La edición 65° del Padre de Festivales en Córdoba se confirmó para el día 21, 22 y 23 de enero del año 2022. Sera la vuelta del evento más importante de la ciudad luego de la pandemia.
La edición 65° del Padre de Festivales en Córdoba se confirmó para el día 21, 22 y 23 de enero del año 2022. Sera la vuelta del evento más importante de la ciudad luego de la pandemia.
Deán Funes se paraliza por completo, la alegría invade los rostros de las personas por las calles. “Vuelve el festival”, grita un vecino que pasa por la plaza con una enorme sonrisa. La edición 65° del Padre de Festivales, primer pregón cancionero del país, vuelve para traer felicidad en la gente del pueblo luego de tanta tristeza a causa de la pandemia.
El estadio Fuhad Cordi se lleva todas las miradas como núcleo principal, allí se desarrollará todas las actividades propuestas, destrezas gauchas, jineteadas y artistas que van a estar tocando en el imponente escenario. Colaboradores trabajan de manera incasable para poner todo en condiciones, se puede percibir el olor a pasto recién cortado, el olor a caballo y a pilchas gauchas de los jinetes que observan y preparan los palenques para la jineteada.
Eliana Torres, presidenta de la comisión del festival, expresó que esperan el Padre de Festivales con gran expectativa y están trabajando muy duro para que se una verdadera fiesta y todo salga perfecto. También destacó que el predio va ser cerrado y sin límite de aforo y que esperan la resolución del gobierno para ver si le exige algún tipo de protocolo. La entrada va ser accesible para que toda persona que ingrese tenga la posibilidad de entrar al estadio y pueda ver la propuesta ya sea de destrezas gauchas, jineteada o los músicos en vivo.
La grilla de los artistas ya quedo confirmada para las tres noches, entre ellos se destacan Sergio Galleguillo, Damián Córdoba, El Indio Lucio Rojas, Los Hermanos Mattar, Lisandro Márquez y Paquito Ocaño.
Los artesanos y artesanas son otro gran atractivo del Padre de Festivales ya que para todo aquel que no ingrese al estadio Fuhad Cordi puede pasear por los distintos puestos del Paseo de Artesanos, ubicado al frente del Anfiteatro. Patricia Colombres realiza artesanías de pintura sobre tela y cuadros. “Yo hace varios años que expongo en el festival y para mi es siempre prepararme con mucha expectativa -dijo la artesana y pintora- porque ahí puedo mostrar todo lo que yo hago durante todo el año”. En el Paseo de Artesanos se pueden observar distintas artesanías que van desde canastos tejido en palma hasta artesanías en madera.
Las destrezas gauchas reflejan todas las tradiciones de la ciudad de Dean Funes. Muchas familias preparan su caballo para que luzca de manera reluciente las tres noches y pueda ser mirado y admirado por todo el público presente. Las destrezas gauchas consisten en que dos personas subidas a sus caballos deben ir esquivando una serie de obstáculos ubicados en línea recta y el ganador es el que llegue a la línea de meta primero sin voltear ningún obstáculo.
Sebastián Loustalot, encargado de las destrezas gauchas, contó que la gente quiere volver a revivir las fiestas tradicionales en el norte de Córdoba y calcula que va estar el estadio lleno todas las noches.
En la esquina de Maipú y Juan Luis Piedra Buena, una vieja casa de madera resiste el paso del tiempo. Su fachada con la pintura blanca picada, los techos celestes, las ventanas cerradas y ese aire de abandono no delatan la historia que guarda dentro: la de Lucinda Otero, poeta y descendiente de antiguos pobladores de Ushuaia, cuya voz se perdió entre las ráfagas del sur.
Lucinda no fue una escritora famosa. No publicó libros en editoriales de renombre ni ganó premios nacionales. No obstante, fue declarada Ciudadana Destacada de la Ciudad de Ushuaia y hasta la homenajearon con una calle y una plazoleta con su nombre frente al Centro Polivalente de Artes, ubicada en la intersección de las calles 17 de Mayo, Alem, Yaganes y Avenida Héroes de Malvinas.
