A sus 45 años continúa representando a la Argentina en diferentes competencias como fue el Mundial de Ciclismo en Pista 2024 de los Juegos Olímpicos.
Con una trayectoria marcada por logros y desafíos, ha representado a la Argentina en diversas competiciones internacionales. En los Juegos Panamericanos, su desempeño ha sido excepcional: en 2016 en Guadalajara, México, ganó tres medallas de oro, tres de plata y una de bronce; en 2017 en San Juan, Argentina, conquistó tres oros y dos platas; y en 2018 en el Distrito Federal, México, logró nueve oros.
Javier Schaab, nacido en 1979 en Punta Alta, es un destacado ciclista argentino y nos invita a conocer su experiencia en el deporte, su conexión emocional con su ciudad de origen y sus ambiciones.
-¿Qué esperabas para el Mundial de Pista en Francia 2024?
-Yo soñaba con volver a representar a mi país, poder llevar a Punta Alta a lo más alto.
-¿Cuál fue tu enfoque actual en el entrenamiento?
-Fui elevando las exigencias. También hicimos gimnasio junto a mi profesor, Gabriel García. La preparación es clave para alcanzar mis metas.
-¿Cómo has manejado la pandemia y su impacto en tu preparación?
-En la pandemia no hubo competencias, así que estuvimos haciendo trabajos en casa. Esto trajo muchas complicaciones, pero supimos estar tranquilos sabiendo que los objetivos grandes estaban parados. Aproveché para hacer una pretemporada y recuperar algunas lesiones que tenía en aquel entonces. Además, pude pasar más tiempo con la familia.
-¿Fue diferente a cómo te preparaste en Estados Unidos en 2017 antes de las competencias?
-En Estados Unidos me cambiaba y me iba en bicicleta desde el hotel, tenía que llegar temprano a la pista. El taxi era caro. Tenía un rodillo en el hotel y otro en la pista para entrar en calor. Con una bici de pista andaba por las autopistas, no me quedaba otra.
-¿Cómo viviste esa experiencia en la que lograste la Medalla de Plata?
-No me doy cuenta en el momento de lo que he logrado. En la competencia venía tercero y, al final, luché codo a codo con otros competidores. Cuando cruzamos la línea, fue un momento de bronca y alegría. Cuando levanté la vista, vi a la Selección y a mi familia gritando. Esa medalla fue muy significativa. Fue la única medalla de la Selección.
-¿Qué significa para ti la camiseta de la Selección Argentina?
-Cuando te ponés la celeste y blanca es algo muy fuerte, por todo lo que te ayuda la gente y sobre todo la familia. Nadie llega solo.
-¿Cómo comenzaste en el ciclismo? ¿Qué recuerdas de tu primera carrera?
-Arranqué a los 7 años. Para una fiesta me regalaron una bicicleta de carrera chiquita y el que me embaló fue mi tío Roberto.Mi primera carrera fue en el Albatros XX. Me largué con un pantalón de pijama, una remera y me pusieron un casco.
-¿Cómo te sentiste en tu primera competencia nacional?
-Me sentí increíblemente emocionado. Fue en Jáuregui, un recuerdo imborrable para mí. Era solo un chico, y a pesar de los nervios, todo salió bien. Recuerdo la adrenalina antes de la carrera, el ambiente lleno de energía y la alegría de cruzar la meta. Esa experiencia me motivó a seguir compitiendo y me dejó una lección importante sobre la perseverancia y el trabajo duro. ¡Fue un momento que jamás olvidaré!
-¿Qué significa para ti representar a Punta Alta? ¿Cómo ha sido tu relación con los torneos de Bahía Blanca?
-Para mí representar a Punta Alta es lo más lindo. Para mí es todo, porque es la gente que siempre me apoyó y me bancó en todas. No me pondría una camiseta que diga Bahía Blanca jamás. Siempre me hicieron la contra por pelear y ganarles los torneos a ellos.
-¿Qué sacrificio has hecho por tu carrera?
-Para ir a México en 2018 vendí el auto, ¡una locura!
Javier Schaab compitiendo en el Campeonato Panamericano Master de Pista y Ruta, celebrado en la Ciudad de México en 2018.
