México derrotó 2-0 a Sudáfrica en el mítico Estadio Azteca, renovado y remodelado para la cita mundialista. El país coanfitrión con Estados Unidos y Canadá lidera el grupo A.
Ante una salida defectuosa del equipo sudafricano, el puntero Quiñónez dribleó de izquierda a derecha y remató. La pelota se infiltró entre las piernas del arquero sudafricano y el local pegó el grito casi desde el arranque. Por otra parte, desde el inicio del encuentro las tarjetas condicionaron al equipo dirigido por Hugo Broos. México no brillaba, pero su localía lo ayudaba y su público disfrutaba el triunfo parcial coreando el “Canta y no llores”.
La “Tri” aprovechó la expulsión de Sithole al comienzo del segundo tiempo. Esa tarjeta roja explicó el cambio del equipo sudafricano, que resignó a su delantero centro para el ingreso de un volante. Más adelante llegó el segundo. Lo marcó Giménez de cabeza, ante el gran centro de su compañero Alvarado. Por su parte, Javier Aguirre, el entrenador mexicano, se dio el lujo de entrar en la historia al hacer debutar al jugador más joven en los mundiales: Mora, quien reemplazó a Hidalgo. Los últimos quince minutos vieron el desfile de varios cambios en ambas selecciones para refrescar las piernas. El equipo africano terminó jugando con nueve ante la expulsión de Zwane y el local, con diez, por la roja a César Montes.
México se aprovechó de un rival casi “inocente” en algunos aspectos y logró el triunfo. Hubo festejo, aunque no tanto conformismo de parte del público. El próximo rival será Corea del Sur. En tanto, los africanos se medirán con República Checa.
Eran las nueve de la mañana y el frío todavía se sentía en las calles de Valcheta, Río Negro. Detrás de las puertas del Gimnasio Municipal, el sonido de las pelotas golpeando contra el piso de goma y el chillido de las zapatillas durante la entrada en calor rompía el silencio de un pueblo tranquilo. Por un fin de semana, el handball volvió a poner a Valcheta en movimiento.
Entre las calles de ripio, el Torneo Juvenil de Handball rompió la rutina tranquila del pueblo. Durante un fin de semana, el Gimnasio Municipal se convirtió en un punto de encuentro para los equipos de las distintas zonas de la Línea Sur. Más allá de la competencia, el objetivo real era otro: que los chicos pudieran enfrentarse a nuevos rivales y sumar experiencias dentro del deporte. Y el torneo lo logró, desde localidades vecinas llegaron delegaciones que no solo buscaban jugar, sino también formar nuevos vínculos y llevarse algo más que un resultado.
Soledad, la nueva entrenadora de las categorías Minis, Cadetes y Juveniles de la Escuela Municipal de Valcheta y organizadora del torneo, observaba los partidos con una sonrisa. Expresó estar “muy contenta” por haber podido reunir a varios equipos y destacó el crecimiento del deporte en la región. “Los chicos tienen mucha calidad de juego y se nota el avance en comparación a otros años”, afirmó.
El objetivo va más allá de los resultados. La entrenadora sueña con organizar más torneos y fortalecer el vínculo entre las localidades de la zona. Sobre todo quiere que sus jugadores tengan nuevas experiencias. “Que no se queden solo en Valcheta jugando siempre con los mismos equipos, sino que puedan enfrentarse a equipos más grandes y mejorar su calidad de juego”, sumó Soledad.
En plena Estepa Patagónica, Valcheta que está ubicada en el centro de la Línea Sur Rionegrina y con poco más de 4.000 habitantes, es una localidad en la cual todos parecen conocerse. Las distancias con las grandes ciudades y la escasez de competencias deportivas hacen que cada encuentro se viva de una manera especial.
El handball en esta región tiene historia propia. La línea Sur Rionegrina cuenta con una Liga Deportiva Comunitaria donde históricamente participaron equipos de localidades pequeñas integrados en su mayoría por jugadores no federados, según registros del Registro Nacional de Instituciones de la Confederación Argentina de Handball. Esos mismos equipos, nucleados bajo el nombre “Unión Línea Sur”, llegaron a competir en torneos provinciales organizados por la Federación Rionegrina de Handball.
Lo que pasa en Valcheta no es un caso aislado, es parte de una tradición deportiva que siempre existió en los márgenes de la estructura oficial. Las familias apoyan desde las tribunas y los vecinos se acercan a ver los partidos. Mientras esperan su turno para entrar a la cancha, algunos jugadores aprovechan y observan atentamente los partidos de sus rivales para medir el nivel y conocer contra quienes deberán enfrentarse. En cambio, otros, aprovechan el tiempo para compartir un mate, un gesto tan simple pero que representa unión y hospitalidad. Porque en el deporte, también se construyen amistades fuera de la cancha, entre risas y charlas.