Sus versos hablaban de la tierra, del viento, de la memoria ancestral. De lo que significa pertenecer a un lugar. “Los duendes de los carámbanos”, como titula una de sus obras, eran sus amigos. Los carámbanos son esas pequeñas formaciones de hielo alargadas que se forman en los tejados o los árboles. Los duendes de los que hablaba usaban estas formaciones heladas para transportarse y charlar largas nevadas junto a ella. En su libro los describe como “niños traviesos”. “Así nos hicimos amigos: yo le contaba lo que él quería saber de los humanos y él, lo que yo quería conocer sobre su vida en los carámbanos”.
Lucinda fue impulsora de la Feria Provincial del Libro, presidió la Asociación Gente de Letras de Tierra del Fuego y trabajó por la reapertura de la Biblioteca Popular Sarmiento. Publicó, entre otros libros, “El Triángulo de Fuego”, “Antología raíces”, y “Cuentos y poemas fueguinos”.
También le escribió poemas a América Latina: “Mi indómita tierra, por los mitos que te atestiguan tus raíces, dame la fuerza para vencer el origen de tu niebla y surgirás otra vez nueva, sin deudas”.
Lucinda Otero a orillas del Canal Beagle, junto a un Cormorán, ave típica de Ushuaia.
Además de su faceta literaria y cultural, se destacó por ser buzo. Se la podía ver vestida con los antiguos buzos de goma anteriores al neoprene. Le bastaba caminar solo algunos metros desde la puerta de su casa, en la esquina de las calles Maipú y Piedrabuena, para llegar a las aguas de la bahía.
Así también, Lucinda tuvo su faceta de costurera. Y, además, debió ocupar el rol de directora de la fábrica de conservas de su familia cuando falleció su padre. Don Perfecto Celso Otero llegó a la Argentina en 1915 y en 1921 se mudó a Ushuaia junto a su esposa María Lucilda Saldivia Torres. Lucinda nació como una mujer del sur argentino, 11 años después, en enero de 1932.
Sobre la misma calle Maipú de la Ciudad de Ushuaia se puede observar que la urbanización hizo lo suyo. En un intento de rescatar las historias de las antiguas casas coloniales, muchas de ellas hoy no solo son patrimonio, también son lugar de encuentro y museos. Como lo es la “Antigua Casa Beban” adquirida por una familia de inmigrantes suecos y construida entre los años 1911 y 1913. Hoy está ubicada sobre la misma calle a unas pocas cuadras. Pero con el gran diferencial que sí se pudo poner en valor.
En aquella esquina de Maipú y Juan Luis Piedra Buena, los años pasan y la vida que supo habitar la casa de Lucinda permanece cerrada, olvidada. La familia Otero llegó en 1940 a esta misma propiedad donde instalaron una fábrica de conservas de moluscos.
Casa de Lucinda Otero. Esquina de Maipú y Juan Luis Piedrabuena, Ushuaia.
Son considerados como una de las familias centenarias de la ciudad, pero su casa año a año es arrasada por el salitre del mismo Canal Beagle. Marcelo Murphy, periodista reconocido de Ushuaia, declarado embajador de la ciudad y un defensor de la historia local, atiende el teléfono. Se presenta y, con un tono amable, esboza cierta melancolía al recordar los años dorados de la literatura ushuaiense.
La primera pregunta para él es el “por qué”: “¿Por qué la casa de Lucinda no está entre las que fueron recatadas y restauradas sobre la Avenida Maipú?”. Su respuesta sincera delató que la burocracia y el poder hacen lo suyo: “La casa permanece desde su fallecimiento en litigio judicial”.
“Su vecino de toda la vida, quien forjó una gran cercanía tras su cuidado, dice tener el poder de la propiedad porque Lucinda en vida se la cedió”, explica Murphy y sigue: “El Juez que llevaba adelante esto se jubiló y todo quedó estancado, mientras la casa año a año se detona más”.
