El 24 de junio de 2021 se sancionó la Ley de acceso al empleo formal para personas trans. En este informe se podrán conocer detalles sobre su implementación en ciudades como Bahía Blanca y Comodoro Rivadavia.
El 24 de junio de 2021 se sancionó la Ley de acceso al empleo formal para personas trans. En este informe se podrán conocer detalles sobre su implementación en ciudades como Bahía Blanca y Comodoro Rivadavia.
Es pleno junio de 1982. La puerta de una casa en Trevelin se abre y el tiempo se detiene en una mirada. Una madre se para frente al joven que acababa de regresar. Son segundos interminables. No logra reconocerlo: él se había ido a unas islas muy famosas con más de 60 kilos y ahora está ahí parado, de vuelta en la cordillera; todo flacucho: no debe pasar mucho más que 40. Irreconocible.
“La primera que me recibió fue mi mamá y no me reconoció”, recuerda José Hidalgo sobre ese shock inicial. El desafío ya no era sobrevivir a las bombas, sino aprender a habitar de nuevo la normalidad, la “nueva normalidad”.
Ese frío modificó incluso su percepción del presente. Mientras a su alrededor todos se abrigaban para combatir el invierno cordillerano, su temperatura interna funcionaba al revés: habitaba su casa sintiendo la necesidad de andar con ropa liviana, incapaz de descifrar por qué los suyos se envolvían en pulóveres y bufandas. Las islas lo habían habituado a un desamparo tan constante que el clima de su pueblo le parecía templado en comparación con el viento de las trincheras.
Pronto descubrió que el territorio más difícil de recuperar era el propio sueño. La calle pasó a ser un terreno hostil y salir implicaba exponerse, por eso eligió refugiarse entre sus paredes, convirtiendo el aislamiento en un mecanismo de defensa frente a un mundo que continuaba su ritmo.
Puertas adentro, su familia tuvo que descifrar ese mapa de silencios y tensiones. “Mis hermanos simplemente me observaban mucho, estaban muy impactados, y mi mamá guardaba silencio y prefería no hacerme preguntas sobre la guerra”, rememora Hidalgo. Sin embargo, la rutina familiar albergaba contradicciones: “Mi papá me preguntaba mucho y a mí me incomodaba hablar del tema. Venían otros familiares a verme, pero yo no quería hablar de la guerra con nadie”.
Esa resistencia guardaba relación con su propia historia: siendo el menor de ocho hermanos en un hogar de esfuerzo diario, José aprendió desde chico el valor de las changas. A los 15 años se mudó solo a Trelew para trabajar en una fábrica de medias, y a los 18, el Servicio Militar Obligatorio lo trasladó al Regimiento Infantería 8 Mecanizada en Comodoro Rivadavia. Creía que el regimiento sería un paréntesis de un año, no imaginaba que ese uniforme sería su única piel en el Atlántico Sur.
Al enterarse de su destino, sintió un miedo inevitable. Tras arribar el 3 de abril, el paisaje se volvió una trampa de improvisación: mientras él sabía manejar armas por el regimiento, a su lado convivía con jóvenes que jamás habían disparado un fusil. Durante aquel mes, la tarea fue mecánica: armar campamentos y cavar pozos en un territorio vigilado por la alta tecnología inglesa, que volvía inútil cualquier esfuerzo de defensa.
Fotografía de la exposición “Las fotos recuperadas de Malvinas”. Créditos: Archivo Télam
La habitualidad en las islas se transformó en una carrera de resistencia contra el propio cuerpo. Cuando las bombas no obligaban a buscar refugio en la humedad de los pozos, el frío se metía en los huesos a través de botas de goma y ropas que eran escudos de papel frente al clima helado. A eso se sumaba el hambre: “Comíamos cuando podíamos; a veces, solo una vez al día”, relata sobre la urgencia de lograr que el organismo siguiera funcionando.
