CULTURA
El ADN del trap argentino
El género musical más popular entre les jóvenes y adolescentes, que como dicen sus protagonistas, la actitud trapera implica una forma de ser en la que nadie manda por vos. Les artistas de trap cuentan todo sobre esta música que también es un estilo de vida.
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ETER Digital
El género musical más popular entre les jóvenes y adolescentes, que como dicen sus protagonistas, la actitud trapera implica una forma de ser en la que nadie manda por vos. Les artistas de trap cuentan todo sobre esta música que también es un estilo de vida.
Por Florencia Rojas, Luz Bulsomi, Victoria Fermoso Gil, Micaela Barbero, Guido Migoyo y Gisela Patiño
Capítulo 1: Orígenes del género
Capítulo 2: Mujeres y disidencias en el trap
Capítulo 3: Independencia, la fórmula del éxito
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Entrar al Museo del Mate es como abrir una ventana al alma argentina. Apenas crucé la puerta de ese edificio histórico en Avenida de Mayo 853, en pleno centro porteño, el aroma a yerba y madera me envolvió como un abrazo antiguo. Entre vitrinas de cristal y paredes tapizadas de historia comprendí que este lugar no solo guarda objetos: conserva nuestra identidad.
El Museo del Mate nació en 1979 gracias a la pasión de Don Alberto Plaza, un coleccionista que dedicó su vida a rescatar la memoria de nuestra infusión nacional. En cada estante se apilan siglos de costumbres, viajes y encuentros. Son más de 10.000 piezas, entre mates de plata repujada, calabazas talladas, bombillas de bronce, latas de yerba y pavas que parecen tener vida propia.
Mientras camino, Franco Cepeda, guía del lugar, comenta: “El mate es parte esencial de nuestra identidad, aunque lo curioso es que muchos de nuestros visitantes son turistas extranjeros”. Su frase resume la esencia del lugar: una tradición profundamente argentina que despierta fascinación en el mundo entero.

Guia explicando a los turistas la historia del mate. Créditos: Luis Menzo
El recorrido comienza mucho antes de la fundación de Buenos Aires. Las primeras referencias al mate se remontan a los pueblos Kaingang, y luego a los guaraníes que lo consideraban como “una bebida sagrada”.
Los conquistadores españoles del siglo XVI adoptaron el hábito y lo expandieron, pese a los intentos de prohibición de las autoridades coloniales. Más tarde, los jesuitas domesticaron la planta y la exportaron a Europa, donde se la conoció como el “té de los jesuitas”.
Avanzo unos pasos en el museo y me detengo frente a un vitral que me deja sin palabras. En él se reflejan distintos mates con insignias de las Islas Malvinas. Verlos fue uno de los momentos más conmovedores del recorrido. Pensé en los soldados, en las cartas enviadas desde el frente, en el mate como símbolo de abrigo y esperanza. Esas piezas se transforman aquí en homenaje y memoria.
Vitral con los mates de Malvinas. Créditos: Luis Menzo
En el centro del salón principal se roba todas las miradas una pieza única: un mate gigante con la figura de Diego Maradona. Se lo puede ver corriendo, con la camiseta celeste y blanca y el número 10 en la espalda. Es imponente, casi como si el propio Diego estuviera ahí, listo para dar un pase y seguir la ronda. Esa mezcla de fútbol y mate, dos pasiones inquebrantables del pueblo argentino, convierte el espacio en un homenaje a lo que somos.
Mate gigante de Diego Maradona en el salón principal. Créditos: Luis Menzo
Entre los objetos más recientes, algo me llamó profundamente la atención: los mates inclusivos. Una frase grabada resume su espíritu: “La inclusión también se puede ver en unos mates”. Algunos llevan inscripciones en lenguaje de señas, una propuesta tan simple como poderosa que invita a pensar en una cultura del encuentro para todos.
A cada paso, la variedad sorprende: mates diminutos de calabaza, modernos de acero inoxidable, tallados en madera o pintados a mano. Cada uno parece contar su propia historia, como si el alma de quien lo usó siguiera allí, esperando una nueva ronda.
