La noche cultural de Munro: un espacio emblemático atrae a la comunidad
Conocé la historia y la propuesta de actividades del lugar que es punto de reunión de personas de diferentes edades y lugares de la Provincia de Buenos Aires desde hace 80 años.
Conocé la historia y la propuesta de actividades del lugar que es punto de reunión de personas de diferentes edades y lugares de la Provincia de Buenos Aires desde hace 80 años.
La calle Vélez Sarsfield de la localidad bonaerense de Munro está concurrida en esta noche de viernes de septiembre. Cientos de personas forman fila para ingresar al Centro Cultural Munro que los espera con un espectáculo gratuito, como todos los viernes y sábados. Al lado se encuentra la pizzería Astral, que le debe su nombre a los inicios del Centro Cultural cuando era el histórico Cine Astral.
Al ingresar, la historia del barrio se refleja en las fotografías de las paredes. Al otro lado del hall del Centro Cultural se encuentra la boletería y un gran salón. Allí, una jubilada está sentada con su hija esperando a una amiga: “Somos de Florida, venimos una o dos veces por mes. Hoy vengo sin saber por qué, a sorprenderme. La semana pasada vimos al hijo de (Gustavo) Cerati. Elijo este lugar porque no tengo que pagar y soy jubilada. Después de acá me voy a comer una porción de pizza a la Astral”.
Al final del hall del Centro Cultural se encuentra la entrada a la Sala Luis Sandrini que es de última tecnología. Cuenta con más de 450 butacas, un escenario de 112 metros cuadrados con pantalla gigante y telón, un equipamiento moderno con sonido acústico de 360 grados, iluminación LED y tecnología escenográfica de última generación.
En la noche de hoy se presenta el espectáculo “Noche porteña”, con el Cuarteto in Crescendo en guitarras y Franco Luciani con su armónica. Es un recorrido por las obras de Carlos Gardel y Astor Piazzola que también contará con el dueto de bailarines de Tango, Valentina y Matías.
“Venimos de Capital a ver a Juan Pablo Bujia, nuestro profe de guitarra. También está Franco, uno de los mejores armonicistas del país que tiene títulos internacionales”, comenta un grupo de amigos que ingresa a la sala.
Gonzalo Martínez, el director del Centro Cultural, cuenta que hay una comunidad grande de entre 150 y 200 personas que va todas las semanas “a ver lo que sea sin saber cuál es el contenido del día”, por eso se busca una cartelera representativa de lo que se manifiesta en la sociedad cultural y que sean espectáculos de calidad.
Las actividades incluyen cine, teatro, clases de baile y charlas, entre otras. “Es un espacio emblemático para la comunidad donde el fenómeno cultural cumple su ciclo completo”, explica Gonzalo.
El show comienza a las 21 y la sala está llena. Las guitarras inundan la sala con su melodía nostálgica que llena de lágrimas los ojos de varios espectadores. La armónica se fusiona y los bailarines aparecen en escena. La música y el movimiento se funden en un baile de pasión.
Volver, Caminito, Por una cabeza, Taquito militar, El día que me quieras y Adiós Nonino son solo algunos de los tangos que suenan en este viaje de emociones. Llega el final de la noche y el aplauso de pie resuena como un tributo a la cultura argentina, a la pasión del tango y a la magia del Centro Cultural Munro que vuelve a unir a su comunidad.
Munro se fundó en 1912 con la estación del ferrocarril y en 1932 “Los locos de la azotea” crearon allí los primeros estudios de cine moderno del país. La historia del lugar de visita de hoy comienza en 1945 cuando se creó el Cine Astral, de manera privada. En 1994 se reinauguró como Centro Cultural Munro y pasó a ser parte de la Municipalidad de Vicente López.
Ofrecía diversas actividades culturales hasta el año 2019 cuando un enorme incendio lo destruyó casi totalmente. Esto generó mucha tristeza en el barrio, hasta que en 2023 volvió a abrir sus puertas luego de haber sido completamente reconstruido con fondos del Municipio de Vicente López y de la Provincia de Buenos Aires.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Hace calor adentro del teatro. No es el calor del verano porteño ni el de una sala sin aire; es otro, más denso, más vivo. Es el calor de los cuerpos antes de salir a escena, del maquillaje todavía fresco, del murmullo que vibra detrás del telón. Alguien prueba una nota. Otro marca un paso en silencio. En el escenario, todavía vacío, hay una silla que no es una silla: es historia. En minutos, ese espacio se va a llenar de palabras, música y una pregunta que atraviesa siglos: ¿quién fue realmente Juan Bautista Alberdi?