En medio del conflicto y el querer poner en valor la propiedad, en 2007 y a tres años del fallecimiento de Lucinda, aparece una hija que reclama los bienes. Ante esto, el juez Civil y Comercial, Juan José Ureta ordena exhumar el cuerpo con el fin de obtener muestras de tejido para realizar un ADN, el cual da positivo.
Lo cierto es que, desde la muerte de la reconocida escritora, los intereses personales se contraponen con el objetivo y el último deseo de Lucinda. “Ella quería que su casa se convirtiera en ‘La casa del escritor’”, expresa Marcelo.
Su casa, la misma donde vivió con sus padres, obtuvo una placa de recordatorio en el 2005 tras cumplirse un año de su fallecimiento. En una de sus paredes que da a la calle Maipú se puede ver ese rectángulo de bronce que pareciera ser lo único que le da identidad a esa vieja estructura de madera cuya pintura resquebrajada lucha con todas sus fuerzas por perdurar, aunque el tiempo avance.
Las cortinas de Lucinda aún están colgadas, amarillentas y con algunos agujeros. Allí yace olvidada, pasada por alto ante la mirada de los 141.437 turistas que visitan Ushuaia y la de los fueguinos que recorren las calles.
En el 2017, la casa de Lucinda fue declarada como Patrimonio Arquitectónico Cultural bajo la Ordenanza Municipal 5.288. Para que esto ocurriese estuvieron implicados vecinos, gestores culturales y el mismo Murphy. La casa de los Otero es una de las pocas construcciones que conserva el estilo original de las viviendas fueguinas del siglo XX. Un símbolo de otra época. Un testimonio vivo. O debería serlo.
Placa recordatoria, colocada a un año del fallecimiento de Lucinda.
La cotidianeidad y la agilidad del tiempo rodean la vivienda. En la vereda de enfrente a su diagonal está “La Casa de la Mujer”, un lugar donde se dan talleres y reuniones que reivindican y defienden el rol y la figura de la mujer. ¿No es algo paradójico esto? Que haciendo tan solo unos pocos pasos, la vivienda de una mujer emblemática para la literatura local se difumina.
La esquina permanece intacta y a su alrededor la brisa sureña destruye los marcos de sus ventanas. Las bocinas de los autos ingresan por los recovecos que se van generando por acción del tiempo. Durante estos años, la casa de Lucinda supo tener nuevos vecinos.
A pocos metros y de espaldas a ella, se encuentra una de las principales calles de Ushuaia, “la San Martín”. Con locales que abren sus puertas ante la gran cantidad de turistas que cotidianamente buscan llevarse un recuerdo del Fin del Mundo. Frente a ella, hay un terreno vacío que a su lado pareciera como si existiese una especie de diálogo frente al abandono. Mientras tanto, el Canal Beagle, el mismo que la escritora supo animarse a bucear, es el único testigo de su inmortalidad.
Los flashes encendidos de los celulares no se dirigen a esta esquina simbólica. Sino más bien al inmenso paisaje que rodea la costa fueguina, esa que alguna vez Lucinda y sus duendes supieron ver. Pareciera que las miradas pasan por al lado de su memoria, casi rozándola, pero sin tener el efecto que ella en vida hubiese querido que tenga su literatura.
Los intentos por cumplir el último deseo de Lucinda fueron llevados hasta el Consejo Deliberante. En el 2017, el concejal Hugo Victoriano Romero del “Frente para la Victoria” entregó el proyecto “El anhelo de la ilustre Otero” al, por entonces presidente del Consejo, Juan Carlos Pino; y que fue redactado y pensado por una estudiante de la Tecnicatura Superior en Gestión Sociocultural, cuya motivación fue la de contribuir al acervo cultural y al fortalecimiento de la identidad local.
El proyecto de 2016 tiene como finalidad concretar un espacio dedicado a la literatura, donde los protagonistas no solo sean los escritores sino también los ciudadanos y turistas. Un lugar donde se geste la apropiación cultural fueguina. Cabe mencionar que este pedido se basaba en el “Programa de Rescate del Patrimonio Arquitectónico Cultural de la Ciudad de Ushuaia” creado en el 2013 bajo el número de Ordenanza Municipal 4.419.
