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ESCOCIA E INGLATERRA: LA RIVALIDAD MÁS ANTIGUA DEL FÚTBOL

Hay rivalidades que nacen en una cancha. Y hay otras que la cancha solamente hereda.

Por Abril Cristiani y Nazareno Fernández

La de Escocia e Inglaterra es, sin dudas, una herencia que el fútbol recibió desde el fondo de los tiempos. Es la rivalidad internacional más antigua del fútbol: el primer partido oficial entre ambas selecciones se jugó en 1872, en Glasgow, y terminó 0 a 0. Pero lo que empezó como un experimento deportivo lleva siglos de historia política detrás. Para entender por qué un escocés puede ponerse una camiseta argentina y cantar el nombre de Maradona, hay que entender primero qué significa para Escocia jugar contra Inglaterra. Y para eso hay que ir bastante más atrás que 1872.

Escocia e Inglaterra comparten isla, comparten monarca y comparten pasaporte. Sin embargo, para muchos escoceses, esa cercanía geográfica e institucional nunca borró una sensación profunda de subordinación cultural y política que viene de muy lejos.

Durante siglos, ambos reinos se enfrentaron en guerras, alianzas y traiciones. La figura de William Wallace —inmortalizada en la cultura popular aunque frecuentemente distorsionada— representa algo muy concreto en el imaginario escocés: la resistencia frente a una potencia vecina que históricamente buscó imponer su dominio. Las Guerras de Independencia escocesas de los siglos XIII y XIV dejaron una marca que no desapareció con los tratados.

La unión formal llegó en 1707, con el Acta de Unión que fusionó los parlamentos de ambos reinos y creó lo que hoy conocemos como Gran Bretaña. Pero esa unión no fue vivida por todos como un matrimonio igualitario. Para sectores importantes del pensamiento político escocés, fue más bien una absorción, en parte facilitada por presiones económicas y por una elite escocesa que encontró conveniente el acuerdo. El pueblo, en cambio, tuvo opiniones mucho más divididas. Se dice que cuando el Acta de Unión fue firmada, hubo disturbios en las calles de Edimburgo.

Desde entonces, Escocia mantuvo algunas instituciones propias —su sistema legal, su iglesia, su sistema educativo— pero fue perdiendo peso político frente a Westminster. Y esa tensión nunca se resolvió del todo. Siguió latente durante siglos, mutando de forma, adaptándose a cada época, pero sin desaparecer.

En ese contexto, el fútbol llegó a ocupar un lugar muy particular en la identidad escocesa.

Escocia fue una de las cunas del fútbol moderno. Los escoceses no solamente jugaron entre los primeros: también exportaron el juego. Entrenadores, jugadores y conceptos tácticos escoceses viajaron por todo el mundo a fines del siglo XIX y principios del XX. Esa historia le da al fútbol escocés una dignidad propia, independiente de los resultados. No es un deporte importado. Es, en cierto sentido, parte del patrimonio cultural del país.

Y cuando Escocia juega contra Inglaterra, ese patrimonio se pone en juego de una manera que ningún otro partido activa de la misma forma.

El encuentro entre ambas selecciones es el más antiguo del fútbol internacional. Se jugó por primera vez en noviembre de 1872 en Hamilton Crescent, Glasgow, ante unas cuatro mil personas. Desde entonces se repitió más de cien veces, con victorias para ambos lados, épocas de dominio inglés y momentos de gloria escocesa. Pero más allá de los resultados, el partido siempre tuvo una carga que excede lo deportivo.

Para los jugadores escoceses de ciertas generaciones, ganarle a Inglaterra valía más que cualquier otra cosa. No como declaración política explícita, sino como algo más profundo e instintivo: la necesidad de demostrar que el vecino más poderoso, más grande y más reconocido internacionalmente podía ser derrotado. Que Escocia existía, que tenía su propia historia, su propio carácter, su propia forma de jugar.

La Tartan Army —la hinchada escocesa— es un fenómeno cultural en sí mismo. A diferencia de muchas barras del fútbol europeo, construyó su reputación sobre algo que parece contradictorio: ser fervorosa y pacífica al mismo tiempo. Los hinchas escoceses son conocidos en todo el mundo por su colorido, su buena onda con los locales de cada ciudad que visitan y su capacidad para hacer fiesta incluso en las derrotas, que en los torneos internacionales fueron muchas.

Pero esa misma Tartan Army tiene un costado que no es solamente festivo. Cuando el rival es Inglaterra, aparece algo más filoso. No violencia, pero sí una intensidad particular, casi ritualística. Los escoceses suelen alentar a cualquier selección que juegue contra Inglaterra. Es un chiste conocido, pero también es algo muy real. En Escocia existe incluso una expresión popular para esto: el “segundo equipo favorito”, que es básicamente cualquiera que pueda complicarle la vida a los ingleses.

Esa actitud no es solamente antipatía deportiva. Es también una forma de afirmar identidad. Cada vez que otro equipo le gana a Inglaterra, algo en el orgullo escocés queda satisfecho. Una pequeña reparación simbólica de una historia que todavía genera incomodidad.

En las últimas décadas, esa tensión histórica encontró una expresión política concreta: el movimiento independentista escocés.

El Scottish National Party (SNP) creció sostenidamente desde los años noventa hasta convertirse en la fuerza política dominante en Escocia. En 2014 se realizó un referéndum de independencia que terminó con un 55% de votos por el “No”, pero que dejó en evidencia que casi la mitad de la población escocesa quería separarse del Reino Unido. Fue un resultado ajustado que sacudió a Westminster y que relanzó el debate sobre el futuro de la unión.

