ENTREVISTAS
Bailar y cuidar, el universo político de Carolina Unrein
Una madrugada, mientras Carolina Unrein y su mejor amigo deambulaban y no sabían de qué charlar, llegaron a una pregunta que a ella la marcó: ¿Cómo le gustaría ser recordada? Para construir su respuesta reflexionó sobre lo que implica redefinir el propio género.
Considera que tomar la decisión de transicionar implica el cuestionamiento de todo lo impuesto. Se piensa mucho en la persona que se quiere ser, como te querés llamar y ver, dónde y de qué querés vivir. “Qué deja unx cuando se va, siempre está dando vueltas”. Por ejemplo, en la comunidad del ballroom esa preocupación se materializa a través de reconocimientos como los títulos de leyenda o icon que se consiguen después de muchos años de entrenamiento. “Quiero que me recuerden como una persona que trabajó incansablemente por dejar un mundo mejor”, sentenció.
No lo dice con solemnidad sino con vitalidad, como quien apuesta por el deseo colectivo. Tiene algo con las madres. Más bien, con una idea de maternidad que trasciende a la biología. Desea deshacerse por un otro que la necesita, darle todo para colaborar en la construcción de una persona ajena basada en el amor. Por eso, no habita su comunidad con pasividad y a través de sus obras milita en contra de una existencia castigada por un entorno que parece ser cada día más hostil. Recuerda haber encontrado al ballroom hace aproximadamente tres años llegada hace poco a Buenos Aires en la búsqueda de un espacio de pertenencia.
La exploración de la feminidad por fuera de la estructura de cómo debe ser una mujer es un desafío. El anhelo por libertad no empezó en Buenos Aires. Caro nació en Neuquén, en 1999, donde recuerda disfrutar con libertad del pelo largo y los juegos con muñecas. Pero más tarde se mudó con su familia a un pueblo de Entre Ríos, en el que tuvo que aprender a moldear sus gestos a una identidad más acorde a la masculinidad que se esperaba. “No fue hasta que me vieron sufrir en el cuerpo que habitaba que decidieron intervenir”, le contó a Marlene Wayar sobre la reacción de sus papás que más tarde la acompañaron cuando inició su transición a los quince años.
Esa elaboración de su mundo íntimo podrá ser caótica, pero gracias al ballroom pudimos conocer el personaje en el que viene trabajando los últimos años, una versión propia hiper segura, carismática y sensual. La música se desvanece detrás de gritos eufóricos. Carolina se plantó sobre la tarima con sus manos firmes a la altura de la cintura. Presume un vestido de uva oscuro que recorre las curvas de su cuerpo hasta la altura de los tobillos donde arranca la caída de un tul dramático. Sus ojos azules recorren desafiantes a su público y en una exhibición de control levanta una chalina del mismo color de su vestido que flamea junto con su pelo rubio y ondulado.
El ballroom nació en Nueva York en los años 70, creado por personas racializadas, queer y trans que habían sido expulsadas de los concursos drag por el racismo y la exclusión. Son espacios de reconstrucción. En Buenos Aires, la escena comenzó alrededor de 2017. Las casas funcionan como redes afectivas y creativas: familias elegidas donde les hijes encuentran contención, guía y cuidado. Eso también es política. “Los lazos afectivos son la base desde donde tenemos que poner en práctica estas ideas para el mundo que soñamos”, explicó Susy Shock, una de las artistas que Carolina siempre menciona como referencia.
Las ideas transformadoras surgen de experiencias sensibles. Caro ya no forma parte de la House of Glorieta, su primera familia artística. Sin embargo, sostiene vínculos significativos que trascendieron cualquier performance. Sería audaz intentar hablar de su recorrido sin mencionar a Kenny Bell, fue su hermano y hoy es su mejor amigo. Para él fue clara la vocación de su amiga para identificar necesidades ajenas durante su paso compartido por Glorieta. No se limitó a urgencias económicas, su compañero destaca que su interés alcanzaba la falta de contención y nunca escaseaba la predisposición para intervenir.
El ejercicio de esta cualidad sucede fuera de los balls. Por ejemplo, Keny recuerda que fue ella la que se dio cuenta que una de sus compañeras no estaba pudiendo terminar el secundario, y notificó a las autoridades de la House. “Es re mamá”, admitió finalmente.
Esta urgencia por la responsabilidad es extensiva hacia la historia de su propia comunidad. Kenny no olvida haberla escuchado decir que puede que se esté acabando el mundo, pero mientras tanto, podemos sostener a los demás. Reconoce las barreras de la comprensión que complican el vínculo con generaciones de mujeres trans que estuvieron a niveles de riesgo alejados de los que se enfrentan nuevas generaciones aún marginadas. “Hay cuidar y proteger a las más grandes”, sostuvo la performer y “sobre todo bancar con la paciencia que haga falta”
Todo lo que hacemos es político, pero su arte es el medio que ella elige para la batalla. Sus obras rebosan de ideas que se materializan en su movimiento, en su baile, en su escritura. Sus primeros dos libros son el archivo de su experiencia y el cuerpo es una parte esencial de su narrativa, es un espacio de conflicto entre la intimidad y lo público, la mirada propia y la ajena. Carolina Unrein escribe contra el olvido. Su escritura articula memoria, deseo y pensamiento político, pero también una ética del cuidado: escribir no solo para hablar de sí, sino para abrir espacio a otras voces.
En 2019 publicó Pendeja: diario de una adolescente trans, una colección de fragmentos íntimos donde exploraba la furia y la ternura de ser. Un año después, en Fatal: una crónica trans, narró su experiencia antes, durante y después de la vaginoplastía: “Papá agarrándome de una mano y mamá de la otra. Éramos una pintura renacentista. Había vuelto a nacer.” En sus obras, habita la elección de contar y transformar la vulnerabilidad en relato. Cada frase y recuerdo, es una forma de recordar que están y que existen. Enfrenta con vitalidad un entorno social hostil.
No es que no la seduzca la plata o que no fantasee con viajar por el mundo, pero detesta lo que ella define como la idea ingenua del individualismo. Sobre la realidad de las travas y travos con los que comparte espacios explica: “No saben a qué hospital ir, son excluidxs por sus familias, les da miedo el hospital porque los van a discriminar, no tienen para comer, van a la zona roja y no pueden hacer ni siquiera un peso, no tienen para pagar el alquiler… es una constante lucha”.
Ignorar esa realidad, para ella, es un crimen. Por eso, el arte no es un lujo, sino una herramienta indispensable. Necesita del arte para lograr su humilde objetivo: “Cambiar el mundo”.