La función está por comenzar en el Teatro Regina, sobre la Avenida Santa Fe, y el murmullo del público anticipa que no será una noche convencional. Las luces bajan de a poco, las conversaciones se apagan y el escenario empieza a latir. Con más de 20 intérpretes en escena y una puesta que cruza música original, actuación y revisión histórica, “Alberdi, el musical”no busca contar una biografía ordenada, sino abrir una pregunta: quién fue Alberdi más allá del prócer.
La obra dirigida por Pablo Flores Torres se apoya en una idea clara: sacar al personaje del lugar estático en el que muchas veces lo ubica la historia oficial. “Queríamos sacarlo del bronce”, explica el también actor y sigue: “Alberdi no era un tipo lineal. Tenía contradicciones, tensiones internas. Eso es lo que nos interesaba llevar al escenario”. Esa intención se traduce en una estructura narrativa que alterna momentos históricos con lecturas contemporáneas, evitando el tono escolar y apostando por una experiencia más sensorial.
El trabajo previo no fue menor. La obra se construyó a partir de textos históricos como sus Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina publicadas en 1852, donde Alberdi sentó principios fundamentales que influirían en la Constitución de 1853. A esos documentos se suman cartas personalesy análisis de historiadores que revisan su figura desde una mirada crítica. Esa base documental funciona como una fuente indirecta que sostiene el rigor del relato, incluso cuando la escena se permite licencias poéticas.
En escena, Alberdi no es uno solo. Diferentes intérpretes lo encarnan desde distintas perspectivas, rompiendo con la idea de un protagonista único. Esa decisión genera un efecto fragmentado que obliga al espectador a reconstruir al personaje. “No queríamos que el público reciba una versión cerrada”, cuenta Malena Bruzzo, una de las intérpretes del elenco. Y agrega: “La idea es que cada uno arme su propio Alberdi, que lo piense, que lo discuta”.
La música original, también compuesta por Flores Torres, cumple un rol central. No aparece como un complemento, sino como parte del relato. Hay momentos en los que el canto reemplaza completamente al texto hablado, y es ahí donde la obra alcanza uno de sus puntos más altos. Las letras condensan ideas políticas, dilemas personales y discusiones que todavía resuenan en la Argentina actual, generando una conexión directa con el presente.
Desde lo visual, la puesta apuesta a la síntesis. El vestuario a cargo de Silvina Parodi y la escenografía diseñada por Mil Hojas Producciones construyen un espacio flexible que sugiere más de lo que muestra. No hay reconstrucción histórica literal, sino una estética que mezcla elementos de época con recursos contemporáneos, reforzando la idea de que Alberdi no pertenece solo al pasado.
El proceso de producción también da cuenta de la magnitud del proyecto. Más de 40 personas participaron entre elenco, técnicos y equipo creativo. Meses de ensayo, ajustes constantes y decisiones colectivas dieron forma a una obra que no busca comodidad. “Fue un proceso intenso”, señala Merlina Di Rocca, otra de las integrantes del elenco del musical, y continúa: “Había que encontrar un equilibrio entre lo histórico y lo escénico. No podíamos caer ni en lo académico ni en lo superficial”.
En la sala, el público acompaña desde ese mismo lugar intermedio. No es una obra para especialistas, pero tampoco simplifica su contenido. Se perciben silencios, atención y aplausos que llegan después de procesar lo visto. Hay una conexión que va más allá de lo emocional: también interpela desde lo intelectual.
“Nos interesaba que el público salga con preguntas, no con respuestas cerradas”, sostiene Flores Torres. Y esa intención se mantiene a lo largo de toda la obra, especialmente en los momentos donde el pasado dialoga con el presente sin necesidad de subrayarlo.
