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Cuando un kiosco baja la persiana, el barrio queda en silencio

Se estima que cierran entre 50 y 70 de manera diaria en el último año en nuestro país, según la Unión de Kiosqueros de la República Argentina.

Créditos: BAE Negocios
Créditos: BAE Negocios

La reja está cerrada y detrás de los barrotes cuelgan fotos amarillentas, recuerdos que parecen hablar más fuerte que cualquier cartel de “cerrado”. Imágenes de una familia sonriente, de veranos en La Costa, de cumpleaños y meriendas compartidas. Una hoja impresa dirigida a “Vecinos Amigos” despide al barrio con gratitud: gracias por las charlas, por la confianza, por los años de compañía. Ese kiosco, que durante décadas fue punto de encuentro en Villa Pueyrredón, ya no está.

Durante años fue imposible caminar por esa esquina sin detenerse. Los chicos pedían golosinas o figuritas, los adolescentes buscaban una gaseosa antes de la plaza, las madres pasaban a último momento por un paquete de yerba, los jubilados encontraban conversación en medio de la rutina. El kiosco “Lo de Mirtha” no solo vendía caramelos: ofrecía un ritual, un espacio donde la vida barrial encontraba su ritmo.

“Yo crecí entrando a este kiosco. Era imposible ir al colegio sin pasar por acá, aunque fuera a saludar”, recuerda Susana, vecina de la cuadra de Villa Pueyrredón. En su memoria se superponen las imágenes de la dueña detrás del mostrador, los niños con monedas apretadas en la mano, la costumbre de fiar hasta fin de mes. “No era un comercio cualquiera. Acá se sabía tu nombre, se preguntaba por tu familia. Era como entrar a la casa de alguien”, agrega.

Foto del cierre del emblemático kiosco ¨Lo de Mirtha¨ en Villa Pueyrredón, CABA.

El cierre no sorprendió del todo. Desde hace meses las ventas caían y los aumentos golpeaban fuerte. Según datos obtenidos del ARCA y difundidos por la Unión de Kiosqueros de la República Argentina (UKRA) cerraron más de 16.000 kioscos en todo el país en el último año. La inflación, el aumento de los alquileres y la competencia de grandes cadenas fueron un cóctel letal para estos pequeños refugios de barrio.

“Cada semana era remar en dulce de leche”, cuenta Nicolás, hijo de los dueños, quien ayudó en el local desde adolescente y sigue: “Los aumentos eran constantes: de proveedores, de servicios, de todo. La gente venía, pero ya no compraba como antes. Pasó de llevar varias cosas a pedir lo justo y necesario. Así no se podía sostener”.

El vicepresidente de la UKRA, Ernesto Acuña, en conservación con BAE Negocios compartió su preocupación ya que considera que son “un rubro en peligro de extinción”. De acuerdo a lo expresado en febrero de este año, en noviembre de 2024 habían 96.000 kioscos y hoy sólo quedan 59.850 en pie. Es decir, cerraron 36.150 kioscos y se perdieron más de 72.000 puestos de trabajo en los últimos dos años.

La cifra es alarmante: aseguran que cierran entre 50 y 70 kioscos al día en Argentina. “No se vende nada, tengo 27 años de kiosquero en Villa Urquiza y desde el 2001 que no veo nada igual; pese a que el último año de Mauricio Macri también fue muy difícil”, compartió Acuña. 

Créditos: Medios Rioja

La escena final fue casi silenciosa. Los últimos días, quienes pasaban se detenían frente a la vidriera de “Lo de Mirtha” y descubrían las fotos pegadas como una galería improvisada: postales familiares que hablaban de la vida detrás del mostrador. Una forma de agradecer y de dejar huella. Porque más allá del negocio, lo que se cerraba era una historia compartida.

Ahora, donde antes había luz encendida hasta tarde, queda el eco de las risas y las conversaciones cortadas por el tintinear de la caja registradora. La calle parece más vacía, aunque el tránsito siga igual. Los vecinos aún se detienen frente a la reja, algunos hacen fotos con el celular, otros suspiran y siguen caminando.

Cuando un kiosco baja la persiana, no desaparecen solo los caramelos y las revistas del domingo. Se apaga una parte del barrio: ese rincón donde las rutinas se volvían encuentro, donde lo cotidiano se transformaba en memoria. Y aunque las fotos queden detrás del vidrio, entre barrotes, lo que se extraña está en la vereda: en la costumbre, en el saludo, en la certeza de que siempre había alguien esperando detrás del mostrador.


*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.

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