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Mauricio Benítez: del barrio a El Eternauta

Tiene 38 años, nació en Laferrere y es uno de los rostros que más sorprendió en la serie de Netflix. Lejos del brillo sigue viajando en bondi, levantando su casa y soñando con que el arte también puede ser trabajo.

Mauricio Benítez mide 1,68. Es morocho, de nariz ancha, pelo oscuro, barba apenas crecida. Tiene un cuerpo grandote, morrudo, de esos que imponen presencia. Recién termina de trabajar —hizo herrería, algo de pintura— y llega corriendo a su casa para la entrevista. 

Como cada día, se levantó a las seis de la mañana, pero todavía le sobra energía. Se cambia rápido, pone la pava y prepara el mate. El agua tiene que estar hirviendo. Literalmente. Su sonrisa franca, sus dientes desparejos o ese modo de hablar que se le escapa entre risas cuando recuerda anécdotas son su marca registrada.

Como aquella vez en “El Suplente”, película de Diego Lerman en la que tuvo un pequeño papel como guardia de hospital, una señora se acercó a pedirle indicaciones creyendo que era personal de seguridad real. A él le divierte esta situación: “Eso es actuar bien”, dice con orgullo. Y no está tan lejos de la verdad: su cuerpo ya había llamado la atención de varios directores en papeles similares antes de conseguir el rol que, sin buscarlo, le cambiaría la vida.

Es que el joven de 38 años es insistente. Busca vida. Pero, sobre todo, es empático. “Yo tengo un medidor de emociones”, dice en un momento de la entrevista y con eso define mucho más que una frase. Habla de saberse medir frente al halago, pero también frente a lo que no le sale. 

Puede reconocer cuando otro se quedó afuera. Como le pasó a Brian Maciel, “un pibito de 20 años, flaquito y rubio”, el actor que originalmente iba a interpretar al Teniente Moro en “El Eternauta”, la serie más vista en Netflix basada en la historieta de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López, y el personaje que finalmente quedó en manos de Mauricio. “Yo estaba contento, claro, pero un poco mal también. No era culpa mía, por edad y contextura física a último momento decidieron que daba más con el personaje, pero uno piensa en el otro”, recuerda.

Mauricio nació en 1988 bajo el signo de Escorpio, en el barrio de Gregorio Laferrere, en La Matanza. Aprendió a construir su historia sobre tres ejes: trabajo, fe y actuación. En ese orden, o en otro pero siempre entrelazados. Perdió a su papá y a un hermano antes de nacer, aunque la tragedia no se cortó ahí: cuando tenía 12 años, perdió a otro hermano más. En total, su madre tuvo 12 hijos: ocho mujeres y cuatro varones. 

El dolor le pegó justo cuando entraba a la adolescencia. Podría haberse “ido por otro camino”, como se dice en su barrio pero eligió: cargar baldes, levantar paredes, pegar afiches, disfrazarse de pájaro azul en Liniers y volantear. Todo, mientras soñaba con actuar.

Tenía siete años cuando se subió por primera vez a un escenario improvisado, de la mano de la ONG Kiosco Juvenil. La organización ofrecía clases de teatro gratis en Laferrere, y hacía que los pibes y pibas practicaran frente a cámara para después cagarse de risa viéndose en la televisión. Por desgracia, no quedó ningún cassette de esa época. Todo era un juego, pero el bichito de la curiosidad por el escenario ya lo había picado. 

Al año, los talleristas dejaron de ir. La madre de Mauricio recuerda el día en que él, con los ojos vidriosos, la miró y se animó a decirle que quería seguir haciendo teatro. Ella sufrió al explicarle que no podía llevarlo: no había ni tiempo ni dinero. Quedaba muy lejos. Mauricio lo evoca distinto: “Mi mamá me lo explicó con tanto amor, que yo lo acepté sin reproches. Nunca nos hizo faltar ni un plato de comida”.