-A tus 45 años, ¿cómo te sientes respecto a las posibilidades de seguir compitiendo? ¿Cómo manejas la presión y las expectativas de volver a la competencia internacional?
-Soy consciente de mi edad y mis posibilidades, pero la ilusión de seguir compitiendo nunca se pierde. Creo en mis condiciones, me conozco arriba de la bicicleta y estoy dispuesto a dar el máximo para volver a lograr un podio.
-¿Cuál es tu gran objetivo en el ciclismo?
-Busco ser campeón del mundo. Me preparo para eso.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Estadio Don León Kolbowski, sábado 24 de mayo, Atlanta vs Gimnasia y Tiro de Salta disputan la fecha 16 del torneo de la Primera B Nacional. La gente inunda las calles, la marea azul y amarilla parece que baja del cielo y aterriza en territorio bohemio.
Un grupo de turistas estadounidenses entra por una puerta aparte. Los hinchas se saludan cual cena familiar con los de seguridad y, de fondo, la barra hace sonar la murga acompañada de estruendos.
La previa del partido se mezcla con la previa de los que aguardan un recital en Movistar Arena, pero el sol amarillo camufla todo. Ex futbolistas, dirigentes y personalidades son uno más entre tanta expectativa.
Mientras se aguarda para ingresar a la cancha, la progresión de gente avanza con pasión y pide volver a Primera. Adentro, la popular no afloja y se lee una bandera con la leyenda “Esta locura de amarte me impide ser normal”; desde la platea se contempla el espectáculo como un teatro; un nene con el conjunto completo y piluso se cae por la escalera; suena el silbato.
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El Club Atlético Atlanta no es un club chico más, es una institución que en sus 120 años de historia estuvo en quiebra, privatizado, cerrado, expropiado, sin cancha ni dirigentes, manejado por un síndico, gestionado por sus propios hinchas y al borde de desaparecer.
Tuvo que jugar tres partidos por semana durante 1992 con un plantel desmantelado para no descender a la cuarta categoría del fútbol argentino. Sus inferiores dejaron de existir; pasó de 20.000 socios a mil; su rol social se extinguió; y hace 40 años que no juega en la Primera División.
Esto no fue impedimento para ser uno de los 20 equipos argentinos con más partidos en Primera, ser el único campeón de la Copa Suecia en 1960, ser el primer equipo argentino en organizar una gira a Israel y ser el dueño de Villa Crespo.
Créditos: Club Atlético Atlanta
“Atlanta es un pueblo que tiene mucha resiliencia. ¡Tenés que ser hincha de un equipo que estuvo 40 años en el desierto! Solamente los que cruzaron el Mar Rojo con Moisés estuvieron 40 años en el desierto. Esperemos poder cruzar nuestro mar rojo y llegar hasta primera”, dice el activista social, Gustavo Vera.
Actualmente, el equipo en este momento se encuentra en el ecuador del campeonato en primera posición con tres puntos de diferencia del segundo y en la sede de la calle Humboldt 540 se respira una sensación eufórica que enorgullece la fortaleza de estos últimos 30 años.
“Ser hincha de un cuadro chico es más real, los logros se disfrutan mucho más y las tristezas son más profundas”, comparte el socio vitalicio y ex miembro de la Comisión Directiva, Ariel Kimelman y sigue: “Se consigue todo con más humildad y sacrificio, entonces lo disfrutás de otra manera. Espero que el gol que más grite sea este año”.
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El partido con el equipo salteño es muy luchado, pero Atlanta sabe de eso y lo recuerda en uno de sus trapos con el mensaje “Vamos a la lucha, vamos viejo Atlanta”. En cada tiro de esquina de Gimnasia, algunos hinchas bohemios desde la platea se acercan a la baranda para recordarle al jugador contrario sobre su madre o su hermana. De momento es un empate en cero cerrado y al promediar la mitad del primer tiempo empieza el canto unísono con la consigna “Vamo´, vamo´ los bohe´, hoy te vinimo´ a alentar, para ser campeón hoy hay que ganar”.
