Reconocidos como veteranos de guerra 40 años después
Never Ariel Suarez y Luis Dorney fueron reconocidos recientemente como veteranos de Malvinas por un fallo de la Justicia de la localidad bonaerense de Las Flores. El planteo legal de los florenses es producto de la falta de incorporación al listado de combatientes por encontrarse en el continente al momento del conflicto bélico.
Never Ariel Suarez y Luis Dorney fueron reconocidos recientemente como veteranos de Malvinas por un fallo de la Justicia de la localidad bonaerense de Las Flores. El planteo legal de los florenses es producto de la falta de incorporación al listado de combatientes por encontrarse en el continente al momento del conflicto bélico.
Por Nicolás Curutchet (desde Las Flores, Buenos Aires)
El reclamo planteado por los veteranos que pertenecían a la 6ta. Compañía Aérea de Tandil obtuvo sentencia favorable, consiste en que tuvieron plena actuación en los trabajos previos que mantuvieron las aeronaves que entraban en combate. Dorney manifestó: “A pesar del reconocimiento que tenemos en la ciudad y de los vecinos, nos faltaba que el Estado hiciera lo propio después de tantos años”. Por su parte Suarez comentó: “El avión solo con el piloto no vuela, necesita de una debida asistencia”.
Las tareas de Suarez y Dorney en el continente eran junto a un grupo de 30 soldados, para proteger y custodiar las pistas y las aeronaves que se alistaban para el combate desde Puerto San Julián en Santa Cruz a las Islas Malvinas. Ambos combatientes luego de 39 años no han vuelto a dicho puerto. Este 2 de abril en conmemoración a los 40 años del conflicto bélico fueron invitados al acto organizado por el municipio santacruceño. Ellos se organizaron en autos particulares para poder participar de la colocación de una placa conmemorativa.
El fallo judicial favorable –aún sin sentencia firme- se encuentra en la Cámara Federal de Mar del Plata.
Recuadro En un nuevo aniversario del conflicto de Malvinas en la localidad de Las Flores el veterano Hugo Núñez presento una muestra en el Departamento de Cultura local con los enseres personales que guarda de su paso por el archipiélago. A la inauguración concurrieron las autoridades municipales y entidades de bien público.
La cultura es la identidad de un pueblo, uno que lleva en su sangre el amor por la música, el baile, la historia y la magia de reunirse. Rincón es ese pedazo de tierra escondido entre montañas que tiene como bandera el respeto y el “no olvido” de sus tradiciones y valores evidenciables con el “Festival de la Nuez” en el Club Belgrano, las tardes de cancha, la navidad en la plaza, incluso con detalles más pequeños como salir de casa, caminar dos cuadras y saludar a quien te encuentres.
La identidad se construye y eso es lo que hizo este pueblo que está bajo la lupa por aferrarse a las tradiciones y no dejar morir la cultura. Es sorprendente como aquí, en este pueblo, esas culturas están a flor de piel, vivas, vigentes, deambulan por la calle, en busca tal vez de contagiar a quien no las siente así, tan fuerte como los que habitan este pueblo.
Parece todo color de rosa, pero el rosa también tiene matices; y entre un tono de rosa y otro, hay un mundo de posibles rosas. Antes de llegar al centro de esta historia, es necesario contar porque al inicio apareció la frase “escondido entre montañas” porque es real. Geográficamente, este pedazo de tierra se ubica al pie de “El Manchao”; si bien antes, hace muchos años, no estaba aquí sino a unos 10 kilómetros, asentado en otro lugar con mucha historia también.
Rincón está partido al medio por un río, de un lado la orilla y del otro, la banda. Ese río fue responsable de hacer vivir los momentos más difíciles a esta comunidad de 500 habitantes. Diez años atrás, un aluvión se hizo presente a mitad de enero llevándose todo por delante, sin heridos pero lastimados, pasando momentos desesperantes, abrumados por la oscuridad de quedar incomunicados sin pasada a la banda desde la orilla y viceversa; y, a su vez, aislados del resto de pueblos.
Dicen por acá que los aluviones “jamás se dan con una diferencia menor a 10 años”, y tiene que ser cierto porque ese tiempo pasó hasta que el 25 de diciembre de 2023, después de una linda navidad en la plaza (porque eso es algo por lo que se conoce a este pueblo, aunque es tema para otra crónica), vendría otro aluvión a arruinar el final del año.
Increíble el momento que eligió la naturaleza para desatar, tal vez, toda su ira. Esa creciente se llevó con ella un puente construido hacía menos de seis meses (de hecho, se volvió viral por eso; otro tema para una crónica).
