DEPORTES
La Rodríguez #7
Presentamos la séptima edición de La Rodríguez, la revista de periodismo deportivo producida por alumnos de ETER.
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El entrenamiento funcional está de moda: por qué elegirlo para tu día a día
A las siete de la tarde, cuando el resto de la ciudad empieza a bajar un cambio, en el gimnasio el ritmo recién arranca. El cronómetro marca 30 segundos y nadie mira el celular: saltos, abdominales, planchas y desplazamientos se encadenan sin pausa en un circuito que exige tanto al cuerpo como a la cabeza. El aire se vuelve pesado, las respiraciones se superponen y cada estación propone un desafío distinto. No hay máquinas guiando el movimiento: el propio cuerpo es la herramienta y también el límite.
El entrenamiento funcional, cada vez más presente en gimnasios y espacios al aire libre, no solo promete mejorar la resistencia o la fuerza. Quienes lo practican hablan de cambios más profundos: mayor coordinación, agilidad mental y una relación distinta con el esfuerzo. En ese cruce entre exigencia corporal y adaptación mental se construye una rutina que, para muchos, termina modificando hábitos, rendimiento y percepción del propio cuerpo.
Las clases avanzan por estaciones. Mientras un grupo trabaja con sogas y cajones pliométricos, otro realiza ejercicios de equilibrio y desplazamiento. El entrenador corrige posturas, marca los tiempos y repite una frase que se escucha varias veces durante la jornada: “No importa hacerlo rápido, importa hacerlo bien”. A diferencia de otros entrenamientos más estructurados, el funcional mezcla movimientos cotidianos con ejercicios de fuerza, resistencia y coordinación. La dinámica obliga a mantener la atención constante y convierte cada circuito en una combinación entre desgaste físico y concentración mental.
“El objetivo no es solamente que alguien levante más peso o corra más rápido. Buscamos que mejore movimientos que usa todos los días”, explica Martín Gómez, entrenador funcional desde hace siete años. Según señala, muchos alumnos llegan buscando bajar de peso o mejorar el estado físico, pero terminan encontrando beneficios que no esperaban. “Hay personas que llegan después de trabajar 10 horas sentadas y empiezan a notar menos dolores, más movilidad y más energía en lo cotidiano”, cuenta.

La práctica del entrenamiento funcional creció durante los últimos años tanto en gimnasios como en plazas y espacios abiertos. Parte de su popularidad se relaciona con la variedad de ejercicios y con la posibilidad de adaptar las rutinas a diferentes edades y niveles físicos. Según datos de la American College of Sports Medicine (ACSM), el entrenamiento basado en movimientos funcionales se mantiene entre las tendencias fitness más elegidas a nivel mundial debido a su capacidad para combinar resistencia cardiovascular, fuerza muscular y movilidad en una misma sesión.
Además de los beneficios físicos, distintos estudios comenzaron a analizar el impacto cognitivo de este tipo de entrenamiento. Una investigación publicada en National Library of Medicine sostiene que la actividad física de alta coordinación favorece funciones relacionadas con la memoria, la concentración y la velocidad de respuesta mental. La explicación aparece en la propia dinámica de las clases: el cuerpo debe reaccionar constantemente a estímulos, cambios de ritmo y movimientos simultáneos.
En el gimnasio, esos efectos también aparecen reflejados en experiencias concretas. Entre pausas para tomar agua y recuperar el aire, varios alumnos coinciden en una misma idea: el entrenamiento funcional exige “estar presente”. No alcanza con repetir movimientos de manera automática. Cada ejercicio requiere atención sobre la postura, la respiración y el equilibrio. “Salís cansado, pero con la cabeza despejada”, comenta una alumna después de terminar el circuito.

La intensidad de las clases genera un clima distinto al de otros sectores del gimnasio. No hay largos silencios ni rutinas individuales hechas frente a un espejo. La música alta, las indicaciones del profesor y el trabajo grupal construyen una dinámica más cercana a un equipo que a un entrenamiento solitario. Incluso entre personas que no se conocen aparece una lógica de acompañamiento: uno cuenta las repeticiones del otro, corrigen errores y celebran cuando alguien termina una serie exigente.