La popular que da con la Avenida Corrientes explota con cada ataque del local mientras que el ansiado repartidor de Coca Cola hace su aparición estrella sobre la platea que da a la calle Humboldt. “Gordo”, “sorete” y “deformado” son solo algunos de los adjetivos calificativos dedicados para la terna arbitral. El sol otoñal calcina las posibilidades de gol, pero la parcialidad bohemia se mantiene fiel y expectante. Termina la primera mitad y la canción para volver a Primera se hace notar.
Créditos: Club Atlético Atlanta
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Toda la vida fue un club socialmente fuerte hasta que fue decretada la quiebra un 25 de diciembre del año 1991. Una navidad que no trajo regalos, sino que vino con la clausura de sus instalaciones y la suspensión total de sus actividades. Atlanta tuvo que hacer de local en las canchas de Ferro, Platense y Deportivo Español. Recién para septiembre de 1994, el club logró levantarse de la quiebra pero su sede social fue vendida y estuvo a punto de descender a la C.
Durante esos tres años turbulentos, el equipo atravesó las situaciones más desoladoras a nivel futbolístico: tener que jugar los partidos con suplentes o juveniles, poder incorporar pocos refuerzos y hasta contar con una sola persona que sea tanto director técnico como jugador al mismo tiempo.
La institución se mantuvo en el Nacional B de manera agitada, pero lastimosamente volvió a bajar de categoría en 1999 debido a la inhibición de compras y problemas económicos. Corría el nuevo milenio y Atlanta realizó su peor campaña en todo el profesionalismo, hecho que casi lo hace descender de vuelta a la C en 2003.
El 28 de diciembre de 2006 se recuperó la sede social gracias a la insistencia de los socios. Durante 12 años el club estuvo en un sube y baja angustiante entre dos categorías para recalar definitivamente en el Nacional B desde el año 2019. En los años posteriores, el equipo mantuvo campañas regulares aunque solo en el 2020 fue la oportunidad más cercana de ascender. Sin embargo, el destino y sus adversidades se impusieron una vez más en el ascenso bohemio con la llegada del coronavirus.
“El evento más loco que llegamos a hacer fue alquilar la cancha para el programa Pasión de Sábado sin tener idea de cómo organizar algo así. Nos dimos cuenta con los recitales de Los Piojos y La Renga que estos eran negocios medios chinos porque no eran muy rentables ya que los estadios son costosos de mantener. Hubo que volver a hacer el club de cero”, comenta Kimelman al recordar sus inicios como miembro de la Comisión Directiva durante el período más álgido del club.
Ariel es un hincha a pulmón, es un tipo que el mismo día que se casó también fue al club a cerrar un convenio con Lanús. Cuando era de la dirección del club se fue a ver el clásico contra Chacarita en San Martín y se rompió los ligamentos porque los funebreros los fueron a cagar a trompadas.
Bohemio de ley, durante un partido de local contra Los Andes le paró el carro a un hincha visitante por dichos antisemitas y se enfrentó a escupitajos contra toda la hinchada.
Hoy en día, siempre se ubica en el mismo lugar en la cancha y con la misma gente. “En mi casa se respira Atlanta y siempre espero el día que juega porque el club ocupa una parte importante de mi vida. Cuando salís de la cancha, salís de otra manera porque los pequeños logros te van conquistando”, confiesa el hincha de 52 años oriundo de Vicente López.
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Explota el estadio con el inicio del segundo tiempo y la hinchada bohemia vuelve a pedir por el campeonato. El cambio de lado vino acompañado de posibilidades de gol concretas para el local, pero el grito sagrado se hacía esperar.
Villa Crespo no es el único barrio presente ya que hay banderas de Palermo, Villa Lugano y Villa del Parque. El desfile de referencias populares cuenta con Messi, Maradona, El Gauchito Gil, La Renga y Los Redondos.
En menos de cinco metros sobre la platea hay bebés recién nacidos, señores de 80, jóvenes, adultos y chicos de la infantiles; no obstante, el espectador más privilegiado es el tren San Martín cuando desfila a través del puente.
Cuatro minutos fueron parte de esa efímera pero larga espera cuando el referí marcó penal para Atlanta. Lucas Ambrogio convirtió el gol y la alegría bohemia fue total. En el transcurso del partido, el dominio al equipo salteño fue casi completo con su arquero cómo figura tanto fuera como dentro de la cancha ya que se insultó con algunos hinchas.
