DEPORTES
Ubaldo Matildo Fillol: las manos que sostuvieron la gloria y enfrentaron al terror
Este es un recorrido por la vida de uno de los mejores arqueros de la historia argentina, quien supo combinar la excelencia deportiva con un compromiso inquebrantable por la memoria. A 50 años del golpe cívico-militar y en vísperas de un nuevo Mundial de fútbol, su figura se agiganta como un símbolo de resistencia y superación.
“Si quiero yo te hago desaparecer y nadie se entera”. La frase, cargada de una violencia estatal impune, no fue dirigida a un civil secuestrado en una sala de tortura, sino al mejor arquero del mundo en una oficina de la Ciudad de Buenos Aires. El interlocutor era el Almirante Carlos Alberto Lacoste, el hombre que manejaba el fútbol bajo la bota militar. Ubaldo Matildo Fillol, el Pato, estaba allí para discutir su contrato con River en 1979. Lacoste sacó un arma reglamentaria y la puso sobre el escritorio. Más tarde, Fillol comprendió que sus voladas milagrosas contra Holanda ya no lo protegían del delirio de poder de quienes se creían dueños de la vida y la muerte. Esa anécdota, que Fillol tardó años en procesar públicamente, es el reverso oscuro de una carrera deportiva que no tiene comparación en la historia del arco argentino.
Nacido en San Miguel del Monte en 1950, Ubaldo Matildo Fillol llegó a ser un arquero profesional no convencional. Cuando atajaba, sus piernas parecían impulsadas por resortes. Se formó en Quilmes, club en el que debutó en 1969 en Primera, y rápidamente pasó a Racing, en el cual su leyenda empezó a gestarse. Finalmente fue River el lugar en el que Fillol alcanzó la dimensión de leyenda. Bajo los tres palos del histórico Monumental, el Pato se consagró como un maestro de su puesto, aún con la presión de la herencia que había dejado Amadeo Carrizo. Introdujo la técnica de achicar espacios basándose en la intuición y la velocidad de reacción más que en la estática. Sus reflejos eran sobrenaturales. No volaba por el aire para la foto, volaba porque era la única forma de llegar a pelotas que otros daban por perdidas. Con River ganó varios títulos, se convirtió en el muro infranqueable de una de las décadas más importantes del club, y se ganó el respeto universal de arqueros y delanteros que veían en él a un gigante imbatible.
Su participación en los Mundiales es un capítulo aparte. Si bien estuvo en Alemania 1974, fue en Argentina 1978 cuando tocó el cielo con las manos. Su actuación en ese torneo fue una exhibición de perfección técnica y templanza psicológica. Atravesó momentos increíbles, tales como el penal atajado al polaco Kazimierz Deyna en Rosario y su seguridad brindada en el 0 a 0 ante los brasileños en el mismo Gigante de Arroyito. En la final contra Holanda, sus intervenciones fueron las que permitieron que la Albiceleste llegara al tiempo suplementario con vida. Fillol no solamente atajaba pelotas. Atajaba la desesperación de un equipo que jugaba bajo una presión política y social asfixiante, ya que el país estaba gobernado por la Junta Militar. Años después, volvería a ser clave en las eliminatorias para México 1986, con aquella atajada agónica contra Perú en la cancha de River, que le dio la clasificación a la Argentina de Bilardo y Maradona, aunque luego, por decisiones que todavía hoy generan debate, quedó afuera de la lista final que viajaría a México.
La vida de Fillol fuera de la cancha siempre fue la de un hombre de principios firmes. Su paso por el Flamengo de Brasil y su experiencia en el Atlético de Madrid demostró que su talento no conocía fronteras. Al regresar al país, fue figura en el Racing campeón de la Supercopa 1988. Se retiró en Vélez de manera cinematográfica: le atajó un penal a River en la última fecha, lo que le quitó la posibilidad de salir campeón al club de Núñez. Esa tarde de diciembre del 90 todos los medios gráficos lo calificaron con 10 puntos. Así, demostró un profesionalismo inquebrantable hasta el último minuto de su carrera. Sin embargo, su mayor atajada llegó con la madurez y la democracia. Fillol se convirtió en uno de los referentes deportivos más comprometidos con la memoria histórica. Su cercanía con las Abuelas de Plaza de Mayo y su decisión de contar lo que vivió con Lacoste fue un acto que da cuenta de los valores que defiende.

A 50 años del Golpe de Estado de 1976 y en vísperas de un nuevo Mundial, la figura de Fillol se agiganta. Ya no es sólo el futbolista que usaba el buzo verde número 5 y hacía atajadas épicas. Es el hombre que, habiendo alcanzado la gloria en 1978, se animó a bajar a las profundidades de la historia argentina para decir que el fútbol no fue cómplice, sino un rehén más. Su legado es una mezcla de excelencia deportiva y coraje cívico. El Pato Fillol será recordado por ser el guardián de un arco mucho más importante, el de la identidad de un pueblo que celebra a sus ídolos no solamente por lo que hicieron con la pelota dentro de un campo de juego, sino por cómo se plantaron ante la vida cuando las luces del estadio se apagaron y apareció la sombra de la dictadura.
Hoy, Fillol se mantiene activo a través de su ciclo de charlas “El abrazo del alma” en Instagram, y con su eventual presencia en eventos deportivos. Además, en un acto que refuerza su compromiso con los valores, se encuentra finalizando sus estudios secundarios, con el objetivo de motivar a los jóvenes a que no abandonen su formación académica. “Quiero terminar el estudio, siendo muy pequeño lo abandoné. Ojalá tenga tantos seguidores como los tuve atajando”, confesó hace algunos meses en sus redes sociales.