Sin embargo, los especialistas remarcan que el entrenamiento funcional también requiere cuidados. Una mala ejecución de los movimientos o una intensidad excesiva puede provocar lesiones musculares y articulares. Por eso, los entrenadores insisten en la importancia de adaptar las cargas y respetar los tiempos de descanso. La técnica, más que la velocidad o el peso, se vuelve el eje principal de cada ejercicio.
Cuando la clase termina, el ritmo cambia de golpe. Algunos se sientan en el piso para elongar; otros recuperan el aire apoyados contra la pared mientras comentan cuánto faltó para completar el último circuito. El cronómetro se detiene, pero el cansancio sigue marcado en las respiraciones agitadas y en las remeras empapadas de transpiración. Afuera, la ciudad continúa con su rutina habitual. Adentro, después de una hora de esfuerzo constante, queda la sensación de haber puesto el cuerpo al límite, pero también de haber entrenado algo más que los músculos.
*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.
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Eran las nueve de la mañana y el frío todavía se sentía en las calles de Valcheta, Río Negro. Detrás de las puertas del Gimnasio Municipal, el sonido de las pelotas golpeando contra el piso de goma y el chillido de las zapatillas durante la entrada en calor rompía el silencio de un pueblo tranquilo. Por un fin de semana, el handball volvió a poner a Valcheta en movimiento.
Entre las calles de ripio, el Torneo Juvenil de Handball rompió la rutina tranquila del pueblo. Durante un fin de semana, el Gimnasio Municipal se convirtió en un punto de encuentro para los equipos de las distintas zonas de la Línea Sur. Más allá de la competencia, el objetivo real era otro: que los chicos pudieran enfrentarse a nuevos rivales y sumar experiencias dentro del deporte. Y el torneo lo logró, desde localidades vecinas llegaron delegaciones que no solo buscaban jugar, sino también formar nuevos vínculos y llevarse algo más que un resultado.
Soledad, la nueva entrenadora de las categorías Minis, Cadetes y Juveniles de la Escuela Municipal de Valcheta y organizadora del torneo, observaba los partidos con una sonrisa. Expresó estar “muy contenta” por haber podido reunir a varios equipos y destacó el crecimiento del deporte en la región. “Los chicos tienen mucha calidad de juego y se nota el avance en comparación a otros años”, afirmó.
El objetivo va más allá de los resultados. La entrenadora sueña con organizar más torneos y fortalecer el vínculo entre las localidades de la zona. Sobre todo quiere que sus jugadores tengan nuevas experiencias. “Que no se queden solo en Valcheta jugando siempre con los mismos equipos, sino que puedan enfrentarse a equipos más grandes y mejorar su calidad de juego”, sumó Soledad.
En plena Estepa Patagónica, Valcheta que está ubicada en el centro de la Línea Sur Rionegrina y con poco más de 4.000 habitantes, es una localidad en la cual todos parecen conocerse. Las distancias con las grandes ciudades y la escasez de competencias deportivas hacen que cada encuentro se viva de una manera especial.
El handball en esta región tiene historia propia. La línea Sur Rionegrina cuenta con una Liga Deportiva Comunitaria donde históricamente participaron equipos de localidades pequeñas integrados en su mayoría por jugadores no federados, según registros del Registro Nacional de Instituciones de la Confederación Argentina de Handball. Esos mismos equipos, nucleados bajo el nombre “Unión Línea Sur”, llegaron a competir en torneos provinciales organizados por la Federación Rionegrina de Handball.
