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SOCIEDAD

Diseñado para excluir: arquitectura hostil en el casco histórico de Buenos Aires

Mientras el debate sobre la arquitectura hostil crece en distintas ciudades, en la Comuna 1 de la Ciudad de Buenos Aires conviven elementos urbanos diseñados para desalentar la permanencia con proyectos que buscan ampliar la accesibilidad y el uso comunitario del espacio público. A partir de entrevistas con especialistas, vecinos y referentes barriales, esta investigación analiza cómo el diseño urbano puede convertirse tanto en una herramienta de exclusión como de integración, y qué impacto tiene sobre la vida cotidiana en barrios históricos como San Telmo.

En una vereda de San Telmo, un banco de cemento moldeado imita un sillón capitoné y engaña a primera vista. Desde lejos parece acolchonado; de cerca, es una estructura rígida, gris y fría. A pocos metros, otro banco incorpora divisiones metálicas que impiden que una persona pueda recostarse. En distintos puntos del microcentro y del casco histórico aparecen bolardos de hormigón, canteros elevados, apoyabrazos estratégicamente ubicados y superficies diseñadas para incomodar más que para permanecer. Son objetos que se integran al paisaje urbano hasta volverse invisibles, pero que responden a una lógica cada vez más extendida en las grandes ciudades: la arquitectura hostil.

El concepto comenzó a popularizarse en la década del 2010 para describir intervenciones urbanas que buscan desalentar determinados usos del espacio público. Bancos divididos para impedir que alguien duerma sobre ellos, pinchos metálicos colocados bajo puentes o en entradas de edificios, superficies inclinadas para evitar que las personas se sienten o permanezcan demasiado tiempo en un lugar y diseños pensados para favorecer la circulación antes que la permanencia,  forman parte de esta tendencia observada en ciudades como Londres, Nueva York, París, Ciudad de México y también Buenos Aires.

Aunque sus defensores suelen justificar estas intervenciones en nombre de la seguridad, el orden o el mantenimiento urbano, organizaciones sociales, urbanistas y especialistas en derecho a la ciudad cuestionan que muchas de estas soluciones terminan afectando a un conjunto mucho más amplio de personas que aquellas a las que aparentemente buscan desalentar.

La Comuna 1 de la Ciudad de Buenos Aires, que abarca los barrios de Retiro, San Nicolás, Puerto Madero, San Telmo, Monserrat y Constitución, concentra algunas de las expresiones más visibles de esta discusión. Allí conviven edificios históricos, circuitos turísticos, oficinas, espacios financieros, centros de trasbordo y sectores donde también se manifiestan con fuerza problemas vinculados a la vivienda, la pobreza y la desigualdad urbana.

La discusión volvió a cobrar relevancia a partir de una serie de proyectos impulsados en la Junta Comunal 1 que apuntan precisamente a esa dirección contraria: Promover espacios públicos más accesibles, inclusivos y pensados para la permanencia de las personas.

La comunera Luciana Grossi, abogada e integrante de Unión por la Patria, presentó distintas propuestas a la jefatura de la Comuna 1 destinadas a intervenir plazas y plazoletas de la comuna con criterios de accesibilidad universal, perspectiva de género y participación vecinal.

Luciana Grossi 

Por la Ley de Comunas (1777 del 2005) los comuneros tienen la facultad de realizar sugerencias, entre ellas las vinculadas al mobiliario de las distintas plazas. Por medio de proyectos se transfiere la inquietud al Gobierno de la Ciudad, que luego procede o no a aceptar la propuesta.

Los proyectos se enfocan principalmente en el Veredón Juan Carlos Castagnino y el Veredón María Luisa Bemberg, ambos ubicados en San Telmo. Entre las iniciativas presentadas se encuentra la incorporación de pisos hápticos para personas ciegas o con baja visión, senderos lisos que permitan la circulación de usuarios de sillas de ruedas sin eliminar completamente los sectores empedrados, bebederos accesibles, bancos con apoyos para adultos mayores y personas con discapacidad, mejoras en la iluminación, instalación de tomas eléctricas para usuarios de sillas motorizadas o personas electrodependientes y la recuperación de sectores actualmente subutilizados o con problemas de visibilidad.