Cuando termina la función, el aplauso no corta del todo el clima. Los actores saludan, pero algo queda suspendido en el aire. En los pasillos, el calor vuelve a sentirse, aunque distinto. Afuera, la noche avanza con su ritmo habitual, ajena a lo que acaba de suceder adentro.
Tal vez ahí esté el mayor logro de “Alberdi, el musical”: transformar por un rato un nombre de manual en una experiencia viva. Hacer que un prócer deje de ser una figura intocable para convertirse en un ser atravesado por dudas, ideas y contradicciones.
Y cuando las luces se apagan del todo y el teatro queda vacío, la silla en el escenario vuelve a ser solo una silla. Pero algo persiste. Una pregunta, quizás. O una certeza incómoda: que la historia nunca está completamente terminada.
“Alberdi, el musical” es una propuesta innovadora con lenguaje musical actual, que busca narrar la vida y legado de Juan Bautista Alberdi. La obra recorre su trayectoria hasta sus últimos días. En julio y hasta el domingo 2 de agosto de 2026 se encuentra con funciones a las 20 horas en el Teatro Nacional Cervantes.
Los sellos independientes existen desde hace más de medio siglo y, en muchas ocasiones, contaron con catálogos que marcaron la historia de la música. Allí nacieron discos que hoy se siguen escuchando, como son los de las bandas de Attaque 77, Memphis La Blusera, Fun People o Boom Boom Kid, entre otros, en nuestro país.
El avance de la tecnología y las redes sociales jugaron un papel clave en el crecimiento de cualquier artista, sea indie o no, y en el contacto con su comunidad. Pero aun así, la estructura de poder no cambió tanto. Los algoritmos, la inversión publicitaria y la posibilidad de establecer una agenda siguen estando en manos de las majors (grandes sellos discográficos a nivel global).
Un sello discográfico es una empresa que graba, promociona y distribuye música. Firmar con una multinacional como Sony, Universal o Warner siempre se asoció a visibilidad y masividad, pero también a ciertas limitaciones -como fue el conflicto que tuvo Michael Jackson en los 2000 con la primera-. Por tanto, desde mediados del siglo XX los sellos independientes funcionan como refugios de contracultura, espacios en donde las ideas que no encajan en el canon industrial pueden tomar forma.
En Argentina, la industria discográfica nació a partir de que National Odeon (Alemania) abriera su fábrica en 1920 y Victor Talking Machine Company (Estados Unidos) en 1924 convirtieran a Buenos Aires en un polo regional. Artistas de Uruguay, Paraguay y Chile viajaban exclusivamente para grabar. En los años 20, estos sellos instalaron un modelo vertical que consistió en contar con estudio propio, y fabricar y distribuir el material de los artistas que, en su mayoría, hacían tango. Este modelo definió el negocio durante décadas.
La explosión de los sellos alternativos llegó pocos años después. Tal es el caso de Trova que en 1965 le dio lugar a músicos que las multinacionales dejaban de lado. De allí surgieron Ástor Piazzolla y Lito Nebbia. Luego, en 1968, Jorge Álvarez fundó Mandioca. Su lema era “Libertad de creación sin límites” y esta discográfica grabó a Vox Dei y Manal en una época en la que cantar rock en castellano era considerado una excentricidad. Luego apareció Umbral (1980) que registró a V8 y Los Violadores cuando ninguna compañía quería quedar asociada al punk, ya que se lo consideraba “problemático”.
Flyer anunciando un recital de Hermética, banda que formó parte del sello independiente Radio Trípoli.
Sin embargo, en un presente guiado por plataformas digitales, algoritmos y grabaciones caseras, la lógica pareciera que cambió. En la actualidad, ¿sigue siendo necesaria la firma de una major para construir una carrera exitosa o está emergiendo un nuevo tipo de mainstream desde lo indie?
Autogestión, crisis y digitalización
Según datos del estudio de 2025 de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI), el mercado global se contrajo en la década de los 90 y los 2000, y las majors derivaron sus inversiones hacia lo más rentable: la distribución. La consecuencia fue un recorte de catálogos, una homogeneización sonora y un desinterés casi total por nichos o géneros que no prometieran crecer a gran escala.