Créditos: Luis Menzo
Después de recorrer cada rincón, me senté en un banco de madera cerca de la salida. Un grupo de turistas escuchaba atentos la historia del museo, mientras un guía les explicaba que “el mate está presente en nueve de cada 10 hogares argentinos”. Miré a mi alrededor y entendí que este lugar no solo preserva objetos, sino una forma de ser.
El Museo del Mate es mucho más que una colección: es un espacio vivo donde el pasado conversa con el presente. Allí descubrí que el ritual de la yerba es, en realidad, una manera de reconocernos como pueblo. Porque, al fin y al cabo, mientras haya alguien dispuesto a cebar, la historia seguirá fluyendo, tibia, entre nuestras manos.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
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En 1972 se había puesto de moda una canción de la cantante brasilera Maria Creuza, que tenía un estribillo pegadizo y se cantaba en un portugués totalmente españolizado: “Você abusou/ tirou partido de mim, abusou…” Papá se había comprado ese simple, un vinilo chiquito con sólo un tema de cada lado. La historia familiar cuenta que cada vez que me ponía a llorar siendo bebé, inmediatamente me calmaba y comenzaba a balancearme en mi carrito al escuchar las primeras estrofas del “Voce abusou”. Nadie vaticinó que diez años más tarde mi padre se transformaría en el baterista de esa cantante, dando comienzo así a una relación cercana y familiar.
María Creuza Silva Lima o sencillamente María Creuza, como se le conoce en el mundo del espectáculo, es una cantante de música popular brasileña de exquisita voz, con más de medio siglo de carrera. Es una leyenda viva de la época dorada de la música brasileña con el surgimiento de la bossa nova, un género musical que fusiona la samba y el jazz.
Tras los primeros pasos y ya con algunos éxitos en festivales y shows televisivos, corrían los años ‘60 cuando el gran poeta y artista brasilero Vinicius de Moraes, deslumbrado por el talento de esa joven, la invitó a unirse a su gira “La Fusa” junto a Toquinho, para presentarse en Uruguay y Argentina. La fusión fue un gran suceso y marcó la escena artística en la historia musical de estas latitudes.
Son memorables sus interpretaciones de “A Felicidade”, “Garota De Ipanema” y “Eu Sei Que Vou Te Amar”. Algunos conocedores de su obra opinan que su época más exitosa fue entre los ’70 y ‘80. Como solista, editó varios discos y se presentó en importantes escenarios y grandes festivales en América del sur, España y Asia.
En un diálogo mezcla de portuñol que se fue tornando más y más emotivo, María cuenta a ETER Digital sobre su casa, su familia, sus primeros pasos en el arte y la fortuna de su destino.
-¿Cómo fue que encontraste tu camino en el arte para convertirte en una artista?
-Pienso que fue un momento clave, de muy chiquita, escuchando música en mi casa. Mi madre cantaba y yo quedaba fascinada Aquella infancia estuvo profundamente marcada por el arte y la música, en un lugar tan emblemático y musical como Salvador, Bahía. Mi casa estaba siempre rodeada de músicos aficionados. Ya desde los 9 años sentía esa inclinación. Los músicos les decían a mis padres que yo tenía un “oído privilegiado” porque podía cantar en el tono exacto que me daban. Luego, en el colegio tuve la suerte de tener una profesora de canto que me incentivó a descubrir que podía explotar eso que tenía, una herencia fantástica de mi familia.
-¿Qué te suma el ser “bahiana”?
-Agrega la influencia africana principalmente, porque Bahía siempre llamó mucho la atención por la mezcla de ritmos más melancólicos portugueses y la influencia de los invasores, y de los esclavos africanos que eran traídos, en la época del Brasil del emperador. Todo eso formó la influencia bahiana, más que en cualquier otra ciudad. Diferente de Río o São Paulo, Bahía siempre se destacó por sus ritmos. Llevamos el ritmo en la sangre.
Sus comienzos fueron en la escuela de arte para ser actriz, porque le encantaban las novelas. Allí compartió con algunos de su generación, como Caetano Veloso, María Bethania y la hija del escritor Jorge Amado.
Su camino se aceleró a los 17 años, cuando un pretendiente la inscribió en un concurso de televisión que buscaba una nueva cara. Ella, sin experiencia alguna como actriz, se presentó con coraje y mucha timidez. El director musical del espectáculo le pidió que cantara algo de Vinicius o Tom Jobim para abrir el programa. Cuando cantó “Dindi”, el destino hizo un ruido fuerte: “Está contratada, es esta chica”, dijo el dueño del programa. “Fue como tocar el cielo con las manos! ¡Una oportunidad de oro!”, recuerda María.