Un impacto en el travesaño casi al final de la contienda vino acompañado por la hinchada con un cántico hacia el cannabis. “Ya vas a ver, a Primera vamos a volver”, fue el mantra que sonó apenas finalizó el partido. Atlanta 1- Gimnasia y Tiro de Salta 0.
Créditos: Club Atlético Atlanta
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La relación de Atlanta con los penales es inherente a su historia porque el club cuenta con el peculiar hecho de convertir el penal más largo del mundo. Todo se remonta al 5 de abril de 2003 cuando el bohemio jugaba un partido de visitante frente a Cambaceres para no descender a la C.
El encuentro mantuvo un clima hostil motivado por los cantos antisemitas que obligaron a suspender en dos ocasiones momentáneamente el partido, hasta que faltando seis minutos para el final el árbitro pitó penal al equipo de Villa Crespo. Por si fuera poco, esto devino en la gota que rebalsó el vaso y la parcialidad local enfurecida invadió la cancha. No hubo más remedio que suspender el partido.
El tiro desde los 12 pasos recién se reanudó el 29 de abril del mismo año, osea 24 días después. Lucas Ferreiro fue el encargado de transformarlo en gol y terminar con el penal más largo de la historia. Una vez más Atlanta sorteaba con hidalguía las injusticias y los dolores.
“Estamos en un momento bueno, pero largo. Uno alienta desde siempre. Este es el mejor momento de la historia de los últimos años, si alentábamos antes que jugábamos con cualquiera, ahora hay que estar con más facilidad”, explica el hincha Gabriel Matzkin.
Él está vestido por una camiseta, jogging y piluso del club son el outfit del hombre que nació en 1984, último año que el club de sus amores jugó en Primera División. “No pasa todo por ascender, uno lo quiere y lo añora, pero son procesos y todo llega. Todos quieren ascender. Es difícil, siempre hay que tener fe”, comenta mientras sostiene una lata de cerveza en una de sus manos.
Matzkin es un hincha que estuvo en los peores momentos, hecho que hace que viva este momento con la mayor de las alegrías. “Si vos me vés a mí cómo vivo los partidos es muy fuerte. Para mí, cada partido es una final. Pase lo que pase, yo voy a seguir apoyando a estos jugadores y a este plantel, como lo dije en ESPN cuando me entrevistaron para la primera fecha”, aclara mientras se saluda fugazmente con su ídolo, Lucas Ferreiro. ¿Qué otro club tiene tanta intimidad entre los jugadores y su gente durante un partido otoñal de mitad de tabla del campeonato?
— Club Atlético Atlanta (@atlantaoficial) July 4, 2015
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El partido oficial terminó pero afuera se arma un picadito en la calle entre varios hinchas sobre la puerta del estadio. La importancia es casi la misma porque hasta una ambulancia frena para que una nena simule patear un penal como el que había convertido Ambrogio hacía una hora aproximadamente.
Uno de los hinchas le pide a un coche que va a doblar por la calle Padilla que intervenga en la jugada como si fuese capaz de hacerlo. La casa de la esquina reluce el escudo bohemio en su fachada mientras la multitud se descomprime con algarabía y se despiden en tono familiar con un anticipado “Nos vemos la próxima de local”.
Sobre la Avenida Corrientes algunos discuten el partido, otros se detienen a comer un choripan en alguna parrilla y algunos aprovechan la Plaza Dorrego para contemplar lo sucedido y bajar las revoluciones.
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Atlanta y el pueblo judío van de la mano en muchas cosas por su historia y realidad: el destierro, momentos trágicos que pusieron en peligro su existencia, su errancia, su adaptación a distintas coyunturas adversas sin perder su identidad y su fidelidad y unión por un mismo sentimiento pase lo que pase.
La colectividad en el club es muy fuerte porque Villa Crespo tiene mucha presencia judía y el 90% de los hinchas son de ahí. El bohemio ha tenido 12 dirigentes judíos en sus 120 años de historia siendo uno de los más destacados León Kolbowski (cuyo estadio lleva su nombre en su honor).