Después vino el Brexit, que complicó todavía más las cosas. Escocia votó mayoritariamente a favor de permanecer en la Unión Europea —62% por el “Remain”— pero fue arrastrada hacia afuera junto con Inglaterra y Gales. Para muchos escoceses, eso fue una demostración concreta de que sus intereses y los de Westminster no siempre coinciden. El independentismo ganó nuevos argumentos.

Hoy Escocia vive en una especie de limbo político. Tiene su propio parlamento desde 1999, con competencias en áreas como educación, salud y justicia, pero las decisiones más importantes siguen pasando por Londres. El debate sobre la independencia no está cerrado. Y en ese contexto, la tensión con Inglaterra no es solamente deportiva ni cultural: tiene consecuencias políticas concretas y un futuro todavía incierto.

Lo interesante de todo esto es que la rivalidad futbolística Escocia-Inglaterra no es solamente el reflejo de una tensión política. También es uno de los pocos espacios donde esa tensión puede expresarse de manera colectiva, visible y sin las complicaciones del debate institucional.

En una cancha, o en las tribunas, un escocés puede gritar lo que siente sin tener que argumentarlo, sin tener que negociar, sin tener que lidiar con los límites que impone compartir un Estado. El fútbol le da permiso para ser, durante noventa minutos, simplemente escocés frente a Inglaterra.

Y fue exactamente esa lógica la que conectó a Escocia con Argentina —y con Maradona— de una manera que pocas cosas en el deporte logran explicarse racionalmente.

Porque cuando en 1986 un futbolista del sur del mundo humilló a Inglaterra delante de todo el planeta, los escoceses no lo vivieron como un hecho ajeno. Lo vivieron como propio. Como si alguien hubiera hecho, en el escenario más grande posible, lo que ellos soñaban hacer cada vez que se ponían la camiseta azul.

En el caso argentino, el conflicto con Inglaterra tiene un peso completamente distinto, pero igual de emocional: la Guerra de Malvinas de 1982.

Para muchísimos argentinos, el partido entre la Selección de fútbol de Argentina y la Selección de fútbol de Inglaterra en el Mundial de México 1986 fue vivido como algo mucho más grande que un encuentro deportivo. Apenas habían pasado cuatro años desde la guerra.

Y entonces apareció Maradona.

Primero con “La Mano de Dios”, un gol tramposo que fue interpretado por muchos como una especie de revancha pícara contra el poder inglés. Después con el “Gol del Siglo”, probablemente el gol más famoso de la historia. 

Maradona entendió perfectamente esa carga simbólica. Él mismo habló muchas veces de ese partido como algo ligado al dolor de Malvinas y al orgullo argentino.

Muchos hinchas escoceses sintieron que Maradona había hecho algo que ellos soñaban hacer: humillar futbolísticamente a Inglaterra en el escenario más grande del mundo.

Por eso Diego se convirtió casi en un héroe popular en sectores de la hinchada escocesa, especialmente en la famosa “Tartan Army”. 

La admiración no es solamente por su talento. También hay un componente político-cultural:

● Maradona representaba al sur, al rebelde, al anti establishment.

● Inglaterra representaba al poder histórico.

● Escocia muchas veces se percibe a sí misma subordinada culturalmente a Inglaterra.

Entonces Diego terminó funcionando como una especie de “vengador simbólico” para ambos países frente al mismo villano. 

En los últimos años hubo muchísimas demostraciones públicas de cariño escocés hacia Maradona:

Hinchas escoceses usando camisetas argentinas y máscaras de Diego en partidos contra Inglaterra. 

Cantos como “Oh Diego Maradona, he sent the English home” (“Diego Maradona mandó a los ingleses a casa”). 

Banderas argentinas mezcladas con símbolos escoceses en Wembley cuando juegan contra Inglaterra. 

Es muy raro ver una relación así entre países que no comparten idioma, región ni historia migratoria fuerte. Se armó casi exclusivamente desde el fútbol y la identificación política-cultural.

Pero hay un detalle muy importante a tener en cuenta: Escocia también forma parte del Reino Unido.

Aunque muchos escoceses odian deportivamente a Inglaterra o tienen sentimientos independentistas, Escocia sigue formando parte del Reino Unido. Entonces la relación con Argentina tiene un límite evidente, sobre todo cuando aparece Malvinas.

Muchos argentinos romantizan esta idea de “Escocia nos banca porque odia a Inglaterra”, pero en términos geopolíticos la situación es muchísimo más compleja. Incluso en discusiones online suele aparecer esa contradicción: simpatía futbolera sí, pero no necesariamente apoyo político para con los argentinos sobre Malvinas. 

De hecho, parte del nacionalismo escocés actual está más ligado a la autonomía política, al Brexit y a cuestiones económicas que a un rechazo absoluto a todo lo británico.

Lo interesante es que ambos pueblos construyen parte de su identidad moderna desde una tensión con Inglaterra, aunque desde lugares completamente distintos.

Argentina lo hace desde la herida colonial y la Guerra de Malvinas.

Escocia desde una historia de subordinación política y cultural dentro del Reino Unido.

Por eso Maradona terminó funcionando como un símbolo compartido:

Para Argentina, una revancha nacional;

Para muchos escoceses, la humillación del “viejo enemigo”.

Y eso explica algo que parece absurdo a primera vista: que en Glasgow o en Wembley aparezcan escoceses cantando por un futbolista argentino.

Porque para ellos, Diego no fue solamente un genio del fútbol. También fue el hombre que hizo sentir vulnerable a Inglaterra delante del mundo. Al igual que para todos los argentinos. 

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