Ley de etiquetado: Un avance hacia la salud pública
La Ley sancionada indica que los productos que sobrepasen los límites fijados OPS deberán tener en el frente de sus envases una etiqueta octogonal negra, con borde y letras de color blanco, que advierta sobre el exceso del nutriente crítico que corresponda en cada caso.
La Ley sancionada indica que los productos que sobrepasen los límites fijados OPS deberán tener en el frente de sus envases una etiqueta octogonal negra, con borde y letras de color blanco, que advierta sobre el exceso del nutriente crítico que corresponda en cada caso.
Producción: Marcos Sanchez (Buenos Aires), Alejo Bernardos (La Pampa) y Fernando Maggio (Buenos Aires).
A 60 kilómetros de Posadas, el tiempo se frena entre muros de piedra. Las Ruinas de San Ignacio aparecen cubiertas de musgo y silencio, como si la tierra colorada de Misiones decidiera guardarlas solo para ella. Fue aquí donde, en el siglo XVII, guaraníes y jesuitas levantaron una de las reducciones más emblemáticas, guiadas por Antonio Ruiz de Montoya. Hoy quedan las paredes, el templo sin techo y esa quietud que llegó después del fuego en 1817, tras la invasión de tropas paraguayas.
Edificadas con piedra arenisca rosada y piedra “itacuru”, el antiguo asentamiento jesuita conserva la magia arquitectónica de la época. En la parte central de las reducciones se encuentra la plaza con varios edificios majestuosos, en el fondo se ubica el templo y en los alrededores la residencia de los sacerdotes, el cabildo, los talleres y el cementerio donde se percibe el sosiego de las almas del lugar. Estas edificaciones que mezclan el estilo barroco y español sobresalen entre la vegetación como surcos imborrables del pasado, permitiendo imaginar el transcurrir de la vida cotidiana dentro de una de las comunidades más emblemáticas de Misiones.
El sendero principal de la comunidad refleja uno de los pilares primordiales de la Iglesia: la evangelización, según el Ministerio de Turismo de Misiones. El templo era el lugar más concurrido y contenían tallados, ángeles que representaban el equilibrio entre la vida humana y espiritual. El repique de su campanario marcaba el inicio de las actividades de los nativos del lugar.
Desde 1984, las Ruinas de San Ignacio son declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Al año, más de 300.000 turistas las recorren atraídos por la belleza del arte barroco-guaraní. En cada pared de piedra subsisten tallas de símbolos religiosos y formas inspiradas en la naturaleza, huellas del delicado trabajo artesanal guaraní que aún mantienen viva la esencia jesuítica.
Hoy las ruinas respiran distinto según la hora. De día, los guías te conducen entre las antiguas reducciones para contar la historia de la vida de los nativos y jesuitas. Pero a la noche, San Ignacio cambia de piel: de miércoles a domingo -entre julio y agosto de 2025- las centenarias piedras se encienden en un espectáculo de imagen y sonido, donde durante 45 minutos proyecciones y música reviven aquellos ecos de la época.
“Cada vez que ingreso a trabajar en las Ruinas de San Ignacio siento que el lugar tiene algo diferente para mostrar. No sé si es el silencio o el cantar de los pájaros, o como la luz atraviesa las piedras al atardecer”, expresa Sofía, trabajadora del lugar. Ella lleva años trabajando como guía y todavía se sigue emocionando al ver la reacción de la gente cuando escucha la historia del lugar por primera vez. Al respecto, cuenta: “Muchos llegan pensando que solo van a ver construcciones antiguas, pero terminan creando una conexión con todo lo que ocurrió acá: la vida de los guaraníes, el trabajo de los jesuitas y el arte que plasmaron entre estas paredes”.
“Lo que más me gusta es cuando los visitantes se quedan observando en silencio, porque ahí entendés que las ruinas transmiten algo más que historia”, comenta Sofía y sigue: “Para nosotros los misioneros, este sitio representa parte de nuestra identidad y poder compartir eso con personas de distintos lugares es una experiencia muy especial”.
En la celebración por Semana Santa, miles de fieles participan de la Misa Popular de las Misiones bajo el profundo cielo iluminado por las estrellas, deleitándose con las presentaciones del Chango Spasiuk y una sinfonía de orquesta. “Vine por primera vez a la celebración de la misa central y fue una experiencia imposible de olvidar. Sentí una mezcla de paz, fe y admiración por todo lo que representa este lugar”, comparte Martina, una turista brasileña.