Créditos: Fm Única Valcheta
Con los brazos cruzados, uno de los jugadores de Sierra Grande esperaba su turno para disputar su partido. Cuando le preguntamos qué significa el handball para él, la respuesta fue contundente: “Para mí, un cable a tierra”. No hace falta que explique mucho más. Detrás de esa frase están los entrenamientos después de la escuela, el cansancio físico, la disciplina de estar presente; aunque el cuerpo pida descanso. Todo eso queda en segundo plano cuando lo que uno hace lo hace feliz de una manera difícil de explicar con otras palabras.
Quizás por eso, cada vez que se organiza un torneo, los equipos hacen el mayor esfuerzo para estar presentes y participar. No importa si el viaje es largo o si las competencias son escasas. La posibilidad de compartir una cancha con otros equipos y vivir nuevas experiencias es suficiente para volver a ponerse la camiseta.
Entre quienes hicieron el viaje para llegar a Valcheta estaba la delegación de Sierra Grande. Su entrenadora, Marianela Mora explicó que el equipo venía esperando una oportunidad como ésta. “Este año no hemos tenido mucha competencia, así que llegamos con muchas expectativas de encontrarnos con equipos con los que nunca habíamos jugado”, contó. La historia del handball en su localidad es reciente. Hace apenas tres años comenzaron a trabajar en las categorías Menores, Cadetes y Juveniles. El proyecto nació con alrededor de 70 chicos y, aunque algunos se fueron a estudiar y el número disminuyó, el entusiasmo sigue intacto.
Mora no se define como profesora. Se definió, simplemente, como alguien que ama el handball. “Jugué toda la vida y cuando me presentaron esta oportunidad dije que sí”, confesó. Su emoción aparece cuando intentó explicar qué representa este deporte en su vida: “Es pasión, amor, garra, entrega y trabajo en equipo. También es familia, porque sin ellos todo esto no sería posible”.
Cuando cayó la tarde y el último partido terminó, el gimnasio empezó a vaciarse: algunos se despidieron con abrazos y otros prometieron volverse a ver en el próximo encuentro. Afuera, Valcheta recuperó su calma habitual. Adentro, en cambio, quedaron las marcas de un fin de semana en el que el handball hizo algo más que reunir equipos por unas horas: volvió a demostrar que el deporte también puede construir comunidad.
El ruido y el murmullo quedan arriba. Cuando bajás al pasillo del vestuario y empezás a ver las paredes celestes, todo cambia. El aire se vuelve más pesado, más denso. El camino se angosta, te encierra. Se respira historia, mística. Hay algo en ese lugar que impone, que marca que ahí no juega cualquiera.
No era un día más. El domingo 29 de marzo, Belgrano ya había asegurado el campeonato pero todavía quedaba algo en juego: cerrar el torneo invicto después de cuatro años sin títulos. A ese peso se le sumaba otro. Después de más de tres décadas en el club, el capitán Emanuel Porta se preparaba para su última arenga antes del retiro, con una historia marcada por el amor y el compromiso.
Náutico Arsenal era el último rival que separaba a Belgrano de una hazaña poco habitual: terminar el torneo sin derrotas. El día se sentía distinto, cargado de una tranquilidad difícil de explicar. No había nervios de final ni miedo a perder. Había algo más cercano a la certeza.
Antes de que sonara el pitazo inicial, el plantel de primera junto a los jugadores de las inferiores formó un pasillo para recibir al eterno capitán. En el centro de la escena apareció Porta. Una plaqueta de plata fue entregada en reconocimiento a toda una vida dentro del club. Más de 500 partidos, títulos, derrotas, aprendizajes y una permanencia cada vez menos habitual en el fútbol. No era solo un homenaje: era el reconocimiento a una historia construida durante más de tres décadas.
Después del homenaje, la hinchada recibió al equipo campeón con una ovación constante. Los jugadores salieron al campo con una cinta conmemorativa en el brazo derecho, nuevamente dedicada al capitán. El clima empujaba a Belgrano incluso antes de empezar. Con este ambiente, ¿era posible perder?
El partido comenzó con un Belgrano dominante jugando con la seguridad de un equipo que todavía se sentía obligado a competir pese al campeonato ya asegurado. No pasaron más de 20 minutos cuando el conjunto de Villa Massoni logró encadenar una larga secuencia de pases hasta meterse en el área rival. La jugada terminó en penal.