Veredón Juan Carlos Castagnino

El documento presentado por Grossi plantea una idea que atraviesa toda la discusión: que las plazas dejen de ser simples lugares de paso y vuelvan a convertirse en espacios para habitar en comunidad. Esa premisa parece sencilla, pero abre interrogantes profundos sobre la manera en que se diseñan los espacios públicos en la actualidad.

Veredón María Luisa Bemberg 

Claudia Neira, Legisladora de la Ciudad, manifiesta que en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires no se discute tanto este tema en términos de arquitectura hostil en los debates legislativos, pero sí discuten políticas que pueden producir efectos sobre determinados grupos sociales, efectos de exclusión. También señala que, al hablar de espacio público, ella prefiere ampliar el enfoque. En ese sentido, “plantearse si un banco, por ejemplo, es hostil resulta una forma limitada de pensar la ciudad”. “En realidad, deberíamos preguntarnos qué formas de exclusión estamos generando y a quiénes estamos dejando fuera de ese espacio”.

Claudia Neira, Legisladora CABA

Una ciudad que invita a irse

Para Jaime Sorín, arquitecto, especialista en hábitat y vivienda popular, ex decano de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires y expresidente de la Comisión Nacional de Monumentos, Lugares y Bienes Históricos, el problema excede ampliamente el diseño de un banco o una plaza.

“En la Ciudad de Buenos Aires hace rato que viene con estas historias de que no es una ciudad que incluye. Básicamente, es una ciudad muy hostil y hay toda una política de exclusión para algunos sectores”, sostuvo.

Según Sorín, la arquitectura hostil no afecta únicamente a las personas en situación de calle, que suelen ser las primeras asociadas al concepto. También impacta sobre adultos mayores, personas con discapacidad, mujeres, niños y cualquier ciudadano que necesite permanecer en el espacio público.

Jaime Sorin 

Todo lo que es mobiliario urbano hace rato que viene siendo sumamente molesto. En lugar de ser un mobiliario que incluye, que te invita a estar, al contrario: te invita a estar lo menos posible o directamente a no estar”, afirmó.

La observación remite a una experiencia cotidiana que muchos usuarios de la ciudad reconocen. Bancos sin respaldo, superficies de hormigón que resultan incómodas para permanecer largos períodos sentados, estaciones de transporte donde cada vez hay menos lugares para descansar y espacios públicos que parecen diseñados para acelerar el movimiento de las personas antes que para favorecer el encuentro.

Sorín interpreta estas decisiones como parte de una visión más amplia sobre el espacio urbano. “Es una política antipersonas. En lugar de tener una ciudad de los cuidados, tienes una ciudad que te expulsa o que te agrede”, resumió.

La idea de una “ciudad de los cuidados” aparece cada vez con más frecuencia en los debates urbanísticos contemporáneos. Se trata de una perspectiva que propone diseñar ciudades tomando como punto de partida las necesidades concretas de quienes las habitan: personas mayores, niños, mujeres, personas con discapacidad. 

Para Sorín, Buenos Aires parece haber avanzado durante años en sentido contrario. “Hoy vemos que la ciudad está más pensada para los autos que para las personas”, afirmó.

La frase sintetiza una crítica recurrente entre urbanistas y organizaciones vecinales: la percepción de que gran parte de las transformaciones urbanas recientes priorizaron la circulación, el tránsito y la valorización inmobiliaria por encima de la vida cotidiana de los barrios.

Sobre este tema, Neira sostiene: “Cuando el espacio público privilegia ciertos usos, ciertos consumos, ciertos perfiles de usuarios, y desalienta a otros. En realidad, la discusión deja de ser sobre un banco o sobre un elemento de diseño. Pasa a ser una discusión en definitiva sobre la inclusión, sobre el derecho a la ciudad, sobre qué personas son realmente bienvenidas en el espacio público”.

El espacio público como lugar de encuentro

Según Sorín, la respuesta es evidente.

“Hay que empezar a pensar al espacio público no como un lugar de tránsito, sino como un lugar de sociabilidad, donde puedas conectarte con tu vecino”, explicó.