Créditos: Argentina.gob.ar
Pasar por las Ruinas de San Ignacio implica llevarse un trozo de selva en el cuerpo. El rojo de la tierra misionera queda impregnado en los zapatos y el eco de los cánticos guaraníes permanecen en la atmósfera. Al cruzar la salida, el susurro del viento se siente como un secreto compartido, mientras el sabor de la brisa del Paraná te roza los labios.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
En una calle tranquila y alejada del centro de Victoria, Entre Ríos, una casa azul rompe con la monotonía del barrio. Sobre las paredes aparecen pintadas figuras extraterrestres, planetas y naves, mientras un cartel blanco anuncia “Museo del Ovni” en letras enormes. Adentro, una figura humanoide de ojos negros y piel verdosa parece recibir a cada visitante desde la entrada.
Entre luces tenues, fotografías borrosas, recortes periodísticos y vitrinas repletas de objetos extraños, el lugar conserva historias que desde hace décadas intentan responder una misma pregunta: qué ocurre allá arriba.
El Museo del Ovni fue inaugurado en 2005 por Silvia Pérez Simondini y su hija Andrea, integrantes del equipo Visión Ovni, organización que desde 1991 investiga fenómenos aéreos no identificados en Victoria y otras regiones del país. Con el paso de los años, el espacio se convirtió en el único museo argentino dedicado exclusivamente al estudio del fenómeno ovni desde una perspectiva investigativa y científica.
Al comenzar el recorrido, las paredes se llenan de infografías, mapas y recortes de diarios que reconstruyen algunos de los casos más emblemáticos de Entre Ríos y del resto del país. Entre tantos expedientes y testimonios, resulta inevitable preguntarse cómo comenzó todo, y la respuesta remite a una experiencia quePérez Simondini vivió décadas atrás en Caleta Olivia.
Mucho antes de fundar el museo, observó junto a vecinos un enorme objeto suspendido sobre su casa el 18 de agosto de 1968. Años después recordaría aquella imagen como “una moneda gigante, algo chato, color plomo”; aquella experiencia fue el comienzo de una búsqueda que, décadas más tarde, encontraría su lugar entre las paredes de esta casa azul.
Atraída por los reiterados relatos de avistamientos en la zona, Pérez Simondini llegó a Victoria para investigar un fenómeno que, según sostenía, se manifestaba de una manera particular. Para ella, las luces y objetos observados en la región parecían tener un comportamiento distinto, y afirmaba que “en Victoria están abajo”, en referencia a los testimonios que describen apariciones nocturnas sobre el río Paraná.
Convencida de que allí encontraría respuestas, dejó Buenos Aires, vendió sus pertenencias y se instaló definitivamente en la ciudad entrerriana. Con el tiempo, ese trabajo de investigación dio origen al museo, que hoy sigue ampliando su colección con nuevas donaciones y casos incorporados.
En las vitrinas se exhiben fragmentos de un objeto caído en 1957 en Ubatuba, Brasil, y que fueron analizados por especialistas internacionales, entre ellos, el astrofísico Jacques Vallée. El recorrido también incluye restos de la estación espacial soviética Salyut 7; muestras de tierra extraídas de las llamadas “huellas”; la camisa quemada de Modesto Colman —vinculada a uno de los casos más conocidos de la región— ; y videos registrados por el equipo de Visión Ovni. También pinturas, artesanías y otras donaciones realizadas por visitantes completan una colección tan diversa como las historias que intenta documentar. De fondo: viejas entrevistas y grabaciones acompañan el recorrido por la casa.
Durante la visita, Alejandra Trucco, guía del museo, explicó que el espacio recibe visitantes todo el año. Ubicado en la esquina de San Miguel y Rondeau, abre los fines de semana y feriados de 10 a 12:30 y de 16 a 19 horas. Además de las exposiciones, el lugar cuenta con una biblioteca y videoteca temáticas, y una pequeña tienda donde se venden recuerdos inspirados en el fenómeno ovni. “Viene mucha gente interesada en el tema, investigadores y también creadores de contenido”, señaló. Además, destacó que las exposiciones se renuevan constantemente y que los congresos internacionales de ufología realizados en Victoria reúnen especialistas de distintos países.
