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JUGAR CON LA CRISIS EN LA ESPALDA

Haití es un Estado en la cuerda floja. El 98% del plantel de la Selección es expatriado. Es decir, vive y juega afuera. Debido a la inseguridad, Puerto Príncipe ya no aloja más a los partidos del seleccionado de fútbol, en cambio se juegan en Curazao o Aruba.

Sabrina De Nicola y Juan Cruz González Carteau

¿Cómo es representar a tu país sin siquiera tener la posibilidad de vivir en su propia capital? ¿Cómo es la decisión de escapar de una violencia que te inunda? Los jugadores de la selección de Haití saben esas respuestas mejor que nadie. Haití es, y al menos desde hace un tiempo, un Estado en la cuerda floja. Lo que durante mucho tiempo fue la zona más poblada de la ciudad, ahora parece un pueblo fantasma, ¿el nombre? Puerto Príncipe. Una capital totalmente entregada a pandillas, se cree que hay más de cien, un actor importante, pero no el único, que dejó a Haití en el estado actual.  

“Si yo les pago el año de escuela, si yo los saco de la hambruna, ¿cómo no se van a unir a mí?, dijo Renel Destina, jefe de la pandilla más grande de Puerto Príncipe, en charla con la BBC. En Argentina también hay bandas que se aprovechan de la vulnerabilidad de los más chiquitos, usándolos de peones e incentivándolos a la violencia, pero no tienen el control de la ciudad y menos de la capital. En CABA no aparecen cuerpos humanos prendiéndose fuego a plena luz del día, ni se mueren 200 personas en una semana a causa de la actividad criminal de sólo una pandilla. No un enfrentamiento entre dos, ni tres, sólo una.  

El 98% del plantel de la selección de Haití es expatriado. Es decir, vive y juega afuera. Debido a la inseguridad, Puerto Príncipe ya no aloja más a los partidos del seleccionado de fútbol, en cambio se juegan en Curazao o Aruba. Incluso, lo que hace todavía más difícil la situación es que, no se pueden juntar a entrenar, no tienen un predio en el país que sea funcional. Más bien aprovechan las fechas fuera de casa y después hay ¡juntadas virtuales! para hablar de tácticas o definir conceptos de juego. Una locura. La participación de Haití en el Mundial es un paso enorme para su población. Es una posibilidad de alegría momentánea, es una posibilidad de ver un futuro para los más pequeños, es una chance real de salir adelante. 

De hecho, un dato curioso pero esperable con este contexto es el del entrenador de la selección. Es francés, se llama Sébastien Migné y nunca pisó Haití desde que asumió al mando del seleccionado, hace ya dos años. Entre vuelos cancelados, y la inestabilidad con la que viven todos los habitantes de Haití, le impidieron conocer la tierra de los que dirige. Igualmente, él mismo reconoció hace un año que por el momento no intentaría llegar a Haití: “Es imposible porque es demasiado peligroso”. El DT de una selección que nunca pudo entrar al país que representa. Un detalle que agrupa, mejor que cualquier dato posible, todo el colapso que vive la nación. 

Haití no tiene presidente electo desde el asesinato, en julio de 2021, de Jovenel Moise, por exmilitares colombianos, que actuaron casi como sicarios con la orden de matar a un funcionario, aunque este sea el más importante del país. Desde ahí, el caos se potenció y nunca hubo otra posibilidad de elecciones. Pero en medio de todo esto, Haití logró jugar el Mundial, y cómo lo consiguió es todavía más épico. 

La clasificación se definió en noviembre de 2025, con una victoria 2-0 sobre Nicaragua. Pero antes de salir a la cancha, en el vestuario, el capitán y goleador de la selección Duckens Nazon tomó la palabra y dijo: “Hay gente que sólo tiene mil gourdes, (más o menos unos siete dólares), y sólo cuentan con nosotros. Hoy hay un partido, podemos hacerlos sonreír. Podemos hacerlos llorar de alegría. ¡Démosles eso como mínimo! No tienen nada en los bolsillos, pero cuentan con nuestros pies”. Nazon nació en Francia, no creció en Haití. Pero entiende, o eligió entender, lo que significa representar a esa gente. Sus compañeros también, básicamente la mayoría son hijos de haitianos que emigraron a Francia, formados en ligas europeas, que tomaron la decisión de jugar para un país al que varios conocen más por relatos familiares que por experiencia propia. Esa tensión entre, la identidad heredada, y, la realidad que nunca vivieron de cerca, es parte del ADN de este equipo que consiguió el pase al torneo más importante. 

Aun así, pese a tanta esperanza mundialista, el panorama sociopolítico sigue siendo el mismo. Un país completamente colapsado por la violencia de las pandillas, afectando a las futuras generaciones y sacándole la identidad al país entero. Hay un vacío de poder que nadie sabe cómo llenar, ONU hace sus esfuerzos, pero todos sabemos que poca vez resultan en algo. Esas pandillas matan sin culpa, con armas, con drones, con droga, y nadie los frena porque nadie tiene más poder que ellos actualmente. Mientras tanto, los de bien, sin mucha plata en sus bolsillos, quizás razón número uno por la cual no pueden ir a ver a su seleccionado, más el veto vigente de Trump a las visas de haitianos, siguen creyendo en once muchachos que juegan a la pelota, y que van a intentar llevar la bandera de su país a lo más alto. 

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