Por otro lado, el club cuenta con varias peñas en Israel y hasta el propio embajador Eyal Sela presenció un partido en agosto de 2024. Lamentablemente, la gran presencia judía en el club es el principal factor por el cual sus dos clásicos son muy violentos (Chacarita y All Boys) ya que dirigen todo su odio y antisemitismo al club bohemio.
El hincha no judío, sin embargo no reniega de eso, cosa que acrecenta el sentimiento familiar y de pertenencia. En una época solía responder a los cánticos antisemitas con el mote “El ruso, el ruso te la puso” cada vez que se anotaba un gol.
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“En una carta que me escribí con el Papa Francisco me puso que si Atlanta ganaba y ascendía prometía poner sus colores de fondo en una sinagoga en Villa Crespo”, comenta Vera que, además de ser fundador de La Alameda, es docente y ex legislador del Partido Justicialista de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
El señor nacido en Floresta, pero criado en Basavilbaso, Entre Ríos, porta una boina y una campera de corderoy marrón. “El Papa me rompía las bolas un montón de veces con Atlanta. Nosotros nos mandábamos cartas todas las semanas, estamos hablando de unas 500 cartas aproximadamente, de las cuales en 15 él hacía alusión a Atlanta. A veces, me gastaba”, agrega.
Asimismo, el activista cuenta, entre risas, que cuando lo operaron de un carcinoma en la espalda y le tuvieron que poner 31 puntos y él le dijo: “¿Por qué no le pasás alguno a Atlanta así no se va a la promoción”. Gustavo asegura que Bergoglio estaba bastante familiarizado con el club y tiene la certeza de que ahora los está ayudando desde el cielo.
Y, al respecto, suma una anécdota: “Cuando viajaron dos hinchas de Chacarita porque el club había ascendido a Primera para conocerlo, le dijeron: ‘Bergoglio, nosotros somos de Chacarita’ y él les contestó: ‘¿Qué culpa tengo?’; “Pero ascendimos a Primera”, continuaron y él respondió: ‘Y ahora que ascienda Atlanta’”.
Gustavo Vera junto al Papa Francisco.
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En la actualidad, el Club Atlético Atlanta entrena para jugar el clásico del domingo 29 de junio contra All Boys en la hostil cancha de Floresta. El encuentro va a disputarse a las 14:45 y se espera que sea un partido muy trabado. El bohemio necesita ganar para recuperar la punta y esperar que San Martín de Tucumán pierda o empate.
El presente se asemeja al pasado cuando Atlanta tuvo una situación similar con el equipo tucumano, pero la pandemia del 2020 truncó el sueño y dejó sin efecto esa buena campaña. Cinco años después, el equipo y la institución están fuertes. Quedan 14 partidos y una hipotética final o un torneo reducido, pero algo distinto se respira en las calles de Villa Crespo. Lo comentan los de la vieja guardia, los creyentes, los no tanto y los pibes que nunca lo vieron en Primera.
Créditos: Club Atlético Atlanta
El equipo gusta, se entrega y el club está ordenado. “Mi idea es poner muchos ladrillos en este club. Hacer obras, darle al socio lo que el socio merece. Y el fútbol es la fuente fundamental de ingresos”, dijo alguna vez Kolbowski.
La ilusión está intacta con algo que se puede llegar a dar, nadie lo quiere decir y todos lo sueñan. La cancha se llena todos los partidos y en un futuro se va a llenar cada vez más pase lo que pase porque tiene un acuerdo con el Movistar Arena para construir la otra platea.
La realidad del club -hoy comparada con hace 25 años- está muchísimo mejor. Se están haciendo las cosas bien, con gente preparada y honesta. Se cimentan las bases para poder lograr el ansiado ascenso. “No es el mismo el estado anímico que uno tiene ahora, que si estaría peleando el ascenso o no estaría jugando por nada. Ustedes entreguen la investigación y a fin de año nos volvemos a juntar. Esperemos que esta película termine con un final feliz”, finalizó Kimelman.