A medida que avanza el recorrido, el museo deja de parecer únicamente una colección de objetos extraños. Cada sala, cada registro y cada historia reconstruyen el camino de una mujer que convirtió una experiencia inexplicable en el trabajo de toda una vida. Afuera, la casa azul vuelve a mezclarse entre las viviendas del barrio; adentro, la mirada sigue puesta en el cielo.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
En las canchas de la Asociación de Sordos de Santa Fe (ASORSAFE), el deporte es la herramienta principal para fortalecer la identidad. La institución coordina diversos espacios donde la Lengua de Señas Argentina (LSA) dicta cada jugada sin intermediarios. A través de la gestión de su Subcomisión y el análisis de especialistas en mediación lingüística y educación especial con orientación en Sordos e Hipoacúsicos, se revela cómo el club se transforma en un territorio libre de barreras donde el orgullo de pertenecer se entrena todos los días.
Cuando la pelota empieza a rodar en el predio de ASORSAFE, el ambiente cambia. No hace falta el sonido de un silbato para entender que el juego empezó; acá la mirada es la que manda y la LSA organiza cada movimiento en la cancha. Lo que para cualquier club es rutina, para esta institución es un acto de resistencia cultural y autonomía.
La Subcomisión de Deportes de la asociación trabaja con un norte claro: que nadie se quede afuera. Román Sotelo, quien preside este espacio, especifica que el objetivo principal es fomentar la práctica física en todas las edades, desde los jóvenes hasta los adultos. Actualmente, la propuesta es amplia: cuentan con un equipo de fútbol 11 con jugadores de entre 15 y 40 años, grupos de básquet masculino y hasta encuentros de pádel que integran a deportistas de hasta 70 años.
Un dato clave es el crecimiento del deporte femenino: aunque hace un tiempo la participación de las mujeres había bajado, hoy están volviendo a ganar terreno y el grupo avanza otra vez. Además, el futsal pisa fuerte con categorías juveniles y de veteranos que llegan a los 60 años. “Invitamos a los jóvenes de la escuela de sordos a que se sumen y, a su vez, motiven a los más chicos a participar”, detalla Sotelo sobre la importancia de pasar la posta.
Para quienes forman parte de ASORSAFE, jugar en un contexto propio marca una diferencia abismal. Sebastián Bruno, mediador sordo y profesor de Educación Especial con orientación en Sordos e Hipoacúsicos, señala que estos encuentros permiten generar lazos muy fuertes porque el vínculo se da en un entorno lingüístico y cultural propio. “Es un espacio donde las barreras comunicacionales se derriban”, dice. Además, agrega que esa “carga negativa” que a veces aparece en el mundo oyente, acá “no existe”.
En la cancha, la comunicación tiene sus propias reglas. Se usan señas específicas para las estrategias de juego, pero gran parte del entendimiento pasa por lo visual y las expresiones no manuales. Asimismo, Bruno resalta que tener un técnico que dé las indicaciones directamente en LSA es fundamental, ya que el mensaje llega en la lengua propia de los deportistas.
Este cruce en el club genera un “intercambio recíproco”: mientras los adultos pasan sus experiencias y vivencias, las nuevas generaciones aportan sus propias visiones y nuevos términos al lenguaje. Es, básicamente, el escenario donde la cultura sorda se mantiene viva y se transforma día tras día.
La diferencia entre un espacio convencional y uno diseñado bajo la perspectiva de la comunidad sorda es la comodidad cultural. Según Bruno, un ámbito pensado desde la comunidad permite un desempeño con total autonomía y sin barreras lingüísticas. En cambio, en los espacios convencionales suelen aparecer “desencajes culturales” o malentendidos por la falta de una lengua en común.
La exigencia en la institución no se queda solo en lo recreativo; hay una mirada puesta en el rendimiento y en representar a la entidad de la mejor manera. El referente de la gestión deportiva, Sotelo, comparte que el entrenamiento y la preparación física constante son fundamentales para fortalecer al grupo y “estar en condiciones” para competir en los torneos de sordos que se realizan en otras provincias. Esta faceta competitiva es la que motiva a muchos socios a mantener una disciplina diaria que va más allá de un simple pasatiempo de fin de semana.
Por su parte, el mediador sordo cree que el impacto de este movimiento trasciende las líneas de cal de la cancha, ya que funciona como un engranaje que activa toda la vida social. El profesor explica que el juego es el gran impulsor de eventos festivos, reuniones, planes compartidos; y sostiene que esta dinámica “le da sentido de pertenencia en lo individual y colectivo a la asociación”, convirtiéndose en un motor de organización grupal que le otorga un valor agregado a la rutina de sus integrantes.
El impacto de estas actividades va mucho más allá del marcador de un partido. Como subraya la Subcomisión: la práctica deportiva genera viajes y una organización grupal. Es el lugar donde ser sordo se vive con orgullo y donde ASORSAFE reafirma su rol como la casa de una comunidad que elige el encuentro para consolidar el crecimiento.