Con palabras más o palabras menos, así se define a Rincón: caótico y con miles de historias por contar, pero a veces aburrido y deprimido. Contrastes inentendibles. En esta ocasión, la primera opción supera a la segunda y la historia de esta crónica entra ahí. Y resulta imposible no pensar cuán posible es que incluso con la economía no muy buena, este festival sea prioridad. Rápidamente sale la respuesta: “Es que se trata del Festival de la Nuez”.
Así, comienza la historia de un festival realizado todos los años en Rincón, el momento cumbre del folklore en este lugar, donde solo con decir “despierta ya mujer”, el resto se completa solo. Eso es suficiente para que quienes viven en ese pedazo de tierra se imaginen con un vino en su mano derecha mientras cantan a los gritos con los amigos. Eso es un festival.
No importa cuántos vasos hayas tomado, ese sentimiento aparece con 0% de alcohol en sangre (y con más también). Ese es el clima, lo que se vive en un festival longevo, que ya tiene su historia, sus costumbres y hasta sus mañas.
Lleva su nombre en representación de Rincón, de los pueblos que más producen y exportan nuez en la provincia donde se encuentra, Catamarca. Cuenta Analía, que formó parte de la organización: “La idea del festival surgió por cuestiones económicas. Teníamos la necesidad de recaudar dinero para la fiesta de los 100 años del Club”.
A la vista de todos, el por qué se realizó esta edición, para recaudar fondos por un lado y para seguir escribiendo sobre libros todo lo que representa ser rinconisto por otro.
No es mi intención crearle, querido lector, la necesidad de experimentar una vez en la vida este sentimiento, pero se lo recomiendo. También lo recomiendan “Los Colpeños” (banda de música que tocó en el festival). Y también el “Grupo Esencia” que dicen que “hay que motivar el crecimiento de la cultura” de Rincón.
Sin duda los momentos donde llega más gente a visitar este pueblo es para este festival, navidad y vacaciones. En caso de aceptar esta invitación, sepa que de acá se irá con una recarga de serotonina gratis, cortesía de la casa. Parece exagerado contándolo así, de hecho, mientras escribo entro en un debate conmigo misma de si exagero, pero vuelvo a esas fotografías mentales que saqué y toda exageración se queda corta (así de grande es el sentimiento).
Como si tanto no fuera suficiente, es la misma organizadora la que nos cuenta que asistieron entre 450 y 500 personas. Esa cantidad, para un pueblito, es mucho. Y, también cuenta lo que representa para ella: “Es la identidad de un pueblo dedicado a la producción de la nuez”.
El famoso festival del pueblo es motivo de reunión. Lo dicen las caras de quien asiste, lo dice la sonrisa de las chicas que bailan en el ballet, también las carcajadas de esos amigos que no se veían hace meses y ese saludo de otros dos que no pensaban cruzarse.
También lo dice la nena que juega con espuma haciendo enojar a los de alrededor, y también ellos que después terminan riéndose de las picardías de los niños. Lo dice el pueblo y su gente, los que disfrutan de este momento único que les regala la vida hace varios años.
El ADN de este pueblo tal vez sea ese festival, esas navidades y esas reuniones de siempre; tal vez sea una canción que todos sabemos, tal vez ese momento en que escuchás la música desde tu casa.
Quizá no es más que los mates en una montaña o unas empanaditas los domingos, tal vez sea salir a la calle y en el medio encontrarte con 10 personas y saludarlas a todas, o acariciar el perrito que está en la plaza.
Tal vez sea no traicionar al kiosquero de tu barrio o darle la silla a un abuelito, puede que sea abrazarte en las navidades con un vecino o en la cancha cuando Belgrano (equipo del pueblo) hace un gol. Capaz es darle trabajo a gente en época de cosecha o salir a caminar por horas cruzando paisajes hermosos.
A lo mejor es asistir a misa los domingos o dejar una flor en la tumba del abuelo de tu amigo, capaz solo es hacer reír a un amigo o pasar charlando horas con un mate en la mano. Cualquiera sea la opción, representa a este pedazo de tierra que se llama Rincón, y ese es su ADN.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
A 62 kilómetros de Río Gallegos, provincia de Santa Cruz, dentro de la Reserva Geológica Provincial Laguna Azul se encuentra un antiguo cráter volcánico que sorprende con su espejo de agua turquesa, rodeado de mitos, energía y una naturaleza única.
El volcán está inactivo desde hace más de 10.000 años. Para llegar hasta él hay que descender por un sendero pedregoso que baja unos 100 metros hasta el fondo del cráter. Durante la caminata, el visitante puede encontrarse con la vegetación patagónica que abre paso entre la roca: matas negras, paramelas y zapatitos blancos que florecen con los primeros rayos de verano, impregnando el aire de aromas silvestres.