Incluso antes del remate, el estadio parecía anticipar el desenlace. Todas las miradas apuntaban al mismo lugar. Porta tomó la pelota y caminó hacia el punto penal con la tranquilidad de quien conoce perfectamente ese escenario. El número “2” se hizo cargo de la ejecución y convirtió uno de los goles más simbólicos de su carrera en el club de toda su vida.
El remate fue preciso, inatajable. Después del gol, Porta cayó de rodillas sobre el césped y besó el campo de juego que lo acompañó durante tantos años. ¿Cuánto amor puede entrar en un beso así? Difícil de medir. Había despedida, alivio y pertenencia en un mismo gesto. Mientras la tribuna explotaba entre aplausos, lágrimas y cánticos, el capitán levantaba las manos y devolvía el cariño de toda una vida con la camiseta albiceleste.
Después del primer gol, Belgrano terminó de adueñarse del partido. La diferencia se amplió rápido y el 5-0 final terminó reflejando lo que había sido la tarde: un equipo superior y una sensación de triunfo que parecía instalada desde el comienzo. “La clave fue no desesperarnos”, explicó el entrenador Jona Banencio después de la consagración. Entre lágrimas, el técnico reconoció la magnitud del logro conseguido junto a su cuerpo técnico: “No sé cuántos campeones invictos hay en esta liga, pero seguro hoy se sumó uno”.
A los 42 minutos del segundo tiempo llegó otro de los momentos más emotivos de la jornada: Porta dejó la cancha por última vez con la camiseta de Belgrano y le entregó la cinta de capitán al máximo goleador de la historia del club, Ángel Salvo. Entre abrazos y aplausos, el histórico defensor caminó lentamente hacia el banco de suplentes mientras toda la tribuna coreaba: “Olé, olé, olé, olé, Ema, Ema…”. Después de saludar al cuerpo técnico, se sentó y observó en silencio los últimos minutos de su carrera.
Cuando llegó el pitazo final, el festejo explotó dentro y fuera de la cancha. Familiares, amigos e hinchas ingresaron al campo de juego para sumarse a una ronda interminable de abrazos y saltos. El ruido de los bombos se mezclaba con los fuegos artificiales y el grito repetido de “campeón”.
Entre bengalas azules y camisetas que recordaban el apodo de “Rey de Copas”, Belgrano celebraba un título invicto que quedará marcado entre las páginas más importantes de su historia. En medio de la celebración, Porta intentaba explicar lo difícil que era ponerle palabras al final de su carrera. “Ayer tenía 16 y estaba entrando desde el banco. Hoy, con 38, siento que me despido de mi vida entera”, expresó emocionado. Después, casi como una reflexión final, agregó: “Los días son lentos y los años son rápidos. Ayer tenía 25”.
El ruido ya no quedaba arriba. Ahora bajaba al vestuario entre cantos, bombos y abrazos. La Copa se llenaba de manos, flashes y abrazos, mientras a los jugadores se les empezaba a acalambrar la sonrisa. Entre camisetas mojadas, humo azul y ojos todavía llorosos, Belgrano festejó un campeonato que tardó cuatro años en volver, pero que esa noche parecía no querer terminar nunca.
El pasado 22 de abril, 17 de Agostose quedó con el clásico del futsal porteño tras vencer de visitante a Pinocho por 4 a 1. Matías Soñer fue la figura: autor de tres goles. El conjunto de Villa Pueyrredón, dirigido por Mariano Mazzola, se mantiene desde entonces como líder del Torneo Apertura de futsal con puntaje ideal tras cinco fechas.
En una noche fría de otoño, el calor se concentró en el “40×20” donde los equipos porteños se vieron las caras por primera vez en el año, en una nueva edición del clásico más importante del futsal argentino. De un lado, el multicampeón que de local y con su gente buscaba poner rumbo a un comienzo de año irregular, con siete puntos en cuatro partidos disputados. Del otro, el “Ratón” de Villa Pueyrredón invicto con cuatro victorias en misma cantidad de juegos que quería mantener su racha.
La hinchada se hizo notar desde antes del inicio del partido, como caracteriza desde hace décadas. El recibimiento con un pasillo de jugadores de inferiores jerarquizó lo que se iba a vivir en los siguientes minutos. El pitido del árbitro silenció el encuentro, y un “¡dale, dale!” proveniente del arquero local, indicó que el clásico ya estaba en marcha.
El inicio fue prometedor. Pinocho tomó el control de la pelota, y con un planteo rápido y directo, debido a su joven plantel, logró las primeras llegadas aunque en vano gracias a la actuación de Juan Cruz Freijo Riveras, arquero de la visita.
