había determinado que Laurta “no era peligroso”.
Sin embargo, el femicida publicaba en la red social X mensajes como “No hay futuro en una sociedad donde las mujeres tienen un estatus mayor al de los hombres”, al mismo tiempo que lideraba Varones Unidos, un grupo de derecha que buscaba “incorporar una perspectiva masculina a las discusiones de género”.
Estado cómplice de la violencia contra las mujeres
En este presente, las políticas estatales para proteger a las víctimas de violencia –como el Programa Acompañar, la Línea 144, la Ley Brisa, Acercar Derechos y el Registro Nacional de Organizaciones Sociales de Género– ya no se encuentran disponibles o van hacia ese rumbo. El Presupuesto 2026 prevé una reducción del 89% de los fondos destinados a las mismas.
“Formalmente se eliminaron del organigrama nacional todas las políticas públicas que teníamos para abordar la violencia machista. Es evidente que hay un aliento a no concurrir al Estado”, criticó Gabriela Sosa, directora ejecutiva de MuMaLá en diálogo con Página 12.
Mientras tanto, la violencia avanza sin freno. MuMaLá estimó que hubo 758 intentos de femicidio en el transcurso del 2025. De las mujeres asesinadas, solo un 14% se atrevió a denunciar a su agresor.
Los discursos de extrema derecha profundizan esta situación. Aseguran que la violencia de género es “algo del feminismo”, un “invento para aventajarse de los hombres” en el marco legal. El Gobierno nacional incluso anunció que eliminará la figura de femicidio del Código Penal, dado que “ninguna vida vale más que otra”. Pero, ¿acaso la premeditación, la extrema violencia y la misoginia tampoco tienen peso alguno?
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
“Escribo porque intento, una y otra vez, poder anclar algo propio en el territorio siempre extranjero, siempre inestable del lenguaje. Escribo como un ejercicio de soberanía íntimo, porque en lo profundo deseo que se fracturen los lugares aparentemente seguros”, afirma Tamara Padrón Abreu en su autobiografía publicada en Tilda (o los animales saciados).
Profesora en Letras, coordinadora de talleres, escritora y editora, nació el 19 de noviembre de 1980 en la ciudad de Lima, Perú. Vivió en Buenos Aires y se radicó en San Martín de los Andes. Actualmente es miembro del Centro Editor Municipal, integra el Consejo Editorial de las revistas Surrealidades y Pura pulpa, y forma parte de la Colectiva de Escritoras Patagónicas. Desde esa labor colectiva surgió, en 2019, el proyecto del libro coral de poesía y fotografía titulado Es tiempo de soltar la lengua: poemas despenalizantes. El mismo fue editado en 2020 por Las Guachas, editorial autogestiva feminista con la que recorre la autoría de mujeres de diversos territorios.
Ella es autora, a su vez, de los poemarios: Esquina sin ochava, antología (1999), Andenes (2003), Los días de la selva (2016), Migraciones (2018), y Tilda, publicado en el 2021 por Ediciones de la Grieta.
Irregular y desprolija, porta una estética que fractura lo estándar, que ejerce esa soberanía de lo íntimo. Baja del auto acalorada, desgarbada, pero con la palabra segura, inquietante. Saluda. “Siempre es un todo girar alrededor de la literatura”, dice.
Luego, explica que, para ella, a medida que pasa el tiempo, los acercamientos y las aproximaciones a la literatura van cambiando. Cuando empezó a estudiar Letras tenía la idea de que el lenguaje era una herramienta con la que se podía expresar. Ahora piensa que el lenguaje es una herramienta defectuosa, “nunca termina de decir lo que queremos decir” y, a través del lenguaje no sé si se termina de pensar aquello que realmente uno quiere.
La escritora continúa: “De alguna forma, no podemos pensar por fuera del lenguaje y el lenguaje nos hace trampa; y, particularmente, la poesía le hace trampa al lenguaje. Pienso que, si hay algo verdadero, algo que se aproxima bastante a aquello que somos, es la literatura, particularmente la poesía”.
Mira a través de sus lentes, y el reflejo desdibuja el foco: siempre hay un más allá. “Imagino el lenguaje no como algo estable sino como cuando uno es chica y jugás con el piso: es lava, o agua que se mueve, magma porque también quema”, sigue.
A su vez, ella determina que hay que buscar dentro de uno el lenguaje. Cree que es muy difícil tratar de discernir si lo que uno dice todo el tiempo es “de verdad de uno” o si tiene que ver con “fórmulas que ya están circulando”.
Por tanto, insiste en que “no todo el mundo quiere pensar”. “Pensar y mover cosas adentro tiene un costo. Para que salga algo propio tiene que haber muchísimas cosas: tiene que haber experiencia, pero también tiene que haber literatura. Sin lectura es como balbucear, tenés que escuchar a las demás como para aprender a poner tu palabra también”, comparte.
-Decís “escuchar para poder poner tu palabra”, y esto me lleva a preguntarte sobre lo propio y lo colectivo particularmente en el libro coral “Es tiempo de soltar la lengua”.