Al llegar a la laguna, el paisaje impone su calma: el viento, que suele ser protagonista en la estepa, se disuelve en el silencio del cráter, y el azul del agua parece hipnotizar a quien la observa.
Durante años, los habitantes de la región repitieron historias que alimentaron la leyenda: que la laguna no tenía fondo, que estaba conectada con el Océano Pacífico, o que podía tragarte si te acercabas al agua. Sin embargo, los estudios científicos determinaron que el fondo se encuentra entre los 50 y 70 metros de profundidad.
En el agua habita un pequeño pez ciego, el “Epuyén” conocido por su aspecto extraño. Los lugareños lo llaman “el pez monstruo” porque, al ser sacado a la superficie, la diferencia de presión deforma su cuerpo. Entre la escoria volcánica anidan bandurrias y otras aves, donde se puede oír una especie de sinfonía omnipresente en la naturaleza.
La Laguna Azul pertenece al complejo volcánico Pali Aike, un rosario de cráteres y lagunas que une el sur de Santa Cruz con Chile. Su superficie, cubierta de coladas basálticas, es testimonio de las últimas erupciones que dieron forma a este rincón de la Patagonia.
En la actualidad, el lugar también es conocido como el “volcán energético”. En noches de luna llena es visitado por grupos que practican meditación y rituales místicos, atraídos por la paz y la energía del entorno.
Daniela Teshka Collinao, guía del Consejo Agrario Provincial (CAP), destacó: “Al ser un área protegida, hay actividades que se encuentran prohíbidas. No se puede ingresar con mascotas; acampar ni realizar fuego; tampoco se puede ingresar al agua y no está permitido llevarse elementos como rocas volcánicas o frutos”.
La agente del CAP comenta que el sitio tiene además un importante valor antropológico, ya que en sus alrededores se hallaron cuevas habitadas por los tehuelches, hace más de 10.000 años.
Además, algunos investigadores sostienen que el paisaje fue visto por Antoine de Saint-Exupéry en 1930, cuando sobrevoló la región, y que “pudo inspirarlo” para escribir El Principito.
Entre la ciencia y el mito, la Laguna Azul guarda el encanto intacto de los lugares que parecen pertenecer a otro tiempo. Un sitio donde la tierra, el agua y el silencio se combinan para recordarnos que el misterio aún habita en la Patagonia.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Comienza febrero y en Cerrito empieza a llover. Parece una conspiración del universo, o una picardía de algún dios que juega con el pronóstico. Las nubes grises tiñen el cielo, pero en el horizonte los colores contrastan con esa imagen. No, no es el arcoíris: son carpas, están distribuidas en el predio del Polideportivo Municipal “Marcelo Borghello” y alojan a cientos de personas que llegan de distintas ciudades entrerrianas, del país y de la vecina República Oriental del Uruguay para vivir durante cinco días el Fogón Entrerriano de Cerrito.
Al principio, quienes participaban de la actividad venían en carpas porque no había hospedaje. Después, esto quedó instalado y ya es una tradición, aunque llueva y a la gente se le moje todo. Están entrenados para juntar las cosas y correr a las escuelas que prestan sus instalaciones para que puedan resguardarse de las inclemencias climáticas.
-¿Y vale la pena mojarse así?
–Lo que se vive acá es único y lo que aprenden los gurises, ni te cuento… El primer año dije “no vengo más, tengo todo hecho sopa”, y al año siguiente fui el primero en acampar con mi familia -recuerda un padre que viajó desde Misiones para acompañar a su hijo y disfrutar del encuentro y de la tranquilidad del pueblo.
Primeros fogones en Cerrito.
Cerrito es una localidad del centro-este de la provincia de Entre Ríos en la que viven 5.729 habitantes, según el censo del 2010 (aunque actualmente podrían ser más de 7.000) y, como todos los pueblos, tiene su plaza principal, su Iglesia, su Municipalidad, su Comisaría, sus escuelas y sus casas con bellos jardines al frente.
También tiene un complejo polideportivo que cuenta con todas las comodidades para convertirlo en un lugar soñado para descansar y disfrutar de la tranquilidad: sanitarios con duchas, playón y canchas deportivas, piletas de natación, cantina, juegos, quinchos, churrasqueras con mesas y bancos, iluminación, seguridad permanente y su inigualable sombra. Allí, los primeros días de febrero, se realiza el Fogón Entrerriano.
Por inspiración de la profesora Inés Zaragoza de D’Angeli junto a un grupo de amigos, amantes de la música y el baile folclórico, este encuentro anual de talleres y capacitaciones se realizó por primera vez en 1986, con el propósito de poner en manos de niños y jóvenes conocimientos esenciales para la vida artística, especialmente de la danza.