A los 18, en 2006, la ONG seguía funcionando y él, que ya estaba por terminar la secundaria volvió. Era eso o trabajar. Terminó haciendo las dos cosas. Unos años después, le pidió al profesor que lo llevara hasta Morón y que lo acompañara a anotarse en la carrera de actor municipal. No se animaba a ir solo en tren y no tenía quien lo acompañara. El profesor le dijo que sí, lo llevó en su auto y ese viaje le cambió la vida. 

Desde entonces no paró: cursos, talleres, escenarios. En 2013 se recibió como actor profesional en una escuela de San Justo. La actuación, que arrancó como un juego, se convirtió en una profesión que anhela ejercer de tiempo completo. 

De lunes a viernes trabaja con su hermano en una empresa estatal que construye escuelas en el conurbano; él lo subcontrata. Mauricio hace pintura y se defiende con la herrería. Cuando tiene un casting o una nota, se toma el día o sale más temprano. “No cualquiera tiene esa suerte”, reconoce. Ese margen de libertad es clave para él, porque sabe que la construcción es un trampolín para seguir de pie. Pero lo que realmente quiere es vivir de la actuación, dedicarse solo a eso. Y repite casi como un mantra: “Si Dios quiere…”

La gente lo conoció por sus apariciones en “El Suplente”, “La 1-5-18”, “Maradona: Sueño bendito”; pero lo de “El Eternauta” fue otra cosa. Fue el salto o su entrada por la ventana. Se había preparado para otro papel —un operador con casi ninguna línea—, pero cuando el director Bruno Stagnaro lo miró, le dijo: “Vos vas a ser el Teniente Moro”. 

Mauricio tenía 35 años en el 2023, el cuerpo firme, la voz potente. Daba con el personaje. Aprendió el guión en 20 minutos y terminó grabando 27 jornadas en lugar de tres. Stagnaro lo felicitó, aunque reconoce que se puso nervioso en una escena con Ricardo Darín. El mismo actor que hace de Juan Salvo lo tranquilizó y le sugirió que lo hiciera de otra manera. Y le funcionó. Cuando lo cuenta, se le nota en la cara el agradecimiento.

Celeste es su pareja actual y la madre de su última hija. Se conocen desde 2021, si bien ya se tenían de vista del barrio. Un día, Mauricio se animó a hablarle y así empezó su historia. Ella recuerda y relata con pausas esos días: “Me mandaba mensajes desde el rodaje, con fotos, con videos”. “Cuando conoció a Darín se le notaba la emoción. Estaba cumpliendo un sueño”, cuenta y sonríe al final de la frase. 

“Yo fui feliz trabajando en ‘El Eternauta’, pero después entendí que la verdadera felicidad era poder comprarle cosas a mi mamá con los frutos de ese trabajo”, reflexiona el actor que vivió siempre con su madre. Bueno, hasta hace unos meses, que se mudó con su mujer. 

Con su primer sueldo grande —$5.000.000 en tres meses, equivalente a 60 salarios mínimos de 2023— se compró un auto usado (al que se le fundió el motor en dos días), una moto 0 km, dos televisores, una heladera, una PlayStation y una máquina de coser para ella. Su mamá no tenía tele hacía tres meses: se le había quemado. Mientras deja la bombilla delante de sus labios, listo para tomar otro mate, cuenta orgulloso que su madre nunca pensó que alguien le iba a regalar un televisor. “Yo ya gané”, sentencia y se emociona. Se le llenan los ojos de lágrimas, ninguna llega a caer por la mejilla.

Hay una herida que Mauricio no nombra todo el tiempo, pero está. De chico fue tartamudo. Ahora, de grande, apenas se le nota. Cada tanto tropieza con una palabra. Su mamá le contó que, cuando tenía dos o tres años, después de un susto muy grande, se quedó un año sin hablar. “Me costaba mucho. Pero el teatro me curó”, dice sin vergüenza de exponer su punto débil. Y tiene razón porque cuando actúa, no tartamudea. Nunca lo llamaron para hacer de tartamudo, pero sí de guardia de hospital, de exjugador de fútbol, de teniente. Mauricio se transforma, habla y se hace escuchar. “Mucha gente me pregunta si soy tartamudo… y yo digo: sí o lo era, no sé. Capaz que todavía lo soy”, se ríe.