–A comienzos del 2019, una editorial de Buenos Aires nos convoca para hacer un libro de fotografía y poesía en torno a la despenalización del aborto con poemas de corte feminista. Y empezamos a darle forma al libro. Pero era muy difícil porque una cosa es militar sobre derechos humanos, y otra cosa es poner en marcha el proceso de la propia escritura, que no sea un panfleto, que haya un cuidado por la palabra. Entonces era difícil porque yo no sé si mi poesía es feminista; yo soy feminista.
Entonces la idea fue invitar también a poetas de otros lugares. Así se empezó a armar la revuelta que de pronto se hizo un tejido inacabable. Pero tuvimos un desacuerdo con la editorial porque nosotras queríamos un libro militante con un precio accesible, que no fuera privativo.
Al final, decidimos fundar Las Guachas, una editorial autogestiva y feminista que armamos junto con otras compañeras. Así, sacamos el libro por la editorial, y fue una edición de la que somos dueñas, y eso permitió que pudiera circular de otra manera.
Foto y diseño de tapa: Florencia Nobre y Leandro Martin
-¿Puede ser que algunos de los poemas tengan que ver con los discursos generacionales versus un discurso referido a la voluntad, al ejercicio político?
–Sí, cuando nos propusimos encarar desde la escritura, pensamos qué podemos hacer nosotras como poetas. La clandestinidad del aborto no es la única violencia ejercida contra las mujeres: la violencia en los medios, la falta de presencia del Estado, el vaciamiento de políticas de género en su momento, todo tipo de violencia a las que estamos sometidas las mujeres, desde las más chicas hasta quienes han vivido toda una vida víctimas, resilientes, supervivientes.
Se cruzaban un montón de cosas… Como la violencia con respecto a la maternidad, con las frases del tipo “¿qué vas a hacer?”, “te faltan pocos años”, “el reloj biológico”. Entonces, sí, hablamos de un montón de experiencias en una sociedad patriarcal. Somos voluntad y somos deseo.
Presentación de “Nos queda el mundo” de la Colectiva de Escritoras Patagónicas.
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Desciende a la playa de rocas. Su paso es firme, aunque tambalea al compás de la pollera que flamea. Busca un lugar a escondidas del resto. Se aleja. Se oye un ruido acuoso. Vuelve con el pelo empapado, la ropa húmeda, cierto vapor de lago en la piel, cierta satisfacción, cierta fractura.
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-En la autobiografía también hablás del deseo, y decís: “En el deseo espero que se fracturen los lugares aparentemente seguros”. Creo que tiene mucho que ver con tu último poemario Tilda (o los animales saciados).
-Varios poemas de Tilda son anteriores a Soltar la lengua, pero con el proyecto colectivo y feminista mandé todo al freezer. En 2021 volví a esos textos, a ordenarlos, a corregirlos; tenerlos guardados me permitió verlos de otro modo. Y tuve la suerte de ganar una beca para la clínica con Malú Urriola.
Empecé a escribir sobre Tilda, una actriz que me fascina. Ella era todo, camaleónica, algo más a nivel del cuerpo, donde el cuerpo va junto con el deseo. Tilda puede ser todo; podemos ser todo lo que queramos. Pura potencia deseante de la animalidad. Puede despojarse de su condición humana. Ser deseo puro; ser excesivamente humana. Esa distancia permite que nos veamos de otra forma. No es un libro homenaje; es una excusa, tomar esta idea, esta obsesión y darle curso, darle rienda.
-En muchos de los poemas pareciera haber cierto deseo de una definición que se va como desplazando hacia la imaginación, hacia el propio deseo, hacia lugares y espacios poco seguros. ¿Puede ser?
-Ojalá. Hay algo donde los recuerdos mienten, donde no estamos seguros de decir, donde decimos y al minuto ya decimos otra cosa, donde lanzás un poema y ya tiene cuatro direcciones. Y todo es poco seguro… Qué distinto sería el mundo si todo tuviera un cartel para todo… Esa seguridad es posible en una ficción. Y esos lugares seguros, el lenguaje no los tiene ni queremos que los tenga. La poesía socava, horada el lenguaje.
Con la ropa pegada a su cuerpo, Tamara entra en comunión con el territorio. Militante de una palabra que circula entre lo íntimo y lo colectivo, entre lo propio y lo repetitivo, nos ofrece una búsqueda por alcanzar eso que se desea: “poner algo propio ahí y poder verlo y poder entender” mediante “el lenguaje como una herramienta defectuosa, que nunca termina de decir lo que queremos decir”, como “un territorio siempre extranjero”, donde “se fracturen los lugares aparentemente seguros”, como “Fuga, luz, siluetas”, en una poesía “que socava, que orada el lenguaje mismo”.
“Así de simple” de “Es tiempo de soltar la lengua: poemas despenalizantes”
¿Por qué una mujer llora?
Esta mañana no sabe qué responder
A esa pregunta ni otras similares,
Estudia el reflejo de su rostro en la ventana
Reconoce el gesto perdido de su padre.
Ese día a todos los lugares que fue
Lo hizo caminando sobre su propio pasado.
Siente la porosa fragilidad
De la madera falsa, también
Siente la arena extendiéndose contra el mar.
A veces es posible estar en un sitio
Y al mismo tiempo en otro, intuye.
(…)
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.