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Entre cajones y sombras: la vida invisible de los changadores del Mercado Central

Un mundo que despierta de madrugada. Jornadas extenuantes y trabajo precarizado para quienes sostienen el ritmo del centro más grande de venta de frutas y hortalizas de Argentina. 

Créditos: EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

A la medianoche mientras la ciudad duerme, el Mercado Central parece una ciudad paralela: motores encendidos, gritos de personas que se pierden en pasillos interminables, golpeteos de cajones que parecen no silenciarse nunca. En el corazón del Mercado, cientos de changadores sostienen el ritmo nocturno del abastecimiento. Carretean cajones de frutas y verduras entre camiones que no se detienen. Allí se mueven durante horas hombres jóvenes -algunos no tanto- que arrastran sobre sus cuerpos el peso del esfuerzo diario. Sostienen un engranaje esencial, aunque nadie los vea.

Cuando el Mercado Central abre sus portones, a las 2 de la mañana, ya hay changadores trabajando desde mucho antes. Las jornadas pueden extenderse hasta las 11 de la mañana o más allá, entre corridas, subidas de cajones y discusiones sobre precios. En ese mundo frenético conviven dos realidades: los changadores que pertenecen a la cooperativa y los que trabajan por su cuenta en un circuito totalmente informal.

Dos realidades laborales dentro del Mercado

El Tano, vendedor del puesto Almaná —Nave 9, Puesto 36— explica la diferencia mientras controla la descarga de manzanas: “Los de la cooperativa trabajan con autoelevadores Clark y sólo descargan para los puestos. Ellos la tienen un poco mejor: hacen turnos de 18 a 2 de la mañana y cobran unos $40.000 por día”. Son los más “estables” en un escenario donde la estabilidad es más deseo que posibilidad.

Muy distinta es la vida de los otros changadores, los que dependen de arreglos informales y responden a jefes que manejan grupos en las diferentes naves. Martín, un joven de 20 años que trabaja en la Nave 11, cuenta que ellos se organizan alrededor de José, quien coordina a unos 15 changadores. “No se habla mucho de cuánto se les cobra a los compradores porque cada cliente arregla distinto”, aclara. Esa opacidad es parte del sistema, nadie quiere decir exactamente cuánto reciben por cargar cada bulto para no quedar expuesto ante los clientes, ni quedar mal con quien le da trabajo.

Los números detrás del trabajo nocturno

Luis, un comprador que va todas las semanas a abastecer su negocio, aporta otra mirada: “Yo pago $300 por cajón, me hacen precio porque cargo mucho ya que abastezco tres locales. Sé que llegan a cobrarles hasta $500 a algunos clientes que cargan menor cantidad”. Su comentario confirma el margen de informalidad del sector: precios que cambian por volumen, horario, relación previa o simplemente por necesidad.

Martín describe su rutina con una mezcla de resignación y costumbre. En teoría trabajan tres días a la semana: lunes, miércoles y viernes. En la práctica, entran los domingos a la noche, alrededor de las 23 y pueden terminar a las 14 del día siguiente. Jornadas de hasta 15 horas en las que el cuerpo no tiene pausa. Esos días, José les paga unos $70.000; los martes y jueves, cuando solo cargan vacíos, bajan el pago diario a $15.000 o $20.000. Ningún changador recibe aportes, obra social ni cobertura ante accidentes. Todo depende del propio físico y de cuánto pueden aguantar.

Jornadas extenuantes y trabajo precarizado

Franco y Lucas, compañeros de Martín, coinciden en algo: una vez que entran al circuito del Mercado es difícil salir. “Acá o te acostumbrás o te vas. Pero la mayoría se queda porque afuera no hay nada”, comenta Lucas mientras acomoda una pila de cajones que supera su altura. Los días de frío extremo, cuando el viento atraviesa las naves, algunos trabajan con bolsas de residuos a modo de piloto. En verano, el calor es insoportable y muchos terminan deshidratados. El clima, dicen, es uno más de los golpes que carga el cuerpo.

Varios changadores viven en Villa Celina, a 10 minutos caminando del predio. Otros vienen de González Catán, Laferrere o Ciudad Evita. Muchos fuman marihuana durante la jornada para “bajar la velocidad” del estrés y el dolor muscular, según admiten. Algunos son menores de edad, lo que evidencia el nivel de precarización y la falta total de controles laborales. 

La informalidad laboral en cifras

Datos del Ministerio de Trabajo y de informes recientes del Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP-EDIL) muestran que la informalidad laboral en Argentina alcanzó el 43,2% en el segundo trimestre de 2025, lo que significa que cuatro de cada 10 trabajadores están por fuera de todo marco de protección legal. Entre los jóvenes de 16 a 24 años, la tasa asciende al 63%. En ese panorama, los changadores del Mercado Central representan uno de los puntos más críticos de esta estadística.

Violencia, tensiones y supervivencia

La violencia es parte del paisaje. Todos llevan un cuchillo o una navaja “para seguridad” porque las peleas entre compañeros no son inusuales. Entre el cansancio, la presión y el dinero en juego, los conflictos aparecen rápido. El sonido metálico de los carros chocando y las discusiones que se elevan por encima de los camiones conforman la banda sonora de la madrugada.

El acceso a la comida también es precario. A veces compran sándwiches a vendedores ambulantes o comidas improvisadas para soportar las horas. “Si no comés algo, te caés. Y acá nadie te levanta”, dice Franco. Lo dice en tono de broma, pero la frase resume la lógica del Mercado: cada uno sobrevive como puede.

Historias personales en un circuito sin salida

No todos siguen el mismo camino. Walter, otro changador, cuenta que estuvo metido en el “bardo”: drogas, peleas, corridas. “Me rescaté gracias a la Iglesia Evangélica”, dice. Ahora, apenas termina de trabajar, se apura para juntarse con su familia e ir a misa. Es una excepción en un ambiente donde el consumo problemático es frecuente, alimentado por la falta de descanso, la inestabilidad económica y la sensación de que no hay futuro posible.

La historia de Pato aporta otra perspectiva. Antes trabajaba como vendedor en un puesto, cinco días a la semana, 12 horas por día por $40.000 diarios. Decidió dejar ese trabajo, que si bien era informal resultaba más estable, para dedicarse a las changas por la diferencia de ingresos y la posibilidad de trabajar menos días. “Me conviene, pero sé que el cuerpo tiene fecha de vencimiento”, admite. Sabe que no tendrá jubilación ni obra social, pero cree que tampoco llegará a viejo en estas condiciones.

El costo físico de un trabajo precarizado

La investigación de especialistas en ergonomía y salud laboral estima que los trabajos de carga intensiva generan lesiones crónicas en la columna, rodillas y hombros, que pueden aparecer incluso antes de los 30 años. Entre los changadores, estas dolencias se naturalizan. “Es parte del laburo”, dicen mientras estiran la espalda o se masajean las manos antes de volver a cargar.

El engranaje humano del abastecimiento

En este universo de movimientos frenéticos, cuerpos desgastados y economías informales, los changadores sostienen cada madrugada el corazón del abastecimiento. Son esenciales pero invisibles. El Mercado Central no podría funcionar sin ellos, aunque sus nombres no figuren en ningún registro oficial ni sus historias tengan dónde escribirse. Entre cajones, esfuerzos y largas jornadas, acarrean más que frutas y verduras, también cargan el peso de una desigualdad que se repite en silencio.


*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.

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