Esta reflexión adquiere un significado especial si la proyectamos hacia áreas con una historia propia como el barrio de San Telmo, un lugar donde la identidad local todavía preserva dinámicas de vecindad que parecen perderse en otras zonas de la ciudad.

Allí es donde la mirada de Paloma Garay Santaló, licenciada en Geografía por la Universidad de Buenos Aires, docente de Geografía de la Circulación e integrante del colectivo vecinal Casco Histórico Protege, aporta otro ángulo al debate.

Garay Santaló describe a San Telmo como un barrio donde todavía persisten vínculos comunitarios construidos a lo largo de décadas.

“Es un barrio del que cuesta irse. La gente se queda, no se muda. Tiene bastantes códigos amorosos y de cuidados. Es un barrio donde la gente se cuida”, explicó.

Durante la pandemia, sostiene, esas redes vecinales se hicieron particularmente visibles. Vecinos que realizaban compras para personas mayores, comerciantes que colaboraban con quienes no podían salir de sus casas y vínculos cotidianos que funcionaban como formas informales de cuidado mutuo mostraron una dimensión comunitaria que muchas veces permanece invisible.

Sin embargo, también advierte que los espacios físicos donde esos vínculos pueden desarrollarse son cada vez más escasos.

Un barrio con pocos espacios para quedarse

Cuando se habla de espacio público, la imagen que suele aparecer es la de plazas, parques o paseos verdes. Sin embargo, para Paloma Garay Santaló, el problema de San Telmo comienza justamente por una carencia: la falta de espacios públicos de cercanía.

“San Telmo, en particular, tiene el Parque Lezama, que es compartido con Barracas y La Boca. Para muchas puntas del barrio queda muy lejos”, explicó. A esa limitación se suma la dificultad para acceder caminando a otros espacios verdes de la ciudad. La Costanera Sur y los parques de Puerto Madero aparecen relativamente cerca en el mapa, pero las barreras urbanas generadas por las autopistas, el Paseo del Bajo y los grandes ejes viales convierten esos recorridos en trayectos mucho menos amigables para el peatón.

La geógrafa sostiene que muchas veces se habla de espacios verdes disponibles sin analizar cómo se accede realmente a ellos.

“Es muy difícil cruzar todo el eje del Paseo del Bajo y el Bajo propiamente dicho. Es una zona muy complicada para la movilidad peatonal cotidiana”, señaló.

La situación se vuelve más evidente cuando se observan los espacios que los vecinos utilizan efectivamente todos los días. Garay Santaló menciona la plaza ubicada junto a la estación Independencia como un ejemplo de las limitaciones existentes.

“Es un espacio verde subsidiario de un eje vial muy potente. Está al lado de la bajada de las autopistas y de una avenida con mucho tránsito. Está lleno de chicos, pero no deja de ser un espacio atravesado por el ruido y la circulación vehicular”, describió.

La Plaza Dorrego, en la calle Defensa y Humberto 1.°, por su parte, cumple una función diferente. Aunque es uno de los espacios públicos más reconocidos del barrio, su dinámica cotidiana está marcada por el turismo, las ferias y la actividad comercial.

“Tampoco es una plaza barrial. Tiene otra función. Durante la pandemia eso se notó muchísimo”, recordó.

La observación introduce una cuestión central para esta investigación. No todos los espacios públicos cumplen el mismo rol. Algunos funcionan como atractivos turísticos, otros como corredores de circulación y otros como lugares de encuentro para quienes viven en el barrio. Cuando estos últimos escasean, las posibilidades de sociabilidad cotidiana comienzan a reducirse.

Por ese motivo, desde Casco Histórico Protege impulsan hace tiempo la creación de una nueva plaza en un terreno actualmente vacío ubicado en Independencia y Bolívar.

“Creemos que San Telmo necesita una plaza. Venimos pidiendo que el terreno donde estaba la casa de Benoît se transforme en un espacio verde público. Es una zona muy densa y con prácticamente nula oferta de espacios verdes de cercanía”, explicó.

Las veredas que obligan a encontrarse

Si las plazas escasean, gran parte de la vida cotidiana de San Telmo transcurre en otro escenario mucho más modesto: sus veredas.