En uno de los puntos del mismo, Carolina Alejandra Gomez Zamacola (la autora del proyecto) expone el diagnóstico del momento y lo que dificulta el avance de este:“Tras la investigación de la situación legal de la vivienda involucrada en este proyecto surgieron inconvenientes como falta de interés por parte del Presidente del Concejo deliberante de la Ciudad de Ushuaia para indagar en su situación legal, como también el desconocimiento del programa ‘Rescate del patrimonio arquitectónico’ su ejecución”. Esto lamentablemente deja a la vista que los reconocimientos a la familia y a la propia Lucinda; sumado lo significativo de “los café literarios en su memoria”, como decía Antonino Pilello, vecino y escultor de Ushuaia, ahora “son promesas que se las lleva el viento frío del Sur”.
La casa de Lucinda aún no se convirtió en lo que muchos imaginaron: un espacio cultural, un refugio para la memoria, un rincón donde las palabras de la poeta pudieran seguir respirando. Un lugar de encuentro para seguir cultivando la lectura y la escritura sureña.
Hoy, la propiedad permanece en pie, pero sus fuerzas declinan a la par de la de los defensores culturales de la ciudad. Ella subsiste silenciosa, y la poeta ya no está. Mientras tanto, afuera, el viento sigue soplando fuerte en Ushuaia. Adentro, tal vez, los versos de Lucinda aún esperan ser escuchados.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
El 2 de abril es un día memorable para todos los argentinos: es el aniversario en el que homenajeamos a los Veteranos de Malvinas. Pero ya hace 13 años que en la Ciudad de La Plata esa fecha es recordada por una catástrofe que dejó una huella imborrable en los platenses. Fue el día que la capital de la Provincia de Buenos Aires sufrió la peor inundación de todos los tiempos. En menos de cinco horas cayeron alrededor de 400 mililitros de agua. La ciudad se convirtió en un caos. En la noche, a oscuras, empezaron a escucharse los pedidos de auxilio en medio de la catástrofe.
El último día del feriado largo de cinco días comenzaba en esa ciudad con las nubes negras que se venían asomando. Se hizo de noche más rápido de lo habitual y se avecinaba la lluvia; una tormenta que daba pie a tratar de disfrutar el descanso en casa. Pero, llegada la tarde, el panorama comenzó a cambiar. Lo que pintaba ser una simple tormenta se alejó de lo normal y la lluvia pegó con fuerza en la también llamada “Ciudad Universitaria”. Fueron tres horas en las que el agua no cesaba y ya la tranquilidad del día no era lo mismo: el temor se apoderó de la población.
A Nicolás, un vecino platense, ese día le tocó trabajar. Al ser empleado de una casa de comidas rápidas, el feriado no le jugó a su favor. Por eso, cuando recuerda aquella catástrofe, lo hace con su rostro que denota el pésimo momento afrontado: “Durante la jornada laboral, mucho no sabía lo que estaba sucediendo en las calles. Más que la lluvia no cesaba, pero como otras de las tantas que ya había vivido”. Pero llegando al final de su día de trabajo, pasadas las 20, empezaron a llegarle mensajes de familiares. Querían saber cómo estaba, cómo se encontraba el centro de la ciudad, ya que en sus barrios la situación no era la mejor.
Nicolás comenzó a sospechar que algo más grave estaba pasando en su ciudad y hoy, a la distancia, cuenta detalles de lo que vivió en ese momento: “El encierro en la cocina del trabajo, no me dejó ver qué era lo que realmente estaba sucediendo en las calles”. Emprendió viaje a su domicilio y en el camino pudo apreciar que sus familiares no le estaban exagerando y que la ciudad de a poco se estaba convirtiendo en “un río creciente”. Eso le impidió poder llegar a su casa, quedó a mitad de camino. Por eso decidió cambiar su rumbo y más sabiendo que sus padres estaban sufriendo el ingreso de agua a su vivienda, a la cual tampoco pudo llegar.
