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Nahuel Pérez Biscayart: “El arte más genuino surge de la necesidad y la pasión, no de la lógica mercantil” 

Actor de El Jockey, 120 pulsaciones por minuto, Au revoir là-haut y Persécution, defiende la importancia del contacto y la experiencia artística contra lo superficial 

Reconocido como uno de los actores argentinos con mayor proyección internacional, Nahuel Pérez Biscayart (39) mostró desde temprana edad un talento que lo llevó a asumir oportunidades azarosas para desplegar su carrera actoral en distintas fronteras, principalmente en Francia y España. Su rol como puente entre la cinematografía de Iberoamérica y España fue homenajeado en septiembre con el premio Faro Dos Orillas del Festival de Cine de Santander 2025. Vive viajando, dentro y fuera de la pantalla. Esta vez se comunica desde Europa, desde donde comparte su curiosidad y mirada sensible en un mundo vertiginoso.

¿Te sigue entusiasmando expandirte artísticamente por el mundo?

– A día de hoy, no hay nada que me entusiasme más que conocer gente de distintas latitudes y descubrir los idiomas como puentes hacia otras culturas. Para mí actuar es un amor a lo desconocido, cada escena es un territorio nuevo donde nos encontramos con otros en un acuerdo ficcional. Esa sensación de explorar lo inesperado, es como un viaje infinito. 

¿Qué te genera actuar en idiomas como francés, inglés o alemán?
– Es como ponerse un nuevo vestuario, una piel distinta. Al actuar en otra lengua uno tiene menos muletillas y recursos en los que apoyarse. No se puede escapar de la acción dramática, hay que ir directo a la esencia de la escena. Esa limitación te obliga a estar más presente.

¿Y qué descubrís en ese proceso?
– Me interesa ver al actor resolviendo desafíos, y hablar en otro idioma es casi un documental sobre esa transformación. Escucharse con otra sonoridad es disociar habla y escucha, y al mismo tiempo ampliar el archivo del cuerpo con nuevas formas de sentir y expresarse.

Tus personajes suelen cargar con transformaciones profundas. ¿Sentís que hay algo tuyo que se reinventa cuando los encarnás? 

– Siempre, o al menos intento que algo de eso ocurra. Lo que me inspira a involucrarme con un proyecto, tiene que ver con su potencial transformador. Muchos de mis personajes, como Remo Manfredini en El Jockey, o Sean Dalmasso en 120 pulsaciones por minuto, buscan sobrevivir o romper con un orden, intentan salir de un lugar establecido.

En El Jockey, Luis Ortega también hizo su magia…

– Sí, su dirección es el summum de esa búsqueda. La película habla del abandono y la disolución de lo que llamamos identidad. Cuando un director y los actores están atravesados por las mismas preguntas y exploraciones, surge una comunión muy genuina. Luis en ese sentido es muy mago, es un chamán discreto que logra reinventarse, disolver lógicas y despertar en todos una curiosidad primaria muy potente.

Fuiste jurado en Cannes 2025. ¿Qué te llevás de la experiencia?
– Fue intenso, es un festival que concentra muchas tensiones y expectativas. Combina la magia de estar en una sala oscura expuesto a la obra de otros, con un afuera que parece un desfile de moda. Esa mezcla de lujo y glamour contrasta con la experiencia más existencial, artística y política que uno busca dentro de las películas.

¿Cómo convivís con la alfombra roja y el mundo mediático de la industria?

– Nunca elegí este trabajo por eso, y todavía sigo aprendiendo a transitarlo porque no es mi pasión. La combinación entre lo superficial y lo profundo es muy extraña. Con las redes sociales muchos intérpretes se convirtieron en empresas de sí mismos, en productos de venta, casi como influencers de lifestyle. Encontrar un lugar que se escape de eso es bastante vertiginoso, pero trato de mantener un pié adentro y uno afuera. 

¿Qué cambios notás del cine argentino en la actualidad? 

– En decadencia, pretender que el mercado sea el que regule y decida nuestra identidad cultural me parece muy peligroso. El cine es una industria, no lo niego, pero el arte más genuino surge de la necesidad y la pasión, no de la lógica mercantil. 

–  ¿Qué creés que hace falta en la industria cinematográfica del país?

–  El rol del Estado es clave, subvencionar no es “mantener vagos”, sino equilibrar la balanza y garantizar que cualquiera pueda participar en la vida cultural, no solo quienes tienen el alcance mediático. El arte es un lugar al que todo ser humano acude. 

¿Por qué afecta al INCAA las políticas de recorte del gobierno de Javier Milei? 

– Más allá de lo económico, creo que responden como una batalla contra el sector cultural. Si miramos países como Uruguay, Brasil, Colombia o algunos europeos, vemos que la inversión estatal en cine y cultura siempre vuelve multiplicada. Pero el arte sensibiliza, despierta y nos mantiene atentos, incomoda a los interéses del sistema.

En momentos de apocalipsis, ¿dónde te refugiás?– En la entidad plena de los momentos de encuentro, en estados de presencia donde no haya que estar productivamente implicado. En el contacto con distintas formas de vida: humanas, minerales, animales, botánicas, vegetales. En la tierra, en el aire, en las nubes, en las ideas, en las imágenes: en el arte en definitiva.

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