El primer gol no tardó en llegar, ya que en el ecuador de la primera mitad Pinocho lograba triangular en campo visitante. Abrió entonces el marcador Nazareno Germano, uno de los refuerzos para esta temporada, con asistencia del capitán Mathias Granda.
La continuidad del primer tiempo tenía a Pinocho como protagonista, Freijo Riveras evitó que el resultado fuera superior. Sobre el final de la etapa, un remate al travesaño de Lucas Martínez Riveras metió a 17 de Agosto en partido, aunque el resultado no se modificó, cuando la chicharra les puso el cierre a los primeros 20 minutos.
Pinocho se fue envalentonado al descanso tras el 1-0, mientras que los jugadores de 17 de Agosto se demoraron en ir al vestuario: se quedaron intercambiando palabras junto al cuerpo técnico en el medio del campo. El grito ensordecedor de Mauro Taffarel, capitán histórico del conjunto de Villa Pueyrredón fue lo último que se escuchó, luego de que el plantel saliera de la cancha: “¡Vamos que ahora los comemos!”.
El segundo tiempo comenzó distinto: 17 de Agosto comenzó a utilizar el recurso de “arquero-jugador” para contar con un hombre más en campo rival, aunque con Freijo Riveras ejerciendo de quinto hombre. Así, la visita logró el tan ansiado empate, tras una apertura de pelota de Martínez Riveras, para que Soñer ingrese al partido y marque su primer gol, el tercero en la temporada.
Pinocho no se quedó atrás y salió a buscar nuevamente la ventaja pero con una mala salida, producto de la presión rival, la misma combinación de jugadores llevó a que 17 de Agosto de vuelta el partido. En dos minutos, dos goles y todo el control del primer tiempo ya había sido anulado. La visita generó más juego, mientras que Pinocho ya iba con la garra y el corazón.
Una salida precisa de Freijo Riveras y un excelente pivoteo de Ramiro Caresani le daban el tercer gol al puntero del campeonato. Sobre el final, Pinocho se dedicó exclusivamente al ataque, con su delantero Leandro Llermanos efectuando de “arquero-jugador”. Sin éxito, ya que una recuperación y posterior remate desde su cancha de Soñer concretaban el 4-1 que le puso punto final a la jornada.
Durante los últimos cinco segundos, la pelota no se disputó con los jugadores de 17 de Agosto ya festejando y los de Pinocho encararon para el banco de suplentes con resignación en sus caras. Luego del pitido final, la euforia del equipo visitante creció exponencialmente, ya que su invicto seguía en pie y lograba una victoria en una de las canchas más difíciles de todo el país.
Los 50 socios acreditados, el máximo que se le otorgó a 17 de Agosto, empezaron a cantar a favor de sus jugadores, pidiendo por el campeonato. Los jugadores se acercaron a la tribuna y se convirtieron en una voz junto a sus fanáticos.
“Sabíamos que era un partido difícil, empezamos bien, pero se nos puso cuesta arriba. Tenemos que pasar página y ya encarar el próximo partido”, declaró Brian Steccato, arquero de Pinocho, luego del saludo en conjunto con su equipo. Steccato, pilar fundamental del equipo de Villa Urquiza, llegaba como uno de los mejores arqueros del torneo con atajadas superlativas que metieron a Pinocho en el lote superior de equipos. Pero, en el clásico, no pudo ofrecer esa misma resistencia ante un inspirado Soñer, la joven promesa de 17 de Agosto que ya es una realidad. El mismo Soñer declaró: “Fue un partido de menor a mayor, no jugamos bien el primer tiempo, pero después salimos a darlo vuelta”. “Estoy contento con los tres goles, pero más contento por seguir primeros invictos”, agregó.
Y, a pesar de que solamente se hayan disputado hasta ese entonces cinco partidos, la ambición de 17 de Agosto es alta. Lograr cinco victorias en la misma cantidad de partidos jugados, en un campeonato muy parejo, es para destacar. Por el lado de Pinocho sumar su tercera derrota en cinco partidos no fue un panorama alentador, pero hay que advertir el recambio generacional que tuvo el plantel, aportando juventud en todas las partes de la cancha.
Días después, Pinocho tuvo la revancha frente Racing, en uno de los partidos más destacados de la sexta fecha. Por el lado de 17 de Agosto, buscó seguir con el buen rumbo cuando visitó a Camioneros -el duro equipo de Zona Oeste-, de presente irregular pero siempre protagonista ante los punteros.