Créditos: Nicolás Braicovich (Pulso Noticias)
Tomó un punto de encuentro con amigos, donde ahí aun el agua no estaba haciendo estragos. “Entre todos decidimos que continuar caminando sería la mejor opción, pero no sabíamos que en el camino nos íbamos a convertir en rescatistas”, destaca Nico. Ya la noche no era la misma; la ciudad estaba a oscuras e incomunicada; la red de celulares no tenía señal y Edelap (Empresa Distribuidora La Plata S.A.) había decido hacer un corte al servicio de luz. “Era realmente andar a ciegas y con la esperanza de encontrar a los suyos, de que la noche terminara”, menciona.
A sus 21 años, Nico se convirtió en la salvación de varios vecinos. Hoy, a la distancia, recuerda que en ese día lo que primó y se destacó fue la ayuda de los mismos platenses, mientras el Estado estuvo “ausente, antes y durante la inundación”.
El joven cruzó las calles con esfuerzo, ya que la correntada se hacía cada vez más fuerte, evitando o, más bien, sorteando la suerte de no caer en una trampa. El problema era que no sabía qué había debajo del agua. En ese camino a casa de sus abuelos ayudó a más de 20 vecinos, incluso mientras algunos se negaban a salir de sus casas. No querían dejar sus pertenencias porque en esa noche también estaba el fantasma de los saqueos.
Logró hacer más de 10 cuadras caminando y ahí llegó un poco de ayuda: los bomberos voluntarios de Quilmes habían llegado a dar su apoyo, con kayaks para hacer menos complicado el traslado de la gente. Nicolás pasó toda la noche ayudando y tratando de salvar a las personas más vulnerables, dándoles contención. “Traté de hacerles entender que quizás irse de sus casas en ese momento iba a ser lo mejor, que tenían que dejar esos recuerdos atrás”, concluye.
Para Sandra, otra vecina platense, el panorama no fue distinto, pero sí más desolador en su domicilio. “Ingresó casi un metro de agua”, recuerda. Ese día, al ser no laborable, se encontraba en casa con su hijo. “Ya, al siguiente, había que volver a la normalidad pero no sabía que ya no iba a ser todo como antes”, cuenta. La lluvia ya era insoportable y, de a poco, el agua había comenzado a ingresar por debajo de la puerta: “El desborde del Arroyo del Gato fue la consecuencia de que el agua no diera tregua y se haga cada vez más fuerte”.
Al irse la luz, llegadas las 22, el miedo en Sandra creció. “Las cosas flotaban, ya no había espacio más arriba para salvar los objetos”, menciona con la voz entrecortada. Con la llegada de la oscuridad, también venía la incertidumbre de qué hacer: quedarse sabiendo que el agua en vez de irse ingresaba cada vez más o tomar la decisión de abandonar su hogar sin saber con qué se iba a encontrar a la vuelta.
Sandra se decidió por la segunda y salió junto a su hijo. Antes de dejar la casa tuvo la lucidez de agarrar un palo que sirvió de ayuda. “Nos fuimos en busca de un lugar sin agua, donde el frío de la misma y la noche no me jugaran una mala pasada”, dice. Y así, a unas cuatro cuadras de su casa, arriba de un puente, pasaron la noche junto a otros vecinos que habían buscado resguardo ahí.
Créditos: Página 12
Felipe, otro habitante de la Ciudad de las Diagonales, describe: “Ese día me hizo mucho daño y dejó una marca en la memoria colectiva de todos los platenses”. No solo hubo pérdidas materiales en las casi 55.700 viviendas que se vieron afectadas (unos 600 millones de dólares en daños de bienes e inmuebles); lo más triste, según cuenta, fue que se llevó vidas humanas, se contabilizaron 89 fallecidos. “El número se redondeó para no declarar una catástrofe a la inundación. Cuestiones políticas que duelen y hacen el dolor de ese día más profundo”, remarca.
