DEPORTES
El último Diego mundialista
Entre entrenamientos en La Pampa, la ilusión de todo un país y el escándalo que conmocionó al fútbol, Maradona vivió en Estados Unidos 94 el regreso más esperado y el final más doloroso de su historia con la Selección Argentina.
Volvió como vuelven los que no aceptan el final: sin pedir permiso, desafiando al pasado y a su propio cuerpo. A comienzos de los años noventa, Diego Maradona regresó a la Selección Argentina después de atravesar sanciones, escándalos y una vida que parecía ir siempre al límite. No era un regreso más. Era, en muchos sentidos, el último intento de reconciliarse con su propia leyenda.
El contexto no era sencillo. El fútbol había cambiado, el ritmo era otro y él ya no era el joven indomable de México 86. Pero había algo que permanecía intacto, su voluntad. Para reconstruirse, eligió alejarse del ruido. En la inmensidad de la llanura argentina, lejos de los flashes y las urgencias mediáticas, encontró el espacio ideal para empezar de nuevo. Allí, en La Pampa, junto al preparador físico Fernando Signorini, a quien había conocido de su época en Barcelona, comenzó un proceso tan exigente como íntimo.
Las jornadas eran largas, repetitivas, casi austeras. Caminos de tierra y viento constante. No había lujos ni concesiones. Signorini diseñó un plan que apuntaba no solo a recuperar el físico, sino también a ordenar hábitos, a reconstruir una rutina que durante años había sido caótica. Maradona aceptó el desafío. Corrió, sufrió, se exigió como pocas veces. Cada entrenamiento era una pelea contra el desgaste, pero también una forma de reencontrarse con el jugador que había sido.
Cuando regresó a la Selección para el repechaje frente a Australia (post 0-5 ante Colombia, al que vivió desde la platea del Monumental junto a Claudia), su sola presencia transformó el clima. El periodista Enrique Halac, que cubrió para una radio el Mundial, recordó: “Diego no era el de antes. Aunque había trabajado en el campo, no estaba en plenitud física. Sin embargo, era Maradona: con solo estar, te emocionaba”.

El destino y el esfuerzo lo llevaron al Mundial de 1994. En Argentina el clima alrededor de la Selección era especial: después de un fin de eliminatoria con golpes, críticas y dudas, volvía la ilusión. El regreso de Diego había cambiado el ánimo del país. En las calles, en los bares y en cada programa deportivo se hablaba de una Selección que recuperaba a su líder justo a tiempo. Muchos creían que Argentina volvía a ser candidata. No solo por el peso histórico de la camiseta, sino porque el equipo mezclaba experiencia, talento y la presencia de un Maradona que parecía dispuesto a desafiar cualquier pronóstico.
Esa esperanza se había construido desde mucho antes del Mundial. La clasificación había sido sufrida y obligó a Argentina a disputar un repechaje decisivo frente a Australia. El empate en Sídney dejó la serie abierta y cargada de tensión. Antes de subir al avión para regresar desde Australia, un periodista le preguntó a Maradona cómo veía la revancha. Diego, fiel a su estilo desafiante y seguro, respondió con una frase que quedó grabada en la memoria futbolera: “Argentinos, saquen pasajes que nos vamos al Mundial”.
En Buenos Aires, el partido de vuelta se vivió como una final anticipada: un país entero paralizado frente al televisor, consciente de que quedarse afuera del Mundial hubiera significado un golpe histórico. Argentina ganó 1-0 en el Estadio Monumental y selló el pase con alivio más que con festejo. Aquella clasificación reforzó todavía más la figura de Maradona: para muchos, su regreso había salvado a la Selección en el momento más crítico.
Ya en Estados Unidos, el debut frente a Grecia dejó una de las imágenes más icónicas de su carrera: el gol y ese grito desbordado frente a la cámara, con los ojos encendidos, como si quisiera decirle al mundo que todavía estaba vivo futbolísticamente. Argentina jugaba bien, goleaba y transmitía una sensación que hacía tiempo no generaba: la de ser un equipo capaz de pelear seriamente por el título.
Sin embargo, toda la ilusión que rodeaba a la Selección cambió de golpe en cuestión de minutos. Después del triunfo ante Nigeria, ocurrió una de las escenas más impactantes de la historia de los Mundiales. Una enfermera ingresó al campo y tomó del brazo a Diego para llevarlo al control antidoping. El Diez salió sonriendo, casi sin imaginar que esa caminata terminaría convirtiéndose en una imagen eterna y dolorosa para el fútbol argentino.
Días después llegó la confirmación del resultado positivo y el golpe fue devastador. Argentina quedó conmocionada: no sólo perdía a su capitán en plena Copa del mundo, sino también la ilusión de volver a pelear por el título con él como bandera. El regreso de Maradona terminaba de la manera más inesperada y cruel.
En Boston, Diego brindó una conferencia de prensa cargada de emoción y bronca. Frente a las cámaras de canal 13, entrevistado por Adrián Paenza, lanzó una frase que quedó marcada para siempre en la memoria colectiva argentina: “Me cortaron las piernas, argentinos”. Aquellas palabras resumían el sentimiento de un país entero, que veía cómo el Mundial se les escapaba.
Sin embargo, Enrique Halac tenía otra mirada sobre ese momento: “Para mí, esa frase fue una confesión de lo que había hecho. Ahí sentí una gran desilusión, porque todos queríamos seguir creyendo en Maradona”.
Aun así, el paso de Diego por Estados Unidos 1994 quedó grabado para siempre. Fue el regreso del ídolo que ilusionó otra vez a millones de argentinos, aunque también el final más doloroso de su historia con la Selección.