La categoría Malle Moto representa la versión más simple y, al mismo tiempo, la más dura del Dakar. Es que el piloto solo cuenta con una moto, una carpa y un baúl limitado donde entran únicamente las herramientas y repuestos básicos. No hay asistencia externa y cualquier problema que aparezca en la moto debe resolverse en el vivac después de cada etapa, muchas veces con el piloto agotado. La experiencia se vuelve un desafío físico y mental que va más allá de la carrera en sí.
“Es súper limitado lo que llevamos”, comparte el corredor argentino Carlos Verza sobre su experiencia y sigue: “Un baúl, un bolso, una carpa y un juego de cubierta de recambio. Nada más”. Con nueve participaciones en Malle Moto y ocho completadas, el chaqueño también conocido como “El Yaguareté del Dakar” es una de las voces más autorizadas para hablar de esta modalidad.
Para él, la clave está en entender que la competencia se corre con lo mínimo indispensable. Aun así, los competidores deben afrontar el mismo recorrido que los equipos con estructura completa. La diferencia está en que cualquier falla, golpe o imprevisto puede terminar la carrera en el acto. No hay otro lugar adonde recurrir.
Verza comparte que no existe un único aspecto más difícil que otro, sino que es un conjunto: “No puedo decirte que una sola cosa sea lo más duro, porque todo lo es”. Al respecto, el corredor menciona cuestiones como “el desgaste físico, la exigencia mecánica, la logística diaria y la fortaleza mental para sostenerse 15 días seguidos” como algunas de las peores.
Por otro lado, el también corredor argentino Juan Rojo habla del peso de la soledad. Para él, el primer impacto no fue la mecánica ni el cansancio, sino el “silencio del vivac, los días sin compañía y la exigencia constante de mantenerse en carrera”. “Lo que más me mató al principio fue eso de tener que terminar”, comparte al mismo tiempo que admite que, si bien le generó estrés, esa situación era lo que “lo salvaba cuando todo estaba mal”.
Las noches casi sin dormir, los arreglos improvisados en medio del desierto y las jornadas interminables hicieron que su motivación empezara a depender de quienes lo acompañaban desde afuera. “Cuando estaba todo mal, pensaba en la gente que me hizo el aguante. Eso me hacía seguir”, continuó el riojano.
Sin un equipo detrás, cada piloto depende únicamente de sí mismo. Cruzar la meta final del Dakar en Malle Moto significa sostenerse en las peores condiciones, administrando energía, cuidando la moto y evitando errores. Rojo lo resume desde su vivencia personal: “Terminar un Dakar así es muy difícil. 15 días enfrentando cualquier problema, haciendo todo por vos mismo. Pocos se animan a esto”.
A su vez, Verza agrega una idea que va más allá del resultado: “Si vos te mentalizás en algo, lo podés lograr”. Malle Moto no trata solo de llegar rápido, sino de resistir; de sostenerse todos los días, incluso cuando no queda energía.
El llamado de un presidente un lunes despierta tanta incertidumbre como esperanza de los trabajadores del fútbol. Porque sí, los directores técnicos son laburantes que cada fin de semana se juegan su puesto. Algunos con las dudas por mantenerlo y otros con la expectativa de que ese llamado sea una propuesta de un proyecto. Cada una de las categorías tiene sus características, en el interior la falta de televisación o las distancias son un inconveniente, pero lo que se vive en el Área Metropolitana de Buenos Aires es aparte.
Joaquín Iturrería, actual DT de Ferrocarril Midland, reflexionó al respecto y aseguró que cuando llegó a dirigir el club de la localidad bonaerense de Libertad, la noticia tuvo repercusión en todos los medios del ascenso, incluso en Olé y en TyC Sports; a diferencia de lo que había ocurrido el año anterior con Defensores de Villa Ramallo y casi nadie se enteraba de que estaban punteros. O que el día con más repercusión fue cuando jugaron con Vélez Sarsfield por Copa Argentina.
En el primer semestre del 2025, más del 60% de los 36 equipos de la Primera Nacional tuvieron al menos un cambio de director técnico. En el caso de la tercera categoría el número ronda el 50%. Pero, en ambos casos los contratos no son por más de un año.