A diferencia de otros barrios porteños caracterizados por avenidas amplias y circulación acelerada, las calles de San Telmo conservan una escala heredada de la ciudad colonial. Veredas angostas, fachadas continuas y una proximidad constante entre peatones generan dinámicas que todavía sorprenden a quienes llegan desde otras zonas de la ciudad.

Garay Santaló recuerda una observación realizada por un vecino que terminó convirtiéndose para ella en una forma de explicar la identidad barrial.

“Las veredas angostas nos obligan a chocarnos. Uno viene de un lado y otro viene del otro. Como nos cruzamos, nos vemos. Como nos vemos, nos registramos. “Como nos registramos, nos saludamos”, relató.

La frase puede parecer simple, pero encierra una idea profundamente urbana. El diseño de una ciudad no solo organiza desplazamientos; también condiciona formas de relación social.

En San Telmo, explica la geógrafa, los encuentros cotidianos generan una red de vínculos que muchas veces pasa inadvertida para quienes observan el barrio desde afuera.

“Hay códigos que se construyen a partir de esa forma de habitar las calles. Sabes cuándo cruzar de vereda, cuándo evitar los sectores más turísticos, quién vive en cada cuadra. Todo eso genera comunidad”, señaló.

La reflexión dialoga de manera directa con la preocupación planteada por Jaime Sorín sobre la pérdida progresiva de espacios de encuentro.

Mientras la arquitectura hostil parece orientada a reducir la permanencia en el espacio público, las características históricas de San Telmo todavía favorecen encuentros espontáneos que fortalecen la vida comunitaria.

Turismo, identidad y transformación urbana

La relación entre turismo e identidad barrial aparece como otro de los grandes debates que atraviesan actualmente al casco histórico porteño.

San Telmo es uno de los principales destinos turísticos de Buenos Aires. Sus calles adoquinadas, la feria de antigüedades, la Plaza Dorrego, los bares históricos y la presencia permanente de referencias al tango forman parte del imaginario que miles de visitantes buscan experimentar cada año.

Garay Santaló reconoce el valor de ese interés: “Que haya tantos turistas también es motivo de orgullo. Significa que somos representativos de la historia de Buenos Aires. La gente viene a buscar algo que identifica a la ciudad”, afirmó.

Sin embargo, advierte que existe una diferencia importante entre quienes buscan conocer la identidad del barrio y quienes consumen una versión simplificada o estandarizada de ella.

Según su mirada, parte de la oferta comercial comenzó a orientarse más hacia la construcción de una experiencia turística genérica que hacia la preservación de las características propias del lugar.

“Hay una especie de marketinización del barrio. A veces parece que se construye una versión de San Telmo pensada para vender una imagen antes que para mostrar lo que realmente es”, sostuvo.

La crítica también alcanza a algunas transformaciones comerciales recientes.

Uno de los ejemplos que menciona es el Mercado de San Telmo. Históricamente vinculado al abastecimiento cotidiano de los vecinos, en los últimos años experimentó una fuerte reconversión gastronómica orientada al turismo.

“No digo que esté mal que existan propuestas gastronómicas, pero muchas veces se pierde la relación con quienes viven acá. Se transforma en un espacio pensado para consumir más que para encontrarse”, señaló.

Detrás de la observación reaparece una pregunta que atraviesa toda esta investigación: ¿qué ocurre cuando los espacios urbanos comienzan a privilegiar el consumo por encima de la permanencia?

Los lugares donde todavía se construye comunidad

Para comprender la importancia de esta discusión, Garay Santaló propone mirar otro tipo de espacios que rara vez aparecen en los debates urbanísticos: los bares de barrio.

En una esquina de San Telmo funciona uno de los pocos establecimientos donde todavía se reúnen diariamente grupos de vecinos mayores.

“Hay un grupo de hombres grandes que se junta todos los días. Algunos siguen trabajando, otros ya están jubilados. Se encuentran para tomar algo, mirar fútbol, conversar o simplemente saber cómo está cada uno”, contó.

Lo que para muchos podría parecer una rutina sin importancia adquiere otro significado cuando se observa la desaparición progresiva de espacios similares.