A Fabián Benítez, su amigo, coach y representante, lo conoció en un taller de actuación que brindaba en la Villa Zavaleta en 2016. Dice que, desde el primer encuentro, lo percibió como alguien distinto. “Mandado, entusiasta, sociable, predispuesto”, así lo describe. Mauricio había llegado al taller de Actores de Villa por curiosidad, se quedó por convicción. “Mauri” —como le dice siempre— “no va a ver qué onda. Va en serio. Tiene vocación, compromiso y hambre de aprender. Y de trabajar”, cuenta Fabián.

Él mismo fue quien lo preparó para castings, lo acompañó en escenas, lo vio crecer. “Le tocó algo lindo con ‘El Eternauta’ y eso le ayudó mucho con su confianza. Al principio no dimensionamos lo que era, después fue un shock hermoso para todos”, comparte con orgullo su representante que le consiguió el casting, y hasta él mismo tuvo un papel chiquito en la mega producción de Netflix. De Actores de Villa salieron los siguientes actores: Lucas D’Amario (Monzón), Diego Gallardo (El Marginal 5, Un Gallo para Esculapio y Santa Evita) y Mauricio.

Gracias a la exposición que supo aprovechar, Mauricio forma parte de cinco proyectos —en cine, televisión y publicidad— pero dice que selecciona “bien, ya no cualquier cosa”. La etapa del estudiante para él ya pasó. Aunque si hay que volver a volantear, volvería. “Pero ahora priorizo otras cosas: la familia, el tiempo, el contenido de los trabajos”, dice quien ahora puede elegir, aunque con un poco de miedo a que la gente piense que se la creyó. 

Hoy viaja en tren y en bondi. Vendió el auto y la moto que se compró y, con la plata de “El Eternauta” está construyendo su casa con sus propias manos. Literal. Mientras tanto, sueña con que su hija recién nacida —la primera junto a Celeste— crezca viéndolo trabajar de actor. Él enfatiza que, aunque esté cansado, la bebé es su mayor motivación: le da fuerza para levantarse todos los días. Además de tener lo suyo, expresa: “Sueño con comprarle una casa a mi mamá. Que viva bien. Que esté. Ojalá me dure 20 años más”.

Es la primera vez que Celeste habla para un medio y se nota en su voz. “Mauricio es muy familiero. Ama a su mamá, la cuida. Es muy atento: siempre se fija si necesita algo, si está bien. Conmigo es igual”, dice y sigue: “Como actor admiro la perseverancia que tiene en cada trabajo. Empezó desde abajo, sin dejarse influenciar por nadie, siguiendo su corazón y su amor por lo actoral. ‘El Eternauta’ no cambió en su personalidad: sigue siendo el mismo”.

El chico de Laferrere no quiere ser famoso. Quiere trabajar, que lo llamen, que lo miren, que le dejen hacer lo que ama sin tener que dejar de ser quien es. Sabe que El Eternauta” le abrió puertas por eso se anima a escribirle a cuanta persona tenga un programa en algún medio para que le den espacio para una entrevista. Tampoco duda en abrir las puertas de su casa —aunque esté en plena construcción y tenga que tapar los muebles con sábanas—.

Sabe que si se queda quieto, se enfría. Aunque el frío quizás no sea algo malo, eso lo tiene claro desde chico, desde que vio una entrevista a Charly García. “Charly dijo una vez que ser artista es cagarse de frío. Entonces yo soy un artista de la concha de la lora”, lanza sin reparo y entre risas mientras se toma el último mate, el que cierra la ronda… y también nuestra charla. Es la despedida. 


*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.

Además en ETER DIGITAL:

Fernando Dente: “El escenario es mi lugar, mi casa absoluta”

Ana Devin: “Cuando quise verme en la serie de Netflix no tenía para pagar la suscripción”  

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