Lo que pasa en Valcheta no es un caso aislado, es parte de una tradición deportiva que siempre existió en los márgenes de la estructura oficial. Las familias apoyan desde las tribunas y los vecinos se acercan a ver los partidos. Mientras esperan su turno para entrar a la cancha, algunos jugadores aprovechan y observan atentamente los partidos de sus rivales para medir el nivel y conocer contra quienes deberán enfrentarse. En cambio, otros, aprovechan el tiempo para compartir un mate, un gesto tan simple pero que representa unión y hospitalidad. Porque en el deporte, también se construyen amistades fuera de la cancha, entre risas y charlas.

Con los brazos cruzados, uno de los jugadores de Sierra Grande esperaba su turno para disputar su partido. Cuando le preguntamos qué significa el handball para él, la respuesta fue contundente: “Para mí, un cable a tierra”. No hace falta que explique mucho más. Detrás de esa frase están los entrenamientos después de la escuela, el cansancio físico, la disciplina de estar presente; aunque el cuerpo pida descanso. Todo eso queda en segundo plano cuando lo que uno hace lo hace feliz de una manera difícil de explicar con otras palabras.
Quizás por eso, cada vez que se organiza un torneo, los equipos hacen el mayor esfuerzo para estar presentes y participar. No importa si el viaje es largo o si las competencias son escasas. La posibilidad de compartir una cancha con otros equipos y vivir nuevas experiencias es suficiente para volver a ponerse la camiseta.
Entre quienes hicieron el viaje para llegar a Valcheta estaba la delegación de Sierra Grande. Su entrenadora, Marianela Mora explicó que el equipo venía esperando una oportunidad como ésta. “Este año no hemos tenido mucha competencia, así que llegamos con muchas expectativas de encontrarnos con equipos con los que nunca habíamos jugado”, contó. La historia del handball en su localidad es reciente. Hace apenas tres años comenzaron a trabajar en las categorías Menores, Cadetes y Juveniles. El proyecto nació con alrededor de 70 chicos y, aunque algunos se fueron a estudiar y el número disminuyó, el entusiasmo sigue intacto.

Mora no se define como profesora. Se definió, simplemente, como alguien que ama el handball. “Jugué toda la vida y cuando me presentaron esta oportunidad dije que sí”, confesó. Su emoción aparece cuando intentó explicar qué representa este deporte en su vida: “Es pasión, amor, garra, entrega y trabajo en equipo. También es familia, porque sin ellos todo esto no sería posible”.
Cuando cayó la tarde y el último partido terminó, el gimnasio empezó a vaciarse: algunos se despidieron con abrazos y otros prometieron volverse a ver en el próximo encuentro. Afuera, Valcheta recuperó su calma habitual. Adentro, en cambio, quedaron las marcas de un fin de semana en el que el handball hizo algo más que reunir equipos por unas horas: volvió a demostrar que el deporte también puede construir comunidad.
*Estudiante de Periodismo deportivo a distancia.
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El ruido y el murmullo quedan arriba. Cuando bajás al pasillo del vestuario y empezás a ver las paredes celestes, todo cambia. El aire se vuelve más pesado, más denso. El camino se angosta, te encierra. Se respira historia, mística. Hay algo en ese lugar que impone, que marca que ahí no juega cualquiera.
No era un día más. El domingo 29 de marzo, Belgrano ya había asegurado el campeonato pero todavía quedaba algo en juego: cerrar el torneo invicto después de cuatro años sin títulos. A ese peso se le sumaba otro. Después de más de tres décadas en el club, el capitán Emanuel Porta se preparaba para su última arenga antes del retiro, con una historia marcada por el amor y el compromiso.
Náutico Arsenal era el último rival que separaba a Belgrano de una hazaña poco habitual: terminar el torneo sin derrotas. El día se sentía distinto, cargado de una tranquilidad difícil de explicar. No había nervios de final ni miedo a perder. Había algo más cercano a la certeza.
Antes de que sonara el pitazo inicial, el plantel de primera junto a los jugadores de las inferiores formó un pasillo para recibir al eterno capitán. En el centro de la escena apareció Porta. Una plaqueta de plata fue entregada en reconocimiento a toda una vida dentro del club. Más de 500 partidos, títulos, derrotas, aprendizajes y una permanencia cada vez menos habitual en el fútbol. No era solo un homenaje: era el reconocimiento a una historia construida durante más de tres décadas.