Así es como apareció una nueva generación de sellos indie. La escena se apoyó en clubes como el mítico “Cemento” de Oscar Chabán, que a su vez fue dueño de “Cromañón”; al mismo tiempo que la tecnología también ayudó a impulsar distintos proyectos: la música era difundida en redes sociales como MySpace y la estética lo-fi convirtió la limitación tecnológica en una estética.
Cassette del disco “Dulce Navidad” de Attaque 77, editado por el sello independiente Radio Trípoli Discos en 1989.
A principios de los 2000 surgieron los sellos digitales Netlabels y Ventolín Records, que ofrecían discos gratuitos online antes de que encontrar música de esa forma fuera algo común. Marcos Zurita, uno de los fundadores de Ventolín, dijo que el sello surgió con el espíritu de “uno hace canciones para que las escuche el otro y ya”.
“No hace falta manager ni que te pongan cinco estrellitas en ningún lado ni nada (…). Y entonces teníamos amigos que por ahí gastaban cinco lucas en editar un disco y después estaban con el disquito de acá para allá, sin saber qué hacer”, cita Zurita en el trabajo de investigación “Sellos discográficos independientes y nuevas tecnologías en la crisis de la industria de la música” del sociólogo Diego Vecino.
Rápidamente, la computadora se transformó en el nuevo estudio. Esto permitió que artistas que no contaban con un gran presupuesto pudieran experimentar y distribuir su música en plataformas como Bandcamp, que se fundó en 2008 y sigue siendo elegida por muchos.
Hernán Montenegro, integrante de la banda hardcore indie Las cosas que perdimos en el fuego, que homenajea a la escritora Mariana Enríquez, expresa: “Cada vez salen más proyectos pero al mismo tiempo es imposible para una banda crecer por su propia cuenta. Se cobran entradas muy baratas”. “Si la banda graba y ensaya es porque los integrantes ponemos plata de nuestro trabajo para que eso suceda. A veces tocar significa perder dinero”, lamenta el músico marplatense.
Por su parte, Santiago Juan Segura, periodista y autor de “Pozo Guerrillero Irascible”, la biografía de la banda Don Cornelio y la Zona, opina algo muy similar: “Ventajas de un sello independiente creo que no hay ninguna. En general es poner mucho de vos y recibir poco, tengo esa triste sensación. Me parece que en general se va a pérdida”.
El caso de Bohemian Groove
En los últimos años, sellos indie como Bohemian Groove, creado por Dylan León Masa, más conocido como Dillom, irrumpieron con catálogos híbridos: artistas que ya contaban con millones de reproducciones en Youtube junto a proyectos pequeños como Nenagenix. Todo comenzó cuando el propio Dillom rechazó un contrato de una major, según contó en entrevista con la periodista Romina Zanellato: “Lo que detecté al conocer a artistas y colegas que tenían más experiencia y tenían contratos con majors, y lo primero que me generó rechazo fue la limitación de las decisiones artísticas por sobre el proyecto”.
En “Bohemian Groove Skit”, la parodia incluida en Post Mortem, el álbum debut de Dillom, una voz digna de villano de Disney reza: “Bohemian Groove es tu lugar en el mundo. El sello discográfico donde tus artistas favoritos consiguieron el estrellato tan solo dejando el 99% de sus regalías y la titularidad de sus masters, ¡por tan solo 200 años después de muerto!”.
El sábado 29 de noviembre de 2025, en el espacio cultural “Otra Historia” tocaron Coramina, Ornamento, Nácar y Parásito Paraíso. El lugar es chico, cada tanto estallaba un pitido ensordecedor del micrófono y Coty Luquez, la cantante de la primera banda, le pidió, entre risas, al sonidista que lo solucionara.En el público habría unas 50 personas, ninguna mayor de 30.
Cuando terminó el show, todos se dispersaron hacia el fondo del bar para jugar al metegol, tomar vino y sacar fotos con cámaras analógicas. Se habló de bandas que hace años hicieron algo parecido -a lo que Rosalía propuso en “Lux”, pero sin recibir el mismo reconocimiento-, y se recomendaron artistas que recién empiezan y tienen apenas un single subido, como Coramina.