Salir al día siguiente a recorrer las calles no era una grata excursión. La ciudad estaba triste, en silencio y en la cabeza de los vecinos solo resonaba una cosa: cómo se sigue, cómo se comienza de nuevo. No sabían si estaban en su ciudad o en una película de zombis, en la que los autos se enciman.
Las marcas del agua en las paredes de las casas, un sinónimo de esa huella que iba a quedar en el recuerdo de sus dueños. Pero de lo rescatable dentro de tanta desolación y abandono de la parte municipal, queda la solidaridad de la gente: esa noche Felipe resguardó en su domicilio a más de 15 vecinos, que “se la pasaron tomando mates”. Aún en los momentos críticos, el argentino no abandona sus costumbres.
La pregunta que aún sigue resonando en la cabeza de los platenses, es qué paso esa noche. ¿Fue culpa de la naturaleza, ya que cayó una lluvia inusual? ¿Fue realmente eso o hubo responsabilidad humana? Lo que es seguro es que no había plan de contingencia. La gran mayoría de los fallecidos fue gente que había salido a la calle, sin saber qué hacer en esos casos.
El agua mató. Hasta hoy falta hacer muchas obras hidráulicas que eviten otra inundación. Se hizo el ensanchamiento en el Arroyo del Gato, los desagües de la cuenta del Arroyo Maldonado. Y todavía La Plata continúa sin un plan o, más bien, sin saber qué hacer ante un hecho de dicha magnitud.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
La cultura es la identidad de un pueblo, uno que lleva en su sangre el amor por la música, el baile, la historia y la magia de reunirse. Rincón es ese pedazo de tierra escondido entre montañas que tiene como bandera el respeto y el “no olvido” de sus tradiciones y valores evidenciables con el “Festival de la Nuez” en el Club Belgrano, las tardes de cancha, la navidad en la plaza, incluso con detalles más pequeños como salir de casa, caminar dos cuadras y saludar a quien te encuentres.
La identidad se construye y eso es lo que hizo este pueblo que está bajo la lupa por aferrarse a las tradiciones y no dejar morir la cultura. Es sorprendente como aquí, en este pueblo, esas culturas están a flor de piel, vivas, vigentes, deambulan por la calle, en busca tal vez de contagiar a quien no las siente así, tan fuerte como los que habitan este pueblo.
Parece todo color de rosa, pero el rosa también tiene matices; y entre un tono de rosa y otro, hay un mundo de posibles rosas. Antes de llegar al centro de esta historia, es necesario contar porque al inicio apareció la frase “escondido entre montañas” porque es real. Geográficamente, este pedazo de tierra se ubica al pie de “El Manchao”; si bien antes, hace muchos años, no estaba aquí sino a unos 10 kilómetros, asentado en otro lugar con mucha historia también.
Rincón está partido al medio por un río, de un lado la orilla y del otro, la banda. Ese río fue responsable de hacer vivir los momentos más difíciles a esta comunidad de 500 habitantes. Diez años atrás, un aluvión se hizo presente a mitad de enero llevándose todo por delante, sin heridos pero lastimados, pasando momentos desesperantes, abrumados por la oscuridad de quedar incomunicados sin pasada a la banda desde la orilla y viceversa; y, a su vez, aislados del resto de pueblos.
Dicen por acá que los aluviones “jamás se dan con una diferencia menor a 10 años”, y tiene que ser cierto porque ese tiempo pasó hasta que el 25 de diciembre de 2023, después de una linda navidad en la plaza (porque eso es algo por lo que se conoce a este pueblo, aunque es tema para otra crónica), vendría otro aluvión a arruinar el final del año.
Increíble el momento que eligió la naturaleza para desatar, tal vez, toda su ira. Esa creciente se llevó con ella un puente construido hacía menos de seis meses (de hecho, se volvió viral por eso; otro tema para una crónica).
