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Andrea Álvarez: “Yo hablo desde el ser mujer”

La baterista y cantautora repasa su trayectoria, el lugar de la mujer en el rock, sus luchas, la escena actual, su proceso creativo y la relación con su público.

Andrea Álvarez (63) formó parte de la génesis de Viuda e Hijas de Roque Enroll y tocó con Soda Stereo y Divididos, entre otras bandas destacadas, antes de iniciar una prolífica carrera en solitario. Su música combina fuerza femenina, pasión y autenticidad, nacida de una búsqueda íntima que la lleva a crear por necesidad de expresarse, sin depender del aplauso del público.

–¿Qué bandas o artistas sentís que marcaron tu identidad o tu sonido?

–De chica me marcaron Los Beatles y María Elena Walsh. Después vinieron Almendra, Pescado Rabioso, Manal. Como baterista, Phil Collins era mi ídolo. Más tarde busqué mujeres músicas, aunque no había tantas. Encontré a Ruth Underwood, que tocaba con Frank Zappa. Yo no conocía ni su cara, pero escuchaba y decía: “Quiero ser como ella”. No me identificaba con cantantes: quería ver mujeres tocando.

–¿Cómo fue crecer como mujer en ese ambiente?

–En mi adolescencia tuve la suerte de tocar en MIA, con la familia Vitale, donde había muchas mujeres líderes. Eso me dio naturalidad, para mí no era raro. Después pasé a Rouge, una banda de chicas de pop-rock con temas propios. Pero en reuniones de bateristas, durante décadas, yo era la única mujer. Me acostumbré, aunque muchas veces debía demostrar que no estaba ahí por ser novia o amiga, sino por mi talento.

–¿Qué situaciones recordás por ser mujer en el rock?

–Varias. Una vez Black Amaya (ex baterista de Pescado Rabioso y Pappo’s Blues) dijo: “Con Andrea aprendí a no ser machista en la música”. En ese momento me lo tomé como un halago, pero también mostraba lo difícil que era aceptar que una mujer tocara igual que un varón. Me pasó que me quisieran pagar menos, o que me dijeran: “Como tocaste tan bien, vas a cobrar lo mismo que todos”. Eso es humillante.

–¿Cómo lo llevabas?

–De chica estaba siempre en guardia, esperando que me faltaran el respeto. Con el tiempo me relajé. Pero muchas veces sentí que nunca era suficiente: siempre había que hacer algo más. Productores que me pedían hacer “algo distinto” para justificar darme un festival, como si no alcanzara con cantar y tocar batería al frente. Eso agota.

–¿Pensás que cambió?

–Cambió un poco, pero persisten cosas. A veces llaman a chicas porque “hay que poner una mujer”. Eso también es machismo. Y los productores siguen siendo pajeros: eligen a las que les resultan cómodas. Yo digo: si el espacio sirve para aprender, aprovechen. Pero no alcanza con poner una chica en un festival.

–¿Ves algo parecido a la movida de los 80 en la escena post pandemia?

–No. En los 80 hubo grupazos irrepetibles. Hoy hay intenciones, pero falta contenido, lectura, riesgo. En esa época era la primera relectura del rock. Ahora ya vamos por la quinta o sexta.

–¿Qué ves en los shows nuevos?

–Que están pensados para el celular. Actúan para que quede bien en vertical. Eso me aburre, porque no hay conexión real. Yo quiero que el artista le hable a la gente, no al teléfono.

–¿Y cómo ves a los músicos jóvenes?

–Muchos buscan pegarla antes que hacer música. Eso lleva al vacío. Falta ensayo, letras, autenticidad. Igual los apoyo, voy, me divierte un rato, pero me olvido enseguida. No me pasa como cuando veo a Jack White (músico estadounidense) y salgo con ganas de cambiar mi vida.

–¿Cuándo empezaste a escribir canciones?

–Después de ser mamá, a fines de los 90. Me conecté con lo femenino y empecé a leer mucho sobre desigualdad y feminismo, cuando todavía no se hablaba tanto del tema. Mi primera canción fue sobre Soledad Rosas, una activista argentina. Toqué el yembé y salió 40 minutos. Ahí descubrí que podía escribir canciones con mis propias palabras.

–¿Qué te inspira hoy?

–Frases que repito o escucho. Una canción reciente arranca con “no tengo ganas de hacer nada”. Muchas veces me salen letras cuando estoy viajando en colectivo o haciendo bici en el gimnasio. La música la escucho todo el tiempo; las palabras, necesito que aparezcan en el aire.

–¿Fue difícil dejar atrás la etiqueta de “baterista de”?

–Sí, porque me definen por con quién toqué: Charly, Soda, Divididos. Pero esa no es mi música. Entiendo el cariño, pero mi identidad está en mis discos. Lo que me importa es que me escuchen por lo que hago yo.

–¿Cómo describirías a tu público?–Curiosamente, vienen más varones que mujeres. A los varones les interesa lo musical. A las mujeres jóvenes les atrae más lo social, pertenecer a una movida. Y mi propuesta no va por ahí: mis shows tienen que ver con lo que pasa en el escenario. También vienen mujeres más grandes y muchas niñas, que me regalan dibujos, me ven como un personaje de cartoon. Me gustaría que vinieran más chicas, porque yo hablo desde el ser mujer. Pero no voy a forzar nada: prefiero la honestidad.

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