Desde la primera edición se pensó en maestros de renombre: Norma Viola con el Ballet Nacional, el Ballet Brandsen, Marina y Hugo Giménez del Ballet Salta, Ballet Camin de Cosquín, campeones de malambo de Laborde, Linares Cardozo, Víctor Velázquez, Orlando Veracruz, Víctor Seri, entre otros.
“Ver a estas figuras tan importantes realmente los atrapó y fue la motivación que hizo que tanta gente quisiera estar presente. Además, el esquema de actividades fue variando y haciéndose más complejo porque incorporamos charlas para padres, teatro, comedia musical, danzas contemporáneas, ritmos y distintas técnicas para que el bailarín abra la mente y explore su creatividad”, cuenta orgullosa Zaragoza quien es también la Directora Zonal del Instituto de Arte Folklórico (IDAF) y organizadora del Fogón.
Por su parte, Roberto Romani, periodista y gestor cultural de Entre Ríos, agrega que este es uno de los acontecimientos culturales más importantes de la provincia. “En diferentes rincones de Entre Ríos y de otras provincias hermanas, he podido escuchar testimonios agradecidos de numerosos jóvenes, quienes incorporaron a su existencia eslabones fundamentales para su formación profesional”, explica quien, al igual que la lluvia, acompaña al fogón de Cerrito desde hace 38 años.
Las actividades arrancan en las primeras horas de la mañana del día miércoles con la bienvenida de la profesora Zaragoza y el Licenciado Romani. Un rato después, cada grupo -principiantes, intermedios y profesionales divididos de acuerdo al grado de estudio alcanzado en el profesorado de Folclore- comienza los talleres con sus respectivos maestros en diferentes lugares. Algunos se quedan en el predio y otros van a la plaza, a la Casa de la Cultura o al salón de la Escuela Nº38. Al mediodía cortan para comer algo livianito y siguen con las clases hasta que el sol se esconde.
En estas jornadas nunca falta un momento de espiritualidad y reflexión para agradecer, pedir y rendir homenaje a San Francisco Solano, patrono de los folcloristas y protector del IDAF.
La idea siempre es terminar a la medianoche para que todos puedan descansar temprano, aunque siempre hay grupos que se quedan hasta la madrugada a compartir un mate, una canción acompañada de la guitarra y charlas interminables.
La escena es una postal retratada poéticamente por Romani mientras charla con Zaragoza y los profesores: “El Fogón a esta altura, y con tantas ediciones, dejó de ser un encuentro más, para convertirse en una especie de costumbre y de obligación porque nadie se lo quiere perder, ya que lo convertimos en una fiesta con ansias de volver a encontrarnos rodeados de amistad y naturaleza”.
Romani en el Fogón de 2023.
Durante los días sucesivos la rutina se repite y Cerrito se ve diferente. Los gauchos y las paisanas sobresalen entre los habitantes por sus vestimentas, como si se tratara de un dibujo de Molina Campos. A toda hora se escucha el repiqueteo de los bombos, y encontrás grupos improvisando un zapateo en la esquina o niños sacudiendo pañuelos celestes y blancos por las calles del centro.
El sábado es el momento esperado por todos: la clausura del evento, donde se despliega un show de música y bailes a nivel de los grandes espectáculos y pone a consideración del público lo aprehendido en estos días de capacitación. “La obra que preparamos en esta semana de intenso trabajo mezcla danzas tradicionales y contemporáneas”, expresa Ramón Álvarez, coreógrafo tucumano que dicta talleres en el Fogón.
Está pensada para brindarle al público la “magia del baile”, dice el profesor y amplía: “Donde el corazón está acelerado, con nervios propios por la responsabilidad, pero esperando recibir, al final, los aplausos que alimentan el alma del ser un profesional de la Danza”.
Al caer la noche, entre luces de los reflectores y sombras de la muchedumbre, desfilan las delegaciones que formaron parte de esta edición y se ubican con las banderas en alto para dar comienzo al espectáculo: el Intendente, Inés y los profesores con antorchas en mano, se congregan en una esquina del playón para encender la gran fogata que le da el nombre a la actividad.
Cuando los leños empiezan a arder, los bailarines salen a escena y con el movimiento de sus cuerpos acompañan las llamas del fogón que forman lenguas naranjas en el aire, creando una atmósfera mística y llena de sensaciones. Esas chispitas que se escapan de la hoguera resuenan como un crepitar y aportan magia, se cargan de recuerdos, y del deseo de que este Fogón nunca se apague. Es difícil explicar, sólo se siente cuando estás ahí.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.