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La casa en Ushuaia que nunca habló: un viaje al universo de Lucinda Otero

La escritora supo retratar su ciudad en el siglo pasado y tuvo un sueño que aún hoy no se cumple: que su hogar cerca al Canal del Beagle se transforme en la “Casa del escritor” en el Fin del Mundo.

En la esquina de Maipú y Juan Luis Piedra Buena, una vieja casa de madera resiste el paso del tiempo. Su fachada con la pintura blanca picada, los techos celestes, las ventanas cerradas y ese aire de abandono no delatan la historia que guarda dentro: la de Lucinda Otero, poeta y descendiente de antiguos pobladores de Ushuaia, cuya voz se perdió entre las ráfagas del sur.

Lucinda no fue una escritora famosa. No publicó libros en editoriales de renombre ni ganó premios nacionales. No obstante, fue declarada Ciudadana Destacada de la Ciudad de Ushuaia y hasta la homenajearon con una calle y una plazoleta con su nombre frente al Centro Polivalente de Artes, ubicada en la intersección de las calles 17 de Mayo, Alem, Yaganes y Avenida Héroes de Malvinas. 

Sus versos hablaban de la tierra, del viento, de la memoria ancestral. De lo que significa pertenecer a un lugar. “Los duendes de los carámbanos”, como titula una de sus obras, eran sus amigos. Los carámbanos son esas pequeñas formaciones de hielo alargadas que se forman en los tejados o los árboles. Los duendes de los que hablaba usaban estas formaciones heladas para transportarse y charlar largas nevadas junto a ella. En su libro los describe como “niños traviesos”. “Así nos hicimos amigos: yo le contaba lo que él quería saber de los humanos y él, lo que yo quería conocer sobre su vida en los carámbanos”. 

Lucinda fue impulsora de la Feria Provincial del Libro, presidió la Asociación Gente de Letras de Tierra del Fuego y trabajó por la reapertura de la Biblioteca Popular Sarmiento. Publicó, entre otros libros, “El Triángulo de Fuego”, “Antología raíces”, y “Cuentos y poemas fueguinos”. 

También le escribió poemas a América Latina: “Mi indómita tierra, por los mitos que te atestiguan tus raíces, dame la fuerza para vencer el origen de tu niebla y surgirás otra vez nueva, sin deudas”. 

Lucinda Otero a orillas del Canal Beagle, junto a un Cormorán, ave típica de Ushuaia.

Además de su faceta literaria y cultural, se destacó por ser buzo. Se la podía ver vestida con los antiguos buzos de goma anteriores al neoprene. Le bastaba caminar solo algunos metros desde la puerta de su casa, en la esquina de las calles Maipú y Piedrabuena, para llegar a las aguas de la bahía.

Así también, Lucinda tuvo su faceta de costurera. Y, además, debió ocupar el rol de directora de la fábrica de conservas de su familia cuando falleció su padre. Don Perfecto Celso Otero llegó a la Argentina en 1915 y en 1921 se mudó a Ushuaia junto a su esposa María Lucilda Saldivia Torres. Lucinda nació como una mujer del sur argentino, 11 años después, en enero de 1932.


Sobre la misma calle Maipú de la Ciudad de Ushuaia se puede observar que la urbanización hizo lo suyo. En un intento de rescatar las historias de las antiguas casas coloniales, muchas de ellas hoy no solo son patrimonio, también son lugar de encuentro y museos. Como lo es la “Antigua Casa Beban” adquirida por una familia de inmigrantes suecos y construida entre los años 1911 y 1913. Hoy está ubicada sobre la misma calle a unas pocas cuadras. Pero con el gran diferencial que sí se pudo poner en valor. 

En aquella esquina de Maipú y Juan Luis Piedra Buena, los años pasan y la vida que supo habitar la casa de Lucinda permanece cerrada, olvidada. La familia Otero llegó en 1940 a esta misma propiedad donde instalaron una fábrica de conservas de moluscos. 

Casa de Lucinda Otero. Esquina de Maipú y Juan Luis Piedrabuena, Ushuaia.

Son considerados como una de las familias centenarias de la ciudad, pero su casa año a año es arrasada por el salitre del mismo Canal Beagle. Marcelo Murphy, periodista reconocido de Ushuaia, declarado embajador de la ciudad y un defensor de la historia local, atiende el teléfono. Se presenta y, con un tono amable, esboza cierta melancolía al recordar los años dorados de la literatura ushuaiense. 

La primera pregunta para él es el “por qué”: “¿Por qué la casa de Lucinda no está entre las que fueron recatadas y restauradas sobre la Avenida Maipú?”. Su respuesta sincera delató que la burocracia y el poder hacen lo suyo: “La casa permanece desde su fallecimiento en litigio judicial”. 

“Su vecino de toda la vida, quien forjó una gran cercanía tras su cuidado, dice tener el poder de la propiedad porque Lucinda en vida se la cedió”, explica Murphy y sigue: “El Juez que llevaba adelante esto se jubiló y todo quedó estancado, mientras la casa año a año se detona más”.

En medio del conflicto y el querer poner en valor la propiedad, en 2007 y a tres años del fallecimiento de Lucinda, aparece una hija que reclama los bienes. Ante esto, el juez Civil y Comercial, Juan José Ureta ordena exhumar el cuerpo con el fin de obtener muestras de tejido para realizar un ADN, el cual da positivo.