El 14 de junio de 1982, tras ser tomado como prisionero por las tropas británicas, José se enfrentó a una paradoja amarga: la sensación de que, en la derrota, estaban recibiendo de los ingleses una humanidad que sus propios superiores les habían negado en el frente. “Los ingleses nos trataron mejor, nos dieron otra ropa y nos alimentaban, aunque no podíamos comer mucho por el bajo peso, porque nos podíamos morir”, rememora sobre el encuentro con un enemigo que les aseguraba que los argentinos “estaban locos” por ir a hacer una guerra en esas condiciones.
El regreso a casa estuvo cargado de la misma incertidumbre que al irse unos meses antes. En medio de las negociaciones, los ingleses barajaron la opción de trasladar a los prisioneros hacia Uruguay. Finalmente, el retorno se destrabó bajo una condición estricta: la firma de un acuerdo de no volver a Malvinas. Solo bajo esa promesa forzada, José pudo subir al buque que lo traería de vuelta a una Argentina que se preparaba para mirar hacia otro lado. El joven descubrió pronto que el uniforme que había defendido con el cuerpo se transformaba en un estigma a la hora de buscar el sustento.
José Hidalgo (campera verde) junto a otros excombatientes de Trevelin, Chubut. Créditos: Diario La Portada, Chubut
Para conseguir un empleo estable, él tuvo que aprender a omitir su pasado: ocultaba ante los empleadores que era exsoldado de Malvinas, porque las empresas esquivaban contratar a los sobrevivientes del conflicto. En paralelo a ese muro laboral, las secuelas psicológicas seguían latentes en la intimidad. El estrés postraumático y los recuerdos se manifestaron en su cuerpo: le dejaron una psoriasis como marca imborrable.
A pesar del trauma acumulado y de las imágenes que lo asaltan hasta hoy, 44 años después, el exsoldado rechazó la asistencia de profesionales de la salud mental. Prefirió no acudir a terapia y eligió carriles de sanación mucho más íntimos. La verdadera terapia no llegó desde el diván, sino a través de los lazos afectivos que empezó a tejer a comienzos de la década del 90. En ese tiempo conoció a su esposa, con quien construyó un hogar y tuvo tres hijos.
Para José formar esa familia se convirtió en el espacio de salvación definitivo, el ancla fundamental que le permitió procesar los fantasmas de lo vivido y proyectar un futuro en su tierra. Su vida laboral encontró estabilidad lejos de los prejuicios en los pasillos escolares de su pueblo, donde trabajó durante años como portero de una escuela secundaria. Hoy, jubilado de ese oficio que le dio el afecto diario de la comunidad educativa, pasa sus días en Trevelin refugiado en una pasión que funciona como su principal medicina: la música.
José Hidalgo en el centro con campera verde, en el acto del 2º de abril de 2026 en Trevelin junto al intendente, Héctor Ingram. Créditos: Canal 4 Esquel – Trevelin
A los 64 años, José Hidalgo lleva las marcas de la guerra con la dignidad intacta de quien aprendió a sanar al amparo de los suyos y de la música como terapia. Aunque la memoria de las trincheras permanece fija, su postura respecto al territorio que defendió a los 18 años es inquebrantable. Sostiene con firmeza que nunca regresará a las islas si para hacerlo debe presentar un pasaporte internacional.
Para el veterano trevelinense realizar ese trámite burocrático significaría validar una soberanía extranjera sobre un suelo que considera indiscutiblemente argentino. José prefiere quedarse con la geografía de sus recuerdos y la calidez de la cordillera, convencido de que las Malvinas no se reclaman en una frontera impuesta, sino que se llevan grabadas en el alma.
A 60 kilómetros de Posadas, el tiempo se frena entre muros de piedra. Las Ruinas de San Ignacio aparecen cubiertas de musgo y silencio, como si la tierra colorada de Misiones decidiera guardarlas solo para ella. Fue aquí donde, en el siglo XVII, guaraníes y jesuitas levantaron una de las reducciones más emblemáticas, guiadas por Antonio Ruiz de Montoya. Hoy quedan las paredes, el templo sin techo y esa quietud que llegó después del fuego en 1817, tras la invasión de tropas paraguayas.