“Antes había varios lugares. Había gente que paraba en un bar, otros en otro, otros en el club. Muchos fueron cerrando. Hoy prácticamente queda uno solo”, explicó.

Esos encuentros cumplen funciones que van mucho más allá del entretenimiento. Allí circula información sobre problemas de salud, necesidades económicas, trabajos, dificultades familiares y situaciones de vulnerabilidad.

En otras palabras, la sociabilidad cotidiana también forma parte de la infraestructura de una ciudad.

Y cuando los espacios donde esa sociabilidad ocurre desaparecen, algo más que un comercio deja de existir.

Patrimonio, accesibilidad y el derecho a usar la ciudad

Una de las tensiones más frecuentes en barrios históricos como San Telmo aparece cuando se discute la convivencia entre la preservación patrimonial y las necesidades actuales de accesibilidad.

Los adoquines son uno de los símbolos más reconocibles del barrio. Forman parte de la identidad visual del casco histórico y constituyen un elemento valorado tanto por vecinos como por visitantes. Sin embargo, también representan una dificultad concreta para personas con movilidad reducida, usuarios de sillas de ruedas, adultos mayores o personas que utilizan bastones.

Los proyectos impulsados desde la Comuna 1 intentan responder a esa tensión mediante una solución intermedia: conservar los sectores empedrados de valor patrimonial e incorporar senderos accesibles que permitan la circulación segura de quienes hoy encuentran obstáculos para desplazarse.

Para Jaime Sorín, el conflicto no es técnico, sino político. “Se puede mantener la mayor cantidad posible de patrimonio sin obstruir la posibilidad de desplazamiento de algunos sectores. Ya es un problema de diseño; eso se puede resolver. Lo que no hay es intención de resolverlo”, afirmó.

La observación coincide con parte de las preocupaciones planteadas por Paloma Garay Santaló. La geógrafa reconoce el valor patrimonial de los adoquines, pero advierte que todavía existen numerosas dificultades para garantizar una movilidad verdaderamente inclusiva.

“Siguen faltando rampas, señalización y mejoras en el estado de las veredas y de las calles para facilitar el desplazamiento de personas con movilidad reducida, adultos mayores y también de niños”, explicó.

Además, señaló algunos problemas surgidos a partir de las intervenciones urbanas realizadas en los últimos años en determinadas calles del casco histórico.

“Hay sectores donde la implementación de las obras quedó mal resuelta. En algunos tramos la calle terminó quedando más alta que la vereda y eso genera dificultades para cruzar”, sostuvo.

Lo que aparece en estas observaciones es una cuestión recurrente en el debate urbano contemporáneo: la diferencia entre diseñar para una ciudad idealizada y diseñar para los cuerpos concretos que la recorren todos los días.

Los puntos ciegos de la Ciudad

Otro de los problemas detectados en los relevamientos realizados por la Comuna 1 tiene que ver con la existencia de sectores poco visibles dentro de algunas plazas y plazoletas.

En distintos espacios públicos aparecen rincones que permanecen ocultos detrás de la vegetación o alejados de los recorridos principales. Según los diagnósticos comunales, estos sectores generan sensación de inseguridad y, en algunos casos, terminan siendo utilizados como baños improvisados.

La situación afecta especialmente a mujeres, personas mayores y familias con niños.

Sorín considera que la existencia de estos espacios responde muchas veces a errores de diseño. “Para un lugar público, lo primero que tiene que haber es una iluminación que permita circular y quedarse con tranquilidad. Que no haya lugares ciegos, que no haya lugares donde pueda esconderse gente”, explicó.

El arquitecto sostiene que una plaza bien diseñada debe favorecer la visibilidad y el control social espontáneo que generan las personas cuando utilizan el espacio.

“La seguridad no se construye solamente con cámaras o patrulleros. También se construye diseñando lugares que puedan ser usados por la comunidad”, señaló.

La observación coincide con enfoques contemporáneos del urbanismo que entienden la presencia constante de vecinos como una de las principales herramientas para mejorar la seguridad urbana.

En este sentido, una plaza vacía puede resultar mucho más insegura que una plaza llena de personas realizando actividades diversas.