Con palabras más o palabras menos, así se define a Rincón: caótico y con miles de historias por contar, pero a veces aburrido y deprimido. Contrastes inentendibles. En esta ocasión, la primera opción supera a la segunda y la historia de esta crónica entra ahí. Y resulta imposible no pensar cuán posible es que incluso con la economía no muy buena, este festival sea prioridad. Rápidamente sale la respuesta: “Es que se trata del Festival de la Nuez”.
Así, comienza la historia de un festival realizado todos los años en Rincón, el momento cumbre del folklore en este lugar, donde solo con decir “despierta ya mujer”, el resto se completa solo. Eso es suficiente para que quienes viven en ese pedazo de tierra se imaginen con un vino en su mano derecha mientras cantan a los gritos con los amigos. Eso es un festival.
No importa cuántos vasos hayas tomado, ese sentimiento aparece con 0% de alcohol en sangre (y con más también). Ese es el clima, lo que se vive en un festival longevo, que ya tiene su historia, sus costumbres y hasta sus mañas.
Lleva su nombre en representación de Rincón, de los pueblos que más producen y exportan nuez en la provincia donde se encuentra, Catamarca. Cuenta Analía, que formó parte de la organización: “La idea del festival surgió por cuestiones económicas. Teníamos la necesidad de recaudar dinero para la fiesta de los 100 años del Club”.
A la vista de todos, el por qué se realizó esta edición, para recaudar fondos por un lado y para seguir escribiendo sobre libros todo lo que representa ser rinconisto por otro.
No es mi intención crearle, querido lector, la necesidad de experimentar una vez en la vida este sentimiento, pero se lo recomiendo. También lo recomiendan “Los Colpeños” (banda de música que tocó en el festival). Y también el “Grupo Esencia” que dicen que “hay que motivar el crecimiento de la cultura” de Rincón.
Sin duda los momentos donde llega más gente a visitar este pueblo es para este festival, navidad y vacaciones. En caso de aceptar esta invitación, sepa que de acá se irá con una recarga de serotonina gratis, cortesía de la casa. Parece exagerado contándolo así, de hecho, mientras escribo entro en un debate conmigo misma de si exagero, pero vuelvo a esas fotografías mentales que saqué y toda exageración se queda corta (así de grande es el sentimiento).
Como si tanto no fuera suficiente, es la misma organizadora la que nos cuenta que asistieron entre 450 y 500 personas. Esa cantidad, para un pueblito, es mucho. Y, también cuenta lo que representa para ella: “Es la identidad de un pueblo dedicado a la producción de la nuez”.
El famoso festival del pueblo es motivo de reunión. Lo dicen las caras de quien asiste, lo dice la sonrisa de las chicas que bailan en el ballet, también las carcajadas de esos amigos que no se veían hace meses y ese saludo de otros dos que no pensaban cruzarse.
También lo dice la nena que juega con espuma haciendo enojar a los de alrededor, y también ellos que después terminan riéndose de las picardías de los niños. Lo dice el pueblo y su gente, los que disfrutan de este momento único que les regala la vida hace varios años.
El ADN de este pueblo tal vez sea ese festival, esas navidades y esas reuniones de siempre; tal vez sea una canción que todos sabemos, tal vez ese momento en que escuchás la música desde tu casa.
Quizá no es más que los mates en una montaña o unas empanaditas los domingos, tal vez sea salir a la calle y en el medio encontrarte con 10 personas y saludarlas a todas, o acariciar el perrito que está en la plaza.
Tal vez sea no traicionar al kiosquero de tu barrio o darle la silla a un abuelito, puede que sea abrazarte en las navidades con un vecino o en la cancha cuando Belgrano (equipo del pueblo) hace un gol. Capaz es darle trabajo a gente en época de cosecha o salir a caminar por horas cruzando paisajes hermosos.
A lo mejor es asistir a misa los domingos o dejar una flor en la tumba del abuelo de tu amigo, capaz solo es hacer reír a un amigo o pasar charlando horas con un mate en la mano. Cualquiera sea la opción, representa a este pedazo de tierra que se llama Rincón, y ese es su ADN.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.