Edificadas con piedra arenisca rosada y piedra “itacuru”, el antiguo asentamiento jesuita conserva la magia arquitectónica de la época. En la parte central de las reducciones se encuentra la plaza con varios edificios majestuosos, en el fondo se ubica el templo y en los alrededores la residencia de los sacerdotes, el cabildo, los talleres y el cementerio donde se percibe el sosiego de las almas del lugar. Estas edificaciones que mezclan el estilo barroco y español sobresalen entre la vegetación como surcos imborrables del pasado, permitiendo imaginar el transcurrir de la vida cotidiana dentro de una de las comunidades más emblemáticas de Misiones.
El sendero principal de la comunidad refleja uno de los pilares primordiales de la Iglesia: la evangelización, según el Ministerio de Turismo de Misiones. El templo era el lugar más concurrido y contenían tallados, ángeles que representaban el equilibrio entre la vida humana y espiritual. El repique de su campanario marcaba el inicio de las actividades de los nativos del lugar.
Desde 1984, las Ruinas de San Ignacio son declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Al año, más de 300.000 turistas las recorren atraídos por la belleza del arte barroco-guaraní. En cada pared de piedra subsisten tallas de símbolos religiosos y formas inspiradas en la naturaleza, huellas del delicado trabajo artesanal guaraní que aún mantienen viva la esencia jesuítica.
Hoy las ruinas respiran distinto según la hora. De día, los guías te conducen entre las antiguas reducciones para contar la historia de la vida de los nativos y jesuitas. Pero a la noche, San Ignacio cambia de piel: de miércoles a domingo -entre julio y agosto de 2025- las centenarias piedras se encienden en un espectáculo de imagen y sonido, donde durante 45 minutos proyecciones y música reviven aquellos ecos de la época.
“Cada vez que ingreso a trabajar en las Ruinas de San Ignacio siento que el lugar tiene algo diferente para mostrar. No sé si es el silencio o el cantar de los pájaros, o como la luz atraviesa las piedras al atardecer”, expresa Sofía, trabajadora del lugar. Ella lleva años trabajando como guía y todavía se sigue emocionando al ver la reacción de la gente cuando escucha la historia del lugar por primera vez. Al respecto, cuenta: “Muchos llegan pensando que solo van a ver construcciones antiguas, pero terminan creando una conexión con todo lo que ocurrió acá: la vida de los guaraníes, el trabajo de los jesuitas y el arte que plasmaron entre estas paredes”.
“Lo que más me gusta es cuando los visitantes se quedan observando en silencio, porque ahí entendés que las ruinas transmiten algo más que historia”, comenta Sofía y sigue: “Para nosotros los misioneros, este sitio representa parte de nuestra identidad y poder compartir eso con personas de distintos lugares es una experiencia muy especial”.
En la celebración por Semana Santa, miles de fieles participan de la Misa Popular de las Misiones bajo el profundo cielo iluminado por las estrellas, deleitándose con las presentaciones del Chango Spasiuk y una sinfonía de orquesta. “Vine por primera vez a la celebración de la misa central y fue una experiencia imposible de olvidar. Sentí una mezcla de paz, fe y admiración por todo lo que representa este lugar”, comparte Martina, una turista brasileña.
Créditos: Argentina.gob.ar
Pasar por las Ruinas de San Ignacio implica llevarse un trozo de selva en el cuerpo. El rojo de la tierra misionera queda impregnado en los zapatos y el eco de los cánticos guaraníes permanecen en la atmósfera. Al cruzar la salida, el susurro del viento se siente como un secreto compartido, mientras el sabor de la brisa del Paraná te roza los labios.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
En una calle tranquila y alejada del centro de Victoria, Entre Ríos, una casa azul rompe con la monotonía del barrio. Sobre las paredes aparecen pintadas figuras extraterrestres, planetas y naves, mientras un cartel blanco anuncia “Museo del Ovni” en letras enormes. Adentro, una figura humanoide de ojos negros y piel verdosa parece recibir a cada visitante desde la entrada.