-¿Ya habías estudiado canto, respiración?
-Nada, nada. Fue natural. Tenía un conocimiento básico sobre cómo usar la voz y es a partir de ese momento en que pasé a interesarme en cómo usarla y cuidar la garganta, cómo emitir y sacar partido de lo que yo ya tenía. Pero he sido y sigo siendo autodidacta.
-¿Y dejaste la escuela de actuación?
-Si, no volví más. A partir de ese momento, se me abrieron las puertas para participar en festivales, muy de moda en aquel tiempo. Yo tenía un gran mundo interior, resultado de la vida que había llevado y pude expresarlo con la música. Logré ser portavoz de los sentimientos de los demás, eso aún me hace sentir poderosa. Tuve que acostumbrar mi oído a la música de primera línea, como las melodías de Antônio Carlos Jobim, que considero uno de los más grandes maestros y a quien después conocí muy bien.
Acostumbrada a las luces, los peinados y maquillajes, María se disculpa por su cabello desalineado. Se está recuperando de una internación por afecciones respiratorias. Toda su vida sufrió de asma. Está recostada sobre varios almohadones y flexiona sus piernas con asombrosa agilidad, dejando ver un tatuaje tribal en el tobillo, el único que tiene y es en honor a su nieta, realizado por Carlinhos, su hijo mayor que es tatuador y vive en Estados Unidos.
Como muchos brasileros, se nota que es creyente: agradece y se encomienda a “Deus” varias veces durante la entrevista. Las historias y los recuerdos parecen ser la mejor medicina para sus dolores. Su cara tiene otra luz y comparte sus historias fluídamente.
La fama la encontró muy joven y pronto, a sus 26 años, una nueva oportunidad se le presentó con la famosa gira “La Fusa” con Vinicius de Moraes y Toquinho.
BOSSA NOVA
-¿Cómo fue ese primer contacto con Vinicius y qué significó ese vínculo con el poeta que se transformó en tu gurú?
-Fue una sorpresa enorme. Él me había visto por televisión, en el festival de Río. Me llamó un día a través de un periodista amigo. Me dijo que le había gustado mucho mi voz y mi aspecto y que le gustaría invitarme a viajar, que estaba necesitando una cantante. Vinicius fue el poeta más grande, mi guía, mi maestro, mi todo, padrino de mi hija, amigo de toda la vida. Ese vínculo me transformó. Fue una locura. Me puso en la “alfombra roja”, como se dice. Empecé a sentir que ése era mi camino. Comencé a actuar en el exterior y fue tan fuerte que hasta en Brasil estaban celosos porque me quedaba mucho tiempo aquí, en Argentina.
-¿Cómo es tu vínculo con Argentina?
-Muy especial. Creo que estaba escrito en mi destino. Por algo tuve la aceptación, el abrazo del público que me sigue hasta hoy, que hace cosas impresionantes. Hace unos días, estaba atendiendo unas cuestiones de salud y un joven se acercó y me dijo: “Usted es la banda sonora de mi vida, mi influencia. Aprendí música escuchando Bossa Nova contigo”. ¡Qué cosa más bonita!
Tras exitosas presentaciones en Punta del Este y Mar del Plata, la cantante bahiana grabó el mítico álbum “Vinicius En La Fusa Con María Creuza y Toquinho”, considerado por la crítica especializada como uno de los mejores discos grabados en vivo de la música popular brasileña.
A partir de ahí, todo sucedió intensamente: más shows, más viajes, cada día se hacía más conocida. Pero también fue una época de turbulencias políticas en la región. Mientras la carrera de Creuza despegaba internacionalmente, en Brasil había censura y exilio. Artistas como Chico Buarque de Hollanda, Caetano Veloso y Gilberto Gil tuvieron que irse para Londres. Ella sentía esa dureza en Brasil y enfrentaba el desafío de combinar su profesión con la vida familiar
–En aquellos años difíciles sentiste mayor apoyo en Argentina que en Brasil. ¿Cómo era esa dualidad de ser famosa en medio de la situación política y la presión de la maternidad?
