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3J: el movimiento feminista volvió al Congreso impulsado por el dolor y la resistencia frente al ajuste estatal

Miles de mujeres y disidencias marcharon ayer en todo el país. La conmoción nacional por el brutal femicidio de Agostina Vega en Córdoba, las denuncias por el desmantelamiento de las políticas de prevención y el debate sobre el necesario compromiso de los varones marcaron una jornada que se niega a retroceder.

Foto: Clarín
Foto: Clarín

El cielo gris y plomizo sobre la Plaza del Congreso parecía acompañar el humor social de la tarde de ayer. A once años de aquella tarde fundacional de 2015, miles de personas volvieron a trenzar sus pasos sobre las avenidas Callao y Entre Ríos. Pero la atmósfera de este 3 de junio no tuvo nada de conmemorativa; se sintió, desde temprano, como un espacio de resistencia y pura tensión. 

El documento final leído sobre el escenario central, bajo la consigna “¡Vivas, libres y desendeudadxs nos queremos!” no dejó margen para las metáforas: apuntó directo contra la desprotección civil y el desmantelamiento institucional de las políticas públicas. La masividad de la convocatoria demostró que el tejido organizativo del feminismo local conserva intacta su capacidad de reacción, incluso bajo el invierno de la recesión económica y la ofensiva discursiva del Gobierno nacional. Columnas de centrales sindicales, movimientos populares y partidos políticos convivieron con miles de manifestantes independientes que desafiaron el frío para gritar que las vidas de las pibas siguen importando. La plaza no era solo un lugar de protesta, sino un mapa de la resistencia colectiva frente a la crueldad estatal.

Si el clima político ya encendía los discursos, la realidad material de la violencia machista le puso urgencia y lágrimas a la jornada. El femicidio de Agostina Vega, la adolescente de apenas 14 años violada y asesinada en Córdoba, por cuyo crimen la Justicia mantiene detenido a Claudio Barrelier, operó como un trágico e inevitable espejo de Chiara Páez, el asesinato que originó el movimiento hace más de una década. La coincidencia en las edades y en la brutalidad del hecho reabrió una herida profunda en la sociedad y colocó este caso en el centro absoluto del reclamo. El dolor cruzó el país de punta a punta. 

Mientras en Córdoba los abuelos maternos de Agostina, Miguel y Elizabeth, participaban de las movilizaciones locales antes de darle el último adiós a su nieta, en la plaza porteña el nombre de la joven se multiplicaba en carteles escritos a fibra sobre cartulinas violetas. El caso sintetizó el núcleo de la urgencia: la desidia no es abstracta, se cobra vidas concretas todos los días ante la falta de respuestas judiciales rápidas y eficientes.

En medio de esa marea liderada por mujeres, la jornada de ayer también abrió espacio para una profunda reflexión sobre el papel de los hombres en esta lucha. A diferencia de otros años, se evidenció una mayor presencia de varones de distintas generaciones, desde jóvenes universitarios hasta adultos y jubilados, que ocuparon las calles bajo una premisa clara de autocrítica y acompañamiento. El consenso flotante en las calles dictaba que la erradicación de la violencia machista exige un compromiso activo por parte de los hombres, quienes deben dejar de ser espectadores frente a los círculos de agresión. Lejos de plantear la convocatoria como una “guerra de sexos”, el reclamo colectivo interpeló a los varones a entender que la violencia no es un problema privado de las mujeres, sino una degradación social que requiere su implicación directa para desarmar complicidades y conductas violentas. “Es super importante […] los hombres tienen la responsabilidad de aprender”. Sintetizó un militante que acompañaba el avance de las columnas por Avenida de Mayo.

Este debate sobre las responsabilidades colectivas confluyó inevitablemente en la denuncia institucional. El documento consensuado apuntó de forma sistemática contra el desmantelamiento de los programas de prevención, el virtual vaciamiento de la Línea 144 de asistencia a la víctima y la eliminación de los ministerios y secretarías específicas de género por parte de la gestión de Javier Milei. Los manifestantes coincidieron en que el Gobierno nacional está atentando de forma directa contra los propios ciudadanos y, de manera más aguda, contra las mujeres. Las estadísticas de los observatorios independientes, que rozan un femicidio por día en el país, justificaron el estado de alerta generalizado frente a las partidas presupuestarias que sufren fuertes caídas en términos reales. 

El factor económico estuvo presente en toda la jornada bajo una consigna clara: el hambre también es violencia. En los barrios más golpeados, la crisis golpea el doble. Los testimonios coincidieron en que la falta de plata o de un trabajo digno le saca a las mujeres la posibilidad de armar una vida propia, atrapándolas en hogares violentos por pura necesidad de supervivencia.

Hacia las ocho de la noche, el Congreso seguía rodeado por miles de luces de celulares. El sonido de los tambores ensordecía el centro porteño y los pañuelos verdes y violetas se agitaban con fuerza cada vez que desde el escenario se leía el nombre de una nueva víctima. La marcha cruzó a todas las generaciones: mujeres y disidencias de todas las edades dejaron en claro que van a defender sus derechos en la calle, el mismo lugar donde los conquistaron. Al cierre del acto, mientras las columnas comenzaban la desconcentración lenta por la Avenida de Mayo, flotaba en el aire la certeza de que el Ni Una Menos ha mutado para convertirse en una trinchera política crucial de la Argentina de hoy, donde la indiferencia estatal ya no encuentra espacio donde esconderse.

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