Entre luces tenues, fotografías borrosas, recortes periodísticos y vitrinas repletas de objetos extraños, el lugar conserva historias que desde hace décadas intentan responder una misma pregunta: qué ocurre allá arriba.
El Museo del Ovni fue inaugurado en 2005 por Silvia Pérez Simondini y su hija Andrea, integrantes del equipo Visión Ovni, organización que desde 1991 investiga fenómenos aéreos no identificados en Victoria y otras regiones del país. Con el paso de los años, el espacio se convirtió en el único museo argentino dedicado exclusivamente al estudio del fenómeno ovni desde una perspectiva investigativa y científica.
Al comenzar el recorrido, las paredes se llenan de infografías, mapas y recortes de diarios que reconstruyen algunos de los casos más emblemáticos de Entre Ríos y del resto del país. Entre tantos expedientes y testimonios, resulta inevitable preguntarse cómo comenzó todo, y la respuesta remite a una experiencia quePérez Simondini vivió décadas atrás en Caleta Olivia.
Mucho antes de fundar el museo, observó junto a vecinos un enorme objeto suspendido sobre su casa el 18 de agosto de 1968. Años después recordaría aquella imagen como “una moneda gigante, algo chato, color plomo”; aquella experiencia fue el comienzo de una búsqueda que, décadas más tarde, encontraría su lugar entre las paredes de esta casa azul.
Atraída por los reiterados relatos de avistamientos en la zona, Pérez Simondini llegó a Victoria para investigar un fenómeno que, según sostenía, se manifestaba de una manera particular. Para ella, las luces y objetos observados en la región parecían tener un comportamiento distinto, y afirmaba que “en Victoria están abajo”, en referencia a los testimonios que describen apariciones nocturnas sobre el río Paraná.
Convencida de que allí encontraría respuestas, dejó Buenos Aires, vendió sus pertenencias y se instaló definitivamente en la ciudad entrerriana. Con el tiempo, ese trabajo de investigación dio origen al museo, que hoy sigue ampliando su colección con nuevas donaciones y casos incorporados.
En las vitrinas se exhiben fragmentos de un objeto caído en 1957 en Ubatuba, Brasil, y que fueron analizados por especialistas internacionales, entre ellos, el astrofísico Jacques Vallée. El recorrido también incluye restos de la estación espacial soviética Salyut 7; muestras de tierra extraídas de las llamadas “huellas”; la camisa quemada de Modesto Colman —vinculada a uno de los casos más conocidos de la región— ; y videos registrados por el equipo de Visión Ovni. También pinturas, artesanías y otras donaciones realizadas por visitantes completan una colección tan diversa como las historias que intenta documentar. De fondo: viejas entrevistas y grabaciones acompañan el recorrido por la casa.
Durante la visita, Alejandra Trucco, guía del museo, explicó que el espacio recibe visitantes todo el año. Ubicado en la esquina de San Miguel y Rondeau, abre los fines de semana y feriados de 10 a 12:30 y de 16 a 19 horas. Además de las exposiciones, el lugar cuenta con una biblioteca y videoteca temáticas, y una pequeña tienda donde se venden recuerdos inspirados en el fenómeno ovni. “Viene mucha gente interesada en el tema, investigadores y también creadores de contenido”, señaló. Además, destacó que las exposiciones se renuevan constantemente y que los congresos internacionales de ufología realizados en Victoria reúnen especialistas de distintos países.
A medida que avanza el recorrido, el museo deja de parecer únicamente una colección de objetos extraños. Cada sala, cada registro y cada historia reconstruyen el camino de una mujer que convirtió una experiencia inexplicable en el trabajo de toda una vida. Afuera, la casa azul vuelve a mezclarse entre las viviendas del barrio; adentro, la mirada sigue puesta en el cielo.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.