Además, de ser inestable tampoco se apuesta a largo plazo, si sucede algo similar en la Superliga Argentina, como no va a ocurrir en las otras categorías. Quizás la diferencia sustancial de cada liga sea en los sueldos, en los cumplimientos de pagos y los presupuestos que poseen los cuerpos técnicos.
Las presiones son muchas en los clubes de la zona del Gran Buenos Aires, tanto de dirigentes como de hinchas. “A nosotros nos echaron en una reunión que duró no más de cinco minutos”, recordó Sergio Chino Lara, ex DT de Club Deportivo Morón, entre otros equipos y siguió: “En el ascenso hay una locura generalizada”.
“Hoy no me siento con la fuerza para luchar contra eso”, sentenció el ex DT que hoy valora más un trabajo en blanco, sin los riesgos y las exposiciones que da el fútbol profesional. Es que la inmediatez de los resultados implica que, si ganás, seguís; si perdés tres o cuatro partidos peligra tu puesto o quizás ya no formes parte de una institución. Eso implica que los proyectos no tengan una extensión temporal o, lo que es peor aún, que dependa exclusivamente de los resultados.
Es cierto que cuando la posibilidad de perder la categoría apremia, los volantazos son mayores. Pocos clubes apuestan a planes a mediano/largo plazo, desarrollando las divisiones inferiores o apostando a mejorar la infraestructura.
A todo esto, se suma que los sueldos no son tan tentadores, más si se trabaja con las categorías juveniles que muchas veces les faltan elementos para el entrenamiento. Y, como si esto fuera poco, los pagos suelen retrasarse de dos a cuatro meses, realizando las tareas en instalaciones con falta de mantenimiento.
Con este contexto lidian los diferentes trabajadores del ascenso. “Nosotros entendimos que en este país es así, hay que resistir en tus convicciones”, destacó el DT de Ferrocarril Midland. Cabe destacar que el Funebrero salió campeón del Apertura 2025, con chances de pelear en la final por el ascenso a la Primera Nacional. Éste presente, el que lleva el equipo, hace que Iturreria tenga trabajo desde hace un año y siete meses.
Sin embargo, en ese mismo lapso muchos de sus colegas, amigos y conocidos de este ambiente se quedaron sin el trabajo, quizás una o más veces. ¿Cómo planificar una vida con esa inestabilidad? La respuesta a esta pregunta está en que hay una vida detrás y no todos pueden sostener ese ritmo: el DT de Midland es profesor de Educación Física y también trabajó en escuelas; aunque su sueño siempre fue trabajar de DT, razón por la que sacrificó muchas otras cosas.
Todo este ambiente, condiciones y situaciones que se viven día a día repercute en el “producto futbolístico” que tenemos hoy en día. Los clubes suelen estar endeudados, con carencias edilicias, sin la posibilidad de seguir creciendo en cuanto a infraestructura. Las juveniles habitualmente tienen una falta de presupuesto abismal, con sueldos muy bajos y sin las herramientas necesarias para mejorar. Lógico que muchos son pasionales y quieren lo mejor para su club; aunque lo mejor sea categorizar bien lo importante y lo urgente.
Ambos DTs coinciden que una buena mejora en las condiciones mínimas que debe tener su trabajo y, en el ascenso en particular, es poder concretar contratos por dos o tres años. Eso como contrapartida genera que los cuerpos técnicos propongan un plan para ese tiempo. Con lo cual es un ida y vuelta con la institución con revisiones periódicas y objetivos alcanzables.
“Nosotros subimos 10 chicos de las inferiores a que practiquen con jugadores con experiencia por seis meses”, destacó Lara. Eso lo hicieron por un año y medio hasta que los echaron. El proyecto contemplaba que, en un lapso de tres años, el cuerpo técnico evaluara a 60 jugadores con la expectativa de que varios demostraran condiciones para dar el salto a primera.
Por tanto, pareciera que ser técnico en el ascenso argentino es caminar en la cornisa entre la ilusión y el desgaste. Los proyectos suelen durar lo que resisten los resultados y, aun así, quienes se animan a ocupar ese banco lo hacen por vocación y amor al fútbol. Entre presiones, sueldos bajos e incertidumbre laboral, los entrenadores sostienen sus sueños con convicción.