Después del homenaje, la hinchada recibió al equipo campeón con una ovación constante. Los jugadores salieron al campo con una cinta conmemorativa en el brazo derecho, nuevamente dedicada al capitán. El clima empujaba a Belgrano incluso antes de empezar. Con este ambiente, ¿era posible perder?
El partido comenzó con un Belgrano dominante jugando con la seguridad de un equipo que todavía se sentía obligado a competir pese al campeonato ya asegurado. No pasaron más de 20 minutos cuando el conjunto de Villa Massoni logró encadenar una larga secuencia de pases hasta meterse en el área rival. La jugada terminó en penal.
Incluso antes del remate, el estadio parecía anticipar el desenlace. Todas las miradas apuntaban al mismo lugar. Porta tomó la pelota y caminó hacia el punto penal con la tranquilidad de quien conoce perfectamente ese escenario. El número “2” se hizo cargo de la ejecución y convirtió uno de los goles más simbólicos de su carrera en el club de toda su vida.
El remate fue preciso, inatajable. Después del gol, Porta cayó de rodillas sobre el césped y besó el campo de juego que lo acompañó durante tantos años. ¿Cuánto amor puede entrar en un beso así? Difícil de medir. Había despedida, alivio y pertenencia en un mismo gesto. Mientras la tribuna explotaba entre aplausos, lágrimas y cánticos, el capitán levantaba las manos y devolvía el cariño de toda una vida con la camiseta albiceleste.
Después del primer gol, Belgrano terminó de adueñarse del partido. La diferencia se amplió rápido y el 5-0 final terminó reflejando lo que había sido la tarde: un equipo superior y una sensación de triunfo que parecía instalada desde el comienzo. “La clave fue no desesperarnos”, explicó el entrenador Jona Banencio después de la consagración. Entre lágrimas, el técnico reconoció la magnitud del logro conseguido junto a su cuerpo técnico: “No sé cuántos campeones invictos hay en esta liga, pero seguro hoy se sumó uno”.
A los 42 minutos del segundo tiempo llegó otro de los momentos más emotivos de la jornada: Porta dejó la cancha por última vez con la camiseta de Belgrano y le entregó la cinta de capitán al máximo goleador de la historia del club, Ángel Salvo. Entre abrazos y aplausos, el histórico defensor caminó lentamente hacia el banco de suplentes mientras toda la tribuna coreaba: “Olé, olé, olé, olé, Ema, Ema…”. Después de saludar al cuerpo técnico, se sentó y observó en silencio los últimos minutos de su carrera.
Cuando llegó el pitazo final, el festejo explotó dentro y fuera de la cancha. Familiares, amigos e hinchas ingresaron al campo de juego para sumarse a una ronda interminable de abrazos y saltos. El ruido de los bombos se mezclaba con los fuegos artificiales y el grito repetido de “campeón”.
Entre bengalas azules y camisetas que recordaban el apodo de “Rey de Copas”, Belgrano celebraba un título invicto que quedará marcado entre las páginas más importantes de su historia. En medio de la celebración, Porta intentaba explicar lo difícil que era ponerle palabras al final de su carrera. “Ayer tenía 16 y estaba entrando desde el banco. Hoy, con 38, siento que me despido de mi vida entera”, expresó emocionado. Después, casi como una reflexión final, agregó: “Los días son lentos y los años son rápidos. Ayer tenía 25”.
El ruido ya no quedaba arriba. Ahora bajaba al vestuario entre cantos, bombos y abrazos. La Copa se llenaba de manos, flashes y abrazos, mientras a los jugadores se les empezaba a acalambrar la sonrisa. Entre camisetas mojadas, humo azul y ojos todavía llorosos, Belgrano festejó un campeonato que tardó cuatro años en volver, pero que esa noche parecía no querer terminar nunca.
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