-Fue una época bastante complicada. Yo vivía ese caos. Aquí en Argentina también había problemas. Vinicius andaba muy triste porque había desaparecido un músico. Yo tenía un guardaespaldas, ¡una locura! Pero sentía más apoyo en Argentina que en Brasil en esa época, porque allá había entrado mucha influencia americana en ese momento y la Bossa Nova había quedado de lado. Y sí, mi vida familiar era difícil. Yo era mamá de tres hijos. Siempre estaba preocupada buscando organizar todo. Si hacía un show en Colombia, al terminar ya estaba desesperada por volver en avión a la madrugada para estar en casa. Me sentía horrible como madre. Fue una locura, pero debía tener fuerza para equilibrar y tener todo bajo control.
-¿Qué ocurre cuando estás sobre el escenario? ¿Cómo es el vínculo con el público, con los músicos y los técnicos? ¿Cómo manejas esa intensidad y la melancolía que a veces trae el arte?
-Es una relación muy fuerte, me transforma. Es como si me transportara. Es un don, un gran poder. Pero, como todo el mundo, también tengo miedo de fallar. Muchas veces me quedo con dolor de estómago, porque es muy intenso. Agradezco mucho a Dios porque cada vez que estoy en un escenario, me siento rodeada de gente en la que confío, músicos y técnicos, preocupados en atenderme bien. Y yo, al contrario, ¡estoy preocupada por el público!
EL ÚLTIMO ABRAZO
La larga sociedad con Vinicius y Toquinho se disolvió en 1977 por la delicada salud del poeta. Vinicius, quien ya no aguantaba más las giras, tuvo un gesto de despedida que María jamás olvidará. Una semana antes de su fallecimiento, fue al teatro La Galería, en Botafogo, para ver el espectáculo de María y Toquinho. Entró en la oscuridad, sin que nadie supiera que estaba allí y vio toda la presentación.
-De aquél último show que Vinicius presenció, ¿cuál es el recuerdo que te guardaste?
-Cuando terminó el show, vino hasta el camarín. Se sentó y me dijo: “Necesito apretarte para sentir… Es para guardarte”. Nunca me olvido de esa frase. Si yo hubiera podido adivinar en ese momento que sería la última vez que lo vería, también lo hubiera abrazado mucho. Fue una época muy triste. Después empecé a trabajar con Toquinho solamente.
-¿Cómo te recuperaste y cómo siguió tu carrera después?
-Con toda la fama que conservé en Argentina, empecé a venir a cantar acá. Un día, de último momento tuve que avisarle al empresario que me había contratado para actuar, que mi arreglador y pianista no podía viajar porque su mujer descubrió que era infiel y, en un ataque de ira, ¡le cortó los documentos con una tijera! ¡Dios mío! En dos días tenía que inaugurar el teatro del Hotel Provincial en Mar del Plata. Fue entonces en que conocí a alguien muy querido, una especie de hermano que adquirí en Argentina, que se llamaba Roberto Cesari Júnior, la persona que más me cautivó, mi baterista preferido. Y él me dijo: “Yo tengo un pianista para vos”. Al final, resultó ser muy bueno, jazzístico, su nombre es Víctor Díaz Vélez, quien, luego de un tiempo, se transformó en mi marido.
Ese encuentro fortuito y artístico tuvo lugar alrededor de 1982 y fue el comienzo de muchos veranos, combinados entre un poco de vacaciones en familia y temporadas de shows por la costa. Se sumaron giras, presentaciones televisivas, como el recordado Badía y Compañía, viajes, casi 30 años de música y amistad compartida.
-¿Cuáles son los planes a futuro?
-Primero, recuperarme bien. Estoy con ganas de hacer unas participaciones de agradecimiento y de admiración. Por ejemplo, ya estoy hablando con Alejandro Lerner, a quien amo, para ser su invitada en su show. Voy a cantar unos temas de él y voy a insistirle para que cante algo en bossa nova él también.
-Pensando en este recorrido hasta la actualidad, ¿qué lugar ocupa hoy la bossa nova en la escena artística brasilera?