Lo cierto es que, desde la muerte de la reconocida escritora, los intereses personales se contraponen con el objetivo y el último deseo de Lucinda. “Ella quería que su casa se convirtiera en ‘La casa del escritor’”, expresa Marcelo.

Su casa, la misma donde vivió con sus padres, obtuvo una placa de recordatorio en el 2005 tras cumplirse un año de su fallecimiento. En una de sus paredes que da a la calle Maipú se puede ver ese rectángulo de bronce que pareciera ser lo único que le da identidad a esa vieja estructura de madera cuya pintura resquebrajada lucha con todas sus fuerzas por perdurar, aunque el tiempo avance. 

Las cortinas de Lucinda aún están colgadas, amarillentas y con algunos agujeros. Allí yace olvidada, pasada por alto ante la mirada de los 141.437 turistas que visitan Ushuaia y la de los fueguinos que recorren las calles. 

En el 2017, la casa de Lucinda fue declarada como Patrimonio Arquitectónico Cultural bajo la Ordenanza Municipal 5.288. Para que esto ocurriese estuvieron implicados vecinos, gestores culturales y el mismo Murphy. La casa de los Otero es una de las pocas construcciones que conserva el estilo original de las viviendas fueguinas del siglo XX. Un símbolo de otra época. Un testimonio vivo. O debería serlo.

Placa recordatoria, colocada a un año del fallecimiento de Lucinda.

La cotidianeidad y la agilidad del tiempo rodean la vivienda. En la vereda de enfrente a su diagonal está “La Casa de la Mujer”, un lugar donde se dan talleres y reuniones que reivindican y defienden el rol y la figura de la mujer. ¿No es algo paradójico esto? Que haciendo tan solo unos pocos pasos, la vivienda de una mujer emblemática para la literatura local se difumina. 

La esquina permanece intacta y a su alrededor la brisa sureña destruye los marcos de sus ventanas. Las bocinas de los autos ingresan por los recovecos que se van generando por acción del tiempo. Durante estos años, la casa de Lucinda supo tener nuevos vecinos. 

A pocos metros y de espaldas a ella, se encuentra una de las principales calles de Ushuaia, “la San Martín”. Con locales que abren sus puertas ante la gran cantidad de turistas que cotidianamente buscan llevarse un recuerdo del Fin del Mundo. Frente a ella, hay un terreno vacío que a su lado pareciera como si existiese una especie de diálogo frente al abandono. Mientras tanto, el Canal Beagle, el mismo que la escritora supo animarse a bucear, es el único testigo de su inmortalidad. 

Los flashes encendidos de los celulares no se dirigen a esta esquina simbólica. Sino más bien al inmenso paisaje que rodea la costa fueguina, esa que alguna vez Lucinda y sus duendes supieron ver. Pareciera que las miradas pasan por al lado de su memoria, casi rozándola, pero sin tener el efecto que ella en vida hubiese querido que tenga su literatura. 

Los intentos por cumplir el último deseo de Lucinda fueron llevados hasta el Consejo Deliberante. En el 2017, el concejal Hugo Victoriano Romero del “Frente para la Victoria” entregó el proyecto “El anhelo de la ilustre Otero” al, por entonces presidente del Consejo, Juan Carlos Pino; y que fue redactado y pensado por una estudiante de la Tecnicatura Superior en Gestión Sociocultural, cuya motivación fue la de contribuir al acervo cultural y al fortalecimiento de la identidad local. 

El proyecto de 2016 tiene como finalidad concretar un espacio dedicado a la literatura, donde los protagonistas no solo sean los escritores sino también los ciudadanos y turistas. Un lugar donde se geste la apropiación cultural fueguina. Cabe mencionar que este pedido se basaba en el “Programa de Rescate del Patrimonio Arquitectónico Cultural de la Ciudad de Ushuaia” creado en el 2013 bajo el número de Ordenanza Municipal 4.419.

En uno de los puntos del mismo, Carolina Alejandra Gomez Zamacola (la autora del proyecto) expone el diagnóstico del momento y lo que dificulta el avance de este: “Tras la investigación de la situación legal de la vivienda involucrada en este proyecto surgieron inconvenientes como falta de interés por parte del Presidente del Concejo deliberante de la Ciudad de Ushuaia para indagar en su situación legal, como también el desconocimiento del programa ‘Rescate del patrimonio arquitectónico’ su ejecución”. Esto lamentablemente deja a la vista que los reconocimientos a la familia y a la propia Lucinda; sumado lo significativo de “los café literarios en su memoria”, como decía Antonino Pilello, vecino y escultor de Ushuaia, ahora “son promesas que se las lleva el viento frío del Sur”. 

La casa de Lucinda aún no se convirtió en lo que muchos imaginaron: un espacio cultural, un refugio para la memoria, un rincón donde las palabras de la poeta pudieran seguir respirando. Un lugar de encuentro para seguir cultivando la lectura y la escritura sureña. 

Hoy, la propiedad permanece en pie, pero sus fuerzas declinan a la par de la de los defensores culturales de la ciudad. Ella subsiste silenciosa, y la poeta ya no está. Mientras tanto, afuera, el viento sigue soplando fuerte en Ushuaia. Adentro, tal vez, los versos de Lucinda aún esperan ser escuchados.


*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.

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