En el ambiente se sentía el hambre voraz de descubrir música nueva. Montenegro nota una diferencia entre el público joven de hace unas décadas y el de ahora: “Siento que no les importa mucho si es mainstream o independiente. Un día van a un estadio y al otro a un show para mil personas”.
“Lo que sí veo es que buscan una representación en la persona. Que se vea como ellos y sienta como ellos. Sino, les falta algo para comprometerse. Yo era fanático de bandas sin conocer a sus integrantes, sin saber qué comían, qué hacían; pero, sin embargo, era fan”, agrega.
Hablar de un “nuevo mainstream independiente” implica repensar qué significa el mainstream hoy. El líder de la banda que homenajea a la escritora argentina cuenta cómo se vive desde adentro: “El mainstream monopolizó el consumo de la gente. Las redes sociales encerraron a las personas en el algoritmo y hay mucho dinero involucrado para que la gente conozca a un puñado de bandas”.
Segura también reflexiona sobre el futuro de los sellos independientes: “Es tal vez el peor momento del mundo para meterse en un emprendimiento así, pero de los momentos malos se sale con creatividad y arte también”. “Y los argentinos somos creativos porque no nos queda otra, cada diez años tenemos una crisis que hace volar todo por los aires”, concluye.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Por fuera, el ritmo no se detiene. Parece una esquina más del microcentro porteño, una postal acelerada de la Ciudad de Buenos Aires. Pero si uno se anima a atravesar ese umbral en Perú al 200, la Manzana de las Luces se abre como una compuerta: una puerta al pasado.
Este complejo histórico-cultural es el centro donde se forjó la identidad argentina. Allí, donde hoy se mezclan visitas guiadas y exposiciones, alguna vez se debatieron decisiones claves para el país. Con más de 300 años de historia inscripta fue sede del Colegio Nacional de Buenos Aires, del Cabildo y albergó la primera imprenta del Río de la Plata, según el sitio oficial de Turismo de Buenos Aires.
Recorrer la Manzana es como entrar en una novela de época. Sus paredes gruesas y patios empedrados detienen el tiempo. El verdadero corazón de la mística está bajo tierra, con el mayor atractivo: los túneles coloniales, oscuros pasajes subterráneos que conectaban edificios clave como el Cabildo y la Catedral.
Al descender, la calle Perú desaparece. El aire se vuelve frío, denso, con ese inconfundible olor a tierra mojada y misterio. Uno toca los ladrillos rojizos, ásperos y fríos. La guía explica que estos pasajes se usaron para contrabando, defensa y, según la leyenda, como rutas de escape secretas de las élites. La oscuridad crea una atmósfera casi cinematográfica.
“Mágico. Un viaje en el tiempo, pura historia y arquitectura”, cuenta Silvina, una turista argentina. Y agrega emocionada: “Los hallazgos son impresionantes. Quedamos a la espera de nuevos descubrimientos”. “Excelente lugar. Recomiendo muchísimo la sala de los legisladores: es hermosa y te muestra cómo era todo antiguamente”, coincide Omar, un turista extranjero.
El valor histórico es incalculable. En tiempos de los jesuitas se enseñaban filosofía y matemáticas. Fue en este mismo predio donde se instaló la Real Imprenta de los Niños Expósitos, la primera del Río de la Plata, fundamental para difundir las ideas que encenderían la chispa de la Revolución de Mayo. Es decir, los secretos de la Manzana no solo están bajo tierra; también se imprimieron en papel.
Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, el edificio cambió de funciones hasta su declaración como Monumento Histórico Nacional en 1942. El sitio oficial del Ministerio de Cultura de la Nación indica que la última restauración reveló estructuras subterráneas coloniales inéditas, pozos de agua y antiguos sistemas cloacales. Lo que hay bajo tierra es tan fascinante, o más, que lo que se conserva en superficie.
Créditos: Argentina.gob.ar
Cada visita a la Manzana es distinta: una tarde tranquila de otoño, un domingo de feria de libros o, si la suerte acompaña, una noche de visitas guiadas con linternas donde la penumbra hace que los túneles parezcan, por fin, murmurar secretos al oído del visitante.
Este rincón escondido en el corazón de Buenos Aires la Manzana de las Luces invita a detenerse, mirar y recordar que, a veces, lo extraordinario está justo debajo de nuestros pies.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.