-En Brasil, yo siento que hay más respeto, más involucramiento. Las nuevas generaciones le están volviendo a prestar atención. Hay una búsqueda interesante, a pesar de la música que imponen para vender shows pero que no toda tiene calidad. Lamentablemente, los jóvenes se meten en cualquier cosa. En esta situación actual, con cantidad de jóvenes perdidos, las drogas, la violencia, tenemos que pensar en nuestros hijos, en mis nietos y siempre protegerlos de la mejor forma posible de este caos. Tengo 82 años ya y quiero seguir, si Dios lo permite, con mi misión. La música puede hacer milagros. La misión del arte es muy importante. Se trata de dar alegría, es olvidar determinados momentos a través de un tema que te lleva a soñar. Y la música, que es la linda música, te hace descansar, te ayuda a soñar, pensar en cosas lindas, inclusive te hace olvidar de momentos tristes.
-Lo que decís es como volver al principio de la nota, al espíritu del artista y su tarea, que es tratar, de alguna manera, de hacer más llevadero el mundo.
-¡Tremenda tarea! A partir del momento en que el universo te da el don de ser artista, tienes una misión muy importante que es dar alegría, hacer que la gente pueda olvidar los momentos tristes y soñar. Eso es lo que, para mí, tiene valor de verdad.
El sol cae detrás de los cerros de Villa Unión y el aire tibio de septiembre se llena de murmullos, guitarras y aplausos. En medio del escenario del festejo por la Semana de la Ciudad, una figura delgada ajusta el micrófono, cierra los ojos y deja que la primera nota lo diga todo. Es Tobías Villagrán, un joven músico y productor riojano de apenas 23 años que se ganó a fuerza de talento y constancia, un lugar en el corazón del público.
Su voz tiene algo de esa mezcla entre desierto y ternura que caracteriza al oeste de La Rioja. Con cada canción, logra que la gente se acerque un poco más al escenario, como si sus acordes fueran un puente entre el artista y su pueblo.

“Tocar en mi lugar siempre me emociona. Acá empezó todo: los primeros acordes, las primeras veces que me animé a cantar en público. No hay escenario más importante que este”, dice con una sonrisa al terminar su presentación.
Villagrán no es solo intérprete. Es también productor autodidacta: graba, mezcla y publica su música desde un pequeño estudio que armó en su casa. Entre cables, pedales y guitarras colgadas, crea contenido para sus redes, donde tiene más de 60.000 seguidores que siguen sus proyectos, versiones y colaboraciones.
Quienes lo conocen aseguran que su dedicación “no es nueva”. “Desde chico andaba con una guitarra a cuestas. No importaba si era una reunión familiar o una tarde cualquiera, siempre encontraba una excusa para tocar algo”, recuerda Marta Herrera, vecina de Villa Unión y amiga de la familia. Esa constancia fue la que lo llevó a dominar varios instrumentos y a desarrollar un estilo propio que combina lo regional con lo contemporáneo.
Tobías reconoce además la importancia del acompañamiento digital: “Las redes son una forma de compartir lo que uno hace sin límites geográficos. Hay gente de otras provincias, incluso de otros países, que escucha mis temas. Eso me da mucha fuerza para seguir creando”.
Para muchos, ver a un joven local subir al escenario principal fue motivo de orgullo colectivo. “Tobías representa a esta nueva generación de artistas del interior que no esperan a que las oportunidades lleguen: las crean”, comenta Marcos Luna, integrante de la Comisión Cultural Municipal.
El recorrido de Villagrán no estuvo exento de desafíos. En un contexto donde el acceso a estudios profesionales o productores consolidados es limitado, su determinación fue clave. Con creatividad y aprendizaje autodidacta logró producir música con calidad profesional, demostrando que la distancia con los grandes centros urbanos no impide construir una carrera sólida.
Hoy, el músico riojano alterna entre los escenarios locales y las grabaciones en su estudio. Trabaja en nuevas canciones y planea futuros lanzamientos en plataformas digitales. Pero, lejos de pensar en fama o números, mantiene los pies sobre la tierra. “La música no necesita grandes escenarios, solo sinceridad. Si lo que hacés llega a alguien, aunque sea a una persona, ya valió la pena”, reflexiona.
Villagrán entonces no solo hace música sino que hace presente el sonido del interior riojano en cada nota demostrando que, a veces, las historias más grandes nacen en los lugares más pequeños.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
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