Envejecer en la ciudad

Dentro de las propuestas impulsadas desde la Comuna 1 aparece además una preocupación específica por las personas mayores, ya que la comuna es la segunda más longeva de la ciudad de Buenos Aires a partir del estudio del investigador del Conicet Fernando Manzano.

Uno de los proyectos contempla la creación de un circuito para mayores de 60 años en Parque Lezama, inspirado en las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud sobre envejecimiento activo. La iniciativa incluye señalización para caminatas, aparatos destinados al desarrollo de la motricidad y espacios pensados para fomentar la actividad física en adultos mayores.

La propuesta abre otro debate: si las ciudades deben crear espacios exclusivos para determinados grupos o si, por el contrario, deberían diseñarse de manera que resulten accesibles para todos desde el inicio.

Para Sorín, la segunda opción es la más deseable. “El desafío es pensar ciudades inclusivas para todos. Que cualquier persona pueda utilizarlas independientemente de su edad o condición física”, sostuvo.

La reflexión vuelve a colocar el foco sobre la arquitectura hostil. Un banco incómodo puede resultar una molestia menor para un adulto joven que permanece sentado algunos minutos. Para una persona mayor con problemas de movilidad, en cambio, puede significar directamente la imposibilidad de utilizar ese espacio.

La ciudad vista desde sus vecinos

Durante las recorridas realizadas para esta investigación, los vecinos consultados no conocían inicialmente el término “arquitectura hostil”. Sin embargo, una vez explicado el concepto, identificaron con rapidez ejemplos presentes en distintos puntos de la ciudad.

Juan Carlos, quien reside y trabaja como encargado en San Telmo, manifestó su malestar de manera contundente. “Es un desastre. Preferible que no instalen nada. No se comprende el objetivo. “Resulta contradictorio unir la arquitectura, que debería ser algo placentero, con el término hostil, que implica incomodidad”, señaló.

Su respuesta fue espontánea y crítica. “Para lograr eso, directamente coloquen un cercado o alambre de púas”, sentenció.

Felipe, otro vecino de la zona, puso el foco en el impacto visual y funcional de estos elementos urbanos. “Me resulta sumamente antiestético. “Si el propósito es evitar que estemos a gusto, me parece un error total”, analizó.

Asimismo, realizó un paralelismo que evoca el pasado del entorno urbano: “Lo valioso de los barrios antiguos era justamente eso: contaban con un diseño ameno que invitaba a la mirada”. A pesar de expresarse con palabras simples y alejadas del rigor académico, ambos testimonios ilustran un sentimiento colectivo: la noción de que el mobiliario público actual parece proyectado para expulsar a los ciudadanos de sus propios espacios.

¿Una ciudad para circular o una ciudad para vivir?

A lo largo de esta investigación aparecieron diferentes miradas sobre el mismo problema.

Los proyectos impulsados desde la Comuna 1, las observaciones de Paloma Garay Santaló sobre la vida comunitaria de San Telmo, las críticas de Jaime Sorín al mobiliario urbano contemporáneo, la visión legislativa y los testimonios recogidos entre vecinos parecen converger en una pregunta común.

¿Para qué sirve el espacio público?

Durante décadas, gran parte de las transformaciones urbanas estuvieron orientadas a mejorar la circulación de vehículos, acelerar desplazamientos y optimizar flujos de tránsito. Sin embargo, cada vez más especialistas advierten que una ciudad no puede evaluarse únicamente por la velocidad con la que las personas la atraviesan; también importa la posibilidad de permanecer en una plaza, en una vereda, en un banco, conversando con un vecino, permanecer formando parte de una comunidad.

“Hay que volver a pensar la ciudad desde otro punto de vista”, sostuvo Sorín durante la entrevista. La frase funciona también como una síntesis del debate.

Detrás de cada banco dividido por barras metálicas, de cada espacio diseñado para acelerar el paso o de cada rincón urbano pensado para desalentar la permanencia, aparece una discusión mucho más profunda que una cuestión estética.

Y en una época marcada por la soledad urbana, el aislamiento y el debilitamiento de los vínculos comunitarios, la pregunta por quién tiene derecho a quedarse en el espacio público parece